viernes, 8 de agosto de 2008

LAS ENSEÑANZAS DE GARDNER


Dicen que el cíclope cedió uno de sus ojos a cambio de sabiduría, de la capacidad de ver más allá. Realmente lo consiguió, incrementando su intuición hasta los límites que separan este mundo de aquel otro que muchos ignoran e incluso escépticamente rechazan. En el fondo los escritores somos como el cíclope, ya que, bajo esta piel y esta carne que baña nuestros huesos, poseemos ese ojo que para los orientales ocupa de llamarse el tercero. Igual que este ser mitológico, la apertura de esta visión conlleva consigo un precio, fruto del sacrificio, la entrega a una práctica cotidiana, y a la vez difícil, la comunión del escritor con su creación.

El escritor se enfrenta con diversos obstáculos, primero con la esencia de la novela: el lenguaje, el personaje y la historia, después con los talleres literarios; la publicación y supervivencia, mientras perseguimos el sueño de ver una novela de calidad con nuestro nombre publicada; y por último, el asunto de la fe.

El lenguaje, es una de las puntas visibles del desenfreno de la vida; y la mayoría de los asideros gramáticos que se descubren, y después se emplean para colgarse del lenguaje, y avizorar desde arriba un panorama, apenas alcanzan para remover el polvo, o a enumerar las partículas sueltas desde todas partes. Las palabras siguen esparciéndose, casi sembrado a la deriva, y se confunde hasta lo más secreto, mientras se le sorprende pregonado a la silueta o a la sombra de cualquier sólido. Las palabras provienen del corazón de todo lo que nos rodea, aunque ellas permanezcan huecas, aunque parezca que son capaces de sobrevivir a la vorágine que las entremezcla, siguen siendo tan susceptibles como el tamaño que ocultan… las palabras se revelan, y se dejan domesticar, se dejan recorrer por los dedos cotidianos puestos con ahínco en la expresión. Por lo tanto al utilizarlas como elementos de trabajo, se camina de extremo a extremo, para hacer la ribera con las propias manos… ¿Cómo evitar perderse? ¿Cómo utilizarlas correctamente?

Traer hasta un punto en efecto discernible esas coincidencias orgánicas, conlleva formas y trabajos de facilitación que empujan el cuerpo, a integrarse de manera espectacular, a comprometerse de manera irrefutable con su condición de escritor. Una experiencia como esa, emitir vibraciones sonoras, vibraciones que a su vez deforman el contexto psicofísico, es lo bastante interesante como para evadirse de ella, no obstante, decir lo que se piensa es algo que prácticamente cualquier persona ordinaria sabe hacer, aún si no hay nadie que esté dispuesto a escuchar. Lo que comúnmente no se hace, es trasladar esa experiencia a un campo en el que las palabras adquieran verdadera relevancia, como si ellas se encontraran supeditadas, o delegadas a instancias superiores, simplemente porque se ha desechado la mejor parte de ellas, esa que algunos pocos toman en serio, y que pronto descubren sirve para poder volver visible lo invisible; posible lo imposible. Resultaría muy complejo entender lo más sencillo, sin la participación de esa mínima porción de conocimiento que tiene que ver con la acción del pensamiento en función de la palabra, háblese de discernimiento, o acuse de disentimiento. ¿Hasta qué punto entonces se encuentra uno preparado para esgrimir un escrito? ¿En que momento ya no es posible para alguien dejar de ordenar sus pensamientos, de manera que no parezca que la literatura está en un rincón aislado de su acontecer coexistido?

Gardner me llevó de la mano por este camino, ahora cada palabra que escribo tiene un sentido, he aprendido a domar estas palabras, sin dejar que la mayúscula o el ego se apoderen, deseando obtener una visión de un fondo en el que de cerca, ni siquiera se distinguen las partículas. Pude comprender que el lenguaje depende del personaje, la acción y de la historia, que en ocasiones lo mundano adquiere un halo fantástico del que ya difícilmente uno puede desprender de cada objeto o ser que le rodea; “el lenguaje debe de estar al servicio del personaje y de la acción. Subordina es una palabra que funciona muy bien para delimitar al cantidad y el dominio de ella.”

