Leonardo Bastida Aguilar
Escribir es uno de los actos más solitarios del hombre. Requiere de una concentración y disciplina excepcional. El escribir no es solo el escribir. Esta acción noble consiste en develar circunstancias, más esos hechos se desdibujan ya no en simples anécdotas sino en un entramado de hechos y situaciones que acompañados de dotes literarias se convierte en futuros cuentos, novelas, poemas, obras de teatro y relatos.
Un factor a favor del escritor es la paciencia de armar y desarmar frases a cada segundo, para borrarlas, conjuntarlas y volverlas a deshacer. En estas líneas parece una tarea simple, sin la menor dificultad. Solo cuando se experimenta en carne propia el duelo contra una hoja en blanco es cuando esa simplicidad de la escritura se deja atrás y se le asume como un gran reto, como la gran dificultad.
El decidir hacer de la escritura una forma de vivir implica aun más dificultades a simple vista. En nuestra sociedad contemporánea la idea es risoria para algunos. El no percibir sueldos altamente remunerados, no poseer un auto último modelo o tener una casa en los mejores barrios de la ciudad, implica un fracaso.
Sin embargo, el escritor camina por el mundo bajo sus propias reglas. El deseo de salir y observar, sentir, oler y probar, es único. Tras largas jornadas laborales regresar a la computadora, el cuaderno o la máquina de escribir y volver a enfrentarse al reto inundar con mares de letras una hoja en blanco para ir a la cama con una larga sonrisa tatuada en el rostro.
El verdadero escritor, escribe para escribir, no desea ganar premios por cada línea que escribe. Este ser lee un sin fin de textos, plantea sus propias ideas y las plasma en innumerables renglones.
Este escritor revisa una y otra vez los textos que escribe, no con el afán de que todos tengan como destino final la imprenta sino con la idea de que cada vez que los lea se mejoren a si mismos.
La industria de la venta de libros no es muy grande, ni muy abierta. Muchas veces los grandes talentos no son los que ocupan las repisas de las librerías. Esas joyas literarias están en algún café, en algún bar, en alguna oficina y cada noche se regocijan en un acto de entrega a la literatura.
El panorama pinta a que el joven escritor se desanime y deje atrás a una edad “madura” ese afán de escribir. Se haga consciente de que esta vida moderna implica que para ser exitoso debe lograr un alto puesto ejecutivo, poseer un sinfín de bienes que nunca utilizará y comprar en las mejores tiendas del país. Afortunadamente existen personas que prefieren sufrir el devenir diario de la ciudad, caminar por las calles, sacrificar sus pocos ingresos en libros, llegar por la noche a casa, tomar una taza de café y regalar al mundo algunas estrofas o versos. Son ellos los que al paso del tiempo enriquecen a la humanidad, y son ellos los que provocan que otro joven en algún rincón del mundo decida ser escritor.
domingo, 10 de agosto de 2008
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