viernes, 22 de agosto de 2008

UNA MAS POR LA VIDA ETERNA


Cuento para ser ilustrado.


LUIS EMILIO MEDINA MEDINA


A Edward Gorey.


You and me, we are blood brothers,
Blood brother, lay down your life for me

-The Mission U.K., Blood brother-


Timmy salió del dentista y el doctor le dijo a mamá que todo iba muy bien. Incluso se atrevió a probar su humor con la broma de que sería un hombre de mucho colmillo. Esto representaba una ventaja para Timmy, pues gracias a lo filudo de su dentadura, era el único niño de su clase que alcanzaba librarse del terrorífico taladro barrenador de dientes del dentista.
Cuando salieron a la calle, mamá extendió inmediatamente la gran sombrilla negra traída del viaje a Hungría, en una visita al castillo de los abuelos. ¡Cómo le gustaba ir al castillo de los abuelos! Corretear por esos pasadizos secretos que llevaban a cámaras subterráneas con libreros que contenían la sabiduría de otros tiempos, salones de juego, de armas y esgrima, recámaras decoradas de las formas más variadas según los países que sus antepasados habían visitado y largos jardines con enormes laberintos, fuentes y hermosas higueras; subir hasta la torre y ver romper el mar en toda su tempestad, mientras su capa se elevaba al viento y sus ojos se iluminaban en un fulgor demoníaco al escuchar rugir los truenos, fundirse en el horizonte y darle la vuelta a los confines de la esfera terrestre.
La carroza fúnebre pasa por mamá y por Timmy. La maneja Mario, un hombre pálido y ojeroso de cabello chino y perfectamente vestido como chofer de funeraria. No hay nada más que disfrute Timmy de ir a la escuela que llegar y regresar en la carroza fúnebre, deslizándose entre los sillones de terciopelo azul, viendo películas, escuchando The Horrors o simplemente tomando sangría mientras jugaba a subir y bajar la ventana eléctrica.
-¿Estás listo para tu fiesta? –preguntó mamá.
-Sí.
El día de hoy, 1 de noviembre, Timmy cumplía 7 años, y según la tradición familiar, tendría lugar un rito de iniciación proveniente desde arcanas épocas y que Timmy esperaba con dilatada curiosidad, pues Papá y Mamá le habían prometido, desde que nació, que este día recibiría el mejor regalo que se le podía dar a alguien en el mundo. Y hoy, a las 12 de la noche de Transilvania, 7 de la noche de México, Timmy recibiría ese gran regalo que sucedía en intensidad al de la vida en el mundo.
En cuanto Timmy llegó a casa, una mansión ubicada en la inmensidad de un bosque al sur de la ciudad, rebosante de balcones art nouveau agrietados por el tiempo, grandes eucaliptos verde oscuro y oyameles de ramas que se elevan cubriendo la mayor parte del segundo piso de esta construcción de finales del siglo XIX, cruzó la planta baja decorada con mobiliario victoriano, hoy recubierta de adornos de Halloween y Día de Muertos y corrió al sótano, donde se encontraba su cuarto de juegos.
Mamá se puso a preparar el ponche de grosella y frutas rojas, y Timmy continuó su dibujo del Santo luchando contra una momia, calcado de un fotograma de los viejos recuerdos de la abuela, quien actuó en Santo contra las Mujeres Vampiro haciendo un papel electrizante, mismo la llevaría a ser una de las actrices más recurridas para papeles de monstruas en películas de luchadores. En ese momento, Timmy escuchó un rechinido en el rincón oscuro del sótano. Se acercó sigilosamente y volvió a escuchar el ruido. Ante sus ojos, el sarcófago egipcio regalado por un estadista a su padre, cayó al suelo, abriéndose y dejando salir al tío Herman, quien se había quedado atrapado al practicar su número de escapismo vestido de momia. Tío Herman se disculpó por el escándalo, y le preguntó si ya estaba listo para esta noche.
-Sí, -contestó Timmy.
Y como un regalo especial, Tío Herman le leería las cartas.
A Timmy le deslumbraba ver todas esas imágenes místicas llenas de rayos de luz, seres que vuelan, soles, lunas, copas, espadas, paisajes y caminos abiertos, fuentes, demonios y ángeles, apareciéndole en tres tiradas distintas, tres cartas constantes: el diablo, el amor y la vida.
-Estas eran las cartas de Alister Crowley, fundador del ocultismo moderno- le dijo su tío-Y son infalibles. Tu futuro se abre ante la fuente de la dicha que lleva la larga vida, encontrarás un amor que puede llevarte por el camino de la felicidad si respetas el juramento de no enamorarte antes de tiempo, pero todo esto se podrá ensombrecer si te dejas llevar por el fuego que hay en ti y que crecerá desde esta misma noche, orillándote a cumplir el aullido descarnado del cuerpo, sin hacerle caso al alma. Si aceptas con júbilo y voluntad todo lo que hoy está por dársete, si respetas los designios del tiempo y eres paciente, si no te dejas comer por el ansia de tu naturaleza y esperas a la decisión de tu corazón y no de tu sed, serás ungido el digno sucesor de tu padre y de toda su dinastía.
Estas palabras le sonaban bastante misteriosas a Timmy, y no alcanzaba a comprender del todo los acertijos de su tío. Sin embargo, le gustaba la parte del amor, sobre todo porque había ya en su corazón un primer acercamiento a esta emoción: Elena, su compañera de clase con la que solía jugar y con la que compartía el placer especial de leer a Emily the strange, aunque sus padres no dejaban ni que él fuera a su casa ni ella a la suya, aparentemente no congeniaban, y además, la casa de Timmy estaba algo lejos del pueblo. Esta sería la primera vez que Elena iría a su casa, aunque fuera solo por poco tiempo, pues ella tendría su propia fiesta, hoy también cumplía 7 años.
Papá llegó a casa. Al verlo entrar con ese aire de firmeza que inspiraba su porte de doctor en historia antigua de Europa y reconocido Psíquico de artistas, Clarita, la mucama albina, se dispuso a poner la mesa fingiendo la seriedad necesaria para que el adusto padre de Timmy tomara en cuenta sus acciones en el próximo permiso de salir a dar la vuelta con el novio, un chico que padece insomnio y trabaja como enterrador y jardinero de la casa. Papá fijó sus ojos severos en los de Timmy, quien sin perturbarse le sostuvo la mirada. Entonces papá explotó con la sonrisa más grande de la que era capaz debajo de esos bigotes afileteados por su amigo barbero italiano, desterrado de su pueblo por haberse visto envuelto en el crimen mortal de su esposa.
La hora del rito se acercaba, pero antes, una preliminar. Los abuelos mandaron desde Transilvania una cinta filmada en 16 mm que se proyectó en el pequeño cine de 20 butacas en la sala contigua al estudio de papá. Los abuelos le deseaban a su nieto el inicio de una nueva vida llena de felicidad, recomendándole que siempre recordara sus orígenes y sobre todo, su misión en este mundo. Y por supuesto, como regalo de cumpleaños, había un boleto abierto a Transilvania, donde podrían presentarlo ante la sociedad, sus amigos y la cofradía secreta que presidía su abuelo, una legión de antiguos caballeros que propagaban la sabiduría a través de la magia, lástima que tío Herman solo se preocupara por la prestidigitación, pero Timmy era diferente, él podría ser el gran sucesor de la familia.
Una vez terminada la proyección, marcaron las 7, y comenzó la ceremonia de iniciación. Papá, mamá y el tío, llevaron a Timmy a una cámara secreta escondida detrás del librero de volúmenes de zoología y alquimia, donde disfrutaba buscar ilustraciones de animales fantásticos. La escena, entre paredes negras y rojas de donde pendían cuadros de antiguos familiares, estaba formada por un ataúd reluciente color negro tornasoleado, flanqueado por cuatro cirios encendidos y arreglos florales con las rosas de Juárez más negras que Timmy había visto en su vida.
Mamá le puso a Timmy una bella capa de seda china color negro que reflejaba las flamas danzantes de las velas queriendo desprenderse del cirio y elevarse al cielo. Papá se puso también una capa y cubrió su rostro con una máscara de metal que simbolizaba una cara demoníaca en un rictus de risa fuera de este mundo. Tío Herman hacía música con el Theremin que sus tíos abuelos utilizaban para musicalizar las películas del Santo y que en este momento servía para llevar a Timmy a un estado de trance sonoro. Mientras tanto, por la cabeza de Timmy solo atravesaban las ganas de ver a Elena y regalarle la cajita musical que le había comprado en la tienda de antigüedades, donde mamá gustaba de comprar joyería. Se trataba de un cofrecito de hierro forjado en Toledo que resguardaba a una princesa de rasgos afilados girando sobre su propio eje, en una punta, al ritmo de una melodía de Chopin. Cuando Timmy vio la cajita, pensó decirle a Elena que quería que fuera su princesa.
Mamá le descubrió el pecho y el cuello a su hijo, indicándole se hincara en el reclinatorio frente a su padre, quien preparaba la unción con aceites y un líquido rojo y biscoso más parecido a la sangre que al ponche de grosella y frutas rojas de mamá. Papá habló.
-Timmy, hijo mío, primogénito. Durante siglos, desde la aparición del ser humano sobre la Tierra, la dinastía Dracul ha sido sinónimo de caballeros, guerreros de la noche e ilustrados. Lo mismo reyes, que artistas o poetas, grandes guías espirituales, estadistas, amantes o conquistadores, nuestra familia ha prolongado su existencia fortaleciéndose a lo largo de los años, manteniendo intacta su beta sanguínea; pero sobre todo, y esto es lo más importante hijo mío, cada uno de sus miembros ha tenido el privilegio de recibir el regalo más maravilloso que existe en el universo: la vida eterna.
Mamá colocó en el atril de lectura un gran y antiguo libro que al abrirlo, levantó polvo haciendo toser a los presentes. Timmy se preguntaba si papá tendrá más máscaras así y si podría prestarle unas para jugar. Tío Herman lo cargó e introdujo al ataúd. Timmy no sabía qué pensar. Para él los ataúdes tenían más que ver con muerte que con vida eterna. Pero como le dijo su tío, debía seguir con devoción cada parte del rito, y solo así podría conocer ese regalo que llevaba 7 años esperando, para luego poder disfrutar con Elena y sus amigos, la tan anhelada fiesta de disfraces.
-Aquí, en este féretro, de ahora en adelante, recostarás tus alegrías, tus penas, tus ensoñaciones diurnas, tus pesadillas, tus deseos, el fuego interno que hoy está por encenderse en tu alma errante. Esta caja negra será ahora tu casa en el mundo, el hogar que llevarás contigo a donde vayas, arropándote con la tierra de los montes Cárpatos Transilvanos, que te recordará por siempre tus orígenes y donde podrás ocultarte largas horas del terrible sol que ciega tu visión y que nunca más volverás a ver de manera directa, viviendo de noche, durmiendo de día, y yendo a la escuela por la tarde.
Al decir esto, papá pasó sus manos por el cuerpo de Timmy, creando un campo magnético entre sus palmas y el corazón del chico. Timmy sentía que algo dentro de él comenzaba a revolverse, un vacío en su estómago y ganas sordas de gritar, como si le extrajeran el corazón y le sacaran el aire. Entonces le dieron a beber el brebaje.
-Esta es la sangre de la alianza eterna con el reino de la oscuridad. De ahora en adelante, Timmy, con este virginal líquido en ti, sentirás la necesidad de ese calor de 36ºC que nos llena de vida y juventud.
¿Sangre?, pensó Timmy. ¿De verdad me están dando a beber sangre? Sabe diferente a la que probé cuando me raspé la rodilla. Esta es dulce, el sabor más rico que he conocido, mejor que el ponche de mamá.
-Ahora, hijo. Es momento de que conozcas realmente quién eres. Tu madre y yo estamos a punto de regalarte la vita eternus. Consérvala siempre a través de la sangre joven de doncellas, de quienes podrás alimentarte, pero sólo a una podrás hacer tu pareja, tu princesa del infrareal; sólo a una podrás compartirle la generosa gracia que estamos a punto de imponerte. Y cuando llegado su tiempo, encuentres a tu dama de la noche interminable, deberás darle de tu boca el designio infinito que la haga eterna compañera en tu reinado de tinieblas. Pero para esto tendrás primero que entrenarte, llegar a la templanza de tu sangre, el dominio de tu corazón, amaestrando sus signos malignos y los obstáculos que encuentres a tu paso como cazavampiros y buscadores de fenómenos paranormales. Día con día, hijo, yo me encargaré de prepararte para que llegues al objetivo que te ha sido encomendado: unir de nuevo a nuestra raza y hacerla una fuerza mundial. Ahora, toda mi sabiduría y la que corre por mis venas desde hace más de 2000 años, la ternura y el refinamiento necesarios por parte de tu madre que se han venido incubando desde los glóbulos rojos originarios de nuestra condición, penetrarán en ti a través de nuestra unción. Hijo, hoy te haces un vampiro, y hoy, naces a la vida eterna.
Al decir esto, papá y mamá besaron ambos lados del cuello de su hijo, asomaron sus colmillos, y los clavaron en la yugular, arrancándole un suave y agudo grito suspirado desde lo último de ser humano que de él se despedía. Su visión se fue a un negro total y se vio sumido en un sueño invadido de imágenes de sangrientas peleas entre ángeles y demonios, sombras que se acercaban para arroparlo en medio de la oscuridad, las caras de sus abuelos, sus padres y Elena. La bella Elena que inspiraba en él tantos sueños, tantos dibujos, tantas cartas que no le había entregado por temor a que creyera que como todos los niños, el no buscaba una amistad sincera, sino solamente ser su novio. Y el sonido del Theremin lo llevó a volar por las escarpadas montañas de Transilvana, atravesando cámaras y recámaras de castillos de otras épocas, tempestades marinas divisándose desde enormes riscos, atardeceres encendidos que lo llenaban de vida, fundiéndose con rostros angelicales de sus maestras y otras mujeres y niñas que no había visto en su vida pero que lo inspiraban de belleza, ternura, gratitud, y un placer indecible en los poros de su piel, y entonces sintió dentro de él un calor que se convertía en sudor frío, una ansia de vida, de poder y conocimiento, que lo reconfortaron y lo llevaron a su reposo.
Tío Herman abrió el féretro y la cara de Timmy, ahora pálida y ojerosa, se asomó para ser recibido con un gran aplauso y un pastel de 7 velas encendidas en forma de Batman, su superhéroe favorito.
-Bienvenido a la larga y jugosa vida eterna.
-Recuerda hijo, que deberás guardar este secreto para siempre contigo y escoger con mucha cautela a quién le regalas tu don, tal como tu padre me lo dio a mí. -
-Sólo vela a los ojos, y si en la oscuridad más profunda alcanzas reflejarte en el centro de sus pupilas, esa será la señal que te indique que es ella con quien debes compartir lo que hoy acabas de recibir.
-Cuando sientas la necesidad, el ansia, no podrás contenerte hijo, es la única condición de nuestra vida. –Así le previno su padre de no dejarse resistir por el llamado de la sangre, al tiempo que le regalaba una edición del siglo XIX de Drácula de Bram Stoker – Esto es lo que han dicho de nosotros. La única realidad es que cuando amamos a alguien, cuando de verdad encontramos la causa de nuestra emoción, estamos condenados a regalarle la inmortalidad.
Clarita entró para avisar que los niños habían comenzado a llegar. Entonces, Timmy corrió al espejo para arreglarse, pero ya no había reflejo.
-Viene con el paquete, hijo –le participó tío Herman- Ya nunca más podrás verte en un espejo, de echo deberás cuidarte de ellos para toda la vida, porque pueden delatarte.
Y después de estrellar su espejo de niño, parte final del rito de iniciación vampírico al que había sido introducido, Timmy y toda la familia salieron a recibir a los invitados, mientras sus amigos no dejaban de admirar su elegante y lustrosa capa.
-¡Oorale! ¡Como si fueras un vampiro de verdad! -le dijo sorprendido un amigo.
Al escuchar esto, Timmy estuvo a punto de contarle a sus invitados, reunidos para contar historias de terror, lo que acababa de experimentar, que sí se trataba de un vampiro verdadero, que estaba muy emocionado de poder transformarse en murciélago y volar y algún día, conocer a su princesa, aunque ya tenía una, sólo que ella no lo sabía. Entonces Timmy recordó que de ahora en adelante, tendría que guardar el secreto de su poder durante siglos, como su padre o su abuelo, pues quien lo revelara, caería en la maldición de su alma, muriendo inmediatamente, haciéndose polvo.
Elena llegó a la fiesta. Su cabello azul oscuro relumbraba como un aura, el vestido de tirantes que le llegaba hasta la rodilla, disfrazada como la Wynona Ryder de Beetlejuice, le daba un inspirador aire de inocencia. Y entonces Timmy deseó que este momento durara para siempre. ¿Pero por qué conformarme con este momento, y sólo desearlo si realmente puedo hacer que Elena y yo estemos juntos por siempre de los siempres? Y al saludarse, Elena le dio a Timmy una caja negra de cartón con un moño lila y una tarjetita que decía: Por este y muchos cumpleaños. Tu siempre amiga, Elena. Su siempre amiga Elena, y Timmy supo que podría ser algo más.
-Abre tu regalo Timmy –interrumpió mamá.
Y Timmy abrió el regalo torpemente debido a los bombeos dilatados de su corazón debajo de esa camisa de holanes blanca, y sintió marearse, como si una fiebre repentina se hubiese introducido a su cuerpo. Levantó la tapa de la caja y salió de ahí un saco negro con ligeras rayas de gis blanco, como el de Jack Skellington.
-Es para las ocasiones especiales. –le dijo tiernamente Elena.
Y esta era una de ellas. Timmy se quitó la capa, se puso el saco, y volvió a ponerse la capa. Felicitó a su amiga por sus 7 años, y la tomó de la mano para echarse a correr rumbo al jardín, donde tenía lugar el show de magia de tío Herman, quien ante el asombro del público infantil, cortaba a un niño a la mitad. Nadie sospechó que el truco estuvo por salírsele de las manos y cercenar accidentalmente la pierna del voluntario. Gracias al cielo que Audrey, la asistente de Herman, una bailarina exótica que lo traía vuelto loco y prendado de las barbas, se dio cuenta prontamente, que una de las cámaras no tenía seguro, así que cuando el serrucho rozó con uno de sus dientes la blanca piel del niño, Audrey interrumpió el número con una pirueta por los aires que deslumbró a los niños, dando un grand finale al show de magia, mientras entre dientes reprendía a Herman por los constantes descuidos en su arte que obedecían a ese gusto irremediable por el vino tinto a falta de sangre, por no haber tenido el valor de seguir con la tradición familiar.
Después del espectáculo de magia, Timmy y Elena fueron a jugar con los otros niños al laberinto de arbustos al que se llegaba por la pared trasera del patio de la casa, conectando con un hermoso jardín de árboles recortados en forma de figuras fantásticas: hadas, ángeles, unicornios, princesas, dragones, y una que otra estatua desnuda o de siluetas demoníacas coronando fuentes de corte romano con tres y cuatro niveles. Y todos corrieron felices por el laberinto, persiguiéndose, buscándose y escondiéndose, mientras Timmy y Elena corrían agarrados de la mano. Entonces, para que no los encontraran, Timmy llevó a Elena a un desnivel atrincherado por arbustos entre la maleza. Ahí, en medio de la oscuridad, Timmy vio los ojos negros de Elena, y se quedó hipnotizado.
-¿Qué ves Timmy?
-Tus ojos.
-¿Qué tienen?
-Me veo en ellos.
Entonces la madre de Elena imploró su nombre. Tenían que recibir a los invitados en su fiesta..
-Ven a verme –le dijo Elena.
-Sí. ¡Feliz cumpleaños! Y gracias por el saco.
Timmy y mamá acompañaron a Elena y su madre la entrada. Al fondo, unos truenos retumbaron en el cielo que comenzaba a oscurecer bajo los últimos rayos del atardecer. Unos aullidos lejanos le dieron la bienvenida a las estrellas que aparecían en el cielo confabulando los destinos de las criaturas de la noche.
-¿Los escuchas, Timmy? –dijo mamá.
-¿Los perros?
-No son perros. Son los hijos de la noche. Tus aliados, quienes te avisarán dónde encontrar el alimento para tu alma. ¿Te la estás pasando bien?
-Sí. Aunque no quería que se fuera Elena.
-Algún día encontrarás a alguien que no se vaya y se quede contigo para siempre.
Al entrar de nuevo a la sala, debajo de las escaleras, Timmy se encontró la cajita musical que le había comprado a Elena. Estaba tan emocionado con ella que se le olvidó darle su regalo. Tenía que llevárselo. Pero en este momento pedían su presencia en el salón de proyecciones, pues sus padres le tenían una sorpresa.
En un show de sombras chinescas, guiñol y música gitana, Timmy y sus invitados fueron testigos de la historia de la princesa Ishtar, una mujer que vivió muy feliz hasta que su esposo fue muerto en una guerra. Gracias a que era noble de corazón, su esposo regresó al mundo de los vivos para comunicarse con su amada por única y última vez. Ante esta situación, ambos esposos decidieron que Ishtar debería morir para vivir eternamente con su amado en el paraíso de las almas, un lugar que podrían disfrutar juntos. Pero al morir, Ishtar no fue al paraíso, pues se había quitado la vida de manera profana e infame, no respetando los designios de Dios ni en pos de una causa noble como lo fue con su esposo. Ishtar se había dado muerte por la lujuria de vivir queriendo decidir sobre su existencia, pasando por alto las fuerzas divinas, así que su alma no encontraría descanso en el reino subterráneo de los desterrados celestiales.
Posteriormente, para alegrar el momento, un espectáculo de cuchillos sorprendió a todos los asistentes, mientras Timmy pensaba en que debía darle su regalo a Elena. Sin embargo, sus padres le dijeron que en sus fiestas, tenía que portarse como verdadero anfitrión, además, estaba por comenzar la proyección de El Extraño mundo de Jack en 3D. Ya habría tiempo para ver a Elena y ¿por qué no? conocer otras chicas.
Los niños se fueron después de la proyección. Tío Herman roncaba recostado sobre un sillón, sosteniendo una copa de cognac sin perder el equilibrio. A su lado, Audrey lo cobijaba con el edredón de piel de tigre blanco traído de la India y se despedía de la familia para irse a bailar al centro nocturno. En el comedor, Clarita tomaba algo de rompope, brindando con Mario y su novio el enterrador. Papá, mamá y Timmy entraban contentos tras haber despedido a la gente.
La hora de dormir había llegado. Clarita y compañía se fueron a una cantina del centro a seguir la fiesta y aprovechar que mañana sería 2 de noviembre, día de guardar, y Tío Herman se quedaría dormido en el sillón, roncando toda la noche, dándole pequeños tragos entre sueños a su cognac. Papá cargó en hombros a Timmy y lo subió por esa vieja escalera de madera que rechinaba en cada escalón. Mamá apagó las luces de la casa y se despidió de todas las almas en pena que pasarían la noche en la planta baja del hogar.
Al llegar a su recámara, Timmy se puso su mameluco de gato negro, y se metió a la cama. Papá y Mamá entonces le leyeron un libro de Edward Gorey, Los pequeñines macabros, y en la última hoja, Timmy cerró los ojos para viajar al mundo de los sueños. Papá y mamá le humedecieron la frente con sus labios deseándole buena noche, su primera de vampiro, cerraron la puerta, y se besaron pensando que ahora sí, no habría que ocultar nada, que Timmy los haría muy felices, y que esa noche podrían afilar sus colmillos mutuamente hasta el amanecer sin preocuparse por el chico.
Fue una noche de tormenta. Timmy daba vueltas de un lado a otro de la cama. Se acomodaba boca arriba, boca abajo, de lado, pero nada podía calmarlo; no podía descansar, y no era por los ronquidos del tío Herman. Las escenas del rito de iniciación se le presentaban distorsionadas, deslavadas en cantidades de sangre que inundaban su recámara, un secor en la boca y calosfríos como de fiebre, sin embargo, no podía levantarse para ir al cuarto de sus papás, no tenía fuerzas. De entre las imágenes, sobrevino el instante en que Timmy se reflejó dentro de los ojos de Elena, y recordó lo que le dijo su padre, si te ves en la profundidad de sus ojos…, y pensó en todas esas veces que podría estar junto a ella sin que tuvieran que pedirle permiso a sus papás, sin que llegara el día de fin de semestre y Elena regresara a Alemania, su país natal, y dejar de saber de ella por los siglos de los siglos. Entonces, Timmy deseó con todo su corazón que Elena estuviera siempre a su lado, y decidió regalarle la vida eterna.
Entonces, de entre las imágenes fantasmagóricas que proyectaban los árboles sacudiéndose sobre el techo y las paredes de su recámara, en medio de la luz hipnotizante de la luna, se escuchó el aullido de un lobo. Lon, la criatura nocturna entró a la recámara de Timmy, para presentarse como su fiel guardián hasta que cumpliera la mayoría de edad. Con su hocico blanco y refinado, Lon destapó a Timmy, descubriendo el cuerpo de su amo sufriendo el primer aire frío del ansia.
De súbito, Timmy se calmó. Tieso, poseído por un estatismo extático más allá de este mundo, del inframundo, Timmy se incorporó, y sin quitarse el mameluco, se puso el saco que Elena le regaló y la capa obsequiada por su padre. Sus ojos irradiaban un rojo profundo que iluminaba como antorchas la oscuridad a su paso hasta llegar al pórtico de la Mansión, donde Lon lo alcanzó, cargando en su hocico la bolsa en la que Timmy había guardado el regalo de Elena.
En un parpadeo, Timmy se hallaba volando por el jardín de su casa, admirando en la noche transparente el laberinto de arbustos donde Elena le mostró que era la indicada. Y tratando de esquivar ramas de grandes árboles en medio de la neblina, Timmy nunca se imaginó que buscar su propio alimento sería tan divertido, y pensó que tendría que practicar mucho para evitar accidentes cuando adquiriera la forma de murciélago, mientras cruzaba la zona habitacional cuesta abajo, siguiendo el correr del río y la ladera boscosa, hasta llegar a la casa de Elena. Ahí, revoloteó afuera de la casa como alguna vez vio que hacían los colibríes, tratando de fijarse en qué recámara dormía su amiga anhelada. Entonces la vio, acostada sobre su cama, respirando angelicalmente bajo un camisón blanco que le robaba la luz a la luna y volvía a deslumbrar sus ojos.
La ventana de la recámara de Elena estaba cerrada con un candado de ajo, y por alguna extraña razón que desconocía, Timmy comenzó a estornudar sin parar. Así que decidió entrar por la chimenea, como tantas veces imaginó Santa Claus lo habría hecho en su casa. Y cuando llegó a la salida del tejado para introducirse, otro estornudo lo sorprendió haciéndolo aterrizar de golpe en el hogar aún ardiendo, disparándolo a la sala de la casa. Definitivamente tenía que practicar para mejorar su entrada.
La casa era de una decoración tan antigua como la de Timmy, quien sobrevoló las escaleras en compañía de Lon, observando los cuadros de la familia, cantidades de antepasados en posiciones similares a los retratos de su casa, sólo que estos seres parecían llenos de luz, y siempre traían consigo un crucifijo y una Biblia en la mano, imágenes que le dieron escalofríos y lo hicieron llegar a la recámara de su amiga.
Ahí, en su cama, cubierta bajo gasas transparentes del blanco más puro, respirando acompasadamente, en medio de un olor a violetas frescas y siemprevivas, con los truenos de la tormenta como música de fondo, dormía Elena. Timmy, sintiendo la sed más endemoniada que había conocido, con su estómago creando el vacío más extrañamente emocionante que hubiera sentido, hizo a un lado ese cabello lacio luminoso como la noche más oscura, olió la piel aterciopelada y suave de su amiga, y pensando que este sería el regalo de cumpleaños más hermoso que alguien podría darle, que sería un regalo mutuo, para él y para ella, vivir juntos por siempre, Timmy asomó los colmillos que para el dentista eran un logro envidiable de la naturaleza y le rozó el cuello. Entonces Elena abrió los ojos y completamente hipnotizada por su amigo, cruzó su mirada con Timmy, quien se reflejaba hasta la oscuridad más profunda de su ser creando un vórtice de luz cegadora transmutándose en moléculas iridiscentes de completud dentro de su corazón. Y ambos, congelando la mirada, se hicieron uno, mientras Timmy encajaba los colmillos en el cuello de su amada y Elena dejaba escapar un suave y virginal gemido que se evaporaba como la muerte de su vida ordinaria, naciendo a la vida eterna. Timmy sintió un extraño jalón en el bajo vientre, un desequilibrio combinado con mareo. Y presa del horror al ver la sangre de su princesa embarrada en sus labios y sorprenderse saboreándola, incluso chupándonse los dedos, Timmy se desmayó.
Lon lamió la cara de Timmy para despertarlo, pues se había quedado dormido recostado en la cama de Elena, quien lo abrazaba. Faltaba una hora para que saliera el sol. Entonces Timmy dejó el regalo de Elena sobre su cómoda. Y mientras la bailarina giraba en un ple du cuplé sobre su propio eje, tocando la melancólica melodía de Chopin en versión piano eléctrico, Timmy salió volando por la chimenea rumbo a su casa, despidiéndose en un bostezo de Lon, que en un aullido se alejó perdiéndose en el bosque hasta la noche siguiente, en que él y su amo buscarían el festín de esa comezón por estar vivos.
Timmy llegó a casa, y tratando de no despertar a papá y mamá que dormían con la puerta entreabierta, se asomó agradeciéndoles infinitamente y en silencio, el gran regalo que había recibido y había podido regalar. Mañana les contaría todo. Sin que él lo supiera, sus padres lo vieron de reojo, y afilando sus colmillos uno con otro, se dieron de beber de lengua a lengua, el desayuno que encontraron en un callejón, a unas cuantas calles de un antro donde se celebraba una noche de Walpurguis.
Timmy llegó a su cuarto, donde ahora en lugar de cama se encontraba el hermoso ataúd que se abría dejando ver su interior de terciopelo rojo encendido como las llamas del infierno que brotaban en una visión antes del sueño diurno. Y cerró los ojos imaginando lo hermoso que sería compartir toda su vida y todas sus aventuras con Elena, y así por los siglos de los siglos por venir.
Cuando los papás de Elena la encontraron, había caído en un paro respiratorio que su padre, el Dr. Víctor von Van Helsing, pudo remediar gracias a los conocimientos médicos que le habían merecido ser becario nacional para las Ciencias y Artes. Afortunadamente, cuando Elena y su madre le relataron al Dr. Van Helsing lo que había ocurrido en la fiesta, sumando a esto los indicios de incipiente vampirismo que Timmy denotaba en sus pláticas sobre familiares en Transilvania e imágenes que provenían más de un cuento de terror que de un niño, el doctor echó mano de la fórmula que le había costado a generaciones de antepasados suyos desarrollar para proteger su estirpe: se trataba de un antídoto que generaba anticuerpos a los de cualquier Nosferatu, revirtiendo el efecto al victimario, por lo que Elena se encontraba convaleciente, en cama y con la fiebre, efectos ineludibles de la mordida vampírica, pero había logrado salvar la vida.
No fue así en el caso de Timmy. Daban ya las 12:01 pasado meridiano, Clarita lo despertó para desayunar su licuado de betabel y prepararlo para la celebración de muertos, en la que invocarían a todos sus arcanos en el festín de las bodas entre el infra y supramundo. Tres veces tocó en la puerta de madera, y otras tres en el ataúd. Entonces papá y mamá fueron a la recámara y abrieron el féretro. Timmy yacía sin vida, con los ojos abiertos en un rictus extático no común para un niño de su edad. Había sido víctima de su propio deseo, tratando de dar la vida eterna quitándosela él mismo por no sabérsela ganar. Y entonces sus padres supieron que hasta aquí, en los confines de los montes escarpados del sur de la ciudad de México, después de años de descanso y tranquilidad hemofílica, los Van Helsing habían reiniciado la guerra entre el día y la noche, la luz y la oscuridad, la vida terrenal y la ilimitada vida eterna.

