sábado, 9 de agosto de 2008

"Para ser Novelista" o "Para ser Mc Novelista"




En el libro “Para ser Novelista”, John Gardner, nos presenta diversas características y detalles con los que se debe contar si es que se pretende ser escritor de novelas. Armado con una buena dosis de consejos y experiencias, el autor ejemplifica las situaciones por las que seguramente han pasado muchos aspirantes a escritores de novela.
En un intento por desmenuzar el platillo estrella de John Gardner, a continuación presento mi percepción de la “Receta para ser Novelista” basada en las enseñanzas de Gardner.



Ingredientes



1.- Sensibilidad Verbal
2.-Inteligencia anormal (entiéndase locura): con capacidad para interpretar los gestos, gustos y sentimientos de las personas, lugares y situaciones.
3.-Agudeza: capacidad para distinguir lo importante y crear sorpresas.
4.-Carácter compulsivo: Llevar las cosas al máximo, vigor, paciencia y tenacidad equiparables a las de un caballo de tiro o un corredor de maratón, obsesión por escribir aun cuando fuera ilegal, mentalidad de un adolescente.
5.-Deseos de estudiar y compartir experiencias con los demás.
6.-Haber sido influenciado por buenos modelos literarios: Opcional: Conocimientos en filosofía, psicología, historia, algún idioma extranjero o cualquier otro arte. Indispensable: Buena ortografía.
7.-Deseos de Publicar.
8.-Fé.



Procedimiento:



Combinar todos los ingredientes en una persona con antecedentes de vida anormales, de preferencia con experiencias desafortunadas y tendencias de fijación oral o anal. Esto puede notarse en su amplia preferencia por beber, fumar o comer así como falta de seriedad y objetivos claros en la vida.
Sazonarlo en cualquier taller literario donde se compartan textos, la presencia de algún escritor reconocido es recomendable. Mantener al individuo ejercitándose en el arte de escribir y compartir. Empaparlo con novelas clásicas y modernas que sean ejemplares. Comentar sus ejercicios y avances en clase así como los de sus compañeros.
Debido a que pasará por trances de iluminación que al día siguiente parecerán sin alma, sentirá que ha sido tocado por una musa, incitarlo a encontrar la llave mágica que lo lleva a ese estado de imaginación donde lo irreal parece estar vivo.
Durante el proceso, es probable que presente bloqueos de diversos tipos como el sentir que nada de lo que escribe vale la pena, necesidad excesiva de complacer a sus lectores y necesidad de demostrarse a si mismo que es mejor a los demás. En estos casos, se puede recurrir a la auto hipnosis o cualquier tipo de distracción ya sea un cigarrillo, una bebida o alguna experiencia novedosa. Si es necesario, se puede aumentar la dosis del ingrediente 8.
Muy importante: Alentar sus deseos de publicar antes del siguiente paso.
Exponerlo a la imaginación cuantas veces sea posible. Pedirle que comience por planear su novela con hondura intelectual y emotiva, sin olvidar el equilibrio entre los personajes y la historia, teniendo en cuenta el ritmo de las situaciones y la precisión de las palabras. Una vez terminada y revisada la novela, deberá enfrentarse a los editores y seguir el proceso de selección que seguramente lo pondrá intranquilo.
Si es posible, conseguir algunos amigos con influencias que ayuden a favorecerlo en las decisiones que tomen los editores.
Durante toda la preparación, se recomienda conseguirle un amante millonario, una herencia cuantiosa o en su defecto algún trabajo sencillo que no lo distraiga de su objetivo. El trabajo de maestro de creación literaria es una opción arriesgada, que de ser bien llevada, además de sufragar sus gastos, permitirá el enriquecimiento de su sensibilidad verbal e inteligencia anormal.
Para llegar a un buen resultado, es indispensable seguir todos los pasos del procedimiento y sobre todo, la calidad suprema del ingrediente 8. Ya que es lo que impulsará al individuo a seguir buscando esa llave que abre la puerta de la imaginación y lo pone a escribir sueños que son reales, es el ingrediente que le da la fortaleza para continuar por el camino de los atrevidos, venciendo bloqueos y desánimos.
Una vez terminado, es probable que se posicione como un escritor consumado, que obtenga méritos, becas y publicaciones que le permitan mantener sus gastos e incluso nuevas experiencias para futuros proyectos.

El producto final, que presenta John Gardner, es definitivamente un platillo para paladares que no por excéntricos dejan de ser exigentes. Con la descripción tan clara sobre las características de un aspirante a novelista, pareciera enumerar ingredientes que se pueden adquirir en un supermercado común y después prepararse en un sartén con una dosis de fe. Gardner, pretende preparar un platillo de primera que no deja de tener un gusto a comercial, donde se corre el riesgo de equiparar el difícil camino de escribir novela a la preparación de una hamburguesa como las que se venden en los restaurantes de comida rápida. Sin duda, los consejos y experiencias relatadas son valiosas, sin embargo me parece que para aquellos escritores que de forma quizás romántica, paladeamos el camino de las letras como una forma de vida, Gardner, nos queda debiendo un platillo más exótico donde la sazón personal y la innovación sean ingredientes principales, sin olvidar que el escribir no es cuestión de una receta mágica.

viernes, 8 de agosto de 2008

LAS ENSEÑANZAS DE GARDNER


Dicen que el cíclope cedió uno de sus ojos a cambio de sabiduría, de la capacidad de ver más allá. Realmente lo consiguió, incrementando su intuición hasta los límites que separan este mundo de aquel otro que muchos ignoran e incluso escépticamente rechazan. En el fondo los escritores somos como el cíclope, ya que, bajo esta piel y esta carne que baña nuestros huesos, poseemos ese ojo que para los orientales ocupa de llamarse el tercero. Igual que este ser mitológico, la apertura de esta visión conlleva consigo un precio, fruto del sacrificio, la entrega a una práctica cotidiana, y a la vez difícil, la comunión del escritor con su creación.

El escritor se enfrenta con diversos obstáculos, primero con la esencia de la novela: el lenguaje, el personaje y la historia, después con los talleres literarios; la publicación y supervivencia, mientras perseguimos el sueño de ver una novela de calidad con nuestro nombre publicada; y por último, el asunto de la fe.

El lenguaje, es una de las puntas visibles del desenfreno de la vida; y la mayoría de los asideros gramáticos que se descubren, y después se emplean para colgarse del lenguaje, y avizorar desde arriba un panorama, apenas alcanzan para remover el polvo, o a enumerar las partículas sueltas desde todas partes. Las palabras siguen esparciéndose, casi sembrado a la deriva, y se confunde hasta lo más secreto, mientras se le sorprende pregonado a la silueta o a la sombra de cualquier sólido. Las palabras provienen del corazón de todo lo que nos rodea, aunque ellas permanezcan huecas, aunque parezca que son capaces de sobrevivir a la vorágine que las entremezcla, siguen siendo tan susceptibles como el tamaño que ocultan… las palabras se revelan, y se dejan domesticar, se dejan recorrer por los dedos cotidianos puestos con ahínco en la expresión. Por lo tanto al utilizarlas como elementos de trabajo, se camina de extremo a extremo, para hacer la ribera con las propias manos… ¿Cómo evitar perderse? ¿Cómo utilizarlas correctamente?

Traer hasta un punto en efecto discernible esas coincidencias orgánicas, conlleva formas y trabajos de facilitación que empujan el cuerpo, a integrarse de manera espectacular, a comprometerse de manera irrefutable con su condición de escritor. Una experiencia como esa, emitir vibraciones sonoras, vibraciones que a su vez deforman el contexto psicofísico, es lo bastante interesante como para evadirse de ella, no obstante, decir lo que se piensa es algo que prácticamente cualquier persona ordinaria sabe hacer, aún si no hay nadie que esté dispuesto a escuchar. Lo que comúnmente no se hace, es trasladar esa experiencia a un campo en el que las palabras adquieran verdadera relevancia, como si ellas se encontraran supeditadas, o delegadas a instancias superiores, simplemente porque se ha desechado la mejor parte de ellas, esa que algunos pocos toman en serio, y que pronto descubren sirve para poder volver visible lo invisible; posible lo imposible. Resultaría muy complejo entender lo más sencillo, sin la participación de esa mínima porción de conocimiento que tiene que ver con la acción del pensamiento en función de la palabra, háblese de discernimiento, o acuse de disentimiento. ¿Hasta qué punto entonces se encuentra uno preparado para esgrimir un escrito? ¿En que momento ya no es posible para alguien dejar de ordenar sus pensamientos, de manera que no parezca que la literatura está en un rincón aislado de su acontecer coexistido?

Gardner me llevó de la mano por este camino, ahora cada palabra que escribo tiene un sentido, he aprendido a domar estas palabras, sin dejar que la mayúscula o el ego se apoderen, deseando obtener una visión de un fondo en el que de cerca, ni siquiera se distinguen las partículas. Pude comprender que el lenguaje depende del personaje, la acción y de la historia, que en ocasiones lo mundano adquiere un halo fantástico del que ya difícilmente uno puede desprender de cada objeto o ser que le rodea; “el lenguaje debe de estar al servicio del personaje y de la acción. Subordina es una palabra que funciona muy bien para delimitar al cantidad y el dominio de ella.”

Después de haber leído a Gardner, me pasa que voy caminando por las calles y me fijo en las personas, imaginando y tratando de adivinarles, de advertir sus vidas en el más sutil gesto que profesen, en el más leve suspiro que de sus labios emanen, incluso en el más ligero ademán que se les escape en acto de saludo o tímido adiós. Trato de adivinar los secretos más ocultos y las patrañas más sublimes de cada uno de los transeúntes con los que me cruzo y, a veces, quizá con demasiada frecuencia, me quedo embelesado mirando a lo lejos, al otro lado de la calle y agudizo los sentidos que aún me permiten intuir en lo que veo alguna historia… Ahora la creación de un personaje y de una historia, se ha vuelto la tarea de ver el mundo sin complejos, el viento vuelve a ser susurro; la luz, una promesa; la flor, un beso; el verso, un tesoro; escribir, el ensueño de vivir y conversar… Pero no sólo es de observar lo que a tu alrededor se encuentra para conseguir una historias, es: “Conócete a ti mismo y llegarás a la Verdad”

A través de nuestra propia sensibilidad, nuestra propia esencia, un personaje, una historia, se pueden convertir en algo tan complejo como un segundo que encierra todo lo que soy, todo lo que creo ser, todas las mentiras que me he dicho ante el espejo; este segundo en que pronuncio mi nombre y no me suena extraño ni lejano me justifica; no en vano la vida debiera ser por encima de todo aprenderse y aprehenderse.

