Luciana guarda muy bien su secreto. La caja de galletas está escondida donde sólo ella sabe. Nadie más está enterado de su contenido. Nadie debe saberlo hasta el momento preciso. Para Luciana y para los habitantes de su planeta, lo que contiene esa caja de galletas es no menos que su objeto de enlace entre los tiempos originales y los tiempos eternos. Es su mecanismo de comunicación. Es el símbolo que determina su identidad.
La caja de galletas fue un regalo que le dio su abuela en la navidad del 88. Desde entonces no ha habido una navidad igual para Luciana. Ese fue el último año que su abuela y ella se vieron, semanas antes de que la abuela muriera por voluntad.
Aunque Luciana era para entonces apenas una niña, tenía claro que sus ocho años de aprendizaje eran los suficientes. A partir de entonces sus guías serían la intuición, la observación, la ley de atracción, la disciplina pero sobre todo, el gran amor que sentía por la tierra.
Luciana tenía una misión. Que no cualquiera podía realizar. En ella se encarnaba esa posibilidad de destino. Sólo la comprensión que cada vez sería mas profunda y la confianza en sí misma lograban ser herramientas vitales para cumplir los designios del hado. Un propósito del entendimiento aceptado por su voluntad.
En el momento en que recibió su regalo de navidad, Luciana se paró de puntitas y estiró la trompita para agradecerle a su abuela con un beso tronado. La abuela la abrazó con firmeza y en voz baja, sin que nadie más la escuchara, le dijo una frase al oído que nunca olvidará. Luciana sonrió con aire de misterio y se fue corriendo hacia la covacha debajo de la escalera. Encendió la tenue luz que apenas dejaba ver algunas sombras. Con movimientos suaves y a manera de ritual quitó la envoltura del regalo.
Era la pieza de porcelana más hermosa que había conocido. Por fuera, la caja se adornaba con un elegante dibujo en tonos rosados. Dominado por una carroza de media gala tirada por cuatro caballos brabante. Delante de los caballos y también hacia la izquierda se arrastraba una larga serpiente que empezaba a introducirse en un bosque del que emanaban una aureola de rayos. Sobre los rayos se dibujaba una estrella grande de ocho picos. Como en otras ocasiones, el número ocho se repetía. Y de nuevo en una estrella. Pero esa pista la seguirá después. Abrió la caja y reconoció inmediatamente el olor. El recuerdo se apoderó de ella. Tomó uno de los polvorones y se lo empezó a comer. La imagen llegó en el instante. La abuela en la cocina amasando la harina y pidiéndole que espolvoreara con azúcar glas los polvorones que salían del horno. Y cuando se acordó del día en que las dos empezaron a jugar en la cocina y terminaron cubiertas con azúcar contuvo una risita de picardía para no delatarse.
Acercó la caja a la luz. Quería ver con detalle el dibujo que le había causado un sentimiento de familiaridad.
Lo que más intrigó a Luciana fue que la carroza tenía la mitad de la cortina abierta. Quiso asegurarse que detrás de la ventana sólo había vacío, aunque tenía un inquieto esbozo de certeza que le decía que detrás de esa cortina alguien estaba sentado a punto de asomar el rostro. Alguien que Luciana conocía. Y que además la señalaba. Luciana se preguntó ¿Por qué a mi?
domingo, 10 de agosto de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario