LUIS EMILIO MEDINA MEDINA.
Por supuesto que este libro pudo haberse llamado también Seis propuestas para la literatura del próximo milenio. Y es que cada una de las propuestas de Italo Calvino, son herramientas fundamentales para construir la obra literaria en nuestros días, en un mundo, como ya lo prefiguraba Calvino, donde ya casi nadie querrá leer. ¿Cómo enfrentarse a esta realidad? ¿Cómo rescatar el arte literario para que trascienda y actualice dentro de sus propios recursos, los que le ayudarán a alimentarse a sí misma y continuar alimentando al Universo?
La primer respuesta es Levedad. Lo aéreo, lo volátil, lo fluido y natural del lenguaje que busca:
1)Un aligeramiento (…) mediante el cual los significados son canalizados por un tejido verbal como sin peso, hasta adquirir la misma consistencia enrarecida.
2)El relato de un razonamiento o de un proceso psicológico en el que obran elementos sutiles e imperceptibles, o una descripción cualquiera que comporte un alto grado de abstracción.
3)Una imagen figurada de levedad que cobre un valor emblemático como, en el cuento de Bocaccio, Cavalcanti saltando con sus delgadas piernas por encima de la losa sepulcral. (CALVINO, Seis propuestas para el próximo milenio, 31-32. Ciruela)
Levedad, el acto de elevarse por los cielos del pensamiento y de la Tierra, el aligeramiento mercurial que renueva de significados al lenguaje, el verbo que une las palabras en una consistencia enrarecida que, como sugiriera John Gardner, le hará bien al relato por tratarse de algo extraño a la razón, la intrusión de lo extraño en la vida siempre es digna de contarse, de saberse, de atestiguarse, de leerse. Levedad como también lo pueden ser los razonamientos, dentro de la cabeza del personaje, consigo mismo o él contra el mundo. Ese proceso de irse contando la historia que nos cuenta una historia, y por supuesto, esa bella, irreverente y divertida imagen de Cavalcanti brincando la losa sepulcral, brincándose la muerte desde su vida, la poesía.
La levedad para Calvino no es insoportable en el sentido de Milán Kundera, sino que es lo que necesita el espíritu creativo para elevarse, para dejarse llevar por el lenguaje de la sencillez en cuanto a la conducción de imágenes, formas y las emociones en ese contenedor llamado palabras. A mayor levedad, mayor ductibilidad.
Rapidez. Ha pasado el tiempo y Aristóteles sigue vigente. Calvino lo sabía bien. La mejor manera de contar es haciendo uso de la rapidez. Comienzo, desarrollo y fin. Los tres tiempos dramáticos. Acomódense al antojo, pero que tengan un comienzo, desarrollo y fin. Y mientras más rápido pasemos a la parte medular de la historia, al asunto, al conflicto que mueve al personaje, y mientras más rápido este logre salir de ahí, o por lo menos, sea la rapidez una constante en su actuar, podremos capturar al lector del nuevo milenio que está hiper acostumbrado a la vertiginosidad. Su vida es un zapping constante. En la computadora, en la televisión, en la radio, en el internet, en las relaciones humanas, en los amores, etc. Aquí estamos luchando contra el déficit de atención contagiado en las sociedades pus modernas.
El ritmo acelerado de la vida real es el handy cap que tiene en contra el escritor ¿Cómo atrapar al lector que no tiene tiempo de leer todo lo que quisiera? ¿Cómo provocar el gusto por la lectura en una sociedad mediatizada? Hablándole rápido y sin rodeos de lo que va la historia, quién es el personaje, cómo le va a hacer para conseguir su objetivo, etc. Rapidez no tiene nada qué ver con descuido, de hecho, es un valor premeditado y pre revisado incesantemente para que el texto brinde la sensación de que el ritmo del mundo que se está contemplando en la hoja, obedece a su propia velocidad, a su musicalidad. El tiempo es el espectro de la narración que el escritor debe jugar a su favor para plantear las cosas según su propio nivel espacio-temporal, pero de la manera más efectiva ante las sensaciones del lector, y esto se logra con rapidez. El entramado que hila las historias, el famoso anillo citado por Calvino que une vidas como protagonista que enlaza personajes, debe identificarse lo más pronto posible, y de ahí, el anillo o el personaje, sabrán qué hacer o con quién quedarse.
Visibilidad. Un cinéfilo como Italo Calvino sabía perfectamente que la visibilidad, el poder de la imagen que sintetiza con gran poder dramático el inicio o el término del proceso creativo, es fuente de toque inacabable para la escritura. Y ahora que vivimos en un mundo controlado por los medios audiovisuales, el lector necesita vorágine de imágenes para poder ser enganchado.