Después de haber leído a Gardner, me pasa que voy caminando por las calles y me fijo en las personas, imaginando y tratando de adivinarles, de advertir sus vidas en el más sutil gesto que profesen, en el más leve suspiro que de sus labios emanen, incluso en el más ligero ademán que se les escape en acto de saludo o tímido adiós. Trato de adivinar los secretos más ocultos y las patrañas más sublimes de cada uno de los transeúntes con los que me cruzo y, a veces, quizá con demasiada frecuencia, me quedo embelesado mirando a lo lejos, al otro lado de la calle y agudizo los sentidos que aún me permiten intuir en lo que veo alguna historia… Ahora la creación de un personaje y de una historia, se ha vuelto la tarea de ver el mundo sin complejos, el viento vuelve a ser susurro; la luz, una promesa; la flor, un beso; el verso, un tesoro; escribir, el ensueño de vivir y conversar… Pero no sólo es de observar lo que a tu alrededor se encuentra para conseguir una historias, es: “Conócete a ti mismo y llegarás a la Verdad”

A través de nuestra propia sensibilidad, nuestra propia esencia, un personaje, una historia, se pueden convertir en algo tan complejo como un segundo que encierra todo lo que soy, todo lo que creo ser, todas las mentiras que me he dicho ante el espejo; este segundo en que pronuncio mi nombre y no me suena extraño ni lejano me justifica; no en vano la vida debiera ser por encima de todo aprenderse y aprehenderse.

La historia o el mismo personaje, puede ser realidad, mitología, redención, inclusive capital de un corazón heredero de las revoluciones históricas; puede convertirse en interés ajeno o en la materia más insípida de todas, moneda de intercambio, relación de fuerza, todo o nada; pero sobre todo debe de ser latido de la existencia, para poder ser amado por el lector, desde el inicio hasta el fin; debe ser la “verdad” y toda su juventud.


Vivimos en el territorio de lo azaroso, cualquier plan es el principio de un delirio, cualquier forma de futuro un juego infantil, cualquier certeza un candado a la locura de existir. El oleaje agita las campanas, resuenan éstas como una garganta inmensa que nos interroga y nos conmina a cerrar los ojos Y en esa confrontación, que es al tiempo, sangrienta y vital nace nuestra fantasía de una realidad lineal y constante. Es por lo tanto vital, tanto controlar los embistes del libre albedrío, la algarabía de la libertad, la dictadura de la mala o buena suerte; y aceptar que nada puede escapar de los dictados del azar; así como en ocasiones escogemos los caminos y equivocamos los destinos.

De falsas esperanzas todos se han cansado, pero resurge la fe en lo verdadero, en lo realizable, porque la esperanza en sí invita a una espera y ya iba siendo hora de dejarla a un lado y tirar el muro invisible que ésta siempre impone reteniéndote y evitando que realices aquello que anhelas. Todo llega, es cierto, pero si al mismo tiempo vas avanzando el camino se hace más llevadero, más animoso y enriquecedor. Por lo tanto cada consejo de Gardner, es un paso no un impedimento en mi crecimiento personal como escritora.

Gardner ha triunfado, me ha cambiado, se ha vuelto su libro en mi libro de cabecera, simple y sencillamente porque he comprendido que para ser un escritor se requiere “de ingenio (tendencia a hacer irrespetuosas asociaciones de ideas); de obstinación y tendencia al individualismo desabrido (rechazo de todo lo que la gente sensata sabe que es cierto); de puerilidad (manifiesta falta de seriedad y de objetivo en la vida, afición a fantasear y a decir mentiras fútiles, desfachatez, malicia, indigna propensión a llorar por nada); de una marcada tendencia a la fijación oral o a la anal, o a ambas (la oral patente en su inclinación a comer, beber, fumar y charlar en demasía; la anal, en su aprensiva pulcritud y su grotesca fascinación por los chistes verdes); de una capacidad de evocación eidética y una memoria visual notables (rasgos típicos del adolescente aún reciente y del retrasado mental); de una extraña mezcla de naturaleza juguetona y comprometedora seriedad, la última a menudo acrecentada por sentimientos irracionalmente intensos en favor o en contra de la religión; de menos paciencia que un gato; de una vena socarrona despiadada; de inestabilidad psicológica; de temeridad, impulsividad e imprevisión; y, finalmente, de una inexplicable e incurable adicción a las historias, orales o escritas, buenas o malas.”


Ensayo literario escrito por
Andrea Díaz Martínez (Ada)
No. de cta. 1983

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