La historia o el mismo personaje, puede ser realidad, mitología, redención, inclusive capital de un corazón heredero de las revoluciones históricas; puede convertirse en interés ajeno o en la materia más insípida de todas, moneda de intercambio, relación de fuerza, todo o nada; pero sobre todo debe de ser latido de la existencia, para poder ser amado por el lector, desde el inicio hasta el fin; debe ser la “verdad” y toda su juventud.


Vivimos en el territorio de lo azaroso, cualquier plan es el principio de un delirio, cualquier forma de futuro un juego infantil, cualquier certeza un candado a la locura de existir. El oleaje agita las campanas, resuenan éstas como una garganta inmensa que nos interroga y nos conmina a cerrar los ojos Y en esa confrontación, que es al tiempo, sangrienta y vital nace nuestra fantasía de una realidad lineal y constante. Es por lo tanto vital, tanto controlar los embistes del libre albedrío, la algarabía de la libertad, la dictadura de la mala o buena suerte; y aceptar que nada puede escapar de los dictados del azar; así como en ocasiones escogemos los caminos y equivocamos los destinos.

De falsas esperanzas todos se han cansado, pero resurge la fe en lo verdadero, en lo realizable, porque la esperanza en sí invita a una espera y ya iba siendo hora de dejarla a un lado y tirar el muro invisible que ésta siempre impone reteniéndote y evitando que realices aquello que anhelas. Todo llega, es cierto, pero si al mismo tiempo vas avanzando el camino se hace más llevadero, más animoso y enriquecedor. Por lo tanto cada consejo de Gardner, es un paso no un impedimento en mi crecimiento personal como escritora.

Gardner ha triunfado, me ha cambiado, se ha vuelto su libro en mi libro de cabecera, simple y sencillamente porque he comprendido que para ser un escritor se requiere “de ingenio (tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de obstinación y tendencia al individualismo desabrido (rechazo de todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de puerilidad (manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición a fantasear y a decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada tendencia a la fijación oral o a la anal, o a ambas (la oral patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación eidética y una memoria visual notables (rasgos típicos del adolescente aún reciente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad, la última a menudo acrecentada por sentimientos irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos paciencia que un gato; de una vena socarrona despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas.”


Ensayo literario escrito por
Andrea Díaz Martínez (Ada)
No. de cta. 1983

jueves, 7 de agosto de 2008

ENSAYO MARTHA NAVARRETE

DEL PROCESO CREATIVO DEL NOVELISTA

Martha Navarrete

… y una vez más cayó
palabra tras palabra,
la caja de música chillaba
y, sobre la botella de cristal, llena
de lenguaje oblicuo y amargo,
llameaba veneno invisible.
Anna Akhmatova




Primero, quiero decir que este es mi primer acercamiento a Gardner, razón por la cual mi opinión se limita únicamente tomando en cuenta Para ser novelista y se complementa con otras lecturas de otros autores.

Insertando el libro en su contexto, creo que está escrito para un lector, específicamente, un escritor joven norteamericano, en realidad me parece que se trata de una especie de manual; de ahí que mis puntos de convergencia no son muchos. Primero, empezaré hablando de las diferencias entre el libro y yo, después, de las convergencias, de los puntos de encuentro.

Creo que la comparación entre la novela corta
[1] y la poesía con la narrativa no es un buen acierto, porque efectivamente la narrativa es una empresa que requiere de mayores elementos para ser construida, sin embargo, pienso que éstas –la poesía y la novela corta- complementan a aquella, pueden ser un buen punto de inicio para construirla; pongo especial énfasis en la poesía, en la experiencia que aporta en relación a la construcción de la imagen, de la metáfora y la musicalidad de un texto, sea cual sea. En relación a esto es un poco contradictorio el autor.[2]

Por otro lado, no es nada nuevo saber que las personas que tenemos poco o mucho gusto por las letras estamos poco o muy locos, desde mi punto de vista, esto no es la regla:


Otro indicador del talento del novelista es la inteligencia, cierta clase de inteligencia, ni la del matemático ni la del filósofo, la del narrador, no menos sutil que la de éstos, pero no tan fácil de distinguir. Como otros tipos de inteligencia, la del narrador es en parte natural y en parte ejercitada. Se compone de varias cualidades, la mayoría de las cuales son, en la gente normal, señal de inmadurez o incivilidad: de ingenio (tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de obstinación y tendencia al individualismo desabrido (rechazo de todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de puerilidad (manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición a fantasear y a decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada tendencia a la fijación oral o a la anal, o a ambas (la oral patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación eidética y una memoria visual notables (rasgos típicos del adolescente aún reciente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad, la última a menudo acrecentada por sentimientos irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos paciencia que un gato; de una vena socarrona despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas. Naturalmente, no todos los escritores tienen exactamente estas mismas virtudes. Alguna que otra vez aparece alguno que no es anormalmente imprevisor.
[3]

Así mismo, el énfasis en un trabajo literario no debe estar puesto en la publicación sino en el aprendizaje y la construcción de algo que valga la pena; y sí, no olvidar que debe ser convincente, basado en la observación, “como una cámara de cine” y cuidándonos de las imitaciones –que a mi ver no las considero tan malas si sólo se emplean como un ejercicio de la lengua y de la palabra-; poner atención en la construcción de los personajes en cuanto a historia, parentesco, identidad, defenderlos a todos por igual, abogar por ellos; no intentar lecciones morales; tomar el acontecimiento insólito como algo delicado pues no puede ser simulado, es decir, no atentar contra la inteligencia del lector.

Ahora bien, por otro lado, el autor habla de “periodos de trance”
[4] necesarios en el proceso creativo, mismos que tienen que ver con el sueño, en relación a esto, estoy de acuerdo con G. Bachelard que nos dice que el énfasis no es en el sueño, ya que carece de conciencia, sino en la ensoñación, pues a través de ésta él creador goza de un estado de reposo consciente y por lo tanto creativo.[5]

Por otro lado, “los estudios teóricos y técnicos restan personalidad al creador”, yo pienso que no restan sino que la afinan; si no fuera por estos elementos los trabajos serían meramente empíricos, cortos de pensamiento y triviales.

Las cosas así, creo que la intención del autor es poner el dedo en la llaga, motivar a las personas que aspiramos a escribir una novela, a la reflexión, a la concientización de lo que implica el trabajo con la palabra, donde el camino por recorrer, si se quiere, no es sencillo.

Es necesario poner énfasis en el trabajo argumentativo, en la nitidez que requiere, lograr que trascienda por medio de una escritura plena, asertiva, para lo que se necesita una visión auto-crítica, para no deformar el texto en el camino y lo que resulte sea algo ininteligible; en relación a esto me gustaría citar a R. Barthes que nos dice:

“La crítica desdobla los sentidos, hace flotar un segundo lenguaje por encima del primer lenguaje de la obra, es decir, una coherencia de signos. Se trata en suma de una especie de anamorfosis, dejando bien sentado, por una parte, que la obra no se presta jamás a ser puro reflejo (no es un objeto espectacular como una manzana o una caja), y por otra, que la anamorfosis misma es una transformación vigilada, ambas sometidas a sujeciones ópticas: de lo que refleja, debe transformarlo todo; no transformar siguiendo ciertas leyes, transformar siempre en el mismo sentido…”
[6]

Complementando, Gardner dice que es necesaria una “sensibilidad verbal”, que debemos mantenernos en un punto medio, no inclinar la balanza al yo externo o interno, a la pura estética, a la conformación de un lenguaje brillante, o a los sentimientos; de lo contrario el resultado es algo distorsionado y fuera de lo real, demasiado cargado a lo ficticio
[7]. De lo que se trata es de superar los vicios, los hábitos lingüísticos, deshacerse de lo que, de manera inmanente el lenguaje contiene, de lo que encierra en su propio significado.[8]

Finalmente, me gustaría agregar que lo que el autor persigue es fomentar en el joven creador el hábito de la escritura de manera responsable, es decir, de que busque y logre construir un lenguaje propio para que éste cumpla su función, entiendo que dicha función es en el sentido artístico, cultural y hasta social:

“Para escribir bien hay que saber simultanear muchos procesos mentales queal principio deben abordarse de uno en uno, y para ello se ha de dividir el trabajo en el mayor número posible de apartados:
Un esbozo de lo que se pretende decir; un análisis riguroso de las palabras con que se ha dicho, para ver qué dicen o dejan de decir; y una reflexión encaminada a (a) conseguir que las palabras no digan lo que no se pretende que digan y a (b) sacar provecho de lo que dicen sin que uno lo haya pretendido. Y segundo, debe confiar en que lo que da resultado en otro tipo de actividades también lo dará en la de escribir… Tómese un breve pasaje descriptivo y considérese como una unidad, y perfecciónese tanto como se pueda; luego pásese a la siguiente unidad –un pasaje de diálogo, pongamos por caso– y perfecciónese también tanto como se pueda. Abórdense unidades mayores, los episodios que componen la trama, y trabájese cada uno hasta que resplandezca. Como el cómico que pule cada chiste hasta sacarle el máximo partido (dándole el tono y el ritmo más adecuados, acompañándolo de gestos y rizando el rizo cuando conviene), púlase cada elemento del relato para que éste no sólo sea bueno globalmente sino que arrebate a cada momento”.
[9]

Podemos decir que, la construcción narrativa constituye una práctica literaria, pero también una práctica acuciosa del lenguaje, de la construcción de ideas, de imágenes, de conceptos, en definitiva, de una educación para ser libres y creativos.

