Sí, en todos los aspectos se trataba de un regalo peculiar. Llamativo, verdaderamente. Yo ya tenía suficiente de mascotas: dos perros, un bulldog inglés y un terrier escocés negro. Más aún, nunca me había sentido atraído hacia las aves; de hecho, siempre les había tenido aversión; cuando, en la playa, las gaviotas bajan en picada y se hunden, por ejemplo, me entra el pánico y quiero echar a correr. Una vez cuando tenía cinco o seis años, un gorrión, entró por la ventana de mi cuarto y se quedó allí atrapado: voló por todos lados adentro hasta que yo casi me desmayé preso de una emoción donde ciertamente aparecía la piedad pero predominaba el miedo. Y fue así que con cierta angustia recibí el regalo de Navidad de Graziella: un horrible cuervo joven con las alas cruelmente recortadas.
Ahora ya han pasado más de doce años desde aquella mañana de Navidad en 1952. Entonces vivía en la ladera de una montaña en Sicilia; la casa de piedra rosada se encontraba en medio de un plateado huerto de olivos; tenía muchas habitaciones y una terraza con vista a la cima nevada del Etna. A lo lejos abajo en días soleados, se veía el mar de un azul tan intenso como el ojo de un pavo real. Era una casa muy bella aunque no muy confortable, especialmente en los días de invierno cuando los vientos del norte rugían y aunque uno bebía vino para calentarse el tacto con los pisos de piedra era tan frío como el beso de un muerto. Sin importar el clima, invernal o bañado de sol, la casa no hubiera sido nada habitable sin Graziella, una sirvienta del pueblo que aparecía cada mañana y se quedaba hasta después de la cena. Tenía diecisiete años y era una jovencita de físico masivo: tenía las piernas de un luchador de sumo, ligeramente corvas, con pantorrillas protuberantes. Su cara, no obstante, era de lo más bonita: tenías los ojos café con listas doradas del color del brandy casero local, mejillas sonrosadas, labios de un rosa más oscuro, cejas cafés finamente delineadas y un pelo negro peinado pegado al cráneo y asegurado en esa austera posición con un par de peinetas españolas. Llevaba una vida difícil, y se quejaba de ello constantemente en una forma divertida y poco quejumbrosa: su padre era el borracho del pueblo en un pueblo donde sobraban los borrachos; su madre era una histérica fanática de la religión; y Paolo era su hermano mayor, a quien ella adoraba a pesar de que cada semana la golpeaba y se robaba su salario. Graziella y yo éramos buenos amigos, y por ello, era natural que intercambiásemos regalos en Navidad. Le di un suéter, una bufanda y un collar de perlas verdes. Y ella, vuelvo a contarlo, me regaló un cuervo.
Ya había dicho que era horrible. Era horrible. Un objeto tanto penoso como patético. Sin importarme el riesgo de que Graziella se enojara, le hubiera dado su libertad al cuervo si éste hubiera sido capaz de valerse por sí mismo. Pero las alas habían sido certeramente cortadas para que no pudiese volar; solamente podía bambolearse en los alrededores, tenía un pico negro que se movía como las mandíbulas de un idiota y unos ojos vacíos y sin vida. Graziella lo había capturado tras haber escalado a lo alto de las hoscas pendientes volcánicas por encima de Bronte en el criadero de los cuervos, un valle de piedras, espinas y árboles deformes. Me dijo: "Lo atrapé con una red de pesca. Corrí entre las aves y cuando lancé la red en el aire, dos de ellas se enredaron. Dejé que uno se fuera. El otro es éste al cual puse en una caja de zapatos, me lo llevé a casa y le corté las alas. Los cuervos son muy inteligentes. Son más listos que los pericos. O que los caballos, inclusive. Si le hacemos una incisión en el medio de la lengua, le podemos enseñar a hablar" No era que Graziella fuera insensible; simplemente compartía la indiferencia de los mediterráneos al sufrimiento de los animales. Ella se extrañó mucho cuando me negué a mutilar la lengua del ave; de hecho, perdió todo el interés en la pobre criatura cuyo bienestar se volvía entonces mi propia e infeliz carga.