El proceso que sugiere Calvino resulta iluminador.
Al idear un relato lo primero que acude a mi mente es una imagen que por alguna razón se me presenta cargada de significado, aunque no sepa formular ese significado en términos discursivos o conceptuales. A penas la imagen se ha vuelto en mi mente bastante nítida, me pongo a desarrollarla en una historia, mejor dicho, las imágenes mismas son las que desarrollan sus potencialidades implícitas, el relato que llevan dentro. En torno a cada imagen nacen otras, se forma un campo de analogías, de simetrías, de contraposiciones. En la organización de este material, que no es sólo visual sino también conceptual, interviene en ese momento una intención mía en la tarea de ordenar y dar un sentido al desarrollo de la historia; o más bien, lo que hago es tratar de establecer cuáles son los significados compatibles con el trazado general que quisiera dar a la historia y cuáles no, dejando siempre cierto margen de opciones posibles. Al mismo tiempo, la escritura, la expresión verbal, asume cada vez más importancia; diría que, desde el momento en que empiezo a escribir, la palabra escrita es lo que cuenta: primero como búsqueda de un equivalente a la imagen visual, después como desarrrollo coherente de la impostación estilística inicial, y poco a poco se adueña del terreno. La escritura será lo que guíe el relato en la dirección en la cual la expresión verbal fluys más felizmente, y la imaginación visual no tiene más remedio que seguirla. (CALVINO, Seis propuestas…, 96)
De aquí puedo desprender que el poder de una imagen siempre será prioridad en el momento de escribir, sin embargo, donde radica el oficio de escritor, el esfuerzo por alcanzar esa epifanía visual, es describirla o escribirla tal y como es, no sólo que encuentre su forma, sino que se entienda tal y como apareció en la imaginación. Y ahí, volvemos al campo del lenguaje, como lo menciona Calvino en esta cita, la imaginación visual no tiene más remedio que seguir la dirección de la expresión verbal. Aquí levedad, rapidez y visibilidad trabajan juntas, en equipo para crear el relato de imágenes en movimiento, que a diferencia del cine, influencia incalculable en las artes y la literatura de nuestro tiempo, van concatenándose gracias a la palabra escrita que debe de servir en la mente del lector como proyector de una historia cinemática donde la visibilidad nunca quede empañada, y la claridad conceptual y visual sean condiciones rigorosas de la escritura. Lo que se imagina se tiene que ver tal y como se imaginó, y lo más difícil y más divertido: tiene que verse desde el lenguaje.
…Todas las realidades y las fantasías pueden cobrar forma sólo a través de la escritura, en la cual exterioridad e interioridad, mundo y yo, experiencia y fantasía aparecen compuestas de la misma materia verbal; las visiones polimorfas de los ojos y del alma se encuentran contenidas en líneas uniformes de caracteres minúsculos o mayúsculos, de puntos, de comas, de paréntesis; páginas de signos alineados, apretados como granos de arena, representan el espectáculo abigarrado del mundo en una superficie siempre igual y siempre diferente, con las dunas que empuja el viento del desierto. (CALVINO, Seis propuestas…, 104)
La multiplicidad es quizá una de las propuestas de mayor dificultad y envergadura que propone Calvino, pues presupone la labor del escritor como un gran investigador y compilador del conocimiento del mundo. La meta, e intertextualidad de la literatura se desprenden de este concepto. Y por supuesto que su mejor ejemplo tendría que ser Jorge Luis Borges y Ulises de James Joyce. La obra como LA GRAN OBRA del mundo y en sí misma.
…La novela contemporánea como enciclopedia, como método de conocimiento, y sobre todo como red de conexiones entre los hechos, entre las personas, entre las cosas del mundo. (CALVINO, Seis propuestas…, 109)
Líneas arriba hablaba de que la multiplicidad implicaba un reto para el escritor. Esto se debe a que si existe alguien en el mundo que esté obligado a conocerlo TODO, o por lo menos (por lo imposible e inalcanzable que parece este absoluto), tratar siempre de saber más. Es de otras disciplinas (del arte o no), de otros oficios, de la ciencia, de la existencia personal y colectiva, en fin, de todo su entorno material y físico, así como espiritual e intelectual, que el escritor y la literatura deben nutrirse, pues ante la muerte de los grandes discursos, ante la decadencia de La Historia y el advenimiento de las historias, en este milenio que comienza, la univocidad ya no es vía ni para el conocimiento, el entretenimiento, y mucho menos para la relación con el Universo. Estamos aquí ante la posibilidad que se abre a la literatura: ser el GRAN compendio del conocimiento del ser humano. En su futuro vislumbrado durante la creación de sus conferencias, seguramente Calvino pensaba que la literatura sería la gran enciclopedia, el gran punto de referencia, más allá de Googles y Wikipedias. Es obligación de la literatura contener en sí los grandes mitos que han nutrido a la historia de la cultura, pero también los que actualmente se están desarrollando. El libro: Enciclopedia, el escritor: Creador de mitos, referencias y conocimiento.
