lunes, 22 de septiembre de 2008

Escribir es un oficio que desafía al oficio

Hola, jóvenes promesas de la literatura nacional:

Les convido este interesante texto de la escritora Zadie Smith. Esto nos dará pie para que el próximo miércoles hablemos del estilo.

Saludos.

Guillermo Vega Z.

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Fracasar mejor

Por Zadie Smith

http://hermanocerdo.anarchyweb.org/index.php/2008/09/fracasar-mejor/

1. La historia de Clive

Quiero que piensen en un joven llamado Clive. Clive tiene una misión literaria que nos resulta familiar: quiere escribir la novela perfecta. Clive posee bastantes cualidades: es inteligente y leído, ha estudiado la escritura contemporánea y ve con claridad en lo que han fallado sus contemporáneos, ha leído muchísima teoría literaria, esas pistas elegantes para novelas aún no escritas, y ya está preparado para construir una casa propia de palabras que no ha de tener paralelo. Puede que Clive, incluso, enseñe novelas, las diseccione y las vuelve a juntar. Si escribir es un trabajo artesanal, tiene todas las herramientas, todas las habilidades. Clive está preparado. Prepara un espacio en su casa, invierte en una silla ergonómica y se sienta frente a la posibilidad en blanco de un procesador de textos. Flotando sobre su escritorio ve el esquema perfecto de su novela platónica. Todo lo que tiene que hacer es hacerla descender del éter a lo real. Se emociona. Comienza.

Adelantémonos tres años. A pesar de todos los esfuerzos de Clive, la novela que trajo a la existencia no es la novela perfecta que flotaba tan tentadora sobre su pantalla. Es un pobre simulacro, la sombra de una sombra. En el camino que va del sueño a la realidad ha perdido su aura de perfección. Su forma ha cambiado, es irreconocible. Algo pasó en el proceso, algo casi imposible de articular. Por ejemplo, cuando se trataba de dar forma al personaje de la economista corrupta que trabaja para el gobierno, María Gómez, que es vital para el tema central de Clive de la corrupción en la política americana, descubrió que necesitaba algo más que “las palabras correctas” o “saber de economía”. María Gómez demuestra las ideas de Clive sobre el sueño americano roto, pero, por otra parte, inefable, no resulta tan convincente como Clive quería. Para él fue difícil meterse en su blusa de seda, en su falda. Incluso meterse en su piel. Y después, intentado describir el matrimonio de María, Clive descubrió que quería escribir aforismos inteligentes sobre el Matrimonio, con mayúscula, en lugar de describir el matrimonio de María, algo que, pensando en su propio matrimonio, parecía, de repente, una tarea monumental y más si su propia esposa, Karina, iba a leerlo. Y así un millón de ejemplos. Fallas que no son simplemente fallas de lenguaje o diseño, sino fallas … ¿de qué? ¿De Clive? Ese pensamiento le preocupa. Y después otro, bastante más oscuro, llega. ¿Podría ser que, de ser él el lector, y no el escritor, de su novela, pensara que es un fracaso?

Clive no se detiene en tales pensamientos mucho tiempo. Su libro consigue un agente, su agente consigue un editor, su novela sale al mundo. La reciben bien. Resulta que el libro de Clive huele a literatura y parece literatura y quizá, incluso, se siente como literatura y, al rato, Clive ya casi ha olvidado ese extraño sentimiento de falsedad, de traición a sí mismo, que su primera novela le provocara. Clive no sólo se vuelve un fanático de su novela sino su gran defensor. Si un crítico señala una indulgencia por aquí, un pasaje flojo por allá, Clive explica que eso era, simplemente, lo que deseaba. Todo está hecho para conseguir un efecto. De hecho, a Clive no le importan esas críticas: minucias como esas no son nada comparadas con ese sentimiento desolador de que su primera novela no sólo no era buena sino que era falsa. Nadie le acusa de eso. Los críticos, cuando critican, hablan del andamiaje, de la pintura de la novela, de una mala metáfora, de un fragmento tedioso y confían en que esos detallitos se arreglarán en la siguiente obra. Y respecto a María Gómez, todos están de acuerdo en que ella es justo como cualquiera se imaginaría a una economista latina y corrupta que trabajase para el gobierno. Clive está contento y cumplido. Trabaja en la siguiente novela.

2. Un oficio que desafía al oficio.

Este es el final de cuento de Clive. Su propósito era sugerir que en algún lugar, entre la necesaria superficialidad del crítico y la deshonestidad natural de escritor, se pierde la verdad con la que podemos juzgar el éxito o el fracaso literario. Es muy difícil que los escritores hablen con franqueza sobre su propia obra y más en un mercado literario en que se necesita que no sólo sean escritores sino también productos para vender. Siempre es más fácil si se despersonaliza la pregunta. Preparando este ensayo le escribí a bastantes escritores (bajo la promesa del anonimato) para preguntarles cómo juzgaban su propio trabajo. Un escritor, poseedor de una mente filosófica y analítica, respondió convirtiendo mi sencilla pregunta en una serie más interesante:

“Siempre he pensado en lo fascinante que sería preguntarle a los escritores vivos: ‘Sin pensar en los críticos, ¿qué piensas que está mal con tu propia escritura? ¿Cómo soñabas que era el libro antes de que fuera escrito? ¿Cuáles eran tus mayores esperanzas? ¿Cómo dejaste que no se materializaran?’ Un mapa de decepciones: eso sí sería una revelación”.

Un mapa de decepciones, lo que Nabokov llamaría un buen título para una mala novela. Me parece una guía más que adecuada para la tierra en la que viven los escritores, un país que imagino como una enorme playa con los esperanzados escritores en la costa mientras su novelas perfectas se apilan en la orilla opuesta, inaccesibles. En la costa hay cientos de muelles, de “puentes de decepción”, como los llamó Joyce. Muchos escritores, con frecuencia, se mojan. Para qué mojarse si eso no le interesa a los lectores o a los críticos que sólo juzgan la novela húmeda que tienen enfrente. Pero para los que escriben novelas, lo importante, al menos, es entrar al muelle y llegar al otro lado. Para los escritores, escribir bien no es sólo oficio sino una cuestión de carácter. ¿Qué cuesta escribir bien? ¿Qué cualidades personales se necesitan? ¿Qué le falta a un mal escritor? En muchas de las profesiones humanas no nos avergüenza hacer una equivalencia entre personalidad y capacidad. ¿Por qué no hablamos de eso cuando hablamos de libros?

En mi experiencia, cuando un escritor se junta con otros escritores y la conversación se encamina a los fallos de sus diversos estilos, se puede escuchar un lenguaje un tanto diferente al de los críticos. Los escritores no dicen “no investigué lo suficiente” ni “yo pensaba que Casablanca estaba en Túnez” ni “creo que cosifiqué el concepto de femineidad”. O, al menos, no consideran que esos sean los problemas centrales. Se preocupan de cómo lo que han escrito revela lo mejor y lo peor de ellos mismos. Los escritores sienten, por ejemplo, que lo que parecen ser malas decisiones estilísticas tienen, con frecuencia, una dimensión ética. Los escritores saben que entre el ideal platónico de la novela y la novela real siempre está el maldito yo: vano, tramposo, miope, cobarde, comprometido. Por eso, escribir es un oficio que desafía al oficio: con solo oficio no se hace una buena novela. Es difícil que los escritores jóvenes, como Clive, lo entiendan al principio. Un ebanista con oficio hace buenos muebles, y un zapatero con oficio arregla bien los zapatos, pero los escritores con oficio rara vez escriben buenos libros y casi nunca grandes obras. Hay un elemento malvado en todo esto: por conveniencia lo llamaremos el “yo” aunque, en tiempos menos metafísicos, con el “alma” hubiera servido. En nuestras conversaciones públicas sobre literatura somos bastantes puritanos sobre la relación entre el yo y las novelas. Nos repele la idea de que escribir ficción sea, entre otras cosas, una cuestión de carácter. Nos gusta pensar en la ficción como un lugar para jugar con el lenguaje, independiente de quien lo organice. Por eso, en la imaginación pública, la confesión “no dije la verdad” significa fracaso cuando lo dice James Frey y no significa nada cuando lo dice John Updike. Creo que lo que piensan los escritores es diferente. Aunque lo decimos en público muy pocas veces, sabemos que nuestras novelas no están desconectadas de nosotros como le gustaría imaginar al lector y nosotros pretendemos. Es esta faceta íntima del fracaso literario lo que es interesante, el modo en que los escritores fracasan según sus propios términos: privados, difíciles de expresar, totalmente fuera de lugar en la atmósfera regulatoria de las críticas o la interrogación objetiva de los seminarios y, aún así, verdadero.

