¿Por qué descontinuaron la Frutástica?
Nunca me había tocado un caso tan absurdo como éste. Pinches mexiquenses; no son ni chilangos ni provincianos. Y luego vienen con sus micro-carros y desquician la ciudad. Pinches mexiquenses.
14 de agosto de 1996. Sarita recibió la llamada de un preocupado mexiquense que había encontrado un pedazo de oreja en su refresco de lata. Como siempre, Sarita prometió que se investigaría, colgó y archivó la llamada.
17 de septiembre de 1996. Nos preparábamos para los simulacros del diecinueve cuando el licenciado Buendía se apersonó en el patio gritando madres y aventando jugo y papeles. “¿Qué es esto, Maceda? Explíqueme qué es esto?”, “Un dedo, señor…”, “¡Pues ahora explíqueme qué hace en mi refresco!” Y ahí vamos todos al estado de México, a la fábrica de la mentada madre a averiguar qué chingados hace un dedo en una lata. Pinches mexiquenses. Con sus micro-coches que no son ni chilangos ni provincianos. No saben andar ni en carretera ni en ciudad.
Nos recibió un tal ingeniero Garrido. “¿En qué les puedo ayudar, señores?”, “¡Queremos averiguar qué hace un cristiano en este refresco!”, “Con todo respeto, señor, no es refresco ni jugo. Son un montón de frutas con un toque de gas. ¡Es Frutástica!”
Pinches mexiquenses. Además, se me ponen de simples. “¡Por mí se puede llamar como su abuela! ¿Dónde lo envasan? ¿Qué le echan?”, “¡Señor, eso es secreto de marca!”, “¡Por mí puede ser confesión de marica! ¡Enséñeme cómo lo hacen o lo pongo bajo arresto!”
Y ahí vamos por toda la pinche fábrica. Empezando por el empacado de cajas. Pinches mexiquenses, con sus trailers repartidores que nada más desquician la ciudad. Luego el envasado. Su chorrito de jugo y a la selladora. “¡Vacíe ese tanque!”, “Señor, ¿cómo cree? ¡va a detener la producción!”, “¡Pues le hace como quiera, pero se me asegura que no haya un cristiano dentro!”
Y ahí fue por algo para escarbar en el tanque. Pinches mexiquenses. Se les pide un trabajo simple y salen con sus pedejadas. Éste me salió con una red que le prestaron en mantenimiento, que para limpiar los tanques sépticos. Todavía se tardó media hora disque en esterilizar el traste. “¡Ya! ¡Podría estar envasando cristianos y usted con sus mamadas!”
Ya le escarbó, y nada. Ni siquiera el mentado pedazo de fruta que anuncian. “Bueno, pues por hoy pasa. ¡Pero a la siguiente les mando a salubridad!”
Diecinueve de septiembre de mil novecientos noventa y seis. Ya nos cuadrábamos para los simulacros cuando se volvió a apersonar el licenciado Buendía con su refresco. “¿Qué es esto, Maceda? ¿No lo mandé a que investigara esa fábrica?” Ahora se había encontrado lo que parecía un pedazo de talón humano. Así que ahí vamos otra vez, a la fábrica en el estado. Pinches mexiquenses, ni siquiera saben darse la vuelta. “¿Otra vez aquí, señores?”, “¡Ya sabe! ¡Límpieme la llenadora!” Y ahí va otra vez con su redecita de marica a limpiar el tanque, cuando suena el silbato del simulacro. Como tenía que cuadrarse, que sale disparado como cohete de feria. Y ahí voy a limpiar el tanque y nada, y nada. Y como el “inge” no regresaba, ahí voy a ver las otras máquinas. Que la mezcladora de químicos, que la prensadora de jugos, que la cortadora de frutas, y nada. Pinches mexiquenses, todo lo hacen a la mala. Ya cansado, ya apurado porque regresara el tal Garrido, que me asomo a una máquina que ni explicación tenía. Por un lado le entraba un como bloque de gelatina y por el otro salían pedazos cortados. En eso, veo que entra transparente y sale rojo. Que me asomo y que se me queda viendo un ojo.
“¿Qué madres es esto?” Y ahí vienen los ingenieros a ver qué pasa. Detienen la máquina, la abren y encuentran un cristiano medio podrido de un lado y hecho picadillo del otro. “¡El licenciado Cañeda!”, grita uno, “¡Creímos que estaba de vacaciones!” Y pues ni modo, a poner bajo arraigo a media fábrica y a clausurar la planta. Y con toda la pena del mundo, a incautar toda la producción ya envasada, “como prueba”.
Diez días estuvimos chupando esa madre, “para encontrar más restos del cristiano”. Pinches mexiquenses, ya no saben ni qué inventar. Un refresco que sabe a mierda y le llaman jugo. Y sus disque trozos de fruta son pedazos de gelatina. Pinches mexiquenses. Y nosotros tome y tome esa madre, hasta que a uno se le ocurrió mezclarlo con un panalito de tequila.
Sólo tengo una cosa más qué decir sobre este caso: “No es refresco ni es jugo. Son un montón de frutas mezcladas con un toque de gas. ¡Es Frutástica!”
Esto son exactamente dos cuartillas a interlineado de uno y medio. Espero que esté bien, si no, dime para hacer otro, Memo. Y no sean malitos, mandenme comentarios, ¿sí? Ya saben que yo sí aguanto las espinas y cachetadas con guante de cuero... -Cynthia.