PURO ENSAYO… Y …. ¿QUÉ HAY DE LA FUNCIÓN?

ROLF
sobre Gardner

Considero que el “devoto de las palabras”(como Gardner denomina a algunos escritores) tiene quizá un elemento más a su favor para recrear una idea: La elección de la profundidad del significado.
Aquel que no sólo busca la oración que haga avanzar la historia, el que no se satisface buscando el significado en las palabras, va descubriendo, al momento de ordenarlas, un valor único que resulta en la frase o idea que quiere transmitir. Esto, al contrario de frenar cualquier historia, la puede enriquecer.
Las imágenes son creadas entre el escritor y el lector. Todos tienen una referencia distinta y particular de cualquier cosa. Si el autor cuenta una historia utilizando un lenguaje común, el lector lo entenderá como entiende a la vecina que le cuenta lo que vivió en sus vacaciones. Pero la literatura es arte, y como tal, recurre a lo extraordinario, a la visión poco común. El lenguaje escrito podrá parecerse al hablado, pero nunca será el mismo. Porque, además de que permanece para ser expuesto más de una vez, es escrito porque el autor opta por que la idea que está desarrollando es única y recreable.
Gardner habla del devoto de las palabras como alguien que le es ajeno a la narrativa ágil excluyéndose de esa clasificación. Luego escribe lo siguiente:
"El escritor con sensibilidad para
el lenguaje sabe encontrar sus propias metáforas no sólo
porque se le ha enseñado a evitar los tópicos, sino porque
disfruta buscando la metáfora gráfica y precisa, la que, por
lo que él sabe, nunca se le ha ocurrido a nadie"

Aquel que ocurra en la imaginación en búsqueda de la distinción es igual de vanidoso que el “revolcado” del lenguaje.
Como todo arte se dice que es un reflejo de percepciones, es improbable, entonces, que cualquier escritor no sea un enamorado de las palabras, o, mínimo, un dependiente de ellas.
¡Que bien que la palabra sea sustantiva y femenina!
Limitar la creatividad como algunas sugerencias que leo en Gardner es olvidarse que somos existiendo, antes que haber estado en donde circunstancialmente nos corresponde. El valor de las cosas surge a partir de lo que provocan las mismas. La estética, y la belleza no pueden ser generalizadas.
Bien dice Gardner que hay lectores para todo tipo de escritores. Hay quienes se regocijan junto con el autor de la belleza que pueden contener las oraciones. No por ser fanáticos del lenguaje, algunos autores dejan de contar historias. Simplemente se detienen a contemplar al momento de la escritura la naturaleza de la imagen. El origen de la idea que expande sus posibilidades en su creación y desarrollo. Si los grandes genios del arte hubieran pensado como Gardner, viviríamos sin las referencias que nos llevan a conocer y reconocer nuestros propios límites, nuestros más originales motivos.
Gardner enfatiza la narrativa como un modo de vida que reacciona a la provocación de una sociedad exigente de información inmediata. Esa que quizá no permanezca por la rapidez con que se vive en la actualidad; por la cultura del desecho y el reciclaje; por la cantidad de inteligencia potencial. Casi todo ser nace con capacidades de crear. Y ese potencial nos lleva a creer que lo que no es propio, se ha convertido en demasiado ajeno. Como si no fuéramos suficientemente iguales en las características primeras de nuestra existencia, para no darnos cuenta que vivimos a través de los demás.
La memoria es una consecuencia temporal. Tiene su función a partir de la velocidad y la atención. Es cruelmente selectiva. Almacena información conforme a una jerarquía de importancia basada, primero, en la supervivencia. Después, sin limitar quizá, en el amor, el fin, el sentido común, la educación, y los sueños que guarda muy bien el inconciente. Donde también puede originarse el aura del arte.
Creo que el artista trabaja con y como la memoria. Se inspira en la percepción y la observación de algo que lo modifica. En los sucesos que elige como importantes. O lo que desea convertir en algo digno de ser contado.
Creo que el que encuentra en sí mismo el oficio de escritor es porque no sólo le gusta escribir, si no que hay una necesidad de mostrarse ante los demás, ocupar un lugar y ser reconocido. Conozco escritores que no viven de escribir, pero que pueden pasar algunas horas de su tiempo volcándose en páginas que nadie verá por razones que sólo ellos conocen ó compartiendo algunas percepciones a través de cartas, confesiones, discursos, conferencias. Estos no son menos escritores que el que pretende estar en los estantes de las librerías o en el buró de hogares bien informados.
El contador de historias será uno más. Bueno ó malo, quizá eso dependa del lector, sus bagajes, sus humores, sus caprichos y sus mundos.
No es tan fácil frenar la vida. Lo veo en las banquetas en donde crecen plantitas a pesar del cemento. En los nidos de los pájaros que hacen en las azoteas de edificios. Todavía no podemos decidir cómo nacen físicamente nuestros hijos. Las operaciones estéticas vienen después, como las correcciones de una obra. Dependiendo de las supuestas demandas.
Dicen que el universo está compuesto de más vacío que de luz. Así que todavía hay mucho que iluminar para seguir descubriéndolo, agregándonos. A veces pienso que no importa cómo.

ROLF PETERSEN

jueves, 21 de agosto de 2008

La leyenda de Draggstôn

¡Siéntate ahí, pequeño gusano! Quédate donde estás. Voy a contarte algo que ni los libros cuentan ni los bardos cantan. Es cierto que la historia se ha encargado de hacernos fama a los dragones de violentos y despiadados, pero esa reputación es a veces infundada. Al menos en parte. Por eso quiero hablarte de Draggstôn, un dragón… como cualquier otro.
No te muevas y escucha: una noche sin estrellas, Draggstôn, casi sin darse cuenta, rompió el cascarón. Cuando por el asomó la cabeza, se encontró sólo en una enorme y oscura caverna, alfombrada por monedas de oro y piedras preciosas. Llamó en vano a su mamá y a su papá porque la única respuesta que recibió fue una nube de humo y su propio eco. Salió torpemente de lo que quedaba del huevo y contempló, con fascinación, las pálidas escamas de su nueva piel y las afiladas garras que brillaban en esa débil penumbra.
Durante los primeros años se la pasó encerrado, jugando con rubíes, esmeraldas, yelmos, espadas y todos aquellos objetos que adornaban la estancia. Con ellos, reproducía historias de preciosas princesas y corajudos caballeros y maléficos monstruos que sacaba, quién sabe de dónde. El origen de estos tesoros es también un misterio hasta el día de hoy, pero su fina manufactura los relacionaba con antiguos y talentosísimos artesanos. Conforme fue pasando el tiempo, fue también abandonando los juegos para poner orden y clasificar todas aquellas riquezas que tanto apreciaba: la única compañía de la que pudo disfrutar en toda su infancia.
Recién cuando alcanzó la edad adulta, se animó a salir fuera de la cueva, extendiendo con orgullo sus enormes alas de murciélago y agitando su larga cola de cocodrilo. Se alzó encima de una formación montañosa para reconocer su hogar desde el cielo y se extasió al observar aquel paisaje azul, adornado con nubes de algodón y brillantes haces de luz. Sintió en ese momento, acariciado por una brisa matutina que traía algo de olor del mar, una cosa que nunca volvería a sentir en toda su larga existencia: que podía llevar a cabo lo que se propusiese, que iría a cualquier lugar que se le antojase, y que el mundo entero estaría esperándole.
Luego de un buen rato, desde las alturas, alcanzó a distinguir un grupo de personas trabajando en el campo. Al verlo a él desde lejos, la gente comenzó a señalarlo... y a decir cosas horribles, segundos antes de salir corriendo despavoridos. A Draggstôn, al principio le causó gracia todo aquel alboroto que por él hacían. Pero no tardó en darse cuenta de su oscuro significado. En aquellas pequeñas criaturas, su presencia sólo podía producir temor y odio. Y un día, de regreso de un paseo por la comarca, con lágrimas en los ojos y sangre en la barriga (de donde colgaban todavía algunas cuantas flechas rotas) prometió encerrarse en su cueva para no salir nunca más.
Claro que esa promesa no podía durar mucho. Demasiado disfrutaba él de los rayos de sol bañando su cara y de sus alas golpeando al viento. Así que siguió saliendo, pero intentando evitar los poblados humanos para no provocar más el pánico. Lo que sucedió entonces fue que le empezaron a faltar cosas de su tesoro personal. Primero fue un objeto o dos, y se lo atribuyó a algún descuido suyo, cosa rarísima porque todos sabemos que por más grande que sea el tesoro de un dragón, éste siempre sabe hasta la ubicación de la perla más pequeña. Sin embargo, más tarde fue imposible culparse de algún descuido. Empezaron a desaparecer arcones enteros de monedas, armaduras completas, tahalíes y escudos. Los saqueadores (caballeros, mercenarios, sacerdotes) nunca quisieron oír sus razones para querer conservar todo aquello que le pertenecía, y apenas lo veían, se lanzaban al ataque. Y tampoco importó a cuantos héroes calcinase: siempre volvían más, ávidos de gloria y riquezas. Así que decidió juntar las pocas pertenencias que le quedaban y buscar otro lugar más seguro para vivir.
En uno de estos viajes encontró un viejo castillo, decrépito y abandonado, donde por fin se instaló. Su tesoro había disminuido considerablemente, así que ideó un plan para que su hogar tuviera la voluptuosidad de otras épocas. Secuestró a las mujeres más hermosas e inteligentes de los alrededores, sin distinción de clase social, y las llevó a vivir con él. Al principio, sus víctimas se resistieron, pero no tardaron en aceptar y hasta disfrutar de su nueva vida. Draggstôn las trató más como huéspedes que como rehenes. Y la pequeña comunidad, formada en su apogeo por sesenta mujeres de diferentes edades, prosperó insospechadamente. Reacondicionaron el castillo, cultivaron la tierra, escribieron poesía y montaron un sinfín de obras de teatro. Se divirtieron con el ingenio del dragón blanco y gozaron de sus riquezas que, saqueo a templos mediante, crecía hasta casi alcanzar la magnificencia que alguna vez tuvo. Y no parecieron extrañar para nada la presencia de los hombres. Encontraron, finalmente, la paz y armonía que en ningún otro lugar podrían encontrar.
Una tarde como cualquier otra, cuando Draggstôn empezaba a sentirse demasiado satisfecho de todo lo que había conseguido, luego de zamparse a dos clérigos gordinflones y repletos de anillos y joyas como desayuno, se encontró con que el castillo donde vivía había sido atacado. Columnas de humo se elevaban hasta el cielo, dificultándole la visión de su hogar en ruinas, sus cofres vacíos, y los cuerpos femeninos sin vida, golpeados y ultrajados hasta la muerte. Un estandarte en el suelo era prueba de algo que no requería confirmación alguna: otra vez, aquellos valientes caballeros, miembros de vaya a saber cual iglesia, habían ido hasta su morada por más gloria y más riquezas.
Draggstôn no ha respondido muy bien a aquél cruel zarpazo del destino. Desde ese día, el dragón vaga sin rumbo, inventando historias constantemente y contándoselas a cualquier transeúnte desprevenido, que encuentre en su camino, dispuesto a escuchar. Antes pedía unas cuantas monedas de cooperación voluntaria a cambio, como muestra de consideración hacia todas las calamidades que el pobre ha vivido. Ahora se contenta tan sólo con almorzarse a su temeroso público oyente.




Y tu, pequeño gusano insignificante. ¿Qué crees que vaya a suceder ahora?


Federico Gastón Spratt
(#1985)
http://elargencano.blogspot.com/


*Ilustración de Ciruelo

miércoles, 20 de agosto de 2008

Así la miraba.


