– Es
– ¿De quién hablas? –preguntó el obispo.
– Es Tonantzin.
Zumárraga se quedó callado. Fray Alonso esperaba una indicación para echar al indio. No era la primera vez que Juan llegaba pidiendo ser recibido. Aquella mañana tuvo la fortuna de encontrarse con el obispo cuando éste salía rumbo al palacio virreinal.
– Regresa cuando tengas alguna prueba de lo que has dicho.
Juan salió con la cabeza inclinada. Fray Alonso se acercó a Zumárraga.
– ¿Pero cabe alguna duda que sea cierto lo que dijo ese indio, su Eminencia?
– Claro que no. Sin embargo… –un brillo peculiar apareció en los ojos del religioso–. Los preparativos están muy adelantados. Este indio puede ayudarnos más de lo que pensamos. Ayer recibí noticias del jardinero florentino, los rosales están listos. Pero hay un detalle que no me convence del todo… la hermana que hará el papel de la virgen es como nosotros.
– Como es la madre de Nuestro Señor Jesucristo, su Eminencia.
– Claro está, pero los indios nunca la aceptarán como no lo han hecho con todos los españoles. La idea de una virgen de piel oscura, vista por uno de ellos, sería más conveniente.
Los días pasaron sin que Juan se presentara nuevamente con el obispo. Esto despertaba cierta inquietud en Zumárraga, que mandaba una y otra vez buscaran al indio. Todo sin resultado. Hasta cierta mañana cuando le llevaron la noticia: Juan había sido asesinado en el monte.
No importa –contestó Zumárraga–, todos los indios se parecen.
Carlos Rodríguez
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