El libro de John Gardner me pareció de lo más interesante. Afirmó algunas cosas que yo ya sabía (o que por lo menos sospechaba) y me reveló muchas más en las que ni siquiera había pensado.Con el buen prólogo de Raymond Carver enseguida me metí en ambiente: el de un escritor principiante a punto de asistir a su primera (y por ende, tan importante) clase. Una clase en la que no sólo aprenderé si tengo madera de novelista o no y las muchas formas de perfeccionarme, sino también si es algo que realmente deseo, algo a lo que voy a apostar tan fuerte para quizás, no ganar nada. Prácticamente, la vida del novelista se vislumbra muy sacrificada. Probablemente, quién emprenda este viaje no consiga el éxito esperado. Pero también existe una promesa. La promesa de ciertas satisfacciones que ninguna otra profesión puede ofrecer. Así que yo me apunto.
El inicio del primer capítulo se aborda con una cuestión que ha sido crucial para mí (y me imagino que para muchos otras personas en mi misma situación): ¿cómo saber si en verdad se tiene lo que hace falta para ser escritor? Es evidente que estamos hablando de cierta inseguridad, pero ¿cómo no estar inseguros al iniciar una profesión tan difícil, en la que para triunfar hay que o ser un genio nato o un asqueroso mercenario de la palabra? A este respecto, Gardner dice cosas que merecen reflexionarse. Realmente casi cualquier persona que se lo proponga, con tenacidad y trabajo, puede publicar unos cuantos relatos y hasta quizás, una novela mala. El éxito engendra éxito, y mientras más publiquemos, más puertas se nos abrirán. Pero no es solo el hecho de publicar lo que debería importarnos en este momento, salvo que nuestra intención solo sea la de fanfarronear con nuestros amigos y dedicarnos a otra cosa. Si realmente queremos hacer de esto nuestro estilo de vida, deberíamos pensar más en nuestras virtudes y limitaciones, y trabajar mucho con estas últimas.
Atendamos entonces algunos de estos puntos. La sensibilidad verbal es uno de ellos. Esta aptitud puede traer grandes aciertos al trabajo propio. El descubrimiento de la palabra, la originalidad de ciertas metáforas y la sonoridad, por mencionar tan sólo unas cuantas características, pueden enriquecer mucho cualquier texto. Pero, también advierte Gardner, si el autor sólo se interesa por las palabras, si las palabras no están al servicio de la historia, esto atenta contra el vívido sueño que debe ser una buena novela.
Por otra parte, los escritores con la sensibilidad para el lenguaje pervertida, deberían buscarle un remedio a su mal o mejor dedicarse a otra cosa. Estos poseen una visión del mundo tan distorsionada que no saldrán nunca de lo que creen “políticamente correcto” unos y lo “políticamente incorrecto” otros.
Otro punto para tener en cuenta es el de la perspicacia que debe tener un buen escritor. Hay que convertirse (si no se es ya) en buen observador, para captar la mayor cantidad de detalles posibles de la gente y los lugares donde nos desenvolvemos. Todo puede servir para la creación de nuestros propios personajes y situaciones. Y en esos (aparentemente) insignificantes detalles puede residir la fuerza de nuestra narración. También tenemos que aprender a ver el mundo con otros ojos. No juzgar a la gente por sus intereses o actitudes sino tratar de comprenderlos, y así poder llegar a profundizar en nuestros temas y personajes.
Con respecto a la inteligencia que no puede faltar en el escritor, me voy a permitir hacer una cita un poco larga (pero sin desperdicio) acerca de ciertas cualidades que deberíamos poseer: “de ingenio (tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de obstinación y tendencia al individualismo desabrido (rechazo de todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de puerilidad (manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición a fantasear y a decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada tendencia a la fijación oral o a la anal, o a ambas (la oral patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación eidética y una memoria visual notables (rasgos típicos del adolescente aún reciente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad, la última a menudo acrecentada por sentimientos irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos paciencia que un gato; de una vena socarrona despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas.”1 Para ponerse a pensar.
Y, finalmente, un carácter compulsivo, obsesivo y perfeccionista hará que nos esforcemos constantemente por mejorar e impedirá que nos volvamos conformistas. Incluso cualquier trauma sicológico podría beneficiarnos a la hora de escribir.
Esto es lo que, a mi parecer, es lo más interesante del libro. En los últimos capítulos habla de la formación del escritor (la cual obviamente es muy importante pero en la que tampoco está la última palabra dicha) dónde podemos aprender las virtudes y defectos más comunes de los talleres literarios; la publicación y supervivencia, en donde nos aconseja varios caminos a seguir para no morirnos de hambre mientras perseguimos el sueño de ver una novela de calidad con nuestro nombre publicada; y por último, el asunto de la fe.
Es evidente que se necesita hacer un “poco de magia” para poder llevar a cabo nuestras aspiraciones literarias, y hay que tener mucha fe en nosotros. El camino es largo y Gardner lo dice: “estamos solos”. Ni siquiera los amigos que podamos hacer dentro del círculo intelectual nos acompañarán en los momentos más difíciles. Este me parece un buen momento para abandonar todo deseo superfluo de ser escritor. Seamos sinceros, ¿realmente estamos dispuestos a intentarlo?
Es una pregunta que cada uno deberá responder para sí mismo.
1 Gardner, John, Para ser novelista, página 66.
(En la imágen, vemos a Jules Winnfield ser un poco más severo que Gardner que, en la página 139, nos pide que aprendamos ortografía)
2 comentarios:
La imagen dice más que cualquier palabra.
Sin embargo, según yo y algunos libros de gramática, después de CASTELLANO, debería haber una (,). Igual despues de ORTOGRAFÍA otra (,)
Puede que sea muy sangrón con estos detalles, pero cómo darle validez a dos frases que muestran lo contrario de lo que aparentemente piden.
Sólo eso.
Muy bien, Carlos. Muy observador.
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