3. Lo que saben los escritores.

Primero lo primero: los escritores no tienen un conocimiento ni perfecto ni superior sobre la cualidad, ni sobre nada, de su propio trabajo. Dios sabe que muchos escritores, incluso, se engañan sobre su propio talento. Pero los escritores tienen un conocimiento diferente al de los profesores o los críticos. Ocasionalmente vale la pena escucharlos. La visión interna de quien practica la profesión es, para bien o para mal, única. Es lo que se encuentra en la crítica de Virginia Woolf, de Iris Murdoch, de Roland Barthes. Lo que une a esos críticos tan diferentes es la confianza en que todos ellos han hecho la conexión entre personalidad y prosa. Por decirlo claramente: la suya no es crítica biográfica en sentido estricto ni tampoco crítica moral, y nada de lo que escriben puede reducirse a formulaciones infantiles del tipo “sólo los hombres buenos escriben libros buenos” o “uno debe entender la vida del escritor para entender su obra”. Pero tampoco piensan que la personalidad del escritor sea irrelevante. Entienden el estilo, precisamente, como una expresión de la personalidad, en su sentido más amplio. La personalidad de un escritor es su modo de estar en el mundo: su escritura es un trazo innegable de ese modo. Cuando se entiende el estilo en esos términos, no se piensa en él sólo como una sintaxis asombrosa, como la guinda en un pastel literario, ni como el resultado incontrolable de alguna misteriosa imbricación con el lenguaje. El estilo ha de verse como una necesidad personal, como la única expresión posible de una conciencia humana individual. El estilo es el modo de un escritor de decir la verdad. El éxito literario, o el fracaso, depende no sólo de la disposición de las palabras en la página sino de la disposición de la conciencia, lo que Aristóteles llamaba la educación de las emociones.

4. Tradición contra el talento individual.

Pero antes de que sigamos por ese camino, se alza T.S. Eliot, el más distinguido de nuestros críticos-escritores. En su famoso ensayo de 1919, “La tradición y el talento individual”, Eliot menospreció la idea de conciencia individual, de la personalidad, en la escritura. Apenas existe algo así, reclamaba, y lo que había de eso no era interesante. Para Eliot, los aspectos más individuales y exitosos de la obra de un escritor son precisamente esos lugares en que sus ancestros literarios se han asegurado con mayor fuerza la inmortalidad. El poeta y su personalidad son irrelevantes, la poesía lo es todo y la poesía sólo puede entenderse a través del cristal de la historia literaria. Ese ensayo está escrito en un estilo tan elevado, con tal autoridad, que aunque la experiencia como escritor sea opuesta, uno se siente intimidado a creérselo. “La poesía,” dice Eliot, “no es soltar la emoción sino un escape de ella; no es la expresión de la personalidad sino un escape de la personalidad”. “La progresión de un artista,” dice Eliot, “es un sacrificio continuo, un extinción constante de la personalidad”. Estos credos parecen tan impersonales, tan desinteresados, que es fácil olvidar que el joven crítico preparaba las camas en las que el joven poeta se acostaría. Y Eliot necesitaba -dado los complicado y escandaloso de su vida privada y lo poco que le gustaba que se entrometieran en ella- separar radicalmente lo personal de lo poético. Tan preocupado como estaba de mantener su privacidad que durante todo el ensayo usa la palabra personalidad simplemente como el recuento de los hechos biográficos.

Pero esa es una visión estrecha. La personalidad es mucho más que el detalle autobiográfico; es nuestro modo de procesar el mundo, nuestro modo de ser y no puede separarse del resto de muestras actividades. Es nuestro modo de actuar.

Eliot puede que fuera un tanto rudo en su defensa de la impersonalidad en su escritura en el sentido superficial (si por eso entendemos que no relevara detalles personales como el hecho de que había encerrado a su esposa en un manicomio) pero nunca había estado tan influido el trabajo de un escritor por su personalidad, por sus creencias sobre la naturaleza del mundo. Al resaltar ese elemento de su trabajo como modelo de la impersonalidad, una devoción por la tradición, esa devoción es la misma definición de la personalidad en la escritura. Las elecciones que hace un escritor dentro de la tradición, preferir a Milton sobre Moliere, preocuparse más de Barth que de Barthelme, constituyen la información más personal que podemos tener sobre él.

No hay duda de que el ensayo de Eliot, con su promesa de “detenerse en las fronteras de la metafísica y el misticismo”, es una brillante demarcación de lo que está propiamente dentro de lo dicho, o como él escribe, “la persona responsable que está interesada en la poesía”. Propone una frontera bastante razonable entre lo que podemos y no podemos decir sobre un escrito sin avergonzarnos. Eliot era honesto cuando quería que las dos, la escritura y la crítica, se acercaran a la ciencia. Comparó, en una formulación ya famosa, al escritor con un pedazo de platino introducido en una cámara que contiene oxígeno y dióxido de sulfuro. Esta analogía ha resultado ser una aspiración útil para los críticos. Eso ha permitido que se crea en el escritor como un catalizador, que entra a una tradición, realiza un truco de recombinación con significado y no deja el más mínimo trazo de sí mismo o, al menos, ninguno del que crítico tenga que preocuparse. La analogía de Eliot liberó a los críticos para que se dedicaran a la crítica independiente, radicalmente creativa y no biográfica con la que habían soñado y a las que sentían que tenían derecho. Para los escritores, sin embargo, la analogía de Eliot no funciona. La escritura no es una ciencia objetiva y los escritores tienen, además de tradiciones, personalidades que entender y asimilar. Es verdad que, como Eliot propone, los escritores tienen que entender sus culturas y los libros del pasado, pero también existe la innegable existencia propia y que también requiere cuidado y desarrollo. El propio ser no es como el platino. Deja rastros por todas partes. Que Eliot no quisiera hablar de él, no quiere decir que no existiera.

5. Escribir como traición a uno mismo.

Regresando a mi sencillo argumento que es que los escritores tienen una personalidad propia y que su desarrollo o cualquier cosa que le afecte, juega un papel importante en su éxito literario o en su fracaso. Este hecho vergonzoso no le sirve de nada al profesor o al crítico, pero para los escritores es de una importancia suprema. El poeta Adam Zagajeswski habla de eso en un poema:

Es pequeño y no más visible que el grillo

En agosto. Le gusta disfrazarse, enmascararse

Como a todos los enanos. Habita

Entre bloques de granito, entre verdades

Que sirven. Se acomoda incluso

Bajo una curita, bajo el adhesivo. Ni los oficiales de aduanas

Ni los perros más entrenados lo encuentran. Entre himnos,

Entre alianzas, se esconde.

Para mí, la escritura siempre es el intento de que esa personalidad elusiva y de mil facetas se revele y aún así su revelación total, como sugiere Zagajewski, es una quimera imposible. Es imposible representar toda la verdad de todas nuestras experiencias. De hecho, es imposible saber qué significa eso aunque nos aferramos insistentes a tener una idea de cómo sería del mismo modo que Platón se aferraba a la idea de las formas. Cuando escribimos tenemos una idea de la revelación total de la verdad, pero no nos damos cuenta. Y por eso, como sustitución, cada escritor se pregunta con qué verdades que le sean útiles puede vivir, qué alianzas son lo suficientemente fuertes como para aferrarse a ellas. La respuesta a todas esas cuestiones es lo que separa a los experimentalistas de los llamados “realistas”, a los cómicos de los trágicos, a los poetas de los novelistas. ¿Cómo, se pregunta el escritor, puedo describir del modo más verdadero el mundo tal y como es experimentado por mí en concreto? Y es desde ese punto de partida desde el que cada escritor sale para establecer un compromiso individual consigo mismo que es siempre un compromiso con la verdad hasta donde sea posible que uno la conozca. Por eso el sentimiento más común cuando uno relee su propia obra es el Prufrock: “No es esto… no es esto lo que quería decir”. Escribir sabe a traición, a fracaso.

6. Escribir como inautenticidad.

Otro novelista, en otro correo, me hacía la siguiente pregunta “¿cómo se define el fracaso literario?”

Una vez un alumno de preparatoria me preguntó en Chennai por qué tenía tantas ganas de agradar. Así es como defino el fracaso, algo que se hace para lo que Heidegger llamaba “Das Mann”, ese “ellos” indeterminado que se asoma por encima del hombro, cegando el sentido del juicio. Lo que él, no yo, llamaría autenticidad.

