miércoles, 13 de agosto de 2008

PARA SER NOVELISTA, HAY QUE VIVIR Y ACTUAR COMO TAL.

LUIS EMILIO MEDINA MEDINA

A quienes realmente se sienten llamados a esta profesión les bastan las recompensas espirituales.
-John Gardner, Para ser novelista-


Quien esté dispuesto a escribir, que tome su máquina a cuestas y que siga el camino que le dicta su alma. Escribir es un viaje de auto conocimiento a partir de la imaginación, la técnica y el lenguaje. En la medida en que el escritor se relaciona consigo mismo y con el mundo, así se plasmará en su arte. Es por esto que el primer paso que debe asumir un escritor, a luces del texto de John Gardner, es la auto aceptación. Auto aceptación de la propia locura e incandescencia necesarias para ver las cosas de manera diferente al común denominador de la población, la conciencia de que el oficio elegido es todavía más difícil de lo que uno puede imaginarse, que revisar una novela y tomar las decisiones para el correcto devenir de los personajes es un acto de rigor que proviene de la disciplina y la atención alerta a los sentidos de lo que nos dicta el alma, la hoja en blanco con las palabras dispuestas de manera invisible y que se van encontrando al dejarnos levar por el rapto efímero de la escritura.
Para ser novelista llegó a mí como un designio divino, justo en el proceso de escritura de mi primera novela, proceso en el que llevo sumergido desde hace dos meses sin parar, a partir de que me enteré de una interesante convocatoria. Sí, las novelas requieren más tiempo (y esta requerirá mucho más), pero decidí subirme a la ola y surfear con mi voluntad creadora como tabla. Nunca creí que fuera tan difícil. Y este es sólo el principio. Difícil no es escribirla. Sin saberlo, había aplicado todos los pasos previos que Mr. Gardner menciona en el último capítulo de su texto y que según él, se necesitan para planear toda novela. Y después, a escribir. Al principio fue un reto de templanza y fortaleza. Suelo ser muy auto crítico con mi trabajo. A pesar de que toda la gente que conozco me diga que le gusta, simplemente no he alcanzado el estándar de calidad que esperaría de una novela o un texto literario que me halla sacudido la conciencia, y quizá nunca lo logre. He aquí la magia de la aspiración divina de escribir, siempre se puede llegar a más, aunque sea imposible, bien vale intentarlo. Así que línea tras línea combatía las inhibiciones; practicando la dilatación de los sentidos, la duermevela, escribir llegando de fiestas, la vigilia, la escritura automática, beber, el psicoanálisis, fumar, el exceso de café, no comer, dejar de escribir, escribir en las paredes, en mis libretas, en papeles sueltos, hablar conmigo mismo en el súper, dejarme arrastrar por el ánima encarnada, el sexo ocasional, enamorarme, desenamorarme, volverme a enamorar, violentarme, melancolizarme, faltar a clases, atrasarme en mis entregas laborales y sobre todo, no revisar nada de lo que había escrito el día anterior, tratando de llevar la ilación de la novela en la parte frontal de mi cerebro y, como el maestro Vega lo recomendó, buscar arreglarla y darle continuidad en los sueños y la ensoñación.
Y de pronto me hallé con 170 hojas. Y comencé a leerlas. No sé quién había escrito eso, pero estaba ahí, en el papel, hablándome, comunicándose conmigo desde quién sabe qué arcano que me había poseído y revisándolo como reviso los textos de la revista que edito. No, esto lo revisaba con devoción. Revisé 60 hojas de un sentón. Y supe que ser escritor, como lo decía Gardner, es un acto de valentía, de necedad, de querer lograr lo imposible aún en contra de los propios miedos a la crítica, la inexperiencia en la materia pura y polisémica del lenguaje, y esas malditas inhibiciones que llegan cuando menos uno se lo espera, como fantasmas del Apocalipsis dispuestos a llevarse toda esa fe que se requiere para no cejar en el intento, no dejarse llevar por el sentimiento de culpa, la presión social de la inutilidad productiva de lo que se elucubro en la concavidad de mi estudio, historias que necesitan ser expulsadas de mi ser palpitante de escribir porque no sé ni quiero hacer nada más.
Hace tres semanas que comencé a leer Para ser novelista, iniciando con una gran expectativa de encontrar respuestas, y cada línea, cada día, cada hoja que pasaba, era un cúmulo de verdades, de revelaciones que se volcaban en mí como un espejo: Entonces, en contra de lo que mis padres, mi familia, mis amigos, compañeros del trabajo y yo mismo pensábamos, no equivoqué el camino. Es completamente normal que me la pase cuestionando y dudando de esta vocación que tiene como primer principio la curiosidad, la duda de lo real para volcarse en la ficción y si no arreglar el mundo, abrir una nueva posibilidad de vida y sobre todo, de espiritualidad.