La mantuve encerrada en uno de los cuartos adicionales sin amueblar como si se tratara del miembro loco de la familia. Pensé: "Bueno, sus alas crecerán pronto y entonces podrá marcharse". Pero el Año Nuevo vino y se fue, pasaron las semanas y Graziella me confesó que mi regalo de Navidad tardaría seis meses hasta que pudiera remontar de nuevo los cielos.
La abominaba. Detestaba visitar a esa ave tan desamparada en el cuarto que era el más frío de una casa bien fría, su vista era impecablemente triste. Aunque la conciencia de su soledad me impelía a ir no obstante que, al principio, el ave parecía disfrutar mis visitas aún menos que yo: se abalanzaba a un rincón y me daba la espalda, era un prisionero silencioso que se encorvaba entre un tazón de agua y otro de comida. Con el tiempo, sin embargo, llegué a sentir que mi presencia no era tan mal recibida; cesó de evitarme, me miraba y con una voz burda, poco musical, producía sonidos que parecían amigables, graznidos apagados. Comenzamos a hacer descubrimientos mutuos; encontré que le gustaba que le rascara la cabeza, se dio cuenta que me divertían sus picoteos juguetones. Pronto aprendió a balancearse en el canto de mi mano y después a sentarse en mi hombro. Comenzó a enorgullecerse de besarme, es decir, golpearme suavemente con su pico en la barbilla, las mejillas y el lóbulo de la oreja. No obstante, yo consideraba o al menos presumía que aún lo rechazaba debido a su colorido funerario, el aviario tacto de sus plumas tan repelente para mí como la piel de los peces o de las serpientes.
Una mañana, de fines de enero, con la primavera de pronto arribo ya en Sicilia y con los almendros ya en flor liberando una niebla perfumada y floreciente a través del paisaje, descubrí que el cuervo se había fugado. El cuarto en el cual vivía contenía puertas tipo francés que conducían a un jardín. Durante la noche, las puertas, de algún modo, se habían abierto, quizá debido al empuje del sirocco , el cual soplaba por esa época (y traía con él arenisca del desierto africano). De cualquier modo, el ave se había marchado. Busqué en el jardín; Graziella se trepó a la ladera de la montaña. Se fue la mañana y luego, la tarde. Cuando cayó la noche, ya habíamos buscado "por todos lados" incluidos el punzante interior de una formación cactácea, las tumbas de un cementerio cercano, el pestilente zócalo de una cueva plagada con orina de murciélago. Gradualmente, durante el curso de nuestra búsqueda, un cierto hecho al fin me penetró: Me gustaba mucho Lola. ¡Lola! El nombre emergió como una luna nueva en el cielo, espontáneo e inevitable. Hasta entonces, no había querido darle un nombre ya que hacerlo, creía, equivaldría a admitir que el ave era una pertenencia permanente.
"¿Lola?"
La llamaba desde mi ventana. Al fin, me acosté. Por supuesto que no pude dormir. Me acosaban las visiones: Lola con su cuello atrapado entre las fauces de un gato; un zorro corriendo con ella hacia el salón de fiestas de un cubil manchado de sangre y con plumas por todos lados. O Lola, bamboleándose sobre el suelo desamparada, tratando de esconderse hasta morir de hambre y sed.
"¿Lo-o-o-o-o-ola?"
No habíamos revisado la casa. A lo mejor nunca había salido, o si lo había hecho se había después metido por otra. Encendí una vela (la luz eléctrica funcionaba en raras ocasiones); visité todas las habitaciones y en una de ellas, un salón vacío, la luz de la vela luminó un par de ojos familiar.
"Al fin, Lola".
Se subió a mi mano y de regreso en el dormitorio la puse en el tubo de bronce de la contra-cabecera de una cama. Ella se prendió de él con sus garras y clavó su cansada cabeza debajo de una de sus mutiladas alas. Pronto se había quedado dormida y yo y los perros también, acurrucados ellos en frente del fuego de una chimenea apenas encendida con las llamas aromáticas de la madera de eucalipto.