Así, la finalidad de este universo sería tender un puente entre el lector y el creador; de tal suerte que, a fin de cuentas, se logre cambiar un destino, hacer posible lo imposible, a ser presas de una tensión, de un espasmo; y por qué no enseñar y enseñarnos a morir.
[1] “La novela corta de tono simbólico o alegórico está tan en inferioridad de condiciones respecto a la novela larga, de construcción esmerada, como un peso gallo respecto a un hábil peso pesado”. Gardner, John; Para ser novelista; Ultramar, 1990. P. 131.
[2] Ver p.p. 103-106.
[3] Ibidem. p.p. 66-67.
[4] Idem p.p.96-97.
[5] Bachelard, Gastón; La poética de la ensoñación; F.C.E.
[6] Barthes Roland; Crítica y verdad; México: Siglo XXI, 1987. P.P. 66-67.
[7] Op.cit. p.p 32-35.
[8] Ibidem. P.44.
[9] Idem. P.183 y 191.

Lola, de Truman Capote (traducción)

Sí, en todos los aspectos se trataba de un regalo peculiar. Llamativo, verdaderamente. Yo ya tenía suficiente de mascotas: dos perros, un bulldog inglés y un terrier escocés negro. Más aún, nunca me había sentido atraído hacia las aves; de hecho, siempre les había tenido aversión; cuando, en la playa, las gaviotas bajan en picada y se hunden, por ejemplo, me entra el pánico y quiero echar a correr. Una vez cuando tenía cinco o seis años, un gorrión, entró por la ventana de mi cuarto y se quedó allí atrapado: voló por todos lados adentro hasta que yo casi me desmayé preso de una emoción donde ciertamente aparecía la piedad pero predominaba el miedo. Y fue así que con cierta angustia recibí el regalo de Navidad de Graziella: un horrible cuervo joven con las alas cruelmente recortadas.

Ahora ya han pasado más de doce años desde aquella mañana de Navidad en 1952. Entonces vivía en la ladera de una montaña en Sicilia; la casa de piedra rosada se encontraba en medio de un plateado huerto de olivos; tenía muchas habitaciones y una terraza con vista a la cima nevada del Etna. A lo lejos abajo en días soleados, se veía el mar de un azul tan intenso como el ojo de un pavo real. Era una casa muy bella aunque no muy confortable, especialmente en los días de invierno cuando los vientos del norte rugían y aunque uno bebía vino para calentarse el tacto con los pisos de piedra era tan frío como el beso de un muerto. Sin importar el clima, invernal o bañado de sol, la casa no hubiera sido nada habitable sin Graziella, una sirvienta del pueblo que aparecía cada mañana y se quedaba hasta después de la cena. Tenía diecisiete años y era una jovencita de físico masivo: tenía las piernas de un luchador de sumo, ligeramente corvas, con pantorrillas protuberantes. Su cara, no obstante, era de lo más bonita: tenías los ojos café con listas doradas del color del brandy casero local, mejillas sonrosadas, labios de un rosa más oscuro, cejas cafés finamente delineadas y un pelo negro peinado pegado al cráneo y asegurado en esa austera posición con un par de peinetas españolas. Llevaba una vida difícil, y se quejaba de ello constantemente en una forma divertida y poco quejumbrosa: su padre era el borracho del pueblo en un pueblo donde sobraban los borrachos; su madre era una histérica fanática de la religión; y Paolo era su hermano mayor, a quien ella adoraba a pesar de que cada semana la golpeaba y se robaba su salario. Graziella y yo éramos buenos amigos, y por ello, era natural que intercambiásemos regalos en Navidad. Le di un suéter, una bufanda y un collar de perlas verdes. Y ella, vuelvo a contarlo, me regaló un cuervo.

Ya había dicho que era horrible. Era horrible. Un objeto tanto penoso como patético. Sin importarme el riesgo de que Graziella se enojara, le hubiera dado su libertad al cuervo si éste hubiera sido capaz de valerse por sí mismo. Pero las alas habían sido certeramente cortadas para que no pudiese volar; solamente podía bambolearse en los alrededores, tenía un pico negro que se movía como las mandíbulas de un idiota y unos ojos vacíos y sin vida. Graziella lo había capturado tras haber escalado a lo alto de las hoscas pendientes volcánicas por encima de Bronte en el criadero de los cuervos, un valle de piedras, espinas y árboles deformes. Me dijo: "Lo atrapé con una red de pesca. Corrí entre las aves y cuando lancé la red en el aire, dos de ellas se enredaron. Dejé que uno se fuera. El otro es éste al cual puse en una caja de zapatos, me lo llevé a casa y le corté las alas. Los cuervos son muy inteligentes. Son más listos que los pericos. O que los caballos, inclusive. Si le hacemos una incisión en el medio de la lengua, le podemos enseñar a hablar" No era que Graziella fuera insensible; simplemente compartía la indiferencia de los mediterráneos al sufrimiento de los animales. Ella se extrañó mucho cuando me negué a mutilar la lengua del ave; de hecho, perdió todo el interés en la pobre criatura cuyo bienestar se volvía entonces mi propia e infeliz carga.

La mantuve encerrada en uno de los cuartos adicionales sin amueblar como si se tratara del miembro loco de la familia. Pensé: "Bueno, sus alas crecerán pronto y entonces podrá marcharse". Pero el Año Nuevo vino y se fue, pasaron las semanas y Graziella me confesó que mi regalo de Navidad tardaría seis meses hasta que pudiera remontar de nuevo los cielos.

La abominaba. Detestaba visitar a esa ave tan desamparada en el cuarto que era el más frío de una casa bien fría, su vista era impecablemente triste. Aunque la conciencia de su soledad me impelía a ir no obstante que, al principio, el ave parecía disfrutar mis visitas aún menos que yo: se abalanzaba a un rincón y me daba la espalda, era un prisionero silencioso que se encorvaba entre un tazón de agua y otro de comida. Con el tiempo, sin embargo, llegué a sentir que mi presencia no era tan mal recibida; cesó de evitarme, me miraba y con una voz burda, poco musical, producía sonidos que parecían amigables, graznidos apagados. Comenzamos a hacer descubrimientos mutuos; encontré que le gustaba que le rascara la cabeza, se dio cuenta que me divertían sus picoteos juguetones. Pronto aprendió a balancearse en el canto de mi mano y después a sentarse en mi hombro. Comenzó a enorgullecerse de besarme, es decir, golpearme suavemente con su pico en la barbilla, las mejillas y el lóbulo de la oreja. No obstante, yo consideraba o al menos presumía que aún lo rechazaba debido a su colorido funerario, el aviario tacto de sus plumas tan repelente para mí como la piel de los peces o de las serpientes.

Una mañana, de fines de enero, con la primavera de pronto arribo ya en Sicilia y con los almendros ya en flor liberando una niebla perfumada y floreciente a través del paisaje, descubrí que el cuervo se había fugado. El cuarto en el cual vivía contenía puertas tipo francés que conducían a un jardín. Durante la noche, las puertas, de algún modo, se habían abierto, quizá debido al empuje del sirocco , el cual soplaba por esa época (y traía con él arenisca del desierto africano). De cualquier modo, el ave se había marchado. Busqué en el jardín; Graziella se trepó a la ladera de la montaña. Se fue la mañana y luego, la tarde. Cuando cayó la noche, ya habíamos buscado "por todos lados" incluidos el punzante interior de una formación cactácea, las tumbas de un cementerio cercano, el pestilente zócalo de una cueva plagada con orina de murciélago. Gradualmente, durante el curso de nuestra búsqueda, un cierto hecho al fin me penetró: Me gustaba mucho Lola. ¡Lola! El nombre emergió como una luna nueva en el cielo, espontáneo e inevitable. Hasta entonces, no había querido darle un nombre ya que hacerlo, creía, equivaldría a admitir que el ave era una pertenencia permanente.

"¿Lola?"

La llamaba desde mi ventana. Al fin, me acosté. Por supuesto que no pude dormir. Me acosaban las visiones: Lola con su cuello atrapado entre las fauces de un gato; un zorro corriendo con ella hacia el salón de fiestas de un cubil manchado de sangre y con plumas por todos lados. O Lola, bamboleándose sobre el suelo desamparada, tratando de esconderse hasta morir de hambre y sed.

"¿Lo-o-o-o-o-ola?"

No habíamos revisado la casa. A lo mejor nunca había salido, o si lo había hecho se había después metido por otra. Encendí una vela (la luz eléctrica funcionaba en raras ocasiones); visité todas las habitaciones y en una de ellas, un salón vacío, la luz de la vela luminó un par de ojos familiar.

"Al fin, Lola".

Se subió a mi mano y de regreso en el dormitorio la puse en el tubo de bronce de la contra-cabecera de una cama. Ella se prendió de él con sus garras y clavó su cansada cabeza debajo de una de sus mutiladas alas. Pronto se había quedado dormida y yo y los perros también, acurrucados ellos en frente del fuego de una chimenea apenas encendida con las llamas aromáticas de la madera de eucalipto.

Los perros nunca habían conocido a Lola y fue con cierto miedo que se las presenté al día siguiente, ya que ambos y en particular el terrier escocés eran capaces de comportarse agresivamente. Pero si ella iba a vivir en casa con nosotros, la presentación debía ocurrir. La puse en el piso. El bulldog la olisqueó con su peculiar nariz achatada, luego bostezó más de vergüenza que de aburrimiento; todos los perros bostezan de vergüenza. Claramente se notaba que no sabía qué era Lola. ¿Comida? ¿Un juguete? El terrier decidió que eso era Lola, un juguete. La empujó con su garra, La arrinconó en una esquina. Ella se defendió picoteando su hocico; sus graznidos eran graves y violentos como el peor de los insultos. Eso asustó al bulldog que se salió de la habitación. Aún el terrier retrocedió, se sentó y la observó maravillado.

De ahí en adelante, los perros tenían un gran respeto por Lola. Le mostraban mucha consideración; ella no mostraba mucha por ellos. Usaba su tinaja de agua como alberca; a la hora de comer, siempre les robaba la comida que le placía porque nunca quedaba satisfecha solamente con la propia. Al bulldog lo tomaba como su monte privado y trepada en su amplia grupa, trotaba por el jardín como si fuera un domador de circo. En la noche, mientras se acomodaban junto al hogar, ella se metía entre los perros y si éstos amenazaban con perturbar su confort, los picoteaba fuertemente.

