domingo, 16 de noviembre de 2008

BESOS DE PIEDRA

(Basádo en el mito de Medusa y en la obra de Emilio Carballido)
Cada noche, desde hacía muchas, se acurrucaba en un rincón de su hogar y, en solitario, lloraba desconsoladamente. Sus motivos bien podrían llenar una vasija grande, pero el mayor de todos los procurantes de su llanto lo podía tomar con una sola mano, la cual acercaba al corazón y se lamentaba. No conocía el amor.

Lo había rozado, percibido, pero cuando alguien se acercaba a ella, evocaba en su mente y las emociones se desvanecían sin tan sólo llegar a sentir un profundo beso que apaciguara su alma. Salvo algún pequeño detalle, ella no podía considerarse una mujer de rasgos poco atractivos, su belleza trascendía lo mortal, no obstante, esa capacidad de morir que los humanos le habían legado, era el origen mismo del mal que le acontecía. Era esa esencia la que le auguraba un final, aún sin contar los años para ella, y, esa misma cualidad, era la que había creado el cúmulo de sentimientos enfrentados y confusos en su interior, un ápice de humanidad al que ahora se aferraba con fuerza, intentando no se le escurriera entre sus manos bronceadas.

Sus hermanas, Esteno y Euríale, no tenían esos problemas. Ellas disfrutaban con su compañía mutua y se jactaban de su inmortalidad. Además, se mofaban de su tercera hermana al no sentir esos irrefrenables deseos no cumplidos de amar sin mesura. Ellas eran mucho más crueles, aunque la historia hiciera de Medusa la más conocida. Una fama que bien podría haber desestimado, que no le interesaba lo más mínimo, pero que al tiempo, le supuso la atracción del hombre que conseguiría rozar su piel y hacerle sentir el escalofrío más penetrante de toda su vida. Aquel momento llenó un segundo de la intensidad más vibrante que pudiera haber sentido Medusa, en una sola fracción del tiempo que le regaló, toda su vida se sintió compensada, su humillación frente a sus hermanas subsanada, todos sus males evaporados en un santiamén. Aquel hombre se llamaba Perseo, el portador de un amor que no correspondió jamás pero que fue suficiente para hacer de él un héroe.

Medusa había pasado mucho tiempo deseando el tacto de cada uno de los musculosos hombres que se acercaban a su guarida, aún con la intención de matarla. Pero su mirada hacía de ellos firmes estatuas de piedra, quedaban literalmente petrificados. Se trataba de una mujer de envidiable belleza y, sólo las serpientes que brotaban de su testa, hacían de ella un monstruo a tener en cuenta. Sin embargo, poseía unas magníficas alas de oro que adornaban su desnuda y esbelta espalda, unos ojos penetrantes, cuello escamoso y manos de bronce. Su mirada era la perdición de todos aquellos que la contemplaban, el deseo de cada uno de ellos se tornaba horror cuando, tras observar sus senos, advertían los sibilantes reptiles y luego miraban sus ojos, ahí se perdían y quedaban petrificados en la más fatal de las posturas, reflejando el temor, el asco incluso, en sus poses de muerte improvisada. Cuánto lamentaba Medusa el triste final que a todos los hombres les esperaba al entrar en su territorio. Esteno y Euríale, por contrario, no caían rendidas a la seducción y, en más de una ocasión, Medusa pensó que sus apetencias sexuales bien podrían verse complacidas entre ellas, que gozaban de una complicidad y coqueteo fuera de lugar. Además, su carácter casi divino, que les privaba de la muerte, hacía de ellas unos seres invulnerables y, todos los guerreros que osaban atacarlas, sabían de antemano a la muerte irremisible a la que se encomendaban. Muchos de ellos eran ancianos que se enfrentaban a sus últimos días y querían ser recordados como seres gloriosos que fueron en sus tiempos bélicos, muertos en la batalla con la espada en alza. Así, olvidados, sin una estatua erigida en su nombre que les conmemorase, optaban por un suicidio que no parecía tal. Se enfrentaban a las gorgonas y quedaban esculpidos en una pose de furia y determinación, monumentos a sí mismos que solamente contemplarían aquellos que buscaran su misma suerte. Pero Medusa, ella era diferente...

Cuando vio al primero de los hombres acercarse en posición de ataque, ella no quiso paralizarle como lo hizo, pero su naturaleza se ocupó de ello. Entonces, se acercó con sigilo, con el siseo sobre su cabeza y los ojos enturbiados por unas diminutas lágrimas. Con una mano acarició la cara del pétreo humano y se quedó mirándole a los ojos. A continuación, la otra mano se acercó a su torso desnudo y lo tocó con suavidad, admirando la firmeza de sus pectorales. Sus manos bailaron sobre la estatua en un sinfín de ocasiones, sus labios incluso tuvieron la tentación de besarle y lo hicieron, pero solamente sintió la frialdad de la piedra en su carne. Así, uno tras otro fueron apareciendo en busca de su cabeza y, todos y cada uno de ellos, acabaron pereciendo de igual forma que el primero. La sala que precedía a la entrada de su hogar, ahora era un museo de esculturas humanas en las más variadas posturas. De esta manera, descubrió la perfecta armonía en la que se disponían los músculos, admiró con atención y respeto la anatomía humana, deseó que aquellos cuerpos no fueran únicamente roca muerta. Necesitaba sentir la carne, la dureza esponjosa de aquellos brazos, la caricia sensual de los besos que ella imaginaba le daban.

Perseo se adentró en el territorio de las gorgonas sin ser visto. Los regalos que le ofrecieron aquellos que mantenían un odio exacerbado hacia las hermanas, habían supuesto una gran ventaja a la hora de introducirse en las estancias de Esteno, Euríale y Medusa. Las dos primeras fueron franqueadas sin problema alguno, Perseo llevaba puesto el casco de Hades que le procuraba invisibilidad. Las ninfas también obsequiaron al joven con unas sandalias voladoras, con lo cual jamás se oyeron sus pisadas hasta que no fue demasiado tarde para aquella que recibiría la muerte de sus manos. Con el escudo mágico que Atenea le había prestado, Perseo recorrió la gruta mirando el reflejo en su curvatura, de esta manera la mirada, aún casual, de las gorgonas, no le dejaría en el estado en el que tantos anteriores a él habían fallecido. Por último, cuando Medusa ya sólo se encontraba a unos pasos, Perseo desenvainó la afilada hoz de Hermes y se dirigió con paso firme y silencioso hacia su objetivo, la única mortal de las tres hermanas. Medusa le oyó, y con el sonido de sus pasos pudo deducir el peso y estructura del hombre, la firmeza de su carácter y el destino que le esperaba. Al principio se sorprendió de su valentía y, más aún, de sentirlo tan cerca, más que cualquier otro que hubiese pisado aquella zona. Dejó que se acercara, aún a sabiendas que aquello podría costarle la vida. Procuró parecer despistada y no mirar hacia el lugar donde apenas sonaban sus pies caminando en dirección a ella. Sintió el chillido apagado de la hoja rozando su vaina. Cuando estuvo realmente cerca, Medusa se volvió con los ojos cerrados y besó a Perseo mientras le abrazaba con fuerza. Entonces, el muchacho hizo lo esperado, la apartó con un empujón y separó su cabeza del resto del cuerpo. Allí acabó todo.

Cuando Perseo recogió la cabeza, su sorpresa fue mayúscula al percatarse de la expresión de sus facciones: los ojos cerrados y una amplia sonrisa que evocaba deseo. El héroe escupió sobre el suelo y marchó. Al llegar a los pies de Polidectes, el pretendiente de su madre Dánae que obligó al muchacho a realizar tal prueba, todos los presentes se preguntaron el motivo de la cara sonriente que se dibujaba en la cabeza sin vida de Medusa. Perseo, intentando desviar la atención sobre tal detalle, comenzó a narrar los pormenores de su hazaña. La historia nunca supo que Medusa murió por el amor que nunca tuvo, por el deseo de sentir el contacto ajeno, imbuida por el lado humano que le otorgaba su mortalidad. Perseo calló aquel beso y lo escondió donde nadie pudiese encontrarlo.

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