Los novelistas, como yo y supongo que como todos lo que ha crecido bajo el signo de la posmodernidad, son escépticos del concepto de autenticidad, especialmente de lo que se ha dado en llamar “autenticidad cultural”. Es más, ¿quién de nosotros puede ser más o menos auténtico de lo que es? Se nos enseña que la autenticidad no tenía sentido. Visto lo visto, ¿como asumir el hecho de que, como escritores, al fracasar el fracaso más profundo, el más auténtico es el de la traición a uno mismo?

Suena grandilocuente: quizá sea mejor empezar con el mínimo común denominador del de la traición literaria, el favorito de los críticos, el cliché. ¿Qué es el cliché sino el lenguaje que pasa hasta Das Mann, utilizado y reutilizado miles de veces antes de llegar a uno, y que nunca es el lenguaje correcto para la íntima parte de la visión a transmitir? Con un cliché uno se rinde al entendimiento común, se toma un atajo, se ha re-presentado lo que resulta agradable y conocido antes que arriesgarse a lo verdadero y extraño. Es un fracaso estético y ético: por decirlo claramente, no se ha dicho la verdad. Cuando los escritores admiten fracasos, los que les gusta admitir son los pequeños. Por ejemplo, en mis personajes alguien “rebusca en su bolso”, algo es porque yo era perezoso y no me paraba a pensar en como separar el “bolso” de su viejo y persistente amigo “rebuscar”. Rebuscar en un bolso es ir sonámbulo por la frase, una traición muy pequeña, pero traición al fin y al cabo. Hablando personalmente, la verdadera razón por la que escribo es para no tener que ir caminando sonámbulo toda mi vida. Es muy fácil admitir que hay frases que nos hacen enrojecer. Resulta más complicado confrontar el hecho de que para muchos escritores habrá párrafos, personajes, libros completos, por los que se pasa sonámbulo y para los que “inautentico” es el término acertado.

7. ¿Tienen deberes los escritores?

Toda esta charla sobre la autenticidad, sobre la traición, presupone un deber, una obligación que afecta a los escritores y a los lectores. No está muy de moda hablar de cosas como el deber literario: lo que debería ser, cómo fallamos en nuestro intento de alcanzarlo. Deber no es un término literario. En estos días cuando hablamos de deberes literarios, nos referimos al punto de vista del lector como consumidor de literatura. De lo que hablamos en realidad es de derechos del consumidor. Según esos parámetros el deber del escritor es complacer a los lectores y querer hacerlo y ese deber tiene varias divisiones: el deber de ser claro, interesante e inteligente pero no oscuro, escribir con el lector promedio in mente, tener buen gusto. Pero, por encima de todo, el escritor contemporáneo tiene el deber de entretener. Los escritores que se alejan de dichas obligaciones se arriesgan a pocos lectores y el ridículo crítico. Las novelas que remiten a una visión compartida de lo que es entretenimiento, con personajes que hablan con el reconocido dialogo de las telenovelas, con argumentos que recorren caminos trillados y regresan al lector a casa sano y salvo, siempre serán bienvenidas. En esta época no es bueno, en literatura, ser una curiosidad. Los lectores parece que quieren ser representados, como en las urnas, y para hacerlo, la ficción necesita ser general, no particular. En la ficción contemporánea un escritor debe entretener y ser reconocible, cualquier otra cosa es considerada un fracaso y rechazada por los lectores.

Personalmente, no tengo nada en contra de los libros que entretienen y resultan agradables, que son claros, interesante e inteligentes, que demuestran buen gusto y que no son oscuros, pero ninguna de esas cualidades me parece a mí que sean las esenciales para la experiencia central de la ficción y aunque no estuvieran eso no anula la posibilidad de que la novela que estoy leyendo pueda cumplir todavía el único deber que me importa. Para los escritores, según lo veo yo, sólo hay un deber: el deber de expresar de modo exacto su modo de estar en el mundo. Pido perdón si esto suena genérico e impreciso. Escribir no es una ciencia y estoy hablando en los únicos términos que tengo para describir lo que intento una vez y otra (aunque falle en alcanzarlo) cuando me siento frente a la computadora.

Cuando escribo lo que estoy intentando expresar es mi manera de estar en el mundo. Este es, principalmente, un proceso de eliminación: una vez que se han removido el lenguaje muerto, los dogmas de segunda mano, las verdades que no son propias sino de otros, los lemas, los slogans, las mentiras nacionales, los mitos de la propia época histórica, una vez que se ha removido todo lo que da forma a la experiencia pero uno no reconoce ni cree, lo que queda es algo que resulta ser más o menos la verdad de una convicción propia. Eso es lo que busco cuando leo una novela: la verdad de una persona, por lo menos la parte que puede ser transmitida mediante el lenguaje. Este único deber, propiamente perseguido, produce resultados complicados y diferentes. Esto no es una llamada a la autobiografía, aunque siempre haya escritores que confundan el deseo del lector de una verdad personal con su llamado a escribir un tratado o un discurso o unas memorias apenas disfrazadas en las que ellos mismos son los héroes. La verdad de la ficción es una cuestión de perspectiva, no de autobiografía. Es lo que no puedes evitar decir si escribes bien. Es la marca de agua que corre por todo lo que haces. Es el lenguaje como revelación de una conciencia.

8. Nos negamos a ser otro.

Una gran novela es la intimación de un acontecimiento metafísico que nunca puede llegar a conocerse, no importa cuánto se viva, no importa cuánto se ame: la experiencia del mundo a través de una conciencia que no es la propia. Y no me importa si esa conciencia prefiere pasar el tiempo en salones de dibujo o en chats de internet, no me importa si usa una esquina de dorito como su protagonista o a la encantadora hija mayor de una familia burguesa, no me importa si se niega a usar la letra e o cruza cinco continentes en dos mil páginas. Lo que da unidad a las grandes novelas es la manera individual en la que articulan la experiencia y nos obligan a estar atentos, la manera en que nos despiertan del sonambulismo de nuestras vidas. Y el gran placer de la ficción es la variedad de ese proceso: la prosa de Austen nos hace estar atentos de un modo distinto y a distintas cosas que la de Wharton, el sueño del que Philip Roth nos quiere despertar cuenta como sueño aunque Pynchon sea el guardián de los sueños.

Una gran pieza de ficción puede demandar que se reconozca la realidad de su proposición más extraña, sin importar lo ajena que nos pueda resultar. También obliga a conceder la radical otredad que hay en las cosas que nos resultan más familiares. Por eso el lector con talento entiende que George Saunders es tan realista como Tolstoi, que Henry James es tan experimental como George Perec. Los grandes estilos representan un intermediario entre el “mundo” y el “yo” y el mismo hecho de que el intermediario sea diferente en calidad y cualidad de la propia conciencia es donde reside el poder de la ficción. Los escritores nos fallan cuando ese intermediario está fabricado según nuestras necesidades, cuando se rinde a las generalizaciones de la época, cuando nos ofrece un mundo que sabe que aceptaremos porque ya lo hemos visto en la televisión. La mala escritura no hace nada, no cambia nada, no educa ninguna emoción, no reconecta ningún circuito interior. Cerramos las tapas de esa novela con la misma confianza metafísica en la universalidad de nuestro intermediario con que las abrimos. Pero la gran escritura fuerza a lector a que se someta a su visión. Si se pasa la mañana leyendo a Cheéov, en la tarde, paseando por el vecindario, el mundo se ha vuelto chejoviano: la camarera del café ofrece un non-sequitur, un perro baila en la calle.

9. El sueño de una novela perfecta enloquece a los escritores.

Ese es el sueño que persigue a los escritores: el sueño de la novela perfecta. Es un sueño que sólo causa caos y tristeza. El sueño de esa novela perfecta es el sueño de una revelación perfecta del ser. En América, donde el uno está tan íntimamente tejido con lo social, su sueño de la novela perfecta se denomina “la Gran Novela Americana” y requiere la revelación del alma de una nación, no de un individuo… Aún así pienso que el principio es el mismo: a ambos lados del Atlántico soñamos con una novela que cuente la verdad de la experiencia perfectamente. Semejante revelación es imposible. Siempre será una visión parcial e incluso una visión parcial es difícil de conseguir. La razón por la que es difícil pensar en nada más que un puñado de buenas novelas es por el deber del que he estado hablando, el deber de registrar adecuadamente la verdad de la propia concepción de uno, es un deber de lo más demandante. Si, cada treinta años, la gente se queja de que sólo se han publicado unas pocas novelas de primer nivel, es porque hay muy pocas. El genio, en la ficción, siempre ha sido y siempre será muy raro. El hecho es que contar la verdad de la concepción propia -dada la naturaleza de nuestro mundo mediático, dada la naturaleza compartida y ambivalente del lenguaje, dada la naturaleza elusiva, falsaria y traicionera del yo- realmente necesita un genio, realmente demanda de su creador una integridad estética y ética que hace que los ojos de uno se humedezcan sólo de pensar en eso.

