jueves, 7 de agosto de 2008

ENSAYO MARTHA NAVARRETE

DEL PROCESO CREATIVO DEL NOVELISTA

Martha Navarrete

… y una vez más cayó
palabra tras palabra,
la caja de música chillaba
y, sobre la botella de cristal, llena
de lenguaje oblicuo y amargo,
llameaba veneno invisible.
Anna Akhmatova




Primero, quiero decir que este es mi primer acercamiento a Gardner, razón por la cual mi opinión se limita únicamente tomando en cuenta Para ser novelista y se complementa con otras lecturas de otros autores.

Insertando el libro en su contexto, creo que está escrito para un lector, específicamente, un escritor joven norteamericano, en realidad me parece que se trata de una especie de manual; de ahí que mis puntos de convergencia no son muchos. Primero, empezaré hablando de las diferencias entre el libro y yo, después, de las convergencias, de los puntos de encuentro.

Creo que la comparación entre la novela corta
[1] y la poesía con la narrativa no es un buen acierto, porque efectivamente la narrativa es una empresa que requiere de mayores elementos para ser construida, sin embargo, pienso que éstas –la poesía y la novela corta- complementan a aquella, pueden ser un buen punto de inicio para construirla; pongo especial énfasis en la poesía, en la experiencia que aporta en relación a la construcción de la imagen, de la metáfora y la musicalidad de un texto, sea cual sea. En relación a esto es un poco contradictorio el autor.[2]

Por otro lado, no es nada nuevo saber que las personas que tenemos poco o mucho gusto por las letras estamos poco o muy locos, desde mi punto de vista, esto no es la regla:


Otro indicador del talento del novelista es la inteligencia, cierta clase de inteligencia, ni la del matemático ni la del filósofo, la del narrador, no menos sutil que la de éstos, pero no tan fácil de distinguir. Como otros tipos de inteligencia, la del narrador es en parte natural y en parte ejercitada. Se compone de varias cualidades, la mayoría de las cuales son, en la gente normal, señal de inmadurez o incivilidad: de ingenio (tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de obstinación y tendencia al individualismo desabrido (rechazo de todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de puerilidad (manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición a fantasear y a decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada tendencia a la fijación oral o a la anal, o a ambas (la oral patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación eidética y una memoria visual notables (rasgos típicos del adolescente aún reciente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad, la última a menudo acrecentada por sentimientos irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos paciencia que un gato; de una vena socarrona despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas. Naturalmente, no todos los escritores tienen exactamente estas mismas virtudes. Alguna que otra vez aparece alguno que no es anormalmente imprevisor.
[3]

Así mismo, el énfasis en un trabajo literario no debe estar puesto en la publicación sino en el aprendizaje y la construcción de algo que valga la pena; y sí, no olvidar que debe ser convincente, basado en la observación, “como una cámara de cine” y cuidándonos de las imitaciones –que a mi ver no las considero tan malas si sólo se emplean como un ejercicio de la lengua y de la palabra-; poner atención en la construcción de los personajes en cuanto a historia, parentesco, identidad, defenderlos a todos por igual, abogar por ellos; no intentar lecciones morales; tomar el acontecimiento insólito como algo delicado pues no puede ser simulado, es decir, no atentar contra la inteligencia del lector.

Ahora bien, por otro lado, el autor habla de “periodos de trance”
[4] necesarios en el proceso creativo, mismos que tienen que ver con el sueño, en relación a esto, estoy de acuerdo con G. Bachelard que nos dice que el énfasis no es en el sueño, ya que carece de conciencia, sino en la ensoñación, pues a través de ésta él creador goza de un estado de reposo consciente y por lo tanto creativo.[5]

Por otro lado, “los estudios teóricos y técnicos restan personalidad al creador”, yo pienso que no restan sino que la afinan; si no fuera por estos elementos los trabajos serían meramente empíricos, cortos de pensamiento y triviales.

Las cosas así, creo que la intención del autor es poner el dedo en la llaga, motivar a las personas que aspiramos a escribir una novela, a la reflexión, a la concientización de lo que implica el trabajo con la palabra, donde el camino por recorrer, si se quiere, no es sencillo.

Es necesario poner énfasis en el trabajo argumentativo, en la nitidez que requiere, lograr que trascienda por medio de una escritura plena, asertiva, para lo que se necesita una visión auto-crítica, para no deformar el texto en el camino y lo que resulte sea algo ininteligible; en relación a esto me gustaría citar a R. Barthes que nos dice:

“La crítica desdobla los sentidos, hace flotar un segundo lenguaje por encima del primer lenguaje de la obra, es decir, una coherencia de signos. Se trata en suma de una especie de anamorfosis, dejando bien sentado, por una parte, que la obra no se presta jamás a ser puro reflejo (no es un objeto espectacular como una manzana o una caja), y por otra, que la anamorfosis misma es una transformación vigilada, ambas sometidas a sujeciones ópticas: de lo que refleja, debe transformarlo todo; no transformar siguiendo ciertas leyes, transformar siempre en el mismo sentido…”
[6]

Complementando, Gardner dice que es necesaria una “sensibilidad verbal”, que debemos mantenernos en un punto medio, no inclinar la balanza al yo externo o interno, a la pura estética, a la conformación de un lenguaje brillante, o a los sentimientos; de lo contrario el resultado es algo distorsionado y fuera de lo real, demasiado cargado a lo ficticio
[7]. De lo que se trata es de superar los vicios, los hábitos lingüísticos, deshacerse de lo que, de manera inmanente el lenguaje contiene, de lo que encierra en su propio significado.[8]

Finalmente, me gustaría agregar que lo que el autor persigue es fomentar en el joven creador el hábito de la escritura de manera responsable, es decir, de que busque y logre construir un lenguaje propio para que éste cumpla su función, entiendo que dicha función es en el sentido artístico, cultural y hasta social:

“Para escribir bien hay que saber simultanear muchos procesos mentales queal principio deben abordarse de uno en uno, y para ello se ha de dividir el trabajo en el mayor número posible de apartados:
Un esbozo de lo que se pretende decir; un análisis riguroso de las palabras con que se ha dicho, para ver qué dicen o dejan de decir; y una reflexión encaminada a (a) conseguir que las palabras no digan lo que no se pretende que digan y a (b) sacar provecho de lo que dicen sin que uno lo haya pretendido. Y segundo, debe confiar en que lo que da resultado en otro tipo de actividades también lo dará en la de escribir… Tómese un breve pasaje descriptivo y considérese como una unidad, y perfecciónese tanto como se pueda; luego pásese a la siguiente unidad –un pasaje de diálogo, pongamos por caso– y perfecciónese también tanto como se pueda. Abórdense unidades mayores, los episodios que componen la trama, y trabájese cada uno hasta que resplandezca. Como el cómico que pule cada chiste hasta sacarle el máximo partido (dándole el tono y el ritmo más adecuados, acompañándolo de gestos y rizando el rizo cuando conviene), púlase cada elemento del relato para que éste no sólo sea bueno globalmente sino que arrebate a cada momento”.
[9]

Podemos decir que, la construcción narrativa constituye una práctica literaria, pero también una práctica acuciosa del lenguaje, de la construcción de ideas, de imágenes, de conceptos, en definitiva, de una educación para ser libres y creativos.

Así, la finalidad de este universo sería tender un puente entre el lector y el creador; de tal suerte que, a fin de cuentas, se logre cambiar un destino, hacer posible lo imposible, a ser presas de una tensión, de un espasmo; y por qué no enseñar y enseñarnos a morir.
[1] “La novela corta de tono simbólico o alegórico está tan en inferioridad de condiciones respecto a la novela larga, de construcción esmerada, como un peso gallo respecto a un hábil peso pesado”. Gardner, John; Para ser novelista; Ultramar, 1990. P. 131.
[2] Ver p.p. 103-106.
[3] Ibidem. p.p. 66-67.
[4] Idem p.p.96-97.
[5] Bachelard, Gastón; La poética de la ensoñación; F.C.E.
[6] Barthes Roland; Crítica y verdad; México: Siglo XXI, 1987. P.P. 66-67.
[7] Op.cit. p.p 32-35.
[8] Ibidem. P.44.
[9] Idem. P.183 y 191.

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