Los perros nunca habían conocido a Lola y fue con cierto miedo que se las presenté al día siguiente, ya que ambos y en particular el terrier escocés eran capaces de comportarse agresivamente. Pero si ella iba a vivir en casa con nosotros, la presentación debía ocurrir. La puse en el piso. El bulldog la olisqueó con su peculiar nariz achatada, luego bostezó más de vergüenza que de aburrimiento; todos los perros bostezan de vergüenza. Claramente se notaba que no sabía qué era Lola. ¿Comida? ¿Un juguete? El terrier decidió que eso era Lola, un juguete. La empujó con su garra, La arrinconó en una esquina. Ella se defendió picoteando su hocico; sus graznidos eran graves y violentos como el peor de los insultos. Eso asustó al bulldog que se salió de la habitación. Aún el terrier retrocedió, se sentó y la observó maravillado.
De ahí en adelante, los perros tenían un gran respeto por Lola. Le mostraban mucha consideración; ella no mostraba mucha por ellos. Usaba su tinaja de agua como alberca; a la hora de comer, siempre les robaba la comida que le placía porque nunca quedaba satisfecha solamente con la propia. Al bulldog lo tomaba como su monte privado y trepada en su amplia grupa, trotaba por el jardín como si fuera un domador de circo. En la noche, mientras se acomodaban junto al hogar, ella se metía entre los perros y si éstos amenazaban con perturbar su confort, los picoteaba fuertemente.
Lola debió ser muy joven cuando Graziella la atrapó, poco más que una recién nacida. Para junio, ella había triplicado su tamaño y había alcanzado el tamaño de una gallina. Sus alas estaban de regreso o casi. Pero ella todavía no volaba. De hecho, se negaba a ello. Prefería caminar. Cuando los perros salían a dar un paseo ella saltaba junto a ellos. Un día se me ocurrió que Lola no sabía que ella era un ave. Pensaba que era un perro. Graziella estuvo de acuerdo conmigo y los dos nos reímos; lo consideramos un equívoco delicioso sin prever ninguno de los dos que esa mala interpretación de Lola acabaría sin duda en una tragedia; la condena que nos espera a todos aquellos que negamos nuestra naturaleza propia e insistimos en ser algo más que nosotros mismos.
Lola era una ladrona; de otro modo ella nunca hubiera utilizado sus alas. Sin embargo, el tipo de artículos que le encantaba robar (cosas brillantes, uvas y plumas fuente, cigarrillos) se encontraban usualmente en lugares elevados, de modo que, para alcanzarlos, ocasionalmente realizaba (literalmente) un salto volador. Una vez se robó un juego de dientes postizos. Los mismos pertenecían a una amiga invitada, una anciana de carácter difícil. Dijo que no pensaba que el hecho tuviera nada de divertido y estalló en lágrimas. Lo peor es que no sabíamos donde había escondido Lola su botín (Graziella pensaba que todos los cuervos eran ladrones e invariablemente mantenían un lugar de almacenamiento secreto para su tesoro escondido). La única forma posible para recuperarlo era tratar de engañar a Lola para que revelara a dónde había puesto los dientes postizos. A Lola le encantaba el oro, en particular, un anillo de oro que a veces yo utilizaba excitaba sus miradas codiciosas. Por eso nosotros (Graziella y yo), colocamos el anillo como carnada de nuestra trampa; lo dejamos sobre la mesa de la cocina, donde Lola estaba comiendo migajas y nos escondimos tras la puerta. En cuanto ella pensó que nadie la observaba, tomó el anillo y salió del comedor y, atravesando un salón, se dirigió a la biblioteca, una habitación pequeña y sombría atestada con ediciones de bolsillo baratas de los clásicos, propiedad de un propietario anterior. Brincó del piso a una silla y luego a un estante de libros y entonces, como si se tratara de una grieta en la ladera de la montaña que conduce a la caverna de Ali Baba, se deslizó entre dos libros y desapareció tras ellos: evaporada, a la manera de Alicia cuando se mete al espejo. La obra completa de Jane Austen cubría su escondite, el cual, al ser encontrado consistía de, además de la dentadura sustraída, las llaves de mi carro perdidas desde hacía mucho tiempo (yo no había culpado a Lola, pensé que las había perdido por mi culpa), un amasijo de papel moneda, miles de liras convertidas en tiras pequeñas, mis mejores mancuernillas, ligas, muchos metros de cuerda, la primera página de un cuento que deje de escribir porque no encontraba la primera página, una moneda gringa, una rosa seca, un botón de cristal.