Siento interrumpir tus vacaciones pero no perdonarías que no te lo dijera...Diego... Murió.
Axelle me contó que lo presintió en la mañana, me dijo que no sabía por qué pero pensaba que debía haber cerrado la ventana. Sé que lo va a extrañar, ella creía que tenían una conexión especial, siempre le hablaba como si fuera su amigo. A mi me parecía un gato normal, de esos callejeros, flacos, con rayas amarillas y blancas, tenía anillos de ambos colores en la cola, por eso le puso así, “Frodo”, como el Señor de los Anillos.
Ella había vivido sola en la casa de la esquina por tres años, pasó una temporada muy difícil después de su separación pues la soledad del desierto parecía hacer eco en su depresión. Debe ser terrible tener que mudarse al lado del ex marido repentinamente después de encontrarlo con otra en su cama. No tenía a donde ir, así que mandó poner mosquiteros en todas las ventanas para soportar el calor del desierto y poco a poco fue amueblando la casa que había comprado con la ilusión de tirar las pared que la separaba de la de Morris. Después de algunos días bastante oscuros, conoció a Diego.
Frodo, se convirtió en su compañía, Ella trabajaba todos los días desde temprano y le parecía cruel dejarlo encerrado así que mandó quitar el mosquitero de la ventana de atrás. Como si le fuera a entender, lo levantó en sus brazos, lo miró a los ojos y le prometió que la iba a dejar siempre abierta, él se lo agradeció ronroneando. Era un pacto, Frodo disfrutaba de su libertad recorriendo los terrenos aledaños, persiguiendo alimañas y lagartijas entre los cactus, pero eso sí, nada mas la veía llegar corría a recibirla, como hoy.
Hoy Axelle me invitó a comer hamburguesas, estoy seguro que lo vi haciendo movimientos como si vomitara en el montecito de arena que hay afuera, ella dice que también lo vio, pero pensó que comía hierba como hacen los gatos para purgarse y no le dio importancia. Conversaba mientras cocinaba, como si dirigiera una orquesta, ponía un ingrediente por aquí y unas palabras por allá, sazonaba con una carcajada, y todo al sartén con su mirada picarona que siempre me hacía reír.
Diego trabajaba en el mismo hotel que ella, al principio le pareció un compañero más al que saludaba todas las mañanas mientras recogía el reporte de los huéspedes pero con el calendario corriendo y sin darse cuenta, pasó de ser el compañero del “buenos días” a un “ángel salvador” que le ayudó a recuperar su vida. A Diego le encantaban los gatos, aseguraba que eran la mejor compañía, entre los múltiples detalles que tenía como llamarle por las noches para desearle bonitos sueños, le había prometido regalarle uno para su cumpleaños. Me contó cuantas veces esos pequeños detalles llegaban en el momento cuando mas triste se sentía y cómo poco a poco le recordó lo mucho que le gustaba vivir. Se le iluminó la mirada cuando me contó de aquel día en que le pidió que se arreglara de etiqueta pues pasaría por ella para llevarla a una fiesta de gala, al llegar los recibieron como invitados de honor, comieron, bebieron y bailaron entre la sociedad del pueblo hasta hartarse, ya cuando se despidieron Diego le confesó que había tomado el lugar de algún conocido en el hotel invitado a dicho evento.
Vinieron los veterinarios en un carro que parecía ambulancia, esta vez Frodo no salió a recibir a nadie pues se convulsionaba en el sillón mientras, Axelle, miraba a su amigo partir por segunda vez con desesperación. Se paró en el quicio de la puerta y la frase que jamás olvidaré: “Mi amigo se fue” hizo eco más allá de la noche.
Aquella noche al despedirse, Diego la abrazó fuerte, un escalofrío interrumpió el sentimiento de protección que sentía al estar junto a él. Le señaló las estrellas y le dijo, ahí estaré, siempre te cuidaré. En su mirada encontró lo que temía, otra despedida.
La noche de su cumpleaños, Axelle, con la mirada fija en las olas, trataba de olvidar la miseria de su vida lanzando puñados de arena, las cenizas de Diego yacían en el fondo de aquella playa y ella buscaba un aliciente para continuar con esa vida que no le había dejado mas que abandono. Armada de valor, decidió acompañarlo y sin pretensiones de regresar se dirigió hacia el mar. El frío de las olas se clavó en sus pies como alfileres y con sorpresa volteó hacia el cielo. Era una noche estrellada, recordó la promesa de Diego, y esbozó una sonrisa irónica reclamándole por no cumplir su promesa. Algo se movió en la arena, en la penumbra apenas se veía un bulto pequeño que caminaba, se acercó con curiosidad alegrándose por haber dejado su helado deseo, encontró un gato pequeño y flaco, caminó de vuelta al mar y el gato la siguió, apunto estaba de clavarse en el agua helada, cuando el gato la interrumpió con un maullido, lo levantó apenas con una mano y lo miró.
Frodo era más que su amigo, pensaba que de alguna forma Diego estaba cerca de ella por medio de él. Decía que era el regalo de cumpleaños que Diego al morir no pudo hacerle, un gato, él siempre quiso regalarme uno, aseguraba. Más allá de la lealtad inusual de un gato, Frodo aparecía en sus tristezas acurrucándose en su pecho, abrazándole el cuello. Pero sobre todo, la mirada, Axelle siempre se sintió segura mientras miraba a Frodo pues estaba segura que así era como Diego la miraba.

Los personajes

APUNTES PARA COMENTAR EN CLASE

Queridos colegas:

Les dejo estos apuntes sobre los personajes, para que los lean y tengan en cuenta. Son elementos que deberán incluir en su trabajo final (el proyecto de novela).

Saludos y nos vemos en clase.

Guillermo Vega Z.


LA CARACTERIZACIÓN DE LOS PERSONAJES

La única diferencia entre una persona real y un personaje es que éste último sólo existe en un mundo creado con palabras, pero, por lo demás, los personajes tienen (o deberían tener) exactamente las mismas características que las personas “reales”.

Así, en un relato (cuento o novela), un personaje se construye a partir de los datos e información que proporciona el narrador (que puede ser protagonista, testigo, omnisciente o alguna otra variación de los anteriores). El personaje no se construye en forma aislada sino que participa en la constelación del mundo ficticio, es decir, el personaje se hace, sobre todo, de las relaciones que tiene con los demás personajes y de sus acciones, de cómo sus acciones afectan a los demás y de cómo las acciones de los demás lo afectan.

El escritor debe saber más de los personajes que éstos sobre ellos mismos. En alguna ocasión, un maestro recomendó que no hay que empezar a escribir hasta no saber qué tienen los personajes “en los bolsillos del pantalón”. Desde luego, no se trata de saber TODO acerca del personaje, pero sí sobre los aspectos esenciales de su vida y de su personalidad; esenciales, se entiende, para el desarrollo del relato.

Es muy importante tener lo más claras posibles las características de sus personajes principales y secundarios, por lo que se sugiere al escritor primerizo emprender la realización de fichas de caracterización de los personajes antes (si es posible) o al mismo tiempo de emprender la escritura de un texto de ficción.

Estas fichas deberán incluir datos sobre los siguientes aspectos, lo más detallados posibles:

- Nombre y atributos físicos: En principio, conviene hacer un “retrato” del personaje. Recuérdese que el retrato incluye los aspectos físicos, morales y de comportamiento del personaje, tales como carácter, hobbys y aficiones, hábitos, rasgos de salud, manías o excentricidades, gustos y disgustos, miedos o fobias, etcétera.

Los atributos de un personaje deben ser coherentes y significativos; es decir, dentro de lo posible, a un atributo físico destacable le debe corresponder una calidad moral y un comportamiento esencial, que exprese algún aspecto de su personalidad.

Uno de estos atributos es el nombre de los personajes. Resulta fundamental una adecuada elección de los mismos, evitando lo obvio y lo demasiado irónico o paradójico (ponerle el apellido Blanco a un personaje negro, o el apellido Mata a un doctor, etcétera). También hay que rehuir a los nombres demasiado simples o comunes. (Juan, Pedro, María, etcétera)

Lo ideal es buscar nombres que tengan resonancias míticas, que nos remitan a otras historias y a otros personajes históricos y literarios, y sobre todo que busquen conjugar en el nombre los atributos principales del personaje.

Recuérdese a Edipo: su nombre, “el de los pies torcidos”, refleja un aspecto de su origen, pero también está unido a un atributo físico (la cojera), la cual está ligada a un atributo moral: cada vez que cojea es porque está enojado; la ira es lo que lo pierde y lo hace cometer errores. Es, lo que dirían los griegos, su “defecto de carácter”.

Es recomendable decidir también cuáles son los puntos fuertes y débiles de cada personaje. Es conveniente, sobre todo en los personajes principales, otorgarles rasgos definidos, fuertes, y añadir alguna flaqueza o debilidad de carácter. Los personajes tienen que ser atrayentes, pero las flaquezas ayudan a subrayar la tensión que conlleva su comportamiento. Esto permite darles tridimensionalidad a los personajes y huir de los estereotipos.

- Edad: Es necesario definirla para ubicar temporalmente al personaje y ser coherente con su tiempo y su experiencia. Conviene crear una pequeña biografía organizada cronológicamente sobre los acontecimientos principales de la vida del personaje principal, incluyendo en ella sus interacciones con los demás personajes.

- Origen, educación y ambiente: Estos aspectos resultan determinantes para definir la personalidad de los individuos: dónde nació, quiénes son sus padres, dónde estudió, dónde vivió, dónde vive actualmente, a qué clase social pertenece, etcétera.

- Sexualidad: Este aspecto resulta sumamente importante, sobre todo si se toma en cuenta que el amor y el sexo (incluso sublimados) son los que mueven a todos los individuos. La sexualidad incluye, además de la orientación sexual, todo tipo de experiencias sobre el tema: la relación con sus padres y con personas del sexo opuesto; complejos, perversiones y obsesiones; cuándo fue su primera vez; si es casado o soltero; obsesivo o reprimido; promiscuo o casto, etcétera.

- Creencias religiosas y políticas: Esto no tiene que ver necesariamente con la religión ni con la militancia política sino con el aspecto espiritual y ético, que determina la visión del mundo que tiene cada individuo: ¿el personaje cree en algún Dios o es agnóstico?, ¿creía y dejó de creer y por qué?, ¿nunca le ha interesado la religión o vive obsesionado con interrogantes metafísicas?, ¿es un desencantado de la política y de los políticos?, ¿milita o militó en algún partido?, ¿es comprometido o escéptico políticamente?, ¿es reaccionario, revolucionario o anárquico?

- Motivaciones, sueños y esperanzas: Estos son aspectos fundamentales, pues permiten identificar y prever los posibles conflictos con lo que se encontrará a lo largo del relato. Las motivaciones pueden ser muchas. He aquí algunas de ellas: amor, avaricia, celos, venganza, obligación, miedo, vanidad, odio, soledad… Entre más motivaciones tenga un personaje, más complejo se volverá y más interesante se hará la historia en la que participa.

- Problemas y conflictos: Dependiendo de qué lo motive, será posible definir lo siguiente: ¿qué quiere el personaje? ¿qué se le opone para conseguirlo? ¿qué está dispuesto a hacer para lograrlo? Hay que recordar que sin conflicto no hay acción y si el personaje obtiene sin obstáculos todo lo que quiere no hay interés en la historia por parte del lector.

Es conveniente que los problemas o conflictos a los que se enfrente el personaje realcen sus fortalezas y flaquezas o limitaciones. Deben tratarse de dificultades o problemas temibles que el personaje deba superar. Así, la historia contará la batalla para convertir al final su flaqueza en una victoria. Por encima de todo, nunca hay que dejar que el protagonista (pero sobre todo el lector) sepa que va a triunfar... si es que triunfa.