Espiritualidad es lo que busco cada vez que prendo la máquina, escribo un poema, elaboro un cuento o trabajo la novela. Ensalzarme en la fuentes eternas de la Arcadia, siendo feliz de saber que hago lo que realmente me gusta, sabiéndome diferente, sabiéndome libre, sabiéndome escritor. Un gran poder que, citando a Stan Lee, conlleva una gran responsabilidad: escribir lo mejor que se pueda, y aún así, escribir todavía mejor cada día. Y para esto se requiere tiempo. A partir de que leí el texto de Gardner, no quiero hacer otra cosa que escribir, y me vino la idea de abandonar todas esas otras chambas que me dan sustento para dedicarme de lleno a la literatura y vivir encerrado escribiendo, revisando, corrigiendo, recorrigiendo y volviendo a corregir en el camino donde se forja el acero del arte literario: la bendita y anhelada disciplina. Pero para escribir necesito estar solo, libre e independiente, y para esto, necesito pagar renta, comida y darme una que otra actividad deshinibidora, por lo que añadiría una recomendación propia a la sección donde Gardner habla de cómo vivir de la literatura: El freelanceo creativo. Para estar en el ámbito más cercano al oficio, se busca un trabajo de guionista, colaborador en revista, asesor creativo, corrector de estilo, investigador, redactor o copy publicitario (todo esto tratando siempre de cuidar no pertenecer en absoluto a la demandante estructura de ninguna empresa, siempre por fuera) que comúnmente no tomará más de 3 a 5 juntas al mes de 2 a 4 horas máximo, invirtiendo un tiempo de trabajo de 5 horas a la semana. Se cobra por esto, se ahorra y se deja la chamba de lado para regresar al oficio del alma, para escribir. Y cuando la gotera de la canasta básica comience a romperse, entonces será de nuevo tiempo de buscar otra chamba, y así, y así, y así.
En las bodas del escritor con la belleza y la inspiración, éste responde: Sí, renuncio a todo. Con tal de llegar a la profundidad del Numen, vale la pena quemarse vivo escribiendo. Porque escribir es un acto de completa devoción a las capacidades técnicas e imaginativas de uno mismo y al arte que se busca siempre perfecto y que aunque no lo sea, siempre es perfectible.
Sin embargo, no todo es inspiración. Está también la técnica, el lenguaje. ¡Y qué cierto! De pronto, ante las palabras, uno se siente desnudo, como si quisieran ganar terreno y comernos con lo que ellas pretenden decir. Es ahí donde entra el animus, la forma, la dirección que le debemos dar a nuestra ensoñación, el sentido de nuestra anima creadora. Y es ahí donde la duda se vuelve más grande y el abandono acecha burlándose de la incipiencia literaria, de la determinación en pañales y la precisión en vías de desarrollo. Es aquí donde tiene lugar el más valiente acto de fe. Quien no claudique, llegará hasta donde quiera llegar. Y textos como los de John Gardner son una gran ayuda para no claudicar, son ese tipo de apoyo del que necesitamos los escritores, esa palmada en el hombro que nos diga no vas bien ni vas mal, simplemente vas, sigue adelante, lo importante es el camino, el fin ya lo conocemos. Como en toda buena historia, comenzar siempre es maravilloso y terminar nos complace o nos olvida, pero la mitad, el segundo acto, el desarrollo, el cómo se llega al fin y se resuelven los conflictos, es donde se vuelca la esencia de la vida, y por consiguiente, de la novela.
Hoy en la mañana estuve a punto de dejar botada mi novela y dejarla reposar, me poseyó y quiso devorarme. Entonces caminé por mi cuarto, me asomé al balcón, vi la gente caminar ensimismada en su grisácea vida y dije: es mi responsabilidad entregarme a ellos en forma de hojas de papel porque es mi destino decirles que están equivocados, que hay otros mundos, otras historias, otras vidas, otras realidades. Tengo la obligación moral de acrecentar mi talento, ese poder mágico que me fue dado y que a veces me sacude en espasmos de emoción por vivir y otras tantas me derrumba en noches largas preguntándome cómo diablos voy a contar lo que quiero contar y si no lo sé, quizá no sea bueno para este oficio, pero como dije, es lo único que sé hacer, mejor dicho, es lo único que sé hacer que no puedo dejar de hacer sin sentir que me estoy faltando a mí mismo. Y me asumí una vez más, como todos los días, como escritor. Prendí la máquina y escuché la música del on, abrí el archivo, los dedos temblando, y cuando hicieron contacto con el teclado, todo se volvió danza otra vez, no importa que me tropiece con frases que parecen sacadas de un diccionario de lugares comunes o esto me recuerde a este otro texto, o me avergüence de haber siquiera pensado algo como lo que estoy revisando, sé que entre líneas, en medio de ese vuelco vertiginoso del corazón, encontraré la magia, el aura mercurial de la iluminación, y sé que entonces cada palabra de esa frase me llevará, como imán, a otra, y que todo dependerá de mí, manejando el carro alado de Apolo para robarle una vez más las palabras a los hombres y regresarlas hechas néctar. He aquí el placer espiritual de escribir, robar el fuego, prenderse y volverse ceniza para resurgir siendo uno en los otros. No hay mayor acto de gratitud ante la vida, y de generosidad ante la raza humana.

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