Antes en ese verano, Graziella había anunciado su compromiso con un joven llamado Luchino, un mesero delgado con el pelo rizado y aceitoso y perfil de estrella de cine. Hablaba un poco de inglés y un poco de alemán; usaba unos zuecos verdes y manejaba su propia Vespa. Graziella contaba con razones para pensar que era un excelente partido, aún así, yo no me sentía feliz con el compromiso. Yo creía que ella era muy sencilla y saludable, simplemente demasiado agradable para un tipo astuto como Luchino (cuya reputación era la de un gigoló semiprofesional a la caza de turistas solitarias: solteronas suecas, viudas y viudos alemanes), aunque, en vías de justicia, tales actividades eran comunes entre la juventud del pueblo.
Pero la alegría de Graziella era difícil de resistir. Ella colgaba fotografías de Luchino por toda la cocina, sobre el fregadero, dentro de la hielera y aún en el tronco de un árbol que crecía afuera de la ventana de la cocina. El romance, por supuesto, interfería con la labor hacia mí: ya entonces, al modo siciliano, ella debía remendar los calcetines de su novio, lavarle la ropa (¡y era un montón!), sin mencionar las horas que se pasaba preparando su ajuar, colocando encajes a su ropa interior, arreglando su velo de boda. Muchas veces de lunch me tendía un plato de spaghetti duro y frío y en la comida me servía huevos estrellados fríos. Y a veces nada del todo, siempre estaba apresurada para encontrarse con su novio en la piazza para dar un paseo crepuscular. Aún viéndolo en retrospectiva, no le envidio su felicidad, no era más que el preludio a la más amarga mala suerte.
Una noche de agosto, a su padre (a quien Graziella amaba a pesar de su alcoholismo), un turista gringo le ofreció un vaso grande de ginebra pura para tomárselo de una sola vez, lo cual aceptó para sufrir después una embolia que lo dejo paralizado. Y justo al día siguiente un infortunio aún peor la golpeó, Luchino, viajando por un camino vecinal sobre su Vespa, al salir de una curva, atropelló y mató a una niña de tres años. Yo conduje a Luchino y a Graziella al funeral de la niña, tras lo cual, en el camino de regreso a casa, Luchino iba con los ojos secos en tanto que Graziella gemía y lloraba como si su corazón se hubiera partido en dos; yo pensé que sentía pena por la niña muerta. No, era por ella misma, por ese futuro oscuro al que se enfrentaba: Luchino podía ser encarcelado y debía cubrir una indemnización considerable, por lo que no habría matrimonio entonces ni durante los siguientes años ( y quizá nunca).
La pobre chica estaba desecha. Un doctor le ordenó guardar cama. Un día la fui a ver para saber cómo seguía. Llevé conmigo a Lola tratando de alegrar a la enferma. En lugar de ello, la visión del ave la horrorizó y comenzó a gritar. Decía que Lola era una bruja, decía que Lola tenía el mal de ojo, el ojo diabólico, y que la doble tragedia, la embolia de su padre y el accidente de Luchino, era un trabajo de Lola, un castigo que le inflingía por haberla atrapado y haberle cortado las alas. Ella dijo: "Sí, sí, es verdad. Todos los niños saben que los cuervos son la personificación de los espíritus malignos". Y: "Nunca regresaré a su casa".
Y no lo hizo. Ni ella ni ninguna otra sirvienta. Eso debido a que gracias a las acusaciones de Graziella apareció el mito de que la mía era una casa del ojo del diablo, y no solamente Lola, sino que yo mismo poseía un potente mal de ojo. Nada peor se puede decir de alguien en Sicilia. Más aún, es un cargo contra el que no hay defensa posible. Al principio bromeaba acerca de ello, como si no fuera más que una aventura humorística. Las personas que me encontraban en la calle se persignaban o, tan pronto como yo había pasado, hacían el gesto de los cuernos con la mano, un gesto de magia negra que se usa para disipar el poder de mi ojo con orilla de carey, malévolo, lanzador de maleficios.
Me levanté una noche hacia las doce y decidí (¡espontáneamente!) mudarme. Irme antes del amanecer. Extraña decisión ya que yo había vivido allí por más de dos años y no me daba cuenta de lo que era estar súbitamente sin casa. Sin casa y con dos grandes perros y un ave peculiar sin jaula. No obstante, repleté mi carro, parecía una cornucopia rodante con zapatos, libros y cañas de pescar que sobresalían por las ventanas; con unos cuantos empujones logré que mis perros cupieran. Sin embargo, no quedaba lugar para Lola. Ella tendría que ir sentada en mi hombro, lo cual no era lo ideal, porque ella era una pasajera nerviosa y cualquier curva o giro abruptos la harían graznar o cagarse.
Manejé a través de los estrechos de Messina y luego a través de Calabria, llegué a Nápoles y luego a Roma. Es una jornada placentera para recordarla, a veces, cuando estoy a punto de dormir, veo imágenes deslizarse frente a mí. Por ejemplo, un picnic en las montañas calabresas, donde el cielo era de un azul intenso; donde más abajo de mi posición había un hato de cabras y se escuchaban los silbidos dulces y suaves que hacía con un silbato de bambú el cabrero mientras Lola tragaba bolitas de pan remojadas en vino tinto. O Cabo Palinuro, una playa calabresa remota bordeada por el bosque donde todos nosotros nos asoleábamos bajo un sol aún cálido de octubre cuando un jabalí arremetió desde el bosque contra nosotros, como si fueras a atacarnos. Yo fui el único intimidado: corrí hacia el mar. Los perros se plantaron listos a defender su territorio y Lola se plantó con ellos, aleteó y gritó ánimos con su voz oxidada; juntos y concertados regresaron al jabalí al bosque. La tarde de ese mismo día viajamos lejos, hasta las ruinas de Paestum: noche brillante, el cielo como si fuese otro mar, la media luna como banco anclado que se balanceaba en un llano de estrellas, y todo alrededor nuestro el mármol iluminada por la luz de luna, templos caídos de tiempos distantes. Dormimos sobre la plata al borde de esas ruinas, o al menos ellos durmieron: Lola y los perros; yo estaba atormentado por los mosquitos y los pensamientos sobre la mortalidad.
Pasamos el invierno en Roma, primeramente en un hotel (donde la administración nos expulsó tras sólo cinco días y ni siquiera se trataba de un alojamiento de primera clase), después en un apartamento en el 33 de la Vía Margutta, una calle estrecha que había sido pintada muchas veces por malos pintores y famosa por el gran número de gatos que vagaban por ella, refugiados en los enormes patios y sobrevivientes únicamente debido a la caridad de ancianas medio locas, viejas arrugadas que todos los días paseaban por la jungla de gatos con sacos conteniendo comida de desecho.
Nuestro apartamento no era lujoso; para llegar a él había que escalar seis pisos de empinadas escaleras oscuras. Lo renté a causa del balcón, después de la vastedad de la vista desde la terraza siciliana, el balcón, en contraste, me ofrecía una escena en miniatura perfecta y tranquila como un hogar: varias techos romanos, de naranja y ocre descoloridos y unas pocas ventanas diseminadas (tras las cuales se podían observar episodios de vida familiar). A Lola le encantaba el balcón. Raramente se alejaba de él. Le gustaba colocarse agarrada del borde del barandal de piedra y estudiar el tránsito sobre la adoquinada calle abajo y a las ancianas que alimentaban a los gatos de la Magutta, a un músico callejero que venía todas las tardes y tocaba su gaita hasta que uno sintiéndose completamente chantajeado le aventaba una moneda, a un guapo afilador de cuchillos quien anunciaba sus servicios con una canción entonada en la mayor tradición de los barítonos (¡las amas de casa corrían a él!).
Cuando el sol se ocultaba, Lola siempre tomaba su baño en el barandal del balcón. Su bañera era un plato de sopa plateado; tras unos momentos de despreocupada inmersión en el agua somera, brincaba fuera, y como si se colocara una capa de cristal, se sacudía, hinchando las plumas; más tarde, durante largas horas de deleite, se bañaba de sol, con la cabeza de lado, el pico entreabierto, los ojos cerrados. Observarla era una experiencia conmovedora.
