domingo, 9 de noviembre de 2008

EUGENE EL SAPO




He aquí la historía de Eugene: un sapo. Un sapo además muy millonario, y, además, ciego. Eugene se quedó ciego hace poco cuando inspeccionaba en su fábrica de pegoste, en la cual trabajan arañas, libélulas, larvas y demás animalillos viscosos. Eugene descubrió un mosquito aún vivo en una telaraña y ¡Pum! De repente el mosquito le pico en un ojo, luego en otro y lo dejó ciego. Eugene quiso llorar pero ya no tenía ojos para llorar siquiera, así que se resignó a compartir su pena con su esposa Marla, la rana, y su amiga y brazo derecho Mona, la libélula.

-Tengo una prima, Artasia, que puede ayudarte- dijo sonriendo- ella es un hada, y he escuchado que cura todos los males… deja le llamo por teléfono-. Así que Mona llamo desde su telepatimóvil (que no se llamaba así precisamente por estar en las patas, aunque lo estaba), y después de unos minutos de hablar con su prima Artasia les dijo a sus amigos – ¡Lo he conseguido! Ella vendrá y no sólo eso, si no que traerá un par de ojos- y ahí la carita de la feliz libélula se descompuso un poco- pero lo que tal vez no te guste es que… tu sabes que las hadas no trabajan usualmente con los animales e insectos… son seres muy especiales… sin embargo, por el cariño que me tiene, ella ha accedido, accedio a darte un par de ojos… pero exigió a cambio… tu fortuna- dijo quedito Mona, y los ojos de Marla se abrieron tan grandes como les fue posible, y al voltear a ver a su marido, que no era capaz ni de hacer el mismo gesto, le dio tal pena que le dijo – Querido, es más importante que seas aquel sapo que eras antes, un sapo feliz. Eso no puedes comprarlo, anda…- Y Marla lo besó con ternura en esos enormes parpados cerrados de sapo. Entonces, el señor sapo Eugene, pensando que podría volver a armar todo desde abajo como antes, accedió.

El martes siguiente Eugene se había preparado para la llegada del hada. Se sabía que el trato era que estuviera sólo en su recámara y ella entraría por la ventana, entonces, Eugene le daría en un saco con toda su fortuna y el hada le daría a cambio sus nuevos ojos.

No muy lejos de ahí estaba el sapo Parcon, a quien le mataba de envidia pensar en la fortuna de Eugene desde siempre, y quien se había enterado del incidente y de los planes de Eugene por medio de un hueco que hizo en una de las paredes de la recamara del millonario sapo. Así que fue con Mona, la libélula, para cobrarle un favor que le debía hace tiempo – Tu, vas a pagarme hoy aunque no quieras- le dijo dejando salir una peste a moscas podridas de su verde bocota- tu sabes que un día te liberé de esta boca y prometiste hacer lo que fuera en el momento en que lo requiriese, este es el día- ordenó. Pero el Sapo quería que Mona le ayudara a entrar a casa de Eugene para quitarle su dinero, y, de verdad Mona no se sentía capaz de hacer eso. Sin embargo una promesa era una promesa.

Entró el sapo por la puerta fingiendo ser el hada -¿No ibas a entrar por la ventana? preguntó Eugene, y Parcon con voz fingida le ordenó callarse, pues un hada, decía el, hacía lo que ella quisiera y nadie tenia que preguntar nada. Eugene dudó, pues ni se escuchaba ni se percibía como un hada, pero al tocar las alas de Mona, pegada a la espalda de Parcon, le otorgó el dinero. – En la noche abrirás los ojos- dijo Parcon y Eugene sonrió. Parcon salio feliz de la casa y Mona fue a llorar en cuanto pudo a orillas del estanque.

El hada entró a la casa poco tiempo después, por la ventana. Le dijo que traía sus ojos y al preguntar por el saco, Eugene la llamó farsante, y le contó que el hada ya había llegado antes y había llevado consigo el saco. El hada, sintiéndose agredida salió volando de ahí enseguida, muy molesta y aventó los ojos al estanque molesta.

Sobre el río vio debajo a su prima y le quiso ira a contar sobre el horrible incidente con el sapo. – No vuelvas a pedirme jamás un favor así de nuevo, ese tipo es un patán- le dijo- ¡Quiso mentirme! Seguramente su avaricia no le permitió soltar su fortuna- y no pudo continuar por el imprevisto llanto de su prima, seguido por la explicación de lo que había ocurrido. Así que el hada muy apenada, contó que había tirado los ojos al río, pero que cumpliría aún así la oferta, iría por ellos a su casa y regresaría, mientras la libélula iría a casa de Eugene.

La libélula le contó todo a Eugene quien se aventó al agua a buscar sus ojos sin poder Mona discutir en ello. La libélula fue a buscar ayuda, pero Eugene ya estaba lejos cuando regresó. Nadie supo de él, y por más que lo buscaron parecía que el sapo ciego se había perdido en la profundidad del estanque.

El hada, de camino de regreso, vio a un horrendo sapo pelear por arrastrar un sapo de camino y se precipitó hacia él. Le quitó el saco y, castigándolo, lo convirtió en un mosquito. Después siguió su camino hacia el estanque, donde todos buscaban al sapo perdido, que hasta la mañana siguiente salió con los ojos puestos del estanque.

-Pero… ¿Cómo? ¿Qué ha sucedido?- decía Marla, besándole la verrugosa de la cabeza con gran felicidad.-Me he peleado con un enorme monstruo toda la noche- dijo- el me gritó que si buscaba unos ojos y me los ofreció a cambio ganarle en una pelea-. Todo el estanque escuchaba maravillado la historia –Yo acepté y peleamos hasta el amanecer. Después me dijo que admiraba mi valentía y me dio los ojos que me había traído el hada diciendo que con esos ojos podría ver el peligro-.

El hada, maravillada con la historia le regresó el gran saco al Eugene, quien al ver que un mosquito se acercaba a toda prisa al hada, se lo embullo de un bocado, pescándolo con la lengua viscosa.

Desde ese día el estanque fue un feliz lugar para vivir, donde nunca hubo ningún problema, por que Eugene siempre avisaba el peligro antes que ocurriera
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1 comentario:

Roxie dijo...

MI MITO ES EL DE JACOB