Lola debió ser muy joven cuando Graziella la atrapó, poco más que una recién nacida. Para junio, ella había triplicado su tamaño y había alcanzado el tamaño de una gallina. Sus alas estaban de regreso o casi. Pero ella todavía no volaba. De hecho, se negaba a ello. Prefería caminar. Cuando los perros salían a dar un paseo ella saltaba junto a ellos. Un día se me ocurrió que Lola no sabía que ella era un ave. Pensaba que era un perro. Graziella estuvo de acuerdo conmigo y los dos nos reímos; lo consideramos un equívoco delicioso sin prever ninguno de los dos que esa mala interpretación de Lola acabaría sin duda en una tragedia; la condena que nos espera a todos aquellos que negamos nuestra naturaleza propia e insistimos en ser algo más que nosotros mismos.

Lola era una ladrona; de otro modo ella nunca hubiera utilizado sus alas. Sin embargo, el tipo de artículos que le encantaba robar (cosas brillantes, uvas y plumas fuente, cigarrillos) se encontraban usualmente en lugares elevados, de modo que, para alcanzarlos, ocasionalmente realizaba (literalmente) un salto volador. Una vez se robó un juego de dientes postizos. Los mismos pertenecían a una amiga invitada, una anciana de carácter difícil. Dijo que no pensaba que el hecho tuviera nada de divertido y estalló en lágrimas. Lo peor es que no sabíamos donde había escondido Lola su botín (Graziella pensaba que todos los cuervos eran ladrones e invariablemente mantenían un lugar de almacenamiento secreto para su tesoro escondido). La única forma posible para recuperarlo era tratar de engañar a Lola para que revelara a dónde había puesto los dientes postizos. A Lola le encantaba el oro, en particular, un anillo de oro que a veces yo utilizaba excitaba sus miradas codiciosas. Por eso nosotros (Graziella y yo), colocamos el anillo como carnada de nuestra trampa; lo dejamos sobre la mesa de la cocina, donde Lola estaba comiendo migajas y nos escondimos tras la puerta. En cuanto ella pensó que nadie la observaba, tomó el anillo y salió del comedor y, atravesando un salón, se dirigió a la biblioteca, una habitación pequeña y sombría atestada con ediciones de bolsillo baratas de los clásicos, propiedad de un propietario anterior. Brincó del piso a una silla y luego a un estante de libros y entonces, como si se tratara de una grieta en la ladera de la montaña que conduce a la caverna de Ali Baba, se deslizó entre dos libros y desapareció tras ellos: evaporada, a la manera de Alicia cuando se mete al espejo. La obra completa de Jane Austen cubría su escondite, el cual, al ser encontrado consistía de, además de la dentadura sustraída, las llaves de mi carro perdidas desde hacía mucho tiempo (yo no había culpado a Lola, pensé que las había perdido por mi culpa), un amasijo de papel moneda, miles de liras convertidas en tiras pequeñas, mis mejores mancuernillas, ligas, muchos metros de cuerda, la primera página de un cuento que deje de escribir porque no encontraba la primera página, una moneda gringa, una rosa seca, un botón de cristal.
Antes en ese verano, Graziella había anunciado su compromiso con un joven llamado Luchino, un mesero delgado con el pelo rizado y aceitoso y perfil de estrella de cine. Hablaba un poco de inglés y un poco de alemán; usaba unos zuecos verdes y manejaba su propia Vespa. Graziella contaba con razones para pensar que era un excelente partido, aún así, yo no me sentía feliz con el compromiso. Yo creía que ella era muy sencilla y saludable, simplemente demasiado agradable para un tipo astuto como Luchino (cuya reputación era la de un gigoló semiprofesional a la caza de turistas solitarias: solteronas suecas, viudas y viudos alemanes), aunque, en vías de justicia, tales actividades eran comunes entre la juventud del pueblo.

Pero la alegría de Graziella era difícil de resistir. Ella colgaba fotografías de Luchino por toda la cocina, sobre el fregadero, dentro de la hielera y aún en el tronco de un árbol que crecía afuera de la ventana de la cocina. El romance, por supuesto, interfería con la labor hacia mí: ya entonces, al modo siciliano, ella debía remendar los calcetines de su novio, lavarle la ropa (¡y era un montón!), sin mencionar las horas que se pasaba preparando su ajuar, colocando encajes a su ropa interior, arreglando su velo de boda. Muchas veces de lunch me tendía un plato de spaghetti duro y frío y en la comida me servía huevos estrellados fríos. Y a veces nada del todo, siempre estaba apresurada para encontrarse con su novio en la piazza para dar un paseo crepuscular. Aún viéndolo en retrospectiva, no le envidio su felicidad, no era más que el preludio a la más amarga mala suerte.

Una noche de agosto, a su padre (a quien Graziella amaba a pesar de su alcoholismo), un turista gringo le ofreció un vaso grande de ginebra pura para tomárselo de una sola vez, lo cual aceptó para sufrir después una embolia que lo dejo paralizado. Y justo al día siguiente un infortunio aún peor la golpeó, Luchino, viajando por un camino vecinal sobre su Vespa, al salir de una curva, atropelló y mató a una niña de tres años. Yo conduje a Luchino y a Graziella al funeral de la niña, tras lo cual, en el camino de regreso a casa, Luchino iba con los ojos secos en tanto que Graziella gemía y lloraba como si su corazón se hubiera partido en dos; yo pensé que sentía pena por la niña muerta. No, era por ella misma, por ese futuro oscuro al que se enfrentaba: Luchino podía ser encarcelado y debía cubrir una indemnización considerable, por lo que no habría matrimonio entonces ni durante los siguientes años ( y quizá nunca).

La pobre chica estaba desecha. Un doctor le ordenó guardar cama. Un día la fui a ver para saber cómo seguía. Llevé conmigo a Lola tratando de alegrar a la enferma. En lugar de ello, la visión del ave la horrorizó y comenzó a gritar. Decía que Lola era una bruja, decía que Lola tenía el mal de ojo, el ojo diabólico, y que la doble tragedia, la embolia de su padre y el accidente de Luchino, era un trabajo de Lola, un castigo que le inflingía por haberla atrapado y haberle cortado las alas. Ella dijo: "Sí, sí, es verdad. Todos los niños saben que los cuervos son la personificación de los espíritus malignos". Y: "Nunca regresaré a su casa".

Y no lo hizo. Ni ella ni ninguna otra sirvienta. Eso debido a que gracias a las acusaciones de Graziella apareció el mito de que la mía era una casa del ojo del diablo, y no solamente Lola, sino que yo mismo poseía un potente mal de ojo. Nada peor se puede decir de alguien en Sicilia. Más aún, es un cargo contra el que no hay defensa posible. Al principio bromeaba acerca de ello, como si no fuera más que una aventura humorística. Las personas que me encontraban en la calle se persignaban o, tan pronto como yo había pasado, hacían el gesto de los cuernos con la mano, un gesto de magia negra que se usa para disipar el poder de mi ojo con orilla de carey, malévolo, lanzador de maleficios.

Me levanté una noche hacia las doce y decidí (¡espontáneamente!) mudarme. Irme antes del amanecer. Extraña decisión ya que yo había vivido allí por más de dos años y no me daba cuenta de lo que era estar súbitamente sin casa. Sin casa y con dos grandes perros y un ave peculiar sin jaula. No obstante, repleté mi carro, parecía una cornucopia rodante con zapatos, libros y cañas de pescar que sobresalían por las ventanas; con unos cuantos empujones logré que mis perros cupieran. Sin embargo, no quedaba lugar para Lola. Ella tendría que ir sentada en mi hombro, lo cual no era lo ideal, porque ella era una pasajera nerviosa y cualquier curva o giro abruptos la harían graznar o cagarse.

Manejé a través de los estrechos de Messina y luego a través de Calabria, llegué a Nápoles y luego a Roma. Es una jornada placentera para recordarla, a veces, cuando estoy a punto de dormir, veo imágenes deslizarse frente a mí. Por ejemplo, un picnic en las montañas calabresas, donde el cielo era de un azul intenso; donde más abajo de mi posición había un hato de cabras y se escuchaban los silbidos dulces y suaves que hacía con un silbato de bambú el cabrero mientras Lola tragaba bolitas de pan remojadas en vino tinto. O Cabo Palinuro, una playa calabresa remota bordeada por el bosque donde todos nosotros nos asoleábamos bajo un sol aún cálido de octubre cuando un jabalí arremetió desde el bosque contra nosotros, como si fueras a atacarnos. Yo fui el único intimidado: corrí hacia el mar. Los perros se plantaron listos a defender su territorio y Lola se plantó con ellos, aleteó y gritó ánimos con su voz oxidada; juntos y concertados regresaron al jabalí al bosque. La tarde de ese mismo día viajamos lejos, hasta las ruinas de Paestum: noche brillante, el cielo como si fuese otro mar, la media luna como banco anclado que se balanceaba en un llano de estrellas, y todo alrededor nuestro el mármol iluminada por la luz de luna, templos caídos de tiempos distantes. Dormimos sobre la plata al borde de esas ruinas, o al menos ellos durmieron: Lola y los perros; yo estaba atormentado por los mosquitos y los pensamientos sobre la mortalidad.

Pasamos el invierno en Roma, primeramente en un hotel (donde la administración nos expulsó tras sólo cinco días y ni siquiera se trataba de un alojamiento de primera clase), después en un apartamento en el 33 de la Vía Margutta, una calle estrecha que había sido pintada muchas veces por malos pintores y famosa por el gran número de gatos que vagaban por ella, refugiados en los enormes patios y sobrevivientes únicamente debido a la caridad de ancianas medio locas, viejas arrugadas que todos los días paseaban por la jungla de gatos con sacos conteniendo comida de desecho.

Nuestro apartamento no era lujoso; para llegar a él había que escalar seis pisos de empinadas escaleras oscuras. Lo renté a causa del balcón, después de la vastedad de la vista desde la terraza siciliana, el balcón, en contraste, me ofrecía una escena en miniatura perfecta y tranquila como un hogar: varias techos romanos, de naranja y ocre descoloridos y unas pocas ventanas diseminadas (tras las cuales se podían observar episodios de vida familiar). A Lola le encantaba el balcón. Raramente se alejaba de él. Le gustaba colocarse agarrada del borde del barandal de piedra y estudiar el tránsito sobre la adoquinada calle abajo y a las ancianas que alimentaban a los gatos de la Magutta, a un músico callejero que venía todas las tardes y tocaba su gaita hasta que uno sintiéndose completamente chantajeado le aventaba una moneda, a un guapo afilador de cuchillos quien anunciaba sus servicios con una canción entonada en la mayor tradición de los barítonos (¡las amas de casa corrían a él!).