Así parecía considerarlo el señor Fioli. Se sentaba a su ventana, que quedaba exactamente frente al balcón, y hacía de atenta audiencia de Lola tanto tiempo como ella era visible. El señor Fioli me interesaba. Me había tomado la molestia de aprenderme su nombre y conocer algo de su historia. Tenía noventa y tres años y en su cumpleaños noventa había perdido la capacidad de hablar; cuando quiera que deseaba atraer la atención de su familia (una nieta viuda y cinco bisnietos ya adultos), sonaba una campanilla de las que se usan para llamar a rancho. De otro modo, y a pesar de que nunca dejaba su recámara, parecía estar en pleno control de sí mismo. Su vista era excelente; veía todo lo que Lola hacía, y si realizaba algo particularmente tonto o adorable, una sonrisa endulzaba su muy viril vieja cara agria. Había sido un fabricante de gabinetes y el negocio que él había fundado aún operaba en la planta baja del edificio en el que vivía; tres de sus bisnietos trabajaban allí.
Una mañana, en la semana anterior a Navidad, casi un año después del día en que Lola había entrado a mi vida, llené su enorme tazón de agua mineral, ella prefería bañarse en agua mineral y mientras más burbujeante mejor para ella, la llevé al balcón, saludé con la mano al señor Fioli, quien, como era usual, estaba sentado a la ventana esperando presenciar el baño de Lola, y me metí a la casa, me senté en mi escritorio y comencé a escribir cartas.
Repentinamente, escuché el convocador tintineo de la campanilla a rancho del señor Fioli, un sonido muy familiar, escuchado veinte veces al día, pero nunca antes había sonado como esa ocasión, un tintineo rápido como el latido de un corazón excitado. Me pregunté por qué y fui a ver, y vi, Lola, un adorador solar estupefacto agazapado en el barandal y detrás de ella un enorme gato color jengibre, un gato que había reptado sobre los techos y se disponía entonces a deslizarse sobre su panza por el barandal con los ojos verdes llameantes.
El señor Fioli agitó su campanilla y yo grité. El gato saltó con sus garras desplegadas. Pero fue como si Lola en el último momento sintiera el peligro. Saltó del barandal hacia la calle y cayó. El enfadado gato, el señor Fioli y yo la vimos en su extraordinaria caída.
"¡Lola! Vuela, Lola, vuela"
Sus alas, aunque estaban extendidas, permanecían inmóviles. Lenta y tozudamente, como si estuviera unida a un paracaídas, ella se deslizaba hacia abajo, más y más.
Una pequeña camionetita de carga pasaba en ese momento por la calle. Primero pensé que Lola caería en frente de ella, eso ya parecía lo suficientemente peligroso. Pero lo que ocurrió fue peor, fue pavoroso y terrible: ella aterrizó en algunos de los sacos que cargaba en la parte trasera la camioneta. Y allí se quedó. Y la camioneta se iba, dobló la esquina y se alejó por la vía Margutta.
"Regresa, Lola. ¡Lola!"
Corrí tras ella; patiné los seis pisos de escaleras de piedra resbalosa; me caí, raspé mis rodillas, perdí mis lentes (volaron y se destrozaron contra la pared), Afuera, corrí a la esquina donde había doblado el camioncito. Lejos, a través de una niebla compuesta de miopía y lágrimas de dolor, vi que el camioncito estaba parado en un semáforo. Pero antes de que pudiera llegar, mucho tiempo antes, la luz cambió y el camioncito, conduciendo a Lola, llevándola para siempre lejos de mí, se difuminaba en el tránsito que se arremolinaba por la Piazza di Spagna.
No habían transcurrido muchos minutos desde que el gato había embestido, quizá cuatro o cinco. Sin embargo, me llevó una hora desandar la ruta, subir las escaleras, recoger y guardar los lentes rotos. Y durante todo ese tiempo, el señor Fioli había estado sentado a su ventana, esperando allí con una expresión de penosa sorpresa. Cuando vio que yo ya había regresado, sonó su campanilla, invocándome al balcón.
Le dije: "Ella pensaba que era alguien diferente"
Frunció el ceño.
"Un perro."
El ceño se espesó.
"Se fue"
Eso lo entendió. Asintió con la cabeza. Los dos asentimos.
(C) Traducción de Efrén Pérez Vázquez
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