Para los que no me conocen les da igual, siempre igual. Soy solo un vago, sin oficio ni beneficio, mal hablado, feo, y muy extremista. Para mí la muerte siempre ha sido emblemática. Y me ha acompañado en los últimos dos meses. He visto a tres personas muertas en lo que va del último mes. Dos parientes míos, y un desconocido después conocido. Allí estaba yo, con mi novia sobre la cama y algo de tentación en el ambiente. No quiso hacerlo, las mujeres siempre tienen un sexto sentido. Por algo no quiso hacerlo esa tarde. Poco después de la frustrante negación, escuché como mi familia llegó precipitadamente a la sala del piso de abajo. Escuché llorar a mi madre, realmente desconsolada. Recordé que una de mis tías, llamada Amparo, había estado hospitalizada desde hace un mes más o menos, por causa de un derrame cerebral, llevaba ya muchos días con zondas en la cabeza, en la boca, en la nariz. Con pañal de adulto y medio cerebro a la vista de los doctores que ya de plano la habían desahuciado. Recordé eso, y aseguré a mi novia que esa sería seguramente la causa del llanto de mi madre. Al bajar vi a mi hermano mayor, tratando de controlar la histeria de mi madre; “Luis Rey está muerto”, fueron las palabras que se quedaron grabadas en mi mente acerca de ese suceso. Luis Rey, mi tío, hermano de Amparo. El mismo que en año nuevo vino a mi casa completamente ebrio, drogado y exaltado. Provocando a mi padre y culpándolo de ser egoísta por no darle trabajo como laminero. Gritándole a mi padre que al estar muerto mi abuelo, él tenía la obligación de mantenerlo. Ese día mi hermana perdió el control y se puso completamente fuera de juicio, tuvieron que detenerla entre mi madre, mi otra hermana y yo. Discutía con mi tío - ya déjanos en paz – gritaba ella. La bofetada que tuve que darle no sirvió para regresarla a sus cabales, más bien para que me pusiera la espinilla morada. Nada más. Él, ese mismo tío, el que robaba a mis parientes, el que le fanfarroneaba a los policías con una credencial de prensa vencida. El mismo que me pidió cincuenta pesos y nunca me los regresó. Ahora, está muerto. Le metieron dos balas de nueve milímetros por la nuca. La autopsia reveló que estaba atascado de cocaína y alcohol. Lo encontraron por San Lorenzo Totolinga, la una de las colonias más horribles de Naucalpan. Era él, por el cual mi madre lloraba desconsolada. Mi padre al ser el mayor tenía que darse aires de fuerte. Ha sido la única vez que lo he visto llorar. Lloraba mientras mi abuela se despedazada dando alaridos que me serán difícil olvidar. Afortunadamente, al mandarnos a reconocer el cadáver, solamente los familiares directos pueden entrar a la morgue. Pasó mi tío Carlos. Fumé demasiado esa noche. Fue larga. Verlo ahí, recostado en el féretro, inerte, ya sin vida, fue inevitable no pensar en la muerte. Dormir fuera del velatorio en un auto de carga. Hasta esperar el amanecer y ver como la familia entera se desmorona. Seguir el ataúd y tratar de poner cara de fuerte, cuando en realidad yo me estaba haciendo mierda.
Después de esa ocasión, supe que la muerte nos ronda, que nos acecha. Y no siniestramente como en un cuento de Poe. Nos acecha de manera real, tangible. No podemos evitar que las cosas terminen, porque son el comienzo de lo que viene.
Pocos días después, es curioso ahora que lo recuerdo, mi novia tampoco quiso hacer el amor ese día. Las mujeres presienten. Iba llegando a casa, cuando tuve que mandar a mi novia en taxi porque mi tía había muerto. Después de estar sesenta días en estado vegetativo, un infarto cerebral acabo con su sufrimiento. No fue agradable para mí ver los restos de hilo y carne que adornaban su cabeza. Aunque su cuerpo lucía tranquilo, no pude evitar pensar en el dolor y sufrimiento que representa el estar postrado en una cama, sin poder comer, hablar, llorar, reír o hacer cualquier cosa, ¡cualquier cosa!
Finalmente, el tercero. Curioso que de nuevo entra mi novia en escena. Regresaba de dejarla en su hogar cuando mi hermano, que jugaba el papel de dama de compañía esa noche, me sugirió pasar por unos cigarrillos al “Oxxo”, yo acepte ir por los cigarros, pero no a ese lugar, con una vez que me asaltaron me basto para no querer regresar. Sugerí entonces ir por otros a otro local, pero al tomar una vuelta “U” en rojo, pasaron algunos segundos y un choque sin frenos ocurrió tras nosotros. De no habernos pasado el semáforo, el golpe hubiera quedado en mi lado del coche, y no sé que hubiera pasado. Al frenar nosotros corrimos hacía los autos chocados, una combi y un auto compacto. Del auto compacto solo yacía el cadáver de un vecino al cual no reconocí en ese momento, solo vi un cuerpo sin vida atrapado entre los fierros del coche. No vale la pena entrar en detalle de cómo llego la gente, la policía, la chusma. De cómo rompí el parabrisas con el bastón de nuestro auto, de cómo me pregunto si no me tocaba, si hay un destino o si la vida solo es una tirada de dados.
Por estos pequeños detalles. Creo que no tengo animal totémico. Tengo un símbolo, un escudo. La muerte. Para mí la muerte es lo más real, lo más verosímil y lo único seguro en está vida. Es algo con lo que yo me identifico, algo que considero cíclico. Todo tiene un principio y un final. Todo nace y todo muere. No tengo mucho que decir al respecto, sería redundar en lo mismo, creo que la muerte también es simple, lo complicado es lo que viene a posteriori, y finalmente, la única forma de evadir a la muerte, es inmortalizarse de alguna manera. Espero que las letras me ayuden en eso.
domingo, 9 de noviembre de 2008
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