Cuando el sol se ocultaba, Lola siempre tomaba su baño en el barandal del balcón. Su bañera era un plato de sopa plateado; tras unos momentos de despreocupada inmersión en el agua somera, brincaba fuera, y como si se colocara una capa de cristal, se sacudía, hinchando las plumas; más tarde, durante largas horas de deleite, se bañaba de sol, con la cabeza de lado, el pico entreabierto, los ojos cerrados. Observarla era una experiencia conmovedora.

Así parecía considerarlo el señor Fioli. Se sentaba a su ventana, que quedaba exactamente frente al balcón, y hacía de atenta audiencia de Lola tanto tiempo como ella era visible. El señor Fioli me interesaba. Me había tomado la molestia de aprenderme su nombre y conocer algo de su historia. Tenía noventa y tres años y en su cumpleaños noventa había perdido la capacidad de hablar; cuando quiera que deseaba atraer la atención de su familia (una nieta viuda y cinco bisnietos ya adultos), sonaba una campanilla de las que se usan para llamar a rancho. De otro modo, y a pesar de que nunca dejaba su recámara, parecía estar en pleno control de sí mismo. Su vista era excelente; veía todo lo que Lola hacía, y si realizaba algo particularmente tonto o adorable, una sonrisa endulzaba su muy viril vieja cara agria. Había sido un fabricante de gabinetes y el negocio que él había fundado aún operaba en la planta baja del edificio en el que vivía; tres de sus bisnietos trabajaban allí.

Una mañana, en la semana anterior a Navidad, casi un año después del día en que Lola había entrado a mi vida, llené su enorme tazón de agua mineral, ella prefería bañarse en agua mineral y mientras más burbujeante mejor para ella, la llevé al balcón, saludé con la mano al señor Fioli, quien, como era usual, estaba sentado a la ventana esperando presenciar el baño de Lola, y me metí a la casa, me senté en mi escritorio y comencé a escribir cartas.

Repentinamente, escuché el convocador tintineo de la campanilla a rancho del señor Fioli, un sonido muy familiar, escuchado veinte veces al día, pero nunca antes había sonado como esa ocasión, un tintineo rápido como el latido de un corazón excitado. Me pregunté por qué y fui a ver, y vi, Lola, un adorador solar estupefacto agazapado en el barandal y detrás de ella un enorme gato color jengibre, un gato que había reptado sobre los techos y se disponía entonces a deslizarse sobre su panza por el barandal con los ojos verdes llameantes.

El señor Fioli agitó su campanilla y yo grité. El gato saltó con sus garras desplegadas. Pero fue como si Lola en el último momento sintiera el peligro. Saltó del barandal hacia la calle y cayó. El enfadado gato, el señor Fioli y yo la vimos en su extraordinaria caída.

"¡Lola! Vuela, Lola, vuela"

Sus alas, aunque estaban extendidas, permanecían inmóviles. Lenta y tozudamente, como si estuviera unida a un paracaídas, ella se deslizaba hacia abajo, más y más.

Una pequeña camionetita de carga pasaba en ese momento por la calle. Primero pensé que Lola caería en frente de ella, eso ya parecía lo suficientemente peligroso. Pero lo que ocurrió fue peor, fue pavoroso y terrible: ella aterrizó en algunos de los sacos que cargaba en la parte trasera la camioneta. Y allí se quedó. Y la camioneta se iba, dobló la esquina y se alejó por la vía Margutta.

"Regresa, Lola. ¡Lola!"

Corrí tras ella; patiné los seis pisos de escaleras de piedra resbalosa; me caí, raspé mis rodillas, perdí mis lentes (volaron y se destrozaron contra la pared), Afuera, corrí a la esquina donde había doblado el camioncito. Lejos, a través de una niebla compuesta de miopía y lágrimas de dolor, vi que el camioncito estaba parado en un semáforo. Pero antes de que pudiera llegar, mucho tiempo antes, la luz cambió y el camioncito, conduciendo a Lola, llevándola para siempre lejos de mí, se difuminaba en el tránsito que se arremolinaba por la Piazza di Spagna.

No habían transcurrido muchos minutos desde que el gato había embestido, quizá cuatro o cinco. Sin embargo, me llevó una hora desandar la ruta, subir las escaleras, recoger y guardar los lentes rotos. Y durante todo ese tiempo, el señor Fioli había estado sentado a su ventana, esperando allí con una expresión de penosa sorpresa. Cuando vio que yo ya había regresado, sonó su campanilla, invocándome al balcón.

Le dije: "Ella pensaba que era alguien diferente"

Frunció el ceño.

"Un perro."

El ceño se espesó.

"Se fue"

Eso lo entendió. Asintió con la cabeza. Los dos asentimos.

(C) Traducción de Efrén Pérez Vázquez

Ejercicio y tareas pendientes

Nada más para recordarles que el nuevo ejercicio consiste en escribir un cuento (extensión libre) con un animal real o imaginario, ya existente o inventado, y que la istoria gire alrededor de él, como protagonista, o como pivote principal de la historia. (Para eso es la lectura de "Lola", de Truman Capote, para que se inspiren más o menos en él).

La entrega es el próximo 20 de agosto de 2008.

Recuerden también investigar sobre el mito que les tocó en clase.

Les reitero que tienen hasta el domingo 10 de agosto para postear las tareas pendientes sin afectación en la calificación final.

A partir de esa fecha, tarea que no se publique en el blog en la fecha estipulada, no será tomada en cuenta.

Saludos.

Guillermo

Lola

Photobucket

por Truman Capote


(Nota: Les pongo aquí la versión en inglés. Si alguien quiere traducirlo o transcribir la versión que viene en Los perros ladran, será bienvenida y agradecida eternamente. G.)

YES IT SEEMED IN EVERY RESPECT a curious gift. An appalling one, really. For I had already a sufficiency of pets: two dogs, an English bulldog and a Kerry blue terrier. Moreover, I have never been partial to birds; indeed, I've had always rather an aversion to them: when, on a beach, sea gulls swoop and dive, I am (for example) very liable to panic and run. Once when I was five or six, a sparrow, having flown through the window of my room, became trapped there: flew about till I was almost faint from an emotion in which pity figured but fear predominated. And so it was with some dismay that I received Graziella's Christmas present: an ugly young raven with wings cruelly clipped.

Now more than twelve years have gone by, for that was Christmas morning, 1952. I was living then in Sicily on a mountainside; the house, placed amid a silvery olive orchard, was made of pale pink stone; it had many rooms, and a terrace with a view of Etna's snowcapped summit. Far below one saw, on sunlit days, a sea blue as a peacock's eye. It was a beautiful house, though not very comfortable, especially in winter when north winds sang, shouted, when one drank wine for warmth and even so the touch of the stone floors was cold as a dead man's kiss. Whatever the weather, winter-withered or sunscorched, the house would not have been quite habitable without Graziella, a servant girl from the village who appeared early each morning and stayed until after supper. She was seventeen, a stocky young lady too sturdily built: she had the legs of a Japanese wrestler—slightly bowed, with bulging calves. Her face, however, was pretty as could be: eyes brown and gold as the local home-brewed brandy; rosy cheeks; rosier lips; a fine dark brow; and black hair brushed smooth to the skull, then secured in that austere position by a little pair of Spanish combs. She had a hard life, and in an amused, uncomplaining fashion, complained of it constantly: a father who was the village drunk, at any rate one of them; her mother, a religious hysteric; and Paolo, her elder brother — she adored him, though he every week beat her and robbed her of her wages. We were good friends, Graziella and I, and it was natural that at Christmas we should exchange gifts. I gave her a sweater, a scarf and a necklace of green beads. And she, to repeat, presented me with a raven.

I have said it was ugly. It was. An object both dreadful and pathetic. No matter the risk of outraging Graziella, I would have set it free at once had it been capable of fending for itself. But the wings had been very closely cut and it could not fly; it could only wobble about, its black beak agape like the jaws of an idiot, its eyes flat and bleak. Graziella, having climbed high into the dour volcanic slopes above Bronte, had captured it in a ravine where ravens thrive, a valley of stones and thorns and deformed trees. She said, "I caught it with a fishing net. I ran among the birds. When I threw the net in the air two of them tangled. One I let go. The other, this one, I put in a shoebox. I took it home and cut its wings. Ravens are very clever. Smarter than parrots. Or horses. If we split its tongue, we can teach it to talk." It was not that Graziella was unkind; she simply shared the indifference of Mediterraneans to the sufferings of animals. She grew quite cross when I refused to let her mutilate the bird's tongue; in fact, she lost all interest in the poor creature, the well-being of which now became my own unhappy burden.

I kept it shut away in a spare, unfurnished room; kept it locked there like a mad relative. I thought, Well, its wings will soon grow out, then it can go away. But the New Year came and went, weeks passed, and presently Graziella confessed it would be six months before my Christmas gift could once again ascend the skies.

I loathed it. I loathed visiting it; the room was the coldest in the cold house, and the bird so forlorn, so impeccably sad a sight. Yet awareness of its loneliness forced me there— though at the start it seemed to enjoy my visits rather less than I did: it would stalk into a corner and turn its back on me, a silent prisoner hunched between a bowl of water and a bowl of food. In time, however, I came to feel my presence was not unwelcome; it ceased to avoid me, it stared me in the eye and, in a rough, unmusical voice, produced friendlyseeming noises: muted cawings. We began to make discoveries concerning one another: I found it liked to have its head scratched, it realized how much its playful peckings amused me. Soon it learned to balance on the rim of my hand, then to sit upon my shoulder. It grew fond of kissing me—that is, gently, with its beak nipping at my chin, cheeks, an earlobe. Nevertheless, I remained, or imagined I did, somewhat repelled by it: the funereal coloring, the bird-feel of its feathers —distasteful (to me) as fish skin, snake hide.

One morning—it was late January, but spring comes early to Sicily, and the almond trees were in flower: a mist of scent and bloom drifting across the landscape—one morning I arrived to find the raven had absconded. The room in which it lived contained French doors leading into a garden during the night the doors had somehow come undone perhaps the sirocco, which was blowing then (bringing with it gritty bits of African desert), had pushed them open. The bird, anyway, was gone. I combed the garden; Graziella climbed the mountainside. The morning ended, and the afternoon. By nightfall we had searched "everywhere": the prickly interior of a wild cactus grove, among the graves of a cemetery close by, inside a cave reeking of bat urine. Gradually, in the course of our pursuit, a certain fact at last penetrated: I very much liked—Lola. Lola! The name emerged like the new moon overhead, unbidden but inevitable; until then I'd not wanted to give her a name: to do so, I felt, would be to admit she was a permanent belonging.

"Lola?"

I called to her from my window. Finally I went to bed. Of course I could not sleep. Visions intervened: Lola, her neck clasped between cat teeth; a red tom racing with her toward the feasting hall of some bloodstained, feather-strewn lair. Or Lola, earthbound and helpless, somewhere hiding until hunger and thirst felled her forever.

"Lo-o-o-la-a-a?"

We had not looked through the house. Possibly she had never left it, or departed by one door and reentered by another. I lighted a candle (our electricity seldom functioned); I traveled from room to room; and in one, an unused parlor, the candlelight illuminated a familiar pair of eyes.

"Ah, Lola."

She stepped aboard my hand; back in the bedroom I transferred her to the foot-railing of a brass bed. She clutched it with her claws and tucked a tired head under one of her disfigured wings. Soon she was asleep, so was I, so were the dogs (curled together in front of a fireplace vaguely aglow with the aromatic flames of a eucalyptus fire).

The dogs had never met Lola, and it was with some anxiety that I next morning introduced them, for they both, and particularly the Kerry blue, were capable of cranky behavior. But if she meant to make her home with us, it must be done. I put her on the floor. The bulldog sniffed at her with his squashed, trufflelike nose, then yawned, not from boredom but embarrassment; all dogs yawn when they are embarrassed. Clearly he did not know what she was. Food? A plaything? The Kerry decided Lola was the latter. He tapped her with his paw. He chased her into a corner. She fought back, pecked his snout; her cawings were coarse and violent as the harshest curse words. It frightened the bulldog; he ran from the room. Even the Kerry retreated—sat down and gazed at her, marveling.

From then on, the dogs had great respect for Lola. They showed her every consideration; she showed them very few. She used their water bowl as a splash bath; at mealtimes, never content with her own dish, she always raided theirs, taking what she pleased. The bulldog she turned into a private mount; perched on his broad rump, she trotted around the garden like a bareback circus rider. At night, camping by the hearth, she huddled between the dogs, and if they threatened to stir, or otherwise disturb her comfort, she stabbed them with her beak.

Lola must have been very young when Graziella caught her—hardly more than a fledgling. By June she had tripled in size, grown big as a chicken. Her wings had come back, or almost. But still she did not fly. Indeed, she refused to. She preferred to walk. When the dogs went for a hike she hopped along beside them. One day it occurred to me that Lola did not know she was a bird. She thought she was a dog. Graziella agreed with me, and we both laughed; we considered it a delightful quirk, neither one foreseeing that Lola's misconception was certain to end in tragedy: the doom that awaits all of us who reject our own natures and insist on being something else than ourselves.

Lola was a thief; otherwise she might never have used her wings at all. However, the sort of articles she was fond of stealing—shiny things, grapes and fountain pens, cigarettes— were situated usually in elevated areas; so, to reach a tabletop, she occasionally took a (quite literally) flying jump. Once she stole a set of false teeth. The teeth belonged to a guest, a difficult and elderly friend, a lady. She said she thought it not the least funny and burst into tears. Alas, we did not know where Lola hid her loot (according to Graziella, all ravens are robbers and invariably keep a secret storage den for stolen treasure). The only sensible course was to try to trick Lola into revealing where she had taken the teeth. She admired gold: a gold ring I sometimes wore constantly excited her greedy gaze. We (Graziella and I) therefore baited our trap with the ring: left it on the luncheon table, where Lola was cleaning up crumbs, and hid behind a door. The instant she imagined herself unobserved, she snatched the ring and rushed out of the dining room and along a hall to the "library"—a small, gloomy room stuffed with cheap paperback editions of the classics, the property of a former tenant. She leaped from floor to chair to bookshelf; then, as though it were a cleft in a mountainside leading to an Ali Baba's cavern, she squeezed between two books and disappeared behind them: evaporated, rather like Alice through the looking glass. The Complete Jane Austen concealed her cache, which, when we found it, consisted, in addition to the purloined dentures, of the long-lost keys to my car (I'd not blamed Lola: I thought I'd lost them myself), a mass of paper money—thousands of lire torn into tiny scraps, as though intended for some future nest, old letters, my best cuff links, rubber bands, yards of string, the first page of a short story I'd stopped writing because I couldn't find the first page, an American penny, a dry rose, a crystal button—

Early that summer Graziella announced her engagement to a young man named Luchino, a slim-waisted waiter with oily, curly hair and a film-star profile. He spoke a little English, a little German; he wore green suede shoes and drove his own Vespa. Graziella had reason to think him a formidable catch; still, I was not happy about it. I felt she was too plain and healthy, simply too nice, for a sharp fellow like Luchino (who had a reputation as a semiprofessional gigolo catering to solitary tourists: Swedish spinsters, German widows and widowers), though, to be fair, such activities were far from uncommon among the village youth.

But Graziella's joy was difficult to resist. She pinned photographs of Luchino all over the kitchen, above the stove, above the sink, inside the icebox door and even on the trunk of a tree that grew outside the kitchen window. Romance, of course, interfered with her care of me: now, in the Sicilian fashion, she had her fiance's socks to mend, laundry to do (and such a lot of it!), not to mention the hours she spent preparing a trousseau, embroidering underwear, fitting a wedding veil. Often at lunch I was handed a plate of ice-hard spaghetti, then given cold fried eggs for supper. Or perhaps nothing at all; she was forever hurrying off to meet her lover in the piazza for a twilight promenade. Yet in retrospect I do not begrudge her that happiness: it was but the prelude to the bitterest bad luck.

One August night her father (much beloved despite his drunkenness) was offered (by an American tourist) a tall glass of straight gin, told to drink it at one go, did so and underwent a stroke that left him paralyzed. And the very next day even starker misfortune struck; Luchino, streaking along a country road aboard his Vespa, rounded a corner, ran into and instantly killed a three-year-old girl. I drove Luchino and Graziella to the child's funeral; afterward, on the way home, Luchino was dry-eyed but Graziella moaned and wept as though her heart had been halved: I assumed she was grieving for the dead baby. No, it was for herself, the dark prospect before her: Luchino faced possible imprisonment and certainly a huge indemnity payment—there would be no marriage now, not for years (if ever).

The poor girl was prostrated. A doctor confined her to bed. One day I went to see how she was getting on. I took Lola with me, meaning to cheer the invalid. Instead, the sight of the bird horrified her; she screamed. She said Lola was a witch, she said Lola had the malocchio, the evil eye, and that the double tragedy, her father's stroke and Luchino's accident, was Lola's work, a punishment inflicted for having caught her and clipped her wings. She said, Yes, yes, it's true: every child knows ravens are the embodiment of black and wicked spirits. And, "I will never come to your house again."

Nor did she. Nor did any other servant girl. For out of Graziella's accusations, a myth grew that mine was a house of the evil eye: that not merely Lola, but I myself, possessed a potent malocchio. Nothing worse can be said of one in Sicily. Moreover, it is a charge against which there is no defense. In the beginning I joked about it, though it was not in the least a humorous adventure. Persons meeting me in the street crossed themselves; or, as soon as I had passed, arranged one hand in the shape of a bull's head with horns—a dark-magic gesture meant to dispel the power of my malevolent, spell-casting, tortoise-shell-rimmed eye.

I woke one night around midnight and decided (snap!) to clear out. Leave before dawn. Rather a decision, for I'd lived there two years, and did not altogether relish being suddenly homeless. Homeless with two large dogs and an uncaged, peculiar bird. Nevertheless, I stuffed the car: it looked like a rolling cornucopia: shoes and books and fishing gear spilling out the windows; with a few rough shoves I contrived to fit the dogs inside. But there was no room left for Lola. She had to sit on my shoulder, which was not ideal, for she was a nervous passenger, and any abrupt twist or turn made her either squawk or relieve herself.

Across the Straits of Messina, across Calabria, on to Naples and Rome. It is a journey pleasant to look back upon: sometimes, when balanced on the edge of sleep, I see pictures of it slide past. A picnic in the Calabrian mountains: a hard blue sky, a herd of goats below, the thin sweet pipings of the goatherder on a bamboo whistle—and Lola gobbling bread crumbs soaked in red wine. Or Cape Palinuro, a remote, forest-fringed Calabrian beach where we all were sunning ourselves under a still-warm October sun when a wild pig charged out of the woods and raced toward us, as though to attack. I was the only one intimidated: I ran into the sea. The dogs stood their ground and Lola stood with them, flapped about, shouting encouragements in her rusty voice; together, in concert, they chased the pig back into the forest. The evening of the same day we traveled as far as the ruins at Paestum: a brilliant evening, the sky like another sea, the half-moon like an anchored ship rocking in a surf of stars, and all around us the moonbrightened marble, the broken temples of a distant time. We slept on the beach that borders the ruins; or they did—Lola and the dogs: I was tormented by mosquitoes and thoughts of mortality.

We settled for the winter in Rome, first at a hotel (the management of which expelled us after five days, and it was not even a first-class establishment), then in an apartment at 33 Via Margutta, a narrow street often painted by bad painters and renowned for the number of cats who dwell there, unowned cats sheltering in the overgrown patios and existing on the charity of half-mad elderly women, crones who every day tour the cat jungles with sacks of scrap food.

Our apartment was a penthouse: to reach it one climbed six flights of steep dark stairs. We had three rooms and a balcony. It was because of the balcony that I rented it; after the vastness of the view from the Sicilian terrace, the balcony offered, in contrast, a miniature scene tranquil and perfect as firelight: several Roman rooftops, faded orange, faded ocher, and a few across-the-way windows (behind which episodes of family life could be observed). Lola loved the balcony. She was scarcely ever off it. She liked to sit perched on the edge of the stone balustrade and study the traffic on the cobbled street below: the old ladies feeding the Margutta cats; a street musician who came each afternoon and played bagpipes, until, feeling throughly blackmailed, one tossed him a coin; a handsome knife-grinder advertising his services with a song sung in the most bull-like of baritones (housewives hurried!).

When the sun was out Lola always took her bath on the balcony balustrade. Her tub was a silver soup dish; after a moment of sprightly immersion in the shallow water, she would spring up and out, and as though casting off a crystal cloak, shake herself, swell her feathers; later, for long, bliss-saturated hours, she drowsed in the sun, her head tilted back, her beak ajar, her eyes shut. To watch her was a soothing experience.

Signor Fioli seemed to think so. He sat at his window, which was exactly opposite the balcony, and played attentive audience to Lola as long as she was visible. Signor Fioli interested me. I had taken the trouble to learn his name and something of his story. He was ninety-three years old, and in his ninetieth year he had lost the ability to speak: whenever he wished to attract the attention of his family (a widowed granddaughter and five grown great-grandsons), he rang a small supper bell. Otherwise, and even though he never left his bedroom, he appeared to be in complete command of himself. His eyesight was excellent: he saw everything Lola did, and if she did anything especially foolish or lovely, a smile sweetened his sour, very virile old face. He had been a cabinetmaker, and the business he had founded still operated on the ground floor of the building in which he lived; three of his great-grandchildren worked there.


One morning—it was the week before Christmas, almost a year to the day that Lola had entered my life—I filled Lola's soup bowl with mineral water (she preferred to bathe in mineral water, the bubblier the better), carried it out to her on the balcony, waved at Signor Fioli (who, as usual, was settled at his window waiting to attend Lola's toilette), then went inside, sat down at my desk and started to write letters.

Presently I heard the summoning tinkle of Signor Fioli's supper bell: a well-known noise, one heard it twenty times a day; but it had never sounded just like this: a ringing rapid as the beat of an excited heart. I wondered why, and went to see, and saw: Lola, a stupefied sun worshiper squatting on the balustrade—and behind her an immense ginger cat, a cat that had crept across the rooftops and was now crawling on its belly along the balustrade, green eyes aglitter.

Signor Fioli shook his bell. I shouted. The cat leaped, claws unfurled. But it was as if at the last moment Lola sensed her peril. She jumped off the balustrade, fell outward into space. The disgruntled cat, Signor Fioli and I watched her extraordinary descent.

"Lola! Fly, Lola, fly!"

Her wings, though spread, remained motionless. Slowly, gravely, as though attached to a parachute, she drifted downward; down and down.

A small pickup truck was passing in the street below. At first I thought Lola would fall in front of it: that seemed dangerous enough. But what happened was worse, was eerie and awful: she landed on top of some sacks stacked on the back of the truck. And stayed there. And the truck kept going: turned the corner and drove out of the Via Margutta.

"Come back, Lola! Lola!"

I ran after her; skidded down the six flights of slippery stone stairs; fell; skinned my knees; lost my glasses (they flew off and smashed against a wall). Outside, I ran to the corner where the truck had turned. Far off, through a haze compounded of myopia plus tears of pain, I saw the little truck stopped at a traffic light. But before I could reach it, long before, the light changed and the truck, bearing Lola away, taking her forever from me, blurred into the traffic swirling about the Piazza di Spagna.

Not many minutes had elapsed since the cat had lunged, only four or five. Yet it took an hour to retrace my route, climb the stairs, pick up and pocket the broken glasses. And all the while Signor Fioli had been sitting at his window, waiting there with an expression of grieved astonishment. When he saw that I had returned he rang his bell, calling me to the balcony.

I told him, "She thought she was something else."

He frowned.

"A dog."

The frown thickened.

"She's gone."

That he understood. He bowed his head. We both did.

La casa de Asterión

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por Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro, Biblioteca, III,I

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito*) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol;. abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.

¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.


* El original dice catorce, pero sobran motives para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.

miércoles, 6 de agosto de 2008

"Para ser novelista" (ensayo) por Gastón Spratt (#1985)

El libro de John Gardner me pareció de lo más interesante. Afirmó algunas cosas que yo ya sabía (o que por lo menos sospechaba) y me reveló muchas más en las que ni siquiera había pensado.
Con el buen prólogo de Raymond Carver enseguida me metí en ambiente: el de un escritor principiante a punto de asistir a su primera (y por ende, tan importante) clase. Una clase en la que no sólo aprenderé si tengo madera de novelista o no y las muchas formas de perfeccionarme, sino también si es algo que realmente deseo, algo a lo que voy a apostar tan fuerte para quizás, no ganar nada. Prácticamente, la vida del novelista se vislumbra muy sacrificada. Probablemente, quién emprenda este viaje no consiga el éxito esperado. Pero también existe una promesa. La promesa de ciertas satisfacciones que ninguna otra profesión puede ofrecer. Así que yo me apunto.
El inicio del primer capítulo se aborda con una cuestión que ha sido crucial para mí (y me imagino que para muchos otras personas en mi misma situación): ¿cómo saber si en verdad se tiene lo que hace falta para ser escritor? Es evidente que estamos hablando de cierta inseguridad, pero ¿cómo no estar inseguros al iniciar una profesión tan difícil, en la que para triunfar hay que o ser un genio nato o un asqueroso mercenario de la palabra? A este respecto, Gardner dice cosas que merecen reflexionarse. Realmente casi cualquier persona que se lo proponga, con tenacidad y trabajo, puede publicar unos cuantos relatos y hasta quizás, una novela mala. El éxito engendra éxito, y mientras más publiquemos, más puertas se nos abrirán. Pero no es solo el hecho de publicar lo que debería importarnos en este momento, salvo que nuestra intención solo sea la de fanfarronear con nuestros amigos y dedicarnos a otra cosa. Si realmente queremos hacer de esto nuestro estilo de vida, deberíamos pensar más en nuestras virtudes y limitaciones, y trabajar mucho con estas últimas.
Atendamos entonces algunos de estos puntos. La sensibilidad verbal es uno de ellos. Esta aptitud puede traer grandes aciertos al trabajo propio. El descubrimiento de la palabra, la originalidad de ciertas metáforas y la sonoridad, por mencionar tan sólo unas cuantas características, pueden enriquecer mucho cualquier texto. Pero, también advierte Gardner, si el autor sólo se interesa por las palabras, si las palabras no están al servicio de la historia, esto atenta contra el vívido sueño que debe ser una buena novela.
Por otra parte, los escritores con la sensibilidad para el lenguaje pervertida, deberían buscarle un remedio a su mal o mejor dedicarse a otra cosa. Estos poseen una visión del mundo tan distorsionada que no saldrán nunca de lo que creen “políticamente correcto” unos y lo “políticamente incorrecto” otros.
Otro punto para tener en cuenta es el de la perspicacia que debe tener un buen escritor. Hay que convertirse (si no se es ya) en buen observador, para captar la mayor cantidad de detalles posibles de la gente y los lugares donde nos desenvolvemos. Todo puede servir para la creación de nuestros propios personajes y situaciones. Y en esos (aparentemente) insignificantes detalles puede residir la fuerza de nuestra narración. También tenemos que aprender a ver el mundo con otros ojos. No juzgar a la gente por sus intereses o actitudes sino tratar de comprenderlos, y así poder llegar a profundizar en nuestros temas y personajes.
Con respecto a la inteligencia que no puede faltar en el escritor, me voy a permitir hacer una cita un poco larga (pero sin desperdicio) acerca de ciertas cualidades que deberíamos poseer: “de ingenio (tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de obstinación y tendencia al individualismo desabrido (rechazo de todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de puerilidad (manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición a fantasear y a decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada tendencia a la fijación oral o a la anal, o a ambas (la oral patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación eidética y una memoria visual notables (rasgos típicos del adolescente aún reciente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad, la última a menudo acrecentada por sentimientos irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos paciencia que un gato; de una vena socarrona despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas.”1 Para ponerse a pensar.
Y, finalmente, un carácter compulsivo, obsesivo y perfeccionista hará que nos esforcemos constantemente por mejorar e impedirá que nos volvamos conformistas. Incluso cualquier trauma sicológico podría beneficiarnos a la hora de escribir.
Esto es lo que, a mi parecer, es lo más interesante del libro. En los últimos capítulos habla de la formación del escritor (la cual obviamente es muy importante pero en la que tampoco está la última palabra dicha) dónde podemos aprender las virtudes y defectos más comunes de los talleres literarios; la publicación y supervivencia, en donde nos aconseja varios caminos a seguir para no morirnos de hambre mientras perseguimos el sueño de ver una novela de calidad con nuestro nombre publicada; y por último, el asunto de la fe.
Es evidente que se necesita hacer un “poco de magia” para poder llevar a cabo nuestras aspiraciones literarias, y hay que tener mucha fe en nosotros. El camino es largo y Gardner lo dice: “estamos solos”. Ni siquiera los amigos que podamos hacer dentro del círculo intelectual nos acompañarán en los momentos más difíciles. Este me parece un buen momento para abandonar todo deseo superfluo de ser escritor. Seamos sinceros, ¿realmente estamos dispuestos a intentarlo?
Es una pregunta que cada uno deberá responder para sí mismo.


1 Gardner, John, Para ser novelista, página 66.

(En la imágen, vemos a Jules Winnfield ser un poco más severo que Gardner que, en la página 139, nos pide que aprendamos ortografía)

"Para ser novelista" de John Gardner.
Axel Murillo 1969

Empezar a escribir es un hecho ya fantástico que emprende en el escritor una y otra y otra aventura que puede llevarnos como bien dice Gardner; a dos extremos pre-definidos por toda la historia literaria que venimos cargando a cuestas. De un lado: la fascinación por la palabra y del otro: el gusto y tacto con la historia. ¿Por cual te declinas tú? esa es una pregunta cruda ante un espejo; pero a su vez un enfrentamiento digno a la propia realidad donde lo que (creo no ser el único) todos anhelamos, rezamos, nos desvelamos, con quien nos acostamos, soñamos y copulamos. Es ese querer ser de los magistrales seres que pudieron (y desearlo para si en presente) conjuntar el amor por la palabra y a la realidad ficcional de la forma más exacta o al menos; de buena puntada.

