lunes, 4 de agosto de 2008

Para ser novelista, de John Gardner

En opinión absoultamente personal, es el mejor libro que hemos leído este semestre, al menos, de los que se dedican al arte poética. Esto, en primer lugar, por el balance entre el estilo y el tema a tratar. Para Gardner, la labor artística no es sagrada; no es el producto de unos pocos elegidos por Dios y las Musas. No, se trata de un trabajo, es decir, de una obra que sólo puede entenderse como completa después de horas de auto-crítica y auto-evaluación. Y, como todo producto, tiene estándares de calidad: el lenguaje, la inteligencia y el carácter que demuestra el autor en la obra, una visión de mundo coherente dentro de la misma.
Casi todo se logra con la observación atenta del mundo: cómo habla la gente en un mercado, qué coe la gente en determinadas fechas y lugares, cómo se viste, cómo se comporta. El habla y el mundo que se presentan deben estar vivos. De nada sirve un vocabulario amplio si nadie lo emplea; las fórmulas de cortesía en Los enredos de una casa están bien en Sor Juana, pero no en la actualidad. Tampoco sirve pintar un paisaje altament simbólico si no hay quien lo descifre, o peor, si no palpita. Se puede describir al Sephiroth con sus trece ramas correspondientes a la vida, pero si no respira en un texto, no pasa de ser un árbol con siete ramas en un bosque con miles de plantas.
Es ahí donde entran la inteligencia y el carácter del autor. Él y sólo él debe determinar en qué momento urilizar la metáfora, la imagen inusual, la reacción adecuada del personaje, el cañón por el que baja el río. ¿Puede un asesino en serie terminar tomando té con galletas en casa de una anciana? ¡Por supesto que puede! Siempre que el autor sepa fundamentar la escena: ¿toma el té porque se reformó? ¿está el asesino decididamente loco? ¿se encuentra planeando su siguiente asesinato? ¿huye de la justicia? Cualquier solución es válida, siempre que sea coherente con el personaje y el desarrollo previo de su historia (o posterior, cualquiera que sea el caso). El carácter influye también: si va a hablar de temas tabú, o de intolerancia, o de las veintiún maneras de asesinar a un perro en la calle, el autor debe defender la ideología de su personaje, aunque el mismo autor sea vegetariano estricto. Eso sí, si el personaje disfruta apretando las entrañas sanguinolentas de un perro recién destripado, el autor debe ser capaz de hacer sentir ese placer a su lector. Otra vez se trata de una relación entre coherencia, inteligencia y coraje por parte del autor.
Al final de todo trabajo, el autor debe tener fe. Fe en que será leído, en que seguirá trabajando, en que estará plenamente concentrado para el momento en que pose la pluma en la hoja (o los dedos en el teclado). Pero esta no es una fe mística, que dependa de mil actores fuera de las manos del autor, o del momento de revelación poética. La fe semantiene trabajando; escribiendo todos los dias se evitan los bloqueos mentales y se está preparado para la llegada de la musa. Quizá de todo un trabajo sólo valgan una o dos imágenes. Pero es mejor que valgan esas dos a que no valga ninguna por estar esperando el toque de Dios o el regreso del yo luego de un viaje interior.
Y todo esto lo plantea Gardner de manera amena y sencilla. Se deshace de la mística sagrada por medio de ejemplos cotidianos, en ocasiones, hilarantes. Lo hace tal y como debe ser el arte: inclusor y no exclusor. El arte no debería excluir la risa o lo escatológico sólo porque no son sublimes. Debería incluir todo lo humano (aún en lo bajo y excecrable) porque, a final de cuentas, sólo los sacerdotes y los locos hablan con Dios; pero aún Buda y Mahoma tuvieron sus momentos de buen humor.


1999. Cynthia N. Sánchez.

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