Los personajes más interesantes son aquellos que poseen un conjunto de problemas complejos. El objetivo principal debe estar a la vista, pero hay que otorgarle algunos obstáculos creíbles y superables al personaje, a fin de subrayar los rasgos que se hayan escogido para ayudarle o entorpecerle en el camino.

Para iniciar el relato, conviene escoger un punto de crisis para el personaje. Es vital darle al protagonista la oportunidad de tomar una decisión totalmente trascendente. Por ejemplo, si debe hacer una elección moralmente equivocada para tener éxito y sobrevivir, el protagonista ganará todo lo que quería, pero el precio a pagar por ello debe ser alto.

Generalmente, los personajes secundarios sólo tienen un problema principal por resolver. No deben estar tratados con tanta profundidad como los del protagonista, a riesgo de que la novela parezca sobrecargada. De los personajes menores no hay necesidad de plantear sus problemas, son como extras de un escenario que dicen las frases adecuadas, pero cuya historia no es relevante para el objetivo del relato.

martes, 19 de agosto de 2008

El espacio vacío

Aquella noche regresé con dolor de cabeza, con sueño, sin ganas de trabajar. Cómo me gustaría no ver una computadora en días –pensé. Nunca imaginé desear algo así. Me fui directo al sofá, prendí la televisión y antes de tomar el control del dvd me lamenté profundamente no haber ido por una película antes de echarme. Están frente al librero, a escasos tres metros de mí. Pero no, qué flojera –me dije.

Giré la cabeza en busca de la voluntad perdida horas antes en mi junta de trabajo. Sólo son cinco pasos, pero no. En cambio, algo llamó mi atención. Sobre la tercer repisa del librero una figura desconocida. Soy extremadamente maniático. Todo tiene un sitio, todo en un lugar adecuado. Si una pluma es movida de su sitio sobre el escritorio, lo noto enseguida. ¿Qué era aquello?

La curiosidad venció mi abulia. Escuché aquel ruido de las ropas despegándose del cuero del sofá. Entonces la vi. ¿Cómo llegó ahí? Jamás lo supe. Sin embargo, ella me miraba como si me conociera perfectamente. ¿Podría ser posible? Que alguien… o algo, ¿te conozca sin que tú lo sepas? Bueno, más bien, algo así. Aparecida intempestivamente un día entre mis libros. Imposible que alguien la hubiese dejado ahí. Nadie, y repito, nadie se atreve a tocar mis pertenencias. Mucho menos a dejar… algo así. Llegó por sí misma. Estaba seguro. Todavía hoy lo creo.

Por miedo, debo aceptarlo, no la moví. Recuerdo aquella vez cuando entró una mariposa negra y se instaló entre las torres de los discos. Me aterraba tocarla. De chico me dijeron que presagiaban la muerte. El día que mi tía abuela falleció una parecida entró por la puerta mientras metíamos el auto. Llegábamos del hospital. Una hora más tarde nos llamaron para confirmar cómo la señora que desde niño me llevó a la escuela ya no existía. Por si las dudas, por miedo, dejé a ésta ahí. Tal vez mañana ya no esté, tal vez estoy muy cansado y es mi imaginación –pensé.

Regresé del teatro. De malas. El culpable: mi maestro… mi amigo, pero como fue mi maestro de teatro y siempre me sigue enseñando cosas nuevas le digo maestro. Para todos los que me conocen él es mi maestro, pero es como un segundo padre. Se empeñó en defender a sus mediocres alumnos. ¿A mí no me importa su proceso? La gente asiste al teatro para ver resultados. No tengo la paciencia de aguantar gente inepta. Él me dijo “Y llevas años con tu gente, enseñándole, porque no llegaron contigo siendo buenos actores, ¿o sí?” Me dejó pensando. Si algo me molesta, además de ver exámenes con chamaquitos sin amor por el escenario, es que él siempre tenga la maldita razón basándose en mi vida.

Pensaba con quién desquitarme cuando la vi. En el mismo sitio. ¿Y si me desquito con ella? Como hago con las cucarachas y otros bichos parecidos, bañándolos de insecticida para ver cómo agonizan y dejan de moverse. No. Me ganaba el amor por los animales. Porque después de todo es un animal. Los otros son insectos. Menos cuando es uno tan… viejo. Ni se mueve. Sólo porque mueve la cabeza y los ojos sé que está viva. La dejé ahí. Ahora me entretendría midiendo los pasos que daba de un día para oro.

Pasó un mes y nada. En el mismo sitio. ¿Acaso no piensa hacer nada? ¿Por qué no se muere si no come? No entendía. Siempre en el mismo lugar, mirando. Empezaba a odiarla por no mostrar señas de vitalidad. Aunque por otro lado, envidiaba un poco esa calma. Cambiaría mis juntas de trabajo por quedarme unas horas así: mirando cómo los demás sufren.

Anoche la soñé. Estaba acostado en la cama y ella frente a mí, en los pies. Me miraba fijamente. Sólo que medía un metro setenta y dos. Como yo. Por difícil que parezca, no me dio miedo. Me pareció escucharla hablar. Pero sin emitir sonido alguno. ¡Yo sabía lo que decía! ¡Sin hablar! Decía que ella no dejaría una oportunidad como ésa. ¿Cuál ésa? Lo de la obra, seguramente. ¡Pero tú no soportas a esos cabrones! –quería gritarle. No lo hice. Sólo me dejé arrullar por esa voz.

Tres semanas después llegué muy noche, después de las 12. Agotado como cada día de junta. Me senté frente a la computadora. Mejor escribir los cambios que dijeron de una vez. Antes de olvidarlos. De repente me acordé. Giré la cabeza hacia el librero y no la vi. Me sorprendí como hace mucho no me pasaba. Corrí a cerciorarme si estaba viendo bien. A pesar de traer los anteojos. No estaba. Por fin –pensé.

Al mes, lo confieso, la extrañaba. Fue muy raro. Comencé a preguntarme cómo se había marchado. En eso estaba cuando la vi. Ahora dos repisas más arriba. Estuvo todo el tiempo ahí –me dije. ¿Cuánto tiempo no habría estado ahí sin saberlo? Tal vez en otro sitio, pero siempre mirándome. Todo comenzó a cobrar un significado. Desde los 15 años, en la secundaria, abrí la cuenta de Hotmail. Usé el apodo que me pusieron porque no tomaba la clase de educación física: tortugo.

Diez años después la encontraba mirándome. O ella juzgó conveniente dejarse ver por fin. Mi maestro me dijo “Algún día lo verás en sueños. Incluso meditando puedes acercarte a él. Para crecer deberás comprender su significado. Los mayas lo sabían, los mexicas también”. En esa ocasión me enojé porque no me quiso decir cuál era el mío. No lo hubiese entendido. ¿Y ahora qué hago? La dejó ahí. Tarde o temprano comprenderé por qué ella, por qué yo.

Carlos Rodríguez

No. de cuenta: 1996

Axel Murillo
No.: 1969

La lagrima de serpiente.

Lograr ver sus ojos... esa mirada amarilla que todo lo sabe y nada lo cree, es un reto de antílopes cuidándose, de roedores en escape. La mañana era fría, zumbada, irresistiblemente molesta como el zancudo revoloteándote a la oreja, su imagen me saltó al recuerdo, fue ese sueño otra vez... la veía de frente largo tiempo, y al primer parpadeo tenia que correr y tropezarme  y enredarme en el fango con ella cerca, verde, fría como la mañana. antes de levantarme por completo ya estaba frente a mi...  me circundó,  me dijo: en que cree que provean las plegarias a saltar! se fue y en ese momento la serpiente pues es sabado y una lagrima me dejó a la puerta.

empieza a notar que 48 es un numero aún no, la serpiente vino ... y se va sin despedirse  pues no vovió a parecer








Bear

( corto pero sustanci…oso)

Leonardo Bastida Aguilar

La voz del público es estruendosa, los aplausos nublan el oído. Las luces ensordecen la vista. No se distingue el mínimo detalle entre la mar de gente y ruido. Esta él con su flauta, llamando al baile. Enfila el paso hacia la pista. Los pasos son titubeantes y cortos, con mucho trabajo. La mirada dispersa. En todos los lugares es lo mismo. No importa sea China o México. Todos comienzan a aplaudir.
El caminar es cada vez más lento. El presentador – Demos la bienvenida a ¡¡¡ LEO!!! ¡¡¡EL OSO DEL TAMBOR!!!
Una vuelta con el ritmo de la luz. Acercarse a él para recibir el primer aplauso. Volver la mirada a todo el circo, redondo perfecto. Un poco de acercamiento hacia la tribuna, un rugido, un garrazo al aire, unos toquidos al tambor, unos pasos de baile, un ligero trote.
La recompensa, un aplauso, la sonrisa de los niños y la admiración de los adultos. Todos pagaron su boleto para ver a Leo El Oso que toca el tambor. El pega a la pierna derecha para dirigir los pasos de Leo hacia la salida. Es el adiós para todos. Efímeros minutos, playeras son su rostro, niños con su tambor, máscaras, fotos, videos.
Mañana regresarán más, como lo han hecho todos desde hace años cuando comenzó la aventura en Cánada. Aviones, autobuses, trenes alrededor del mundo. El mérito: tocar el tambor treinta segundos. No tocar el tambor, sólo jugar con él. Conoce Roma, París, México, Viena, Munich, Moscú, Beijing, Nueva York, Los Angeles, San Francisco, Chicago, Sydney, Atenas, Estambul, jamás un bosque.
Vienen los payasos, regresa a la celda. Unos golpes porque tocó diez segundos menos el tambor, menos agua, menos comida. Leo entra, se recuesta, no hace nada, duerme, mea, duerme, se rasca, duerme, come, se duerme, defeca, se duerme, toma agua, se duerme, se duerme, vuelve a ser un oso.

Elisa y Mateo


La luz del amanecer anunció el nuevo día asomándose entre las persianas. Para que no me molestara y poder seguir durmiendo plácidamente, como todas las mañanas, me acurruqué en el cuello de Elisa.

Pocos minutos después sonó el despertador, Elisa lo apagó, refunfuñó y se levantó.

La cama para mi solo. Este era quizá, el momento que más disfrutaba del día, las almohadas y las sábanas exclusivamente para mí. Dormí mientras ella se bañaba.

Cuando entró a la recámara, abrí los ojos. - Buen día - dijo con voz dulce.

La miré, envuelta en la toalla celeste de siempre, desnuda, recién bañada, con el cabello tan lacio y mojado cubriéndole los hombros, la imagen perfecta de cada mañana.

Prendió la radio. El noticiario matutino es realmente malo, no entiendo porqué lo escucha. Terminó de vestirse, se peinó, y se acercó a besarme atrás de la oreja. Salió de la recámara.

Realmente en estos momentos de la mañana podía valorar lo afortunado que me sentía al estar con ella, compartir la casa, y descubrir cada día un detalle diferente de su amplia gama de estados de ánimo.

A mi parecer es más que hermosa cuando llega a casa, de noche, con una sonrisa enorme y me platica que su día fue maravilloso. Por suerte es algo que ocurre con frecuencia. Elisa no es precisamente una chica depresiva, ni mucho menos, todo lo contrario, es bastante alegre, risueña, simpática, inteligente… es Elisa.

-Ya está el desayuno.- Gritó desde el comedor.