Multiplicidad indica también múltiples discursos. Los más posibles, y múltiples lecturas, las más que se deseen. La obra como una ventana abierta y organismo vivo que se actualiza tras cada lectura y se carga de sentido desde el background del lector y su entorno. La obra literaria, como producto, representación y creación de este entorno, debe sostenerse a partir de los más de 2008 años de cultura que han desfilado antes de ella, volviéndose polisémica, así como la consecuencia material e intelectual de la memoria del ser humano.
En tanto al arte de empezar y el arte de acabar, Calvino arroja grandes destellos respecto a la primera, pero deja abierta la segunda opción, quizá por ser el final abierto, con el que más concuerda en dicha conferencia.
…Cuando se empieza a escribir una novela. Es el instante de la elección: se nos ofrece la posibilidad de decirlo todo, de todos los modods posibles; y tenemos que llegar a decir algo, de una manera especial. (CALVINO, Seis propuestas…, 125)
Desde mi perspectiva, escribir es un acto de decisión. Todo el tiempo se están tomando decisiones, y estas decisiones tienen que ver con la imagen y con el lenguaje, con la historia y el destino de los personajes, con el conflicto y la necesidad de contar, de describir una atmósfera.
Estas decisiones comienzan desde que se tiene la primer imagen del cuento o la novela, pero es evidente que sobre la escritura comenzarán a darse algunas de manera natural, dadas por ese otro ente que se está creando y cobra nueva vida o por la decisión del tono y la trama de la historia. Como dice Calvino, el principio es entrar a un mundo verbal, cruzar el umbral del lugar en el mundo, y entonces iniciar ese viaje heroico que es escribir y contarlo de la mejor manera posible, y esto es y siempre es, lo que el esfuerzo técnico a través de la disciplina y lo que la experiencia sensorial y extrasensorial que se tenga en el acto mismo de escribir, pueda alcanzar y permitirle al escritor según su periodo histórico personal y contextual en el mundo..
Una vez cruzado el umbral, el mundo se abre desde la visión verbal de las emociones, y he ahí el difícil segundo acto, el cómo seguir contando y cómo resolver los entuertos. Ese cómo decir que preocupaba a Samuel Beckett en el bello poema del mismo nombre. La diversidad de posibilidades y la necesidad de escoger una, apegarse al destino y los actos a favor o en contra del héroe.
Ya sea por este camino. por el inicio aplazado o el inicio encilopédico, lo que se puede rescatar de estas propuestas de comienzo de Calvino es la suma de todas: la necesidad de presentar a un personaje en una situación en su mundo, a partir de una elección y con las puertas de los caminos abiertas, seduciéndolo como cantos de sirenas, y así continuar en un constante comenzar a cada capítulo, renovando de información y acción la historia del personaje.
En cuanto al final, Calvino pareciera dejarnos pensar que es lo menos concreto y quizá lo menos importante de una novela, pues si bien ahí radica su fuerza, pareciera que el acto de escribir y leer una novela es el transcurrir, y si este tiene un final, al menos podría ser el inicio de otro nuevo transcurrir, el llamado final abierto.
Junto a este, Calvino propone el final que se proyecta retrospectivamente sobre la novela, con el atinado ejemplo de La educación sentimental de Gustave Flaubert, donde a partir de la cotidianidad, se aborda ese estado que acaba de ocurrir, que acaba de deshilvanarse en el tiempo de la lectura y el tiempo interno de la obra, que le de nuevamente esa vida que tuvo para nosotros, como citaba a Stéphane Mallarmé: todo, en el mundo, existe para concluir en un libro.
He ahí el enciclopedismo de Calvino, quien ejercita el arte de terminar justo al cerrar este libro de conferencias:
A lo mejor por vez primera en el mundo hay un autor que cuenta el agotamiento de todas las historias. Sólo que, por agotadas que estén, por poco que quede por contar, todavía se sigue contado. (CALVINO, Seis propuestas…, 142)
Seis propuestas para el próximo milenio me deja así, con una sensación de haber abierto arcanos respecto al oficio de escribir que se revelan indispensables para pensar, escribir y corregir el papel de la literatura en el mundo actual, la necesidad de contar y ser referencia enciclopédica del conocimiento del ser humano a partir de estrategias que el maestro ha probado infalibles y que, seguramente, después de esta lectura, estarán presentes en cada momento dentro de mi acto de escribir.