Gasty Sprotter y la mágica escuela de escritores
(tomado del libro de sueños del autor, guardado junto a un preservativo musical, una moneda de chocolate y un libro de J. Campbell)
(tomado del libro de sueños del autor, guardado junto a un preservativo musical, una moneda de chocolate y un libro de J. Campbell)
Tomé el metro en el andén 5 2/3 y emprendí un viaje larguísimo, desde Cuatro Caminos hasta General Anaya. Iba vestido con una túnica y llevaba mis lentes y mi cabello alborotado. Durante el viaje, comí unas ranas de chocolate que pidieron clemencia mientras las masticaba, que le compré, junto con otras cosas, a una enana barbuda.
Llegué a la entrada del castillo de la Tsogwæmh, donde estaba la famosa escuela de escritores, y el viejo portero muggle me abrió la puerta de mala gana. Una vez dentro, me dirigí hacia las escaleras que conducían a la oficina del director. Me crucé a Andrea Granger y a Lunática Rangel, pero ninguna de las dos me hizo caso: cuchicheaban algo acerca del maestro Víctor Lockhart. Las escaleras eran en forma de caracol, y tanto subían como bajaban. Las que bajaban conducían a las mazmorras de Severus Pettersson (la maestra de pociones), las que subían al despacho del director. Así fue que emprendí el ascenso, tratando de no pensar en lo que me podría suceder allá arriba.
Llegué a la entrada del castillo de la Tsogwæmh, donde estaba la famosa escuela de escritores, y el viejo portero muggle me abrió la puerta de mala gana. Una vez dentro, me dirigí hacia las escaleras que conducían a la oficina del director. Me crucé a Andrea Granger y a Lunática Rangel, pero ninguna de las dos me hizo caso: cuchicheaban algo acerca del maestro Víctor Lockhart. Las escaleras eran en forma de caracol, y tanto subían como bajaban. Las que bajaban conducían a las mazmorras de Severus Pettersson (la maestra de pociones), las que subían al despacho del director. Así fue que emprendí el ascenso, tratando de no pensar en lo que me podría suceder allá arriba.
Cuando entré a la oficina de Teodorus Dumbledore, estaba afilándose