El devenir es lo que hace gozar gota a gota nuestros desvelos. ¿Realmente será cierto que no  todos pueden lograrlo? Gardner nos da la base de que la elección es absolutamente propia pero; no sé, ya bien parece que hay fuerzas en cada escritor que lo pone en escalones diferentes y subir es su negación o deseo.

En el prologo nos dan la imagen de aquella voz impregnada en palabras que después nos habla y busca tocarnos y apoyarnos como jóvenes escritores, y es un dibujo que si bien puede ser una imagen fuera del canon letrado, da ese deseo donde todo se puede romper. En la actualidad la sociedad ha sido bombardeada por métodos, artículos (mejor dicho: artificios) e ideas de que de un lado tienen todo el derecho de ser calados  y hasta garantizados; pero también tiene la otra cara , esa que depende de cada ser humano; porque ¿como puedes funcionar una plegaria si solo dicha y no sentida y engendrada? Y creo que es lo que (desde mi burda explicación) el texto trata de explicar, pues aún en ese prólogo, Gardner es un verdadero escritor y ¿ Entonces qué sería un verdadero escritor  aparentemente? sin embargo la imagen se va a encausarte en la palabra.
De repente el autor;de forma sencilla aceptar que para él existe un oficio de escritor donde es regido por el: puedes (realmente) escribir en base a esa perspectiva de un don o talento que tanto revuelo causa a su vez,la forma en que menciona la exclusión o inclusión social se el personaje iluminado en un entorno real (Entendiéndose este como escritor o creativo literariamente hablando), que resuelto estro se dirige a evidenciar al "talentoso" como inflexible o flexible ya que tiende a declinarse por crítica en base a retórica o desarrollo de una historia para dejar ambos una trascendencia en su específico, pero él mismo menciona algo que que en mi humilde interpretación lo re-escribo todo así: ¿ Por que no buscar el juego entre las dos? Estaría entonces entrando en esa parte que llamamos estilo, el leer y adoptar para desprenderse y adaptar, dándole pureza a la hoja como frotándola con nuestra piel que puede parecerse a otras pero de cerca no tiene ni una imperfección igual que a la del prójimo.

Ese moverse por el mundo con prejuicios puede perjudicar sin embargo creo que puede puede pagar mis estudios. Creo que se puede acrecentar la experiencia para escribir, pus él decide si morir o vivir. Pensando en  Gardner mencionando que no es publicidad si no publicado Me regresa a otro sentido que no es publicar. Si no perdurar, un gran ejemplo en un libro que hace casi un año me encontré olvidado, es de los sesentas y si bien tiene toda la imagen de la época.

La temática,  el mensaje, (si es que no es como el perfume que con el tiempo se pierde) y el mismo tratamiento pierda vigencia, tal vez aún no con credulidad pero ya  sin esa vigencia no hay más interés, no hay más, para terminar le apostamos a la relectura y al los suspiros después de años de ojeada tras ojeada, para terminar; le apostamos a las reediciones no por gasto de material o demostrar nuestra calidad si no compartirla, disfrutarla y saber de su sabor entre el tiempo y el ser humano que como nosotros lo vea tal vez hasta como un miembro más de tu cuerpo, con gran flexibilidad y permanencia que nos de la realización.

Ensayo.

martes, 5 de agosto de 2008

ESTO NO ES LA TAREA. ES UNA INVITACION A UNA FIESTA


YA QUE TODOS COMPARTIMOS LA MISMA LOCURA POR ESCRIBIR, SERIA BUENO NOS CONOCIERAMOS MAS, QUIEN QUITA Y EN UN FUTURO COLABORAMOS O LLEGAMOS A TRABAJAR JUNTOS O A ORGANIZAR UNA QUE OTRA COSA, AUNQUE SEAN MAS FIESTAS.
YA ESTAN INVITADOS LOS OTROS ALUMNOS DE 1, 2 Y 3 SEMESTRE DE LA ESCUELA. FALTAN USTEDES.
LA CITA ES ESTE JUEVES 7 DE AGOSTO DE 2008 SALIENDO DE CLASES NOS VAMOS A MI CASA PARA LLEGAR ENTRE 10 Y 10:30 PM HASTA QUE LLEGUE LA HORA DE LOS PAJARITOS O CUANDO UDS. QUIERAN
LA DIRECCION ES: INSURGENTES 56, INT. 5, CASI ESQUINA CON HAMBURGO Y FRENTE A LA ESTACION DE METROBUS DEL MISMO NOMBRE. (ES UN EDIFICIO QUE TIENE EN LA PB UN ITALIANNIS PIZZA CLAUSURADO PORQUE LE PONIAN MOTA A LAS PIZZAS EN VEZ DE OREGANO Y ALBAHACA...)
NO TENGO INTERFON, ASI QUE CUANDO LLEGUEN, PUEDEN MANDARME UN MENSAJITO AL 0445551005108.
PUEDEN TRAER LO QUE QUIERAN DE BEBER, COMER Y... LO QUE QUIERAN.

ATTE.

LUIS EMILIO MEDINA M.

PS
MAESTRISIMO MEMO VEGA, UD. TAMBIEN ESTA INVITADO, POR SUPUESTO!!!
PROXIMAMENTE SUBIRE MI ENSAYO.

"Ensayo" Gardner


Para ser novelista
John Gardner

Empezare por decir que mucho de lo que dice Gardner es cierto, por lo menos a mi desde el principio me ha transportado hasta aquel día donde inicié mi primer taller de creación literaria en un Instituto Italiano, esa pregunta que para mí fue básica estoy segura que los profesores la han de ver recibido más de un millón de veces o dependiendo de los años que lleven dando clases; pero independientemente de los caso que con anterioridad cite, yo creo que hasta el más grande de los genios se lo ha preguntado ¿ De verdad tengo o no lo que hace falta para ser un buen escritor?, y la respuesta seria a mi forme de ver, que nadie tiene las reglas a seguir para hacer de un texto una obra maestra, si no el talento innato y las horas nalga.


Si bien es cierto que el éxito genera éxito, entonces es hora de aumentar las horas de trabajo y escribir cuando hay que hacerlo y dejar de tomar cervezas a diario con los compañeros de la escuela. Para ser escritor es necesario serlo y creerlo, yo no creo que la publicación de una obra te haga ser escritor, aunque es parte del trabajo que tenemos que hacer; el punto es que una buena creación hace de un texto una obra y de ahí nace el éxito. Aunque tenga un profesor que diga que el éxito lo hacen tus relaciones, yo pensaría que los zopilotes vuelan en parvada y las águilas en la soledad.


Es tan extraño y verdadero leer sobre el hecho de que cuando un escritor abandone sus hábitos técnicos o a veces de su personalidad puede mejorar como escritor, y de la misma forma, que con el tiempo podría pasar de probable no escritor a convertirse en uno de éxito; sin embargo creo que todas las posibilidades estar abiertas siempre y cuando las horas de trabajo sean eso y olvidemos los estigmas en los que vivimos, que se deje salir el alma por medio del lápiz y que dejemos esos instantes fluir sin un reloj.


El escritor es sensible, disfruta buscando la metáfora gráfica y precisa porque su imaginación se lo permite y logra con ello crear realidades paralelas, hace resaltar su originalidad porque así es el un creador, un dios que juega con las palabras a crearlas y borrarlas; le interesa descubrir secretos, porque la vida misma es uno de los más grandes y no podemos vivir con la pérdida de capacidad de asombro; Si el escritor no escucha cada sonido, será imposible escribirlo porque entonces no existirá la forma de hacer que el lector sienta como se introducen los motores de una moto por sus odios solo al leer.


¿El talento solo si no existe es imposible de cultivar?
Decía Víctor Hugo Rascón Banda (q.e.p.d) “Lo que natura no da, SOGEM no presta”


Gardner te regala en estas líneas tan sencillas de digerir, un universo de ideas, un taller inmediato, un sinfín de respuestas. Una magia difícil de encontrar en otros libros de ensayo, un deleite tan complaciente que te permite subir en sus alas (siendo estas las hojas) y volar en un universo de palabras riquísimas de verosimilitud.


Me ha hecho recordar el párrafo del prologo (de un libro el cual no recuerdo el titulo)

“Así pues, junto con el deseo de estudiar, tenía también un deseo muy fuerte de escribir; era un deseo tan fuerte que, con el aliento que recibí en la universidad y el criterio que adquirí, seguí escribiendo durante mucho tiempo a pesar de que el «sentido común» y la «cruda realidad» me aconsejaban una y otra vez que desistiera, que dejara de soñar, que siguiera adelante discretamente y me dedicara a otra cosa”


Dice bien que el arte, hasta cierto punto, también; pero exceptuando ciertas cuestiones de técnica, el arte no se aprende, simplemente se le coge el truco.


El novelista principiante que tenga el don de saber introducirse en la piel de otras personas es quizá el que mayores posibilidades tiene de triunfar; también dice Eduardo Casar “Las mujeres tienen que saber escribir sobre una patada en los huevos y los hombres describir un cólico menstrual” Cada escritor tiene su método, y las reglas se van haciendo, rehaciendo y rompiendo con el tiempo.


El mensaje y la forma en que Gardner lo hace llegar a nuestros cerebros, de ahí pasar al pecho, recorrer todo el cuerpo, quedarse en el estomago y digerirlo es sombroso, no utiliza un vocabulario en particular difícil de entender ni mucho menos ese lenguaje filosófico que terminas odiando después de terminar con un libro, al que de paso entendiste lo que las imágenes sin color te dejan; la verdad es que es muy buen libro recomendado no solo para quien es escritor, planea serlo o tiene deseos de convertirse en uno, sería bueno que a las personas que les gusta la novela leyeran este texto con esa capacidad de asombro con leen un libro, de ficción y permitirse trasladarse con él hasta el escritorio en donde el creador le da vida a cada uno de los personajes, crea la historia y hace vivir por unos instantes en un mundo paralelo.


Termino mi tarea citando a Faulkner que dice:

"Para escribir bien, no sirve leer, no sirve fumar, no sirve el alcohol, no sirve dormir, no sirve caminar, no sirve hacer el amor, no sirve sufrir. Lo único que sirve es escribir”


ANME 1966