Salí del cuarto. Miré mi plato. Lo mismo de todos los días, Elisa sabía que me encantaba esa comida y procuraba que nunca faltara en la alacena lo necesario para mí.

Desayunamos.

-Es tardísimo- me dijo. Dejó sus platos en el fregadero y rápido terminó lo que tenía pendiente en la recámara, entre otras cosas, tender la cama, maquillarse y verificar que en el portafolios llevara todo lo que necesitaba.

-Vengo en la noche- salió.

La casa toda mía. Empecé mi rutina. Unos estiramientos después del desayuno, salí a la terraza a mirar qué tal pintaba el nuevo día, y una vez ahí reposé bajo el sol. Cuando el calor se volvió insoportable entré a la casa otra vez y en la sala busqué cómo matar el tiempo, hasta que Elisa volvió.

Escuché sus pasos por el pasillo del edificio, sus llaves luchando por salir del portafolios, percibí su perfume volar por detrás de la puerta, y… otro olor que no logré reconocer.

La puerta se abrió.

Entró un hombre al que jamás había visto. Lo miré detenidamente, de pies a cabeza. Cabello chino, alborotado, ojos grandes, nariz chueca, barba tupida, labios gruesos, estatura media, complexión robusta, jeans claros, tenis rojos.

Me acerqué y descubrí un olor a tabaco y coco, mezcla extraña.

-Jaime, él es Mateo. Mateo, él es Jaime.

Hubiera intentado por lo menos ser amable con el nuevo amigo de Elisa, si él no hubiera fingido demencia ante nuestra cordial presentación.

-¿Destapamos el vinito? – fue lo primero que le oí decir al tipo.

Elisa trajo a la sala un par de copas.

Me senté al lado de ella, ya que el susodicho se había acomodado en mi lugar favorito, en el sillón más cómodo.

Platicaron de tonterías. Nunca había visto a Elisa así, no estaba contenta, ni feliz, no, estaba como abstraída de la realidad, embelesada con la figura de Jaime, incluso reía distinto. La risa de Elisa era tan boba como los chistes que hacían.

Ella, después de la segunda copa de vino, se levantó de mi lado y se sentó junto a Jaime. Él, nada tonto, comenzó a acariciarle el cabello, después le agarró la mano y jugó con sus dedos. Cuando dejó su mano sobre la pierna de Elisa estuve a punto de lanzarme sobre su horrenda nariz, pero me contuve, no hubiese sido muy amable de mi parte morder en ese momento a nuestro invitado.

El control me duró poco, porque en segundos Jaime, muy decidido a demostrar su varonil personalidad, tomó con fuerza la cabeza de Elisa y le plantó tremendo beso.

En verdad creí que la pobre de Elisa no podía respirar.

No pude detenerme. De un salto llegué a los pies de Jaime y con fuerza mordí uno de sus tenis.

De haber sabido el golpe que me llevaría quizá lo hubiera pensado mejor antes de clavarle los dientes.

Hubo gritos, empujones, mordidas, ladridos, lágrimas, y más gritos.

Jaime se defendía diciendo que yo lo había atacado primero.

Elisa me defendía diciendo que yo era un pobre perro que no entendía lo que pasaba.

Yo defendía a Elisa de las garras de ese patán y me defendía a mí, ladrando que entendía perfectamente lo que sucedía.

-Pues si vamos a pasar juntos la noche él se tiene que quedar afuera.- dijo muy seguro de sí mismo el tarado de Jaime.

Muy digno y confiado de que Elisa tomaría la decisión correcta, me quedé sentado en espera del veredicto, seguramente a mí favor.

Elisa respiró hondo, nos miró a los dos, caminó hacia la puerta, la abrió y dijo –Mateo, ve a dar una vuelta-.

En efecto, no lo podía creer.

Salí de la casa, luego del edificio y finalmente del barrio, decidido a no volver jamás.

Todas las mujeres son iguales.

El error

Nunca he soportado a la gente que obedece las leyes sólo por que tiene que obedecerlas, o a la que las rompe sólo por que tiene que obedecerlas, me parecen imbéciles condicionados incapaces de un poco de raciocinio, no digo que no sea yo una más de las ratas de Pavlov, cuando veo una luz roja me detengo (incluso cuando voy a píe), no fumo en lugares públicos cerrados, nunca excedo el límite de velocidad, es más casi no uso el claxon de mi carro, esas son leyes y convenciones sociales que respeto por que me gusta hacerlo, creo que hacen de esta ciudad una ciudad mejor, en cambio: viajo en los vagones delanteros del metro (sí, esos que son para mujeres, niños y personas de la tercera edad, creo que separarnos no es la solución), manejo cuando he tomado (nunca lo suficiente para ponerme en peligro pero sí definitivamente más de lo permitido por la ley) y a partir de hace medio día tengo un cachorro de león en mi casa.

Mi sentido del humor me ha abierto la puerta en más de una ocasión a pesar de que ha mucha gente le parece estúpido nadie niega la efectividad del mismo. La gente que lo critica lo hace por que es simple, chistes estúpidos y sencillos que a cualquiera se le pudieron haber ocurrido, tienen razón pero el truco consiste en tener el valor de decirlo (En realidad el truco consiste en siempre estar acompañado de alguien muy simple, y déjenme decirlo: en todos los grupos siempre existe alguien así). En mi familia siempre han hallado esto como una gracia, y por eso me han pedido que nombre a sus mascotas, por ejemplo el chango de mi tío lo nombramos Darwin, al perro de mi tía, Lalo como su exesposo, al gato de mi prima le pusimos perro (el día que me estuvo chingando por que le pusiera nombre estaba de mal humor, y aun así les cayo muy en gracia). Por eso mismo siempre he querido un león como mascota, así que cuando tuve la oportunidad de comprarlo no lo dude ni por un segundo.

Hace una semana, en una fiesta, “El traca” un amigo que según mis estándares no es para nada un imbécil condicionado, me propuso venderme un cachorro de león, me dijo que tenía un amigo en el zoológico, que si lo quería no hiciera demasiadas preguntas y si no lo quería no hiciera ni una, acepte y además no hice una sola pregunta, “El traca” estaba feliz. Hoy en la mañana, como habíamos acordado llego a mi puerta un mensajero con una enorme caja de madera con agujeros alrededor y encima, cuando le abrí la puerta al hombre me extendió un sobre y dijo que aquí estaba mi pizza, no pude evitar soltar una carcajada. Al momento que le entregaba los cinco mil pesos que habíamos acordado, me explico que dentro del sobre venía el número de cuenta donde tenía que depositar los otros setenta y cinco mil pesos esa misma tarde, metí la caja y cerré la puerta en su cara (quizás no, pero ya no importaba él). Por unos minutos observe la enorme caja en mi sala con la mente en blanco, finalmente me decidí y fui por un desarmador para abrir la caja. Luego de cinco minutos de batallar una de las partes finalmente cedió y vi en el interior de la caja un cachorro de león extremadamente sedado, no podía tener más de un mes de haber nacido. En ese momento decidí salir al banco después de dejar un plato con leche por si el cachorro despertaba.

Mientras entregaba el cheque a la cajera pensaba que es precisamente por el tipo de cosas que trabajo, gusto excéntricos que me quiero y puedo dar, hasta que una voz chillona me interrumpió:

-Un deposito de 75,000 pesos al zoológico de la ciudad ¿Es correcto señor?- me preguntaba la horrible cajera.

-Sí, es correcto- respondí distraído.

-¿Dona usted este dinero?- Su voz me parecía aberrante, como el infinito provocado por un micrófono y una bocina puestos frente a frente.

-Emmmh… Sí, por mis hijos-

-Se ve usted muy jov… -

-Ellos más, créame- La interrumpí para no seguirla escuchando. La espera fue larga, casi eterna, mientras ella hacía el papeleo yo evitaba verla. Silencio.

-¿Quiere ver fotos de mi hijo?- Me dijo.

-No, quiero hacer un depósito en silencio- supe que tarde o temprano pagaría por eso…

El silencio reino de nuevo pero esta vez fue peor, sentía como todos me miraban, sentía los dedos señalándome, acusadores.

-Este cheque es muy grande, tendré que pasarlo con el gerente- Me dijo a la par que “amablemente” me señalaba un escritorio vacío. Tras diez minutos de esperar sentado con mi cheque en la mano un hombre viejo y evidentemente frustrado se posó frente a mí y se presento como “EL SEÑOR GERENTE DEL BANCO” no me dijo ni su puto nombre, razón por la cual supe que me trataría con la punta del pie, cosa que estaba dispuesto a soportar ya que quería escapar lo más pronto posible, para ese momento la luz fluorescente del banco me parecía igual que la que sale en las películas durante los interrogatorios.

Cuarenta y cinco minutos después mientras entraba a casa pensaba en mi nueva y tortuosa adquisición. Al llegar a mi sala lo vi bebiendo la leche que le había dejado enfrente, sonreí y me senté en el sillón más próximo a él. Cuando termino de beber se acerco a mí ronroneando (no sabia que los leones ronronearan) lo recogí con mis dos manos y acaricié su lomo mientras pensaba en el futuro: No podré invitar a nadie más a esta casa, tendré que despedir a la señora que hace el aseo, tendré que trabajar desde casa más seguido, habrá que sellar la casa contra ruidos, comprar carne en cantidades industriales una vez por semana, y por supuesto, olvidarme de mis muebles, mi alfombra, incluso el cuadro que me regalo mi abuelo podría pagar las consecuencias de tener un león en la casa. ¿Qué haría cuando la policía se enterara? Seria mordida tras mordida hasta que el animal se muriera, eso o tres años de cárcel… No había gastado ochenta mil pesos en una mascota, no era un lujo, era un nudo que me ataba a mi casa, era un error de ochenta mil pesos a corto plazo y cientos de miles a largo, era un error que aun estaba a tiempo de enmendar…

Un error que ahora duerme en mi regazo, un error ignorante de lo que pasa por mi cabeza, un error que tomo delicadamente y coloco en el sillón, un error que veo respirar por última vez mientras tomo un cojín que es del tamaño de su diminuto cuerpo, un error que sólo fue eso: un error, un error al que aprieto con el cojín mientras le susurro –Perdón Guanajuato.-

No digo que no sea yo una más de las ratas de Pavlov, cuando veo una luz roja me detengo…

Rodrigo Méndez Salinas : 2004 : I know it’s not right but it seems unfair

SELVA LACANDONA



Ese día por fin salió el sol, habíamos pasados días enteros encerrados en la selva sin que las nubes grises se movieran, estaban estáticas, detenidas encima de nosotros y ese día por fin alzamos las casas de acampar, era el día perfecto para ir en busca de Camila, llevábamos meses buscándola habíamos perdido su rastro y recorrer selva Lacandona para quien no está preparado solo es un sueño guajiro, existen tantas formas en las que puedes morir antes de si quiera ver la inmensidad en la que te encuentras parado.

Caminamos por horas, aves de muchos colores nos acompañaban en el camino, las serpientes se escuchaban cerca, pero nuestro guía siempre nos mantenía alerta, los changos gritaban, jugaban, se lanzaban de una liana a otra, los arboles de cedro y de caoba les permitía permanecer en lo alto lejos de nosotros, donde no pudiéramos lastimarlos y desde donde ellos nos pudieran observar.

Recuerdo perfectamente como conocí a Camila, éramos tan pequeños y era nuestro primer viaje a la selva, sigo sin entender porque la abuela siempre terminaba sus vacaciones en esta área, y entonces la vimos, era recién nacida su madre la cuidaba tanto como mi abuela a nosotros; los médicos nos la mostró, nos dejo acariciarla, mis primos estaban asombrados con el cocodrilo que tenían en el campamento, se encontraba ahí porque casi no sobrevive a la pelea que tuvo con un jaguar.

Yo miraba a Camila y veía en ella sus grandes ojos y en ellos me veía yo, escuchaba sus ronroneos, sentía su patita rasgándome en pantalón y sin importarme alejarme del grupo me quede ahí, sentada al lado de ella, observándola y eso me lleno de un tranquilidad que a penas y mi cuerpo podía soportar, una sensación invadió mi cuerpo llore y llore, no estaba triste, me encontraba muy feliz y quería quedarme ahí para siempre.

Estuvimos en el campamento varios días, con sus noches frías por supuesto, una madrugada un rugido pequeño pero muy sonoro, lleno de dolor entro hasta mi corazón retumbando en mi pecho, era Camila le habían insertado una placa con un numero en el cuello; salí corriendo de la casa de campar, y escuchaba a mi abuela gritar detrás de mi cosa que no me importo, cuando llegue al refugio uno de los doctores intento calmar mi llanto mostrándome como ella estaba bien. Es solo que hay que evitar la caza y muchas cosas malas que pasan por aquí y es nuestra manera de tener el control y saber donde esta cada uno de nuestros niños, me dijo.

Es hora de descansar, esta anocheciendo y mañana recorreremos el Usumacinta hasta llegar a la zona de Yaxchilan, donde esperamos encontrar rastros de Camila; a esta altura la luna se ve maravillosa, tan grande y blanca y los arboles delante de ella nos libera de sus rayos. Esta noche estoy dándome por vencida, me encuentro llena de sensaciones y una de ellas es de rabia, el gobierno no apoya nuestro campaña, la frustración me invade y si he perdido a Camila, era mi obligación librarla de esos cazadores y de los otros hijos de puta que solo venden sus pieles al mejor postor, porque no hacen una piel de sus culos y la venden para que los maricones como Salinas y todos esos hijos de la chingada la pongan en su sala, como si eso los hiciera ser mas hombres, así por lo menos dejarían que Camila y los pocos que quedan resguardaran las historia de nuestros ancestros.

Vámonos, grito nuestro guía; apurada para llegar al río recogí mis cosas, el resto del grupo se partiría en dos y nos veríamos cerca de palenque para intercambiar datos; llegamos al Usumacinta y un rugido inmenso se propio del silencio, las aves callaron y muchos de los animales corrieron a sus escondites, ahí estaba uno de ellos recordándonos lo importante de su hábitat, seguía rugiendo, cada vez más cerca, nos esperamos para verle; era un enorme macho, hermoso pero no era ella, nos apresuramos a subir a la lancha y tomar nuestro camino.

Para nuestros siguientes viajes solo regresamos mi abuela y yo, viajábamos en las camionetas, a veces caminando y otras más en las lanchas; pero siempre me llevaban lo más cerca que podían con Camila; en uno de los viajes mi abuela hizo de mi cumpleaños el mejor, valió la pena esperar aquel regalo, me llevo a la zona de seguridad donde ese día iban a tomarle fotos a Camila para una campaña en contra de la caza de jaguares. Tenerla de frente y tan cerca, sentir su rugido haciendo vibrar mi cuerpo me hizo tan feliz que pensé que ya con eso podía morir el día que fuera necesario, fue para mí el haber encontrado aquel nirvana que muchos se tardan en alcanzar.

Llegamos a Yaxchilan, de ahí nos fuimos a palenque, Bonampak, la venta, cascada de chiflón, cascadas de agua azul, el cañon del sumidero, las lagunas de montebello, recorrimos la ruta maya sin parar, llevábamos ya un par de meses encerrados en la selva; del grupo habían desertado ya varios integrantes, otros se habían enlistado a otras búsquedas, el dinero para los víveres comenzaba a faltar.

Encontramos varias pistas, los datos que recopilamos servirían una vez más para crear otro tipo de ruta, hacer zonas de seguridad y evitar con ello la maldita caza legal que se lleva a cabo en esta zona.

Después de nuestra última visita, de Camila solo sabían que había emigrado hacia las montañas del norte, que después de ahí permaneció un tiempo cerca de palenque y que la seguían constantemente, mi abuela ya no pudo seguir viajando, sus piernas ya habían dado todo de sí, su columna ya no era la misma que de años atrás; hablamos y me dijo que si quería regresar ahora tenía que hacerlo sola. Y así fue por muchos años estudie a los jaguares de cerca, de lejos, en libros y pase años haciendo estudios antes de integrarme a la lista de voluntarios para la conservación de la selva lacandona.

Y aquí estoy años después en busca del tesoro perdido que toda mi vida, desde el primer roce con su historia me ha mantenido de pie.

Después de los últimos meses, sin haber encontrado nada, más que una tala inmensa en la selva regresamos al campamento, ahí iniciamos el proyecto de la nueva campaña y el prototipo de proyecto para entregar al gobierno en espera de su apoyo, hay que ir a rogarle a los hijos de la chingada para que mantengan al país de pie, como si los miserables no se robaran gran parte del dinero; pedí unos días para ir a la ciudad a arreglar papeleo, respirar un poco y regresar a buscar a Camila, por supuesto me dijeron que si, salía la próxima semana.

En esos días escuchar los rugidos que se apoderaban de toda la selva me llenaban de energía; pero no me daban esa felicidad que solo ella podía regalarme, lo único que podía hacer era pedirle al mismísimo eso que cuidara de ella; el campamento cambiaria de lugar a un zona más alta, la época de lluvias de acercaba, unos colegas pidieron permiso para recolectar información en la zona de Chikultik, fue aprobada, la búsqueda de Camila le dejarían para mi regreso.

En la Ciudad recibí una carta donde me informaban que habían encontrado una hembra dentro de una manada que no era la suya; sin número pero con dos crías y que habría que sacarla de ahí antes de que los machos regresaran. Rápidamente saque mis cosas, me trepe a una camioneta y llegue al campamento, tardarían días en llevarme hasta ella; por fin llego el momento me llevaron hasta allá, era ella como lo sabia no lo sé, el corazón no se equivoca y no miente en estas situaciones, logramos sacarla de ahí y llevarla hasta el campamento con sus dos crías.

Después de un tiempo a lado de Camila y permitiéndome conocer a sus pequeños, logre recuperar la esperanza que había dejado colgada en algún árbol de la selva; logramos ponerle la placa con su numero la llevamos junto con su niños a una zona alta cerca de Bonampak; ahí tuve la oportunidad de reclamarle el susto que me había metido, y pedirle una disculpa por haber dejado de buscar.

Ahora se encuentra reunida con otra manada a lo mucho le quedan dos años de vida; pero ella nos ha dejado dos niños que resguardar para cuando ella no este.



ANME 1966

Mi metamorfosis

Me senté en la misma butaca de siempre. La maestra habló de algunos temas y unos compañeros leyeron sus trabajos. Luego me tocó a mí. Mientras leía, la mano me temblaba y la voz igual, casi no podía continuar, trataba de mantener fija la mano que sostenía la hoja con la otra pero las dos juntas sólo juntaban su temblorina. Cuando terminé, mis compañeros comentaron mi texto pero yo no podía poner atención, tenía la cabeza caliente y el temblor se me había contagiado por todo el cuerpo. Leonardo, "el oso", sentado junto a mí, me miraba constantemente de reojo. Se acomodó en su asiento, algo le incomodaba, algo quería decirme. ¿Qué te pasó?, dijo, con débil voz, casi para sí mismo. Yo quería responderle que no me pasaba nada, pero mi boca la sentía muy amplia y mi lengua colgaba fuera de mi boca y era difícil de manejar pues chocaba con unos dientes largos y afilados. Lo miré pero él se hacía el desentendido. Después noté que mis cuatro extremidades estaban apoyadas en el asiento, todo mi cuerpo constreñido entre el respaldo y los brazos de la butaca, y esas mismas cuatro extremidades estaban forradas de pelo.
La maestra seguía criticando mi texto, yo no entendía bien qué estaba diciendo, y quería defender mi texto pero lo único que salió de mi garganta fue un aullido.
La maestra calló un segundo al oír el sonido que emití, como un estorbo en su discurso que rápidamente esquivó para seguir criticando mi texto. Gastón, poco delante de mí, giró discretamente su cabeza hacia mí dos veces, una tras otra, la primera con curiosidad y la otra con extrañeza, y luego le comentó a Carlos: qué raros son los poetas, y Carlos se encogió de hombros, como si su espalda fuera el caparazón de una tortuga.
Sonó la campana, y yo, como todos los días, me acerqué con mis cuates, pero sentí que les incomodaba, me daban la espalda y yo tenía que asomar la cabeza, que llegaba a la altura de sus piernas, por entre los huecos entre una y otra persona, pero los empequeñecían cada vez que me acercaba. Cuando por fin lo logré, Enrique me miró como si yo fuera gato (es alérgico a ellos) y sugirió que mejor se bajaran a ver qué película pasaban en el cineclub.
Me quedé con Andrea, que se había quedado atrás, apurada, recogiendo sus cosas, le pregunté que qué tal le había parecido mi texto pero sólo me salió un leve aullido y Andrea se volteó y me acarició la cabeza y dijo ay qué hermoso, me gusta cómo se siente tu pelo, quitó la mano de un impulso y se dijo a sí misma, ay no, a lo mejor muerde, y se alejó rauda tras el grupo.
Salí, cabizbajo, al aire fresco de la noche, y del otro lado de la calle había un grupo de sogemitas, fumando, que me miraba fijamente, así que me dirigí hacia ellos con mis cuatro extremidades en el suelo, pero me detuve al ver que estaban cuchicheando de mí. Sólo alcancé a oír que uno de ellos decía, se ve muy flaco, ha de tener hambre, se acercó un poco y puso en el piso una sopa Maruchan.
Ni pasé por el estacionamiento, estaba conciente de lo complicado que sería manejar en mi estado, así que me fui caminando. Llegué a la plaza de Coyoacán, a la fuente de los coyotes y tomé de su agua sucia. La plaza estaba vacía y sin luces eléctricas, me quedé dando vueltas en el borde de la fuente, la luna estaba casi llena y por primera vez desde mi transformación me sentí liviano y alegre y aullé.
A mi casa entré como si fuera gato, aunque con mucha más dificultad. No había nadie. Sólo Gatuska, la gatita. Entré y ella enroscada levantó su cabeza y se me quedó viendo dubitativa durante un rato y yo me quedé inmóvil para no asustarla. Hasta que nos sorprendió otro sonido, era una víbora de cascabel. La cabeza de la víbora flotaba cerca de mí y no se dio cuenta que la gata se acercó a ella por detrás y la agarró del pescuezo y la mató. Esa noche no pude dormir, agradecido con la gata y preocupado: qué tal que la víbora era mi hermano.