Pero no hay ninguna razón para ponerse a llorar. Si es verdad que las novelas de primera clase son raras, también es verdad que a lo que llamamos el canon literario es realmente la historia de la segunda división, el legado de los fracasos honorables. Cualquier escritor debe estar orgulloso de unirse a esa lista al igual que cualquier lector debe sentirse orgulloso de leerlos. La literatura que amamos no es más que los fragmentos de un intento, no el monumento completo. El arte está en el intento y ese modo de entender lo-que-está-fuera-de-nosotros usando sólo lo que tenemos dentro de nosotros es uno de los trabajos emocionales e intelectuales más duros que se puede hacer. Es un deber del escritor. Es un deber del lector. ¿Ya hablé de eso?

10. Nota para los lectores: una novela es una calle de dos direcciones.

Una novela es una calle de dos direcciones en la que la labor que se requiere a ambos lados es, al final, igual. Leer, cuando se hace con propiedad, es tan difícil como escribir. Realmente creo que así es. Aquellos que ponen a la lectura junto a la experiencia pasiva de ver la televisión, lo único que hacen es sobajar la lectura y a los lectores. La analogía más acertada es la del músico amateur que coloca la partitura en el atril y se prepara para tocar. Debe usar sus propias habilidades, ganadas con trabajo, para tocar esa pieza. A mayor habilidad, mayor el regalo que otorga al compositor que el compositor le otorga.

Esta es una concepción de la “lectura” de la que oímos poco. Y, sin embargo, cuando se practica la lectura, cuando se pasa tiempo con un libro, la vieja moral del esfuerzo y la recompensa es innegable. Leer es una habilidad y un arte y los lectores deben estar orgullosos de sus habilidades y no avergonzarse de cultivarla sin más razón que el hecho de que los escritores los necesitan. Para cumplir su misión, el escritor toma a un lector ideal, al tipo de lector que es lo suficientemente abierto como para permitir en su mente un retrato de una conciencia tan radicalmente diferente de la suya propia que resultaría casi ofensiva a la razón. Los lectores ideales caminan hasta el plato del estilo del escritor para que juntos, lector y escritor, saquen la pelota del campo.

Lo que digo es que un lector tiene que tener talento. De hecho, bastante talento porque incluso el lector más talentoso descubrirá que bastante de la tierra de la literatura es un terreno tramposo. Porque ¿cuántos de nosotros sentimos el mundo como lo sintió Kafka, un mundo en el que es imposible siquiera ir de un pueblo al otro? ¿Cuántos podemos imaginar un mundo sin nombres como lo hizo Borges? ¿Cuántos quieren ser tan generosos en las emociones como Dickens o tomarse tan en serio la fe como hizo Graham Greene? ¿Quién de nosotros tiene la capacidad para la alegría de Zora Neale Hurston o el estomago fuerte de Douglas Coupland? ¿Quién tiene la delicadeza de llegar al fondo de la sutil gradación de Flaubert o la paciencia y la voluntad de seguir a David Foster Wallace por sus intrincadas y reiterativas espirales del pensamiento? Las mismas habilidades que se usan para escribir se usan para leer. Los lectores les fallan a los escritores tanto como los escritores a los lectores. Los lectores fallan cuando se permiten creer en el viejo mantra de la ficción es algo en lo que uno se identifica y que los escritores son los tipos amenos a los que se busca cuando se quiere confirmar la propia visión del mundo. Esa es una de las muchas cosas que la ficción puede lograr, pero el truco está en una magia mucho más profunda. Ser mejores lectores y mejores escritores es lo que cada uno ha de demandar en el otro cada día con un poco más de fuerza.

Publicado originalmente en The Guardian el 13 de enero de 2007. Traducción de José Luís Justes Amador.

Zadie Smith nació en Inglaterra en 1975. Es autora de tres novelas: White Teeth, The Autograph Man y On Beauty.

domingo, 21 de septiembre de 2008

El Héroe de las mil películas

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, George Lucas leyó el libro de Joseph Campbell y produjo una saga épica que aún se parodia en nuestros días. En verdad, no es difícil percibir la estructura. En los primeros tres largometrajes, una serie de fallas en los héroes provoca el surgimiento de Darth Vader: Qui-Gon Jin muere ante Darth Maul, provocando que Obi-Wan tome su lugar, el lugar del padre; Yoda no puede eliminar a Dooku; Anakin falla todas las pruebas, incluídas el matrimonio sagrado y la superación del padre, Obi-Wan. En los siguientes tres, el foco se mueve hacia un nuevo héroe: Luke, capaz de superar todas las pruebas, incluída la superación del padre (aquí, de manera literal), la purificación del alma por la renuncia al cuerpo (y al incesto, al reconocer a su hermana en Leia) y el retorno a la aldea o el ambiente familiar para enseñar lo aprendido (de nuevo, de manera literal, el héroe es un maestro Jedi). Pero Campbell propone otras fórmulas, más cómicas que épicas, y Lucas las usó para sus cuatro cintas de Indiana Jones.

Aquí, el héroe (Indiana) va por voluntad propia por un bien deseado, todos ellos, relacionados con la divinidad (las piedras Adi Shankara, el Arca de la Alianza, el Santo Grial, la Calavera de Cristal). El héroe debe sortear una serie de pruebas, pero éste no es todopoderoso, y, a menudo, es más bien sobrepasado en términos de poder (Indiana contra la mafia chin, contra los nazi, los rusos). Su capacidad para improvisar e investigar es lo que lo salva del aprieto: si hay un patrón de dibujo en el suelo, seguirlo te llevará al tesoro; si la fe ciega te llevará al Grial, no confíes en tus ojos, y aparecerá el camino. Esta misma característica, la preparación para presentarse ante la divinidad, es la que lo salva de un trágico final, al contrario de sus perseguidores o adversarios (Indiana sabe que el grial sería más bien una copa de madera, pero sus captores toman la más barroca y mueren). Finalmente, el retorno no puede ser feliz y sencillo ya que, como se ha dicho, éste no es un héroe de poder físico que tome el poder del padre a garrotazos o sablazos; este es casi un bufón, un duende travieso al que le es permitido escapar con el conocimiento adquirido gracias a su inteligencia e ingenio. Indiana no es un héroe que regresa como un gran Maestro Jedi a dirigir a sus alumnos; es un héroe perseguido que, luego de luego de vivir innumerables aventuras por el desierto y la selva, se ve reducido a dar clases a un aburrido grupo de estudiantes de arqueología. Es decir, es un héroe que regresa a compartir lo que ha conseguido, pero sus alumnos no lo toman en serio.

La misma fórmula puede encontrarse al infinito en una y mil películas, no sólo norteamericanas, también chinas, japonesas o hindúes. En Piratas del Caribe, por ejemplo, Will toma el poder del padre, simbolizado en la figura de Davy Jones, mientras que Jack Sparrow realiza el viaje más allá de la muerte y vuelve con su preciado barco (aunque al final vuelva a perderlo). En WuJi (El Guerrero de la Armadura Roja), el héroe toma el poder de otro padre simbólico (el emperador WuHan) a través de un objeto mágico (la capa del tiempo). Sólo así KunLun puede atravesar el umbral de la eternidad y escapar con su princesa.

El héroe que falla o se niega al retorno parece más bien una figura propia de la tragedia. En Camino a la Perdición, el joven Michael sólo puede volver a la granja tras el sacificio del padre (en realidad, el muchacho nunca logra obtener el poder). En Moulin Rouge, Christian sólo escribe tras la muerte de Satin; aquí, el padre es aquél que tenga posea a la madre simbólica (la cortesana), en este caso, el Duque. Ambos héroes, Michael y Christian no obtienen un desarrollo tras lo aprendido; se quedan en la misma situación en que acabaron. En La Maldición de la Flor Dorada la estructura ni siquiera se disfraza: el príncipe Jai literalmente debe asesinar a su padre para liberar a su madre y obtener el trono. En este caso, el joven falla, y a pesar del perdón paterno, se niega a regresar al estado previo a su rebelión, por lo que se suicida.

Campbell ilustra estos patrones, estos caminos del héroe en la literatura popular, en el ámbito del mito el de los cuentos de hadas, es decir, en obras más antiguas que la palabra escrita. No es de extrañarse que las mismas fórmulas se sigan repitiendo en otras formas de la palabra no escrita (al menos en su formato terminado, como es el caso del cine). Después de todo el ser humano sigue haciéndose las mismas preguntas: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? La posición del hombre en su entorno (la aldea, el pueblo, la ciudad) cambia con él mismo (niño, adolescente, adulto), lo que explica que toda obra se trate de un viaje, ya sea interno (en meditaciones o crecimiento de carácter, como Michael al acercarse al mundo del padre, Christian al enamorarse de Satin) o externo (el viaje de Luke a la Estrella de la Muerte, el de Indiana al Templo de la Perdición, el de KunLun al pasado).

Desde el punto de vista del psicoanálisis (que desde el que escribe Campbell), lo ideal al final de un viaje es el retorno. Así, el individuo experimenta un verdadero crecimiento como persona y es capaz de transmitir ese conocimiento, lo que impulsa el desarrollo de su sociedad. Pero, ¿qué haríamos con Hamlet, Edipo y el príncipe Jai?

En la literatura y sus obras derivadas, no importa tanto el final, sino el viaje. Hamlet no regresa, pero tenemos ya la obra escrita que nos cuenta su tragedia; Jai se suicida, pero ya vimos todo lo que fue capaz de hacer y deshacer con tal de salvar la vida de su madre.

Finalmente, hay algo que a veces se olvida, una vez leídos estos libros, o escuchadas las declaraciones de Lucas: primero es la obra y después la estructura. Campbell escribe su libro para analizar obras de todos los tiempos y todos los confines de la tierra, y no al revés. No se hizo el libro de reglas y después obras que encajaran en ellas como huevos en su huevera. Es muy probable que la mayoría de los autores de las cintas aquí citadas no hayan leído nunca el libro de Campbell, y aún así, las teorías se ajustan a las obras. Poe ello Campell explora tantas posibilidades: el héroe que pasa las pruebas y el que no, el que triunfa y el que no, el que regresa y el que no. Un escritor no puede escribir pensando en la estructura primero y en la obra después, o la condena a muerte; debe dejarla respirar y después, trabajarla, analizarla, ver qué es el pequeño monstruo que tiene en las manos para decidir si un día se convertirá en el águila trágica del Cid o en un grotesco guajolote de Navidad.


- 1999. Cynthia N. Sánchez

miércoles, 17 de septiembre de 2008

SIGUIENDO A LOLA

Cuenta número 1987. Hernández García Fernando de Jesús.
México, DF., agosto 20 de 2008. (Penúltima revisión septiembre 17 de 2008)
AMISTOSO.

Ese ruido ¿Qué hora es? Dejaron algo en la estufa y no me avisaron. Se oye como si estuvieran friendo. Algo pusieron a calentar y se les olvidó apagarle. Pero no huele a quemado. Si estoy solo, es puente, mis papás se fueron a su pueblo, me dejaron solito todo el fin de semana. Ahora si, Nerón te quedaste corto ¿A quien le aviso? Ni modo, tendré que inventar algo, para este larguísimo fin de semana.
Ese ruido. El calentador, no es. Las llaves de la estufa; están cerradas ¿Ese ruido, donde lo he escuchado? Ya sé, así se oye donde hay acuarios, como el ronroneo de un mega gato. Otra vez los del piso de arriba dejaron las llaves del agua abiertas. Aunque sea me pongo los pantalones y voy a ver, que tal, y se está quemando el edificio. Ese ruidito es agradable.
Es increíble; en este edificio vivo, que oscuro, cuanta basura. No hay agua derramada, ni bajando en cascada por la escalera. El ronroneo, no lo oigo. Ese ruido. Pisadas ¿Quién anda ahí? ¿Qué animal será? Puede ser una rata ¿traigo las llaves? Si, ya sonaron. Porque si me quedo afuera, son muchos días; sin dinero, sin comida, sin bañarme, sin cagar, bueno si no como que me va a salir. Si, traigo las llaves, ya puedo cerrar la puerta, que tal si se mete ese animal, aunque puedo dejarle comida en el piso y esperar que regresen mis papás y lo descubran. ¿Y si está cebado y espera que me duerma y me ataca? ¿Y si me arranca un pedazo de nariz? No, de nariz no, me afearía un poco. De mejilla, tampoco. Mejor que me muerda un dedo, pero que no sean el índice o el pulgar de ninguna de las dos manos. ¡Uf! Que feo sentí nada más de imaginarlo, que tal y me muerde el pirrín. ¡Puaf! Me dieron ganas de orinar, no quiero ser personaje de novela.
¿Está fundida una lámpara de la calle o todavía no amanece? Aquí está muy oscuro. Creo que está en aquel rincón, parece inofensivo. ¿Como le hago para que se acerque? quis, quis, quis, michu, michu, michu, ha de ser extranjero y no entiende el español.
Si la montaña no viene a mí, yo me acercaré a la rata. ¿Qué asco, o miedo? Neta, una mezcla científica, de las dos. Ya se movió, viene hacia mí. Esta pared no estaba, no puedo retroceder. Se prepara para saltar; me va a morder ¡Ag, me va a matar!
Que pelo tan abundante y tan suavecito ¿Será de mi vecina este animal? Creo que estaba dormido. ¿De donde saqué que había tanta basura? La sensatez es mala consejera; a la mejor ni tenía los ojos abiertos, hay tanta luz pareciera que estamos en el parque, a mediodía. Que manso es el animalito y que calientita tiene su pancita. Voy con la señora…mi vecina a devolverle su mascota; aunque cuando trataba de someter a esta fiera salvaje, de reojo pude ver que alguien salía de su casa; un ojo al animal, y el otro a que vestía muy elegante, olía riquísimo, tal vez era su hija ¿Quién es? ¡E l v i r a, que bien te ves! Mejor voy a desayunar algo ¿Por qué no abren? Tengo mucho rato tocando.
Animal ¿Dónde estás? Ya te vi, vas a tirar el cortinero. Pareces gimnasta, como se marcan tus músculos, me alegra que lleves esa vida tan sana. ¿Qué vas a comer? Ya sé que la leche no te gusta, yo me voy a abrir una lata de sardinas ¡Guácala! si antes no me gustaban ¿Por qué se me habrán antojado? Qué feo huelen, dan ganas de vomitar. Las echo en este plato. Mientras lavo la lata, y la meto en una bolsa para que el olor se vaya pronto. Bájate de la mesa, mira ya tiraste el florero, que bueno que no se rompió. ¿Te tragaste todas las sardinas? Que bueno; pero te faltó, el plato.
Animal ven a mirar tu retrato ¿Qué te parece? La semejanza es bastante. Porque pareces gato, pero todavía no descubro que te falta. Por los ojos y las orejas pareces Rex; pero el pelaje tan abundante, aunque no tienes cara de enojado, te haría un persa; pero esos, el Rex y el Persa son gatos y a ti, algo te falta.
Orale, ya encontré lo que te falta, los cojinetes de tus cuartos no son como los de todos los gatos, tienen una hendidura, parecen ventosas, y tampoco tienes uñas, iba a decirte otra cosa, pero ¿si me acusas de acoso? Está bien te diré, no parecen ventosas parecen nuchitas, ja, ja, ja, bájate de mi cabeza.
Hemos tenido una mañana muy agitada, vamos a descansar un rato, acuéstate conmigo, ¿Qué haces? Estás mullendo mi panza para estar más cómodo, hazme más, es agradable y muy reconfortante. Elvira me sorprendió; gratamente, no la conocía así. Que bonita, con su mallón blanco, su top a medio ombligo y esa sonrisa que me dedicó cuando me dijo “estás muy grande para jugar con muñecas”. No se dio cuenta que eras tú. ¿Cómo estarán mis papás? Que malo que no puedas contestar el teléfono, me tendré que parar. Ahorita estaba pensando en ustedes… Cuando se regresan, ah es cierto, si apenas se acaban de ir… Si me estoy portando bien, me dan permiso de organizar un reven… ¿No?... Y una fiestecita íntima… ¿Tampoco? … Pero mamá, acaso crees que no soy responsable… Está bien que se diviertan… Si, adiós.
Vente animal ¿animal donde estás, qué haces metido en el baño, a poco tomaste agua de la taza? ¿Te fijaste en Elvira? Voy a poner agua para café. Brinca animal, te cargo. No le conocía esos encantos, tiene de todo ¿Por qué andará tan arreglada? Si apenas, el otro día, tenía la cara llena de granos, y hoy que lisita se veía, me dieron ganas de acariciarla. Sobarle sus cachetitos, tocar su cuello con mis manos, rodear su cintura, apretarla, rozar su ombligo con mi dedo. Déjame sobarte el pescuezo. Me gusta tu ronroneo, bueno, si es un ronroneo. Me gustaría que viniera Elvira y me dijera: ayúdame con mi tarea, no le entiendo. Ya voy, voy, voy, no tengo alas en los pies.
- ¿Estás enojado? Que carácter
- No estoy enojado. Discúlpame, si. No sabía que eras tú. Estás guapísima
- Te invito a mi fiesta de cumpleaños
- ¿Es tu cumpleaños? Déjame felicitarte
- Eres un aprovechado
- Que bien hueles. Me faltó la otra mejilla
- Llega puntual a las siete, sin muñeca
- Sin muñeca y puntual a las siete.
El agua. El pocillo ya debe estar fundido. Queda poco agua. Casi se llenó la taza. Si no me gusta el café. Estoy muy raro; no me conocía tan atrevido, suertudo, y eso que todavía no me baño ¡Ay! Me quedó rasposa la lengua, que feo sabe, voy a esperar que se enfríe. Mientras, busco que ponerme. Está sucia; pero, se alcanza a secar. Tibio no sabe tan mal. Animal donde estás. Que viniera Ramiro y me dijera, pasaba por aquí y me dije: voy a pagarle, al Ferdi, lo que le debo. Así ya tendría para el regalo y hasta un aperitivo llevaría.
La fortuna llama a mi puerta. ¿Qué? Hoy es el último día para pagar la cuota de vigilancia ¿Cuánto es? Ahora sí, me convertiré en ermitaño, ayunaré, y seré un santo, un anacoreta. El teléfono.
Bueno… que no se me ocurra, porque tus papás no lo acostumbran, aquí en la casa tampoco, tenemos una botellita y nada más lo usamos para limpiar las heridas…Oye, quieres ser… Quieres que llegue más temprano… Para ayudarte con los preparativos… Para acompañarte a la tienda… Para cargar la bolsa del pan… Las que te adornan…Nos vemos… Si, ya sé, puntual.
Oye, deja mi taza, casi te acabas el café. A ver a que sabe frío. Sabe bueno. Que asco. Se me olvidó que te metiste al baño. Bueno, si te gusta el café, ya sé que no tomaste agua de la taza, pero no me fijé si te lavaste la cola. Tengo ganas de vomitar. Brinca, te cargo. En serio animal nos llevamos muy bien. Si nadie te reclama y podemos tenerte nos irá muy bien. Tienes la panza bien suavecita, eres una bufanda calientita, acogedora. Sabes animal eres mi talismán de la suerte, déjame sobarte la panza. Concéntrate, Ferdi, cierra los ojos y piensa, que Elvira me diga que sí, que sí, que sí.
La puerta. Estoy muy solicitado ¿Quién será?
- ¿Estará mi mascota en su casa?
- Si, Señora, está conmigo ¿Es un gato? Voy por el animal. Hace rato vi a su hija salir.
- Era yo
- ¿Era usted? Mire, aquí esta su gato, es un animal muy raro, pero… si. Si, tiene uñas.
- Todos los gatos tienen uñas
- Bueno si, todos tienen uñas, pero no las sacaba ¿su hija es tan hermosa cómo usted?
- No tengo hijas
- ¿No tiene hijas?
- Es usted muy guapa
- Es usted un jovencito muy galante. Ahí viene Elvira
- Ya la vi viene para acá
- ¿Ya son novios?
- Todavía no. Cuando quiera salir, con gusto cuido su gato. Nos llevamos muy bien
- Ya nos vamos. Hasta luego
- Sí señora, hasta luego.
- Hola, gustan pasar
- Vine por ti para que me ayudes
- ¿Si quieres que te ayude, eso me agrada?
- Te presento a mis primas
- Mucho gusto. Siéntense ¿Gustan tomar algo?
- No, apúrate
- Es muy temprano, no estoy listo. Nomás, me cambio y nos vamos.

martes, 16 de septiembre de 2008

CALVINIANDOLE


6 propuestas para el próximo Milenio

Cuando comencé el libro, no voy a decir que no dije: Yiuuuuh! La verdad a las 5 páginas era toda yo un bostezo. Que la hermana buena gente nos daba la reseña, que mil novecientos ochenta (ja, yo iba naciendo), que no se que…  y Levedad. Hasta ahí no iba nada leve el asunto. Pero, después de unas frases célebres – levedad como reacción al peso de vivir- uno le va agarrando el gusto a Don Calvino, y hasta le sonreía yo al viejito de la portada del libro. No voy a hacer un recuento de las seis virtudes, se me hace escueto, y fue como leer la guía “Todo sobre Europa” y decir, Mira, con tal emoción, Ahí estuve, en esa iglesia y esa piedra y esa banca, justo después de haber ido de mochilazo (lógico que los destinos que faltaron pues uno también los va saboreando en la guía y se da el tope en la frente cuando ve a esas holandesas que nunca vió en la cervecería).

Creo que es una cosa bien Darwinesca: la cadencia de la evolución, así que al mono se le cae el pelo y se da cuenta que piensa y de repente dice: Ay guey, igual y los demás también y no es tan facil hacerlos pendejos.  Pues que igual pasa con el libro y con sus invitados a tomar el cafecito: señor escritor, señor lector.

Señor escritor se da cuenta un dia que no era cosa de nada más sentarse y escupir un par de vomitados versos que luego medio peinaba para que se vieran bien y los mandaba a la fiesta para que se los cambiaran por medallas… ¡No! Y Señor lector se comienza a dar cuenta que no era tampoco de que le pongo pegamento a este recorte y me lo pego en la lengua para sacarlo en las fiestas ¡No!

El libro exigió un respeto mutuo. Los niños crecieron y quería que los dos pensaran, necesitaba que el escritor- hermano mayor- fuera más ágil, más rápido, menos viajado, por que el lector vivía cada vez más rápidamente también, entre autos y computadoras y su mente revolucionada, viajando a mil vueltas, requería retos para estar entretenida. Las historias digeridas eran cosa de niños. Ellos ya no eran unos niños, estaban creciendo. A los adolencentes hay que tenerlos muy entretenidos.

Así que Señor escritor tuvo que tener que aprender a tener respeto por su hermano Señor lector, para que este le tuviera respeto por que si no se gastaba su lana en antros, viejas y chupes, y no en libros , cosa que si pasaba, hermano mayor no iba a poder ir también de reven y eso que hermano mayor era como el que estaba menos ciego de los dos, se supone, y es el que tenía que manejar de regreso.

Muchas veces por querer ser demasiado… DEMASIADO, no sabemos como hacer para dar el mensaje sin arborecencias inutiles. En dos palabras pueden estar implicitas, otorgadas por un silencio pródigo, toda una ráfaga de sensaciones e ideas que el lector agradecerá a un escritor que sepa planificar su obra consisamente. Seguramente, entre más años de trabajo, es más posible ser breve. 

Fuera de que éste libro me pareció un poco “Italo can finally happilly die as a Hero” (and you can say he read like he had no life) puedo decir que es una obra fantástica, la cual resume una gran vida de trabajo, de pasión de parte de Calvino, que se desborda en su pluma. Un placer haber llegado a ella, y que ella llegó a mi.

En cuanto a nuestro encuentro, supongo que será muy últil para mis proyectos, y que lo que dejó en mi cerebrito, ya está más que impregnado para que cada vez que saque el lapicero recuerde: ser como el pájaro, no como la pluma.

Y ahora, el arte de saber acabar.

TAN TAN.

viernes, 12 de septiembre de 2008

REPORTE ITALO CALVINO

Cuenta número 1987. Hernández García Fernando de Jesús.
México, DF., septiembre 10 de 2008.
ITALO CALVINO.

Sabes guardar un secreto. Yo también. Por eso nada te digo. El señor Calvino presenta su trabajo intitulado “Seis propuestas para el próximo milenio” dividido en cinco partes y un añadido:
1 Levedad 2 Rapidez 3 Exactitud 4 Visibilidad 5 Multiplicidad 6 El arte de empezar y el arte de acabar. Escribió sus primeros cuentos en mil novecientos cuarenta y cuatro y ocho lustros después estos escritos para sus conferencias. Si el arte de escribir es personal e intransferible, entonces como escritor incipiente recibir tal cantidad de información es como enterarse, por casualidad, de un secreto que no puede ser comentado. Escritor en cierne, como puedo aspirar a la “Levedad” entendida en la forma como la presenta el autor “asociada con la precisión y la determinación, no con la vaguedad y el abandono al azar” si mis primeras letras presentadas, las protejo, luchando a brazo partido, armado hasta los dientes, con un discurso vehemente, donde defiendo no la palabra escrita, sino lo que pretendí decir; quizás, de forma intuitiva trato de aplicar la “Rapidez” y cito “…en la propiedad estilística se trata de rapidez de adaptación, agilidad de la expresión y del pensamiento…escritura dispuesta a la divagación…perder el hilo cien veces y a encontrarlo al cabo de cien vericuetos…” hacer uso de esta velocidad para modificar, parlando, el texto escrito.
El célebre aforismo, dicen que es árabe, “Un viaje de mil millas comienza con un paso” da pie para referirme a la “Exactitud” que es: “1 diseño de la obra bien definido, bien calculado…
2 la evocación de imágenes nítidas, incisivas, memorables…3 un lenguaje lo más preciso posible como léxico y como expresión de los matices del pensamiento…. Como escritor aspirante, parvulario, perdulario, patibulario un diseño, creo poseer, se que existen varios géneros literarios, la lírica, la dramaturgia, la narrativa; para las imágenes, en el drama recurro a la televisión; para la lírica, veo películas infantiles y para la narrativa, cine de acción; el lenguaje no me preocupa, nada más contextualizo al “wek”, “web”, “güee”, vulgarizado “güey”.
“Visibilidad” citando “…la escritura será la que guíe al relato en la dirección en la cual la expresión verbal fluya más felizmente…”, me resistía a reiterar, a recalcar mi novatez, me daré una oportunidad para demostrar que si entiendo y escribiré de vegetales, de una floresta, que término ¡eh!, sus plantas, árboles altos, bajos, verdes, de levas, de la vida, genealógico, talados, de navidad, el bolígrafo de gel deslizándose por el aserrín, se ven y se oyen muy bien, además se llena espacio, “…la imaginación como repertorio de lo potencial…de lo que no ha sido…pero que hubiera podido ser…”.
¿El genio nace o se hace, cómo escribo? “Multiplicidad”: “un discurso de una voz que se interprete en varios niveles o un texto múltiple que sustituya la unidad del yo por múltiples sujetos, voces, miradas sobre el mundo o una obra inconclusa por querer abarcar todo…”. “El arte de empezar y el arte de acabar”…“dar con algo que todavía no existe y que podría existir por medio de la aceptación de los límites y las reglas…los antiguos iniciaban con una invocación a las Musas… que era también un adiós…el final realmente importante es el que pone en entredicho toda la narración”.
Aquí empieza lo bueno, todo se pone serio porque el autor dice: “…para el próximo milenio una literatura que haya hecho suyo el gusto por el orden mental y la exactitud, la inteligencia de la poesía y al mismo tiempo de la ciencia y de la filosofía…”. ¿Cómo voy a lograr todo eso? Algo había escuchado, la creación es obra de la inspiración o del trabajo, y es común aceptación que la inspiración ayuda, pero que el porcentaje de trabajo es alto ¿y el orden mental? Por arrebato místico no lo creo obtener, otra vez el trabajo, dedicación, constancia, empeño y mucha paciencia ¿exactitud? Hace poco conocí una sugerencia, leer a mis autores favoritos, para saber como lo hicieron, consultar a los autores clásicos y actuales ¿inteligencia de la poesía? Léxico galano que convoque e invoque imágenes, con capacidad de interpretación empática por mi experiencia como lector ¿y la ciencia y la filosofía? Una con conocimiento, concreto, circunscrito; y la otra ocupándose de temas universales; cada una con sus lenguajes particulares, certeros, precisos; leído, oído o visto ¿Cómo puede uno, estar informado? Una aclaración, tan sólo es información, no conocimiento.
Es importante para mi saber estos puntos de vista del autor, que me acompañen desde mis comienzos, absorberlos, digerirlos, mezclarlos con mi experiencia, para que mis escritos, en unos cuantos mañanas, salgan, con el lenguaje de uso presente, pergeñados con mis propias palabras.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Y Calvino descansó el séptimo día

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. (Jer 4.23; Sal 104.30)

Y pasaron segundos, minutos, horas, días, meses, años, décadas, centurias, milenios… hasta 1985, cuando el hombre ya se había olvidado de (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y de (Jer 4.23; Sal 104.30) porque Dios fue reemplazado por el conocimiento, sobre (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30) ya que para muchos –tal vez pocos, si así lo desean algunos fanáticos–­­ (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30) existían sólo para los intereses de ciertos curas pederastas… Creo que eso pertenece a otro ensayo.

El caso es que Italo Calvino en 1985, casi, repito: casi, estuvo a punto de tener sus no seis días de la creación del mundo, sino seis puntos para la creación literaria. Cierto tipo de Génesis a manera de propuestas para que la literatura no fuese olvidada en el futuro como sucede en el presente con (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30). Dije casi porque antes de siquiera exponer las seis propuestas se fue a conocer en persona –en espíritu– al creador de (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30).

En el primer día Dios creó la luz porque sólo había oscuridad, dividiendo ambas entre el día y la noche.

Para Calvino esta oscuridad pesaba sobre la historia de la literatura y dijo:

–Hagamos de la lectura un deleite donde la levedad de la misma propicie que hombres y mujeres se acerquen a ella.

–¿Cómo pretende aligerar lo que por principio debe carecer de ligereza si en verdad queremos ser tomados en serio? –dijo un apóstol… o un literato, no recuerdo bien.

–Si confundís la levedad con actos vanos, hijo… mío, en verdad os digo que nunca pisarás el reino de los cielos por más ligero que os sintáis, pues levedad es virtud y no vicio. Antes cruzará la puerta del Paraíso un camello millonario que un rico hipócritamente humilde.

El segundo día Dios separó las aguas de los cielos, esto fue llamado expansión.

Calvino leía este pasaje bíblico cuando se percató de algo muy interesante: tanto el primer día como el segundo fueron detallados en un párrafo; el primero de cinco líneas, el segundo de siete. Dependiendo de la edición que cada uno tenga lo podrá comprobar, pero no son demasiadas palabras.

Para el escritor todo quedaba completamente claro, salvo (Sal 36.6,9; 2 Co 4.6.), (Is 45.7), (Sal 74.16), (Jer 10.12) y (Pr 8.28; Sal 148.4). No porque no tuviera la referencia, es algo así como una nota al pie de página, pero esos detalles restaban lo que para Calvino fue la segunda propuesta: la rapidez.

–Maestro –dijo un hombre.

–Dime, buen hombre –contestó Calvino.

–Buen hombre –respondió el que para Calvino era un buen hombre.

–No, que me digáis qué se te ofrece –contestó Calvino al que ya no le parecía un buen hombre sino un tipo un tanto idiota.

–Hace tiempo, otro maestro nos habló de una mujer llamada María Magdalena a la que todos intentaron lapidar por su rapidez en cuanto a relacionarse con varios tipos.

–Mary, así la llamaban sus amigos cercanos, ayudaba a cuanto pobre desdichado buscaba consuelo en sus brazos. No de la manera en la que vuestras sucias mentes imaginan, sino con palabras de acogimiento… sí, me parece que la palabra es la indicada. No necesitaba de un largo discurso, pues encontraba las palabras correctas para consolar sus espíritus atormentados. Para las mujeres del pueblo –porque siempre han existido las viejas chismosas– esto era muy extraño. ¿Hombres entrando y saliendo en un solo día de su casa? Calumnias cayeron sobre la pobre Mary. Piedras casi también le caen, pero afortunadamente los trabajos de pavimentación en aquellos tiempos habían terminado con cuanta roca había en el pueblo. Sé que hay otra versión, pero la verdad, ¿cuándo se ha visto que un solo hombre controle a una turba de entrometidos? La pueden provocar, pero controlar no.

Para el tercer día, Dios juntó las aguas y descubrió lo seco. A esto lo llamó tierra, pero no contento con ver un páramo sin chiste, lo decoró con hierbas, flores y frutos. Rasgo femenino que siglos después las mujeres conservarían.

¿Por qué donde hace más calor la piel de sus habitantes es oscura para protegerse del sol, cuando en las zonas frías son blancos para recibir los rayos solares? ¿Por qué algunos perros necesitan pelo cubriendo sus ojos para no lastimar su vista? ¿Por qué Carlos Trejo escribió Cañitas cuando se decía que en nuestro país no se lee? –se preguntaba Calvino. Bueno, tal vez lo de Cañitas no se lo preguntaba… tal vez tampoco lo demás, pero el punto era descubrir cierta exactitud en lo que existe.

–Maestro –preguntó uno de sus alumnos.

–Dime –respondió Calvino.

–¿Cómo puedo escribir con exactitud?

–Había alguna vez un perro –comenzó la explicación a manera de parábola y no de chiste, que no se confunda– que llegó con el carnicero, donde su amo lo envió. En el hocico llevaba un sobre con instrucciones que el dependiente del establecimiento leyó cuidadosamente, extrañado al mismo tiempo. La nota decía: <>. El hombre obedeció. Preparó el pedido sin salir de su asombro. Tomó el billete de quinientos pesos –o la moneda nacional del lector– y regresó el cambio al sobre. Maliciosamente el carnicero sólo entregó la mitad, pero el perro comenzó a gruñirle. Por lo que tuvo que entregarle el dinero faltante. El perro salió del local e inmediatamente el carnicero cerró su negocio para seguirlo, con la intención de descubrir a dónde se dirigía el animal. Lo siguió por varias calles observando como el perro miraba hacia uno y otro lado de la calle antes de cruzarla. En cierta esquina se detuvo esperando el camión. Llegó uno y el animal alzó la cabeza para mirar el letrero del transporte. No era el indicado por lo que siguió esperando. Cuando un segundo camión llegó, y el perro se cercioró que era el adecuado, lo abordó. Pagó con parte del cambio que llevaba en el sobre. El carnicero cruzó una mirada con el chofer que no salía de su asombro. Diez minutos más tarde, el perro ladró indicando que había llegado a su destino. El chofer paró el camión, abrió la puerta y el perro, junto con el carnicero, bajó del autobús. Nuevamente el hombre lo siguió por varias calles, ahora el perro no sólo se fijaba en que no pasaran automóviles para cruzar la calle, sino en los semáforos para estar más seguro. Contaba las luces porque todos sabemos que los perros no ven colores –por si algún listo quiere caer en un detalle ilógico de la parábola– pero sí saben contar. Finalmente el animal llegó frente a una puerta, se paró en dos patas para tocar el timbre y esperó un minuto. Como no recibió respuesta repitió la operación tres veces más. Incluso rasguñó la puerta, pero nada. Así que se dirigió al patio trasero, saltó la barda trepando por unas cajas y unos botes de basura. El carnicero se asomó justo cuando un hombre golpeaba brutalmente al perro. Entonces indignado le gritó que no era posible semejante crueldad con un animal tan extraordinario e inteligente. A lo que el hombre le respondió: <<¿Inteligente? Esta es la tercera vez en la semana que se le olvidan las llaves al pendejo>>.

–¿Cuál será la anécdota? –preguntó Calvino.

–Que falta exactitud en la parábola, porque viajó demasiado lejos para ir a comprar carne, cuando resulta muy extraño que por su casa no haya una carnicería –respondió el alumno.

–Podría ser, no lo había pensado, pero tenéis algo de razón. Sin embargo la anécdota es que nada es exacto, pero el camino a la exactitud sólo se encuentra tratando de encontrarla. E incluso hallándolo, para los demás nunca será lo suficientemente perfecto.

Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años.

Así fue como se crearon en el cuarto día lo que hoy conocemos como el Sol y la Luna. Todos hemos utilizado ambos astros para poder ver lo que nos rodea, producto de la naturaleza o del hombre. Sin embargo, Calvino se preocupaba por la imagen literaria. Un peligroso acercamiento de la naturaleza por medio de las palabras, que no todo escritor logra plasmar adecuadamente.

Fue entonces que un após… alumno preguntó:

–Maestro, ¿por qué otros escritores como usted vilipendian a Roberto Gómez Bolaños?

–¿A quién? –preguntó Calvino.

–A Chespirito, maestro.

–¡Ah, claro! ¡Chespirito!

–En efecto, maestro. ¿Chespirito ha sido un gran observador de la conducta humana y lo ha plasmado en sus cuadros dramáticos, películas y montajes escénicos?

–Tenéis toda la razón, hijo mío. Para criticar, la comedia es el medio más eficaz y delicioso. Para poder criticar hay que saber observar. Para que la crítica funcione la observación debe plasmarse lo más fiel posible. Para que el público se sienta identificado con los personajes o con las situaciones planteadas, debe escribirse impecablemente. Tener la cualidad de la visibilidad. Sin embargo, la envidia es uno de los peores pecados capitales, hijo mío. No siempre resulta agradable burlase de algo serio porque entonces se piensa que ya no es serio, cuando se habla en serio de lo que es serio pero no tan en serio como otros quisieran, pues ellos se creen serios por siempre hablar lo que es serio muy en serio… Bueno, la idea es esa. En verdad os digo, que todo aquél que escriba como Roberto no sólo entrará al Paraíso, sino será multimillonario sin necesidad de ser narcotraficante o dedicarse a la política.

El quinto día creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.

Primero: hay un rasgo megalómano en la última frase, pues Dios se califica así mismo como excelente creador. Segundo: esto no tiene importancia para lo que estoy explicando pero no pude aguantarme las ganas de subrayar el detalle. Tercero: Calvino también juzgó conveniente crear tanto aves como peces en un solo día. Bueno, no aves y peces, sino que un mismo texto tuviera más de una función. Lo que llamó multiplicidad.

–Hay alguna parábola que ilustre su propuesta, maestro –preguntó el alumno. Cabe señalar que se trata del mismo alumno que ha preguntado las ocasiones anteriores. Pues siempre hay uno que pregunta y muchos que callan. Pero en esta ocasión por fines prácticos para no estar indicando quién pregunta en cada ocasión, decidí que fuera sólo uno.

–Así es, alumno mío. ¿O hijo mío?

–Como quiera, maestro. Pero abreviemos que ya me estoy desesperando.

–Pues sí, os decía que hay parábolas para todo. Os contaré una contemporánea y algo machista pero muy conveniente para dejar muy en claro el punto. Hubo alguna vez en alguna colonia de la ciudad más corrupta, peligrosa, habitada y contaminada… llamémosla México, sólo para darle un nombre cualquiera. Una mujer, ejecutiva ella, o más bien burócrata en cualquier oficina, digamos que en una delegación cualquiera, donde la entrada es a las nueve de la mañana. Pues ella iba en su automóvil, rumbo al trabajo, como a las 10:00 am…

–¿No dijo que la entrada era a las nueve?

–Así es, pero ella iba en camino a las diez. Todavía tendría que pasar por un café y el desayuno porque como se levantó tarde ya no le dio tiempo de comer algo.

–¿Esto es indispensable para comprender la parábola?

–Absolutamente.

–Muy bien, entonces continúe, por favor.

–Iba en el auto, conduciendo y al mismo tiempo…adivina.

–No, pues… no sé.

–Anda, adivina.

–Escuchando la radio.

–También, pero otra cosa más.

–No sé.

–Adivina.

–No sé, maestro.

–Anda, trata.

–¡No sé, maestro! Dígame, por favor.

–¡Enchinándose las pestañas!

–¡Qué!

–¡Enchinándose las…!

–Ya escuché. Fue sólo un “qué” de admiración.

–Conducía, escuchaba la radio y se enchinaba las pestañas.

–Muy peligroso, ¿no?

–Y no es todo. Después se aplicó rimel, rubor en las mejillas, se pintó los labios de carmín, aplicó un poco de sombra azul en los párpados, se quitó los tubos del cabello y se terminó de peinar. Aclaro: sin dejar de conducir un solo momento. Cuando llegó a su cubículo, atendió a un centenar de personas que esperaban. Esto mientras desayunaba, platicaba con su amiga del cubículo contiguo y hablaba por teléfono con otra amiga.

–No entiendo todavía el punto.

–Que todos somos hábiles para realizar varias cosas a la vez. ¿Por qué la literatura no puede tener varias funciones? El conocimiento no sólo está en las enciclopedias, ni en los evangelios.

–¿En qué?

–Olvídalo.

En el sexto día… los animales y el hombre. Para resumir.

Para Calvino el arte de empezar y el arte de acabar en sus seis propuestas. Nos dice que lo más difícil es el principio, porque es donde se decide el escritor. Después de dar vueltas y vueltas a una idea, cómo plasmarla, con qué palabras, etc. Como toda obra de teatro: debe despertar el interés desde que se levanta el telón y no desilusionar al público cuando se da el último oscuro.

–Maestro, ¿cómo empieza sus obras?

–Nunca lo sé. Principio y fin son un arte. Quien te revele ambos secretos os dará la clave del éxito. Por mi parte, no puedo deciros cómo empiezo porque nunca lo he sabido. Si queréis os puedo decir cómo las termino, eso sí lo sé.

–¿Cómo las acaba?

–Las termino con…

Italo Calvino falleció el 19 de septiembre de 1985, en el Hospital de Santa Maria della Scala, víctima de un ataque de ictus cerebral.

Carlos Rodríguez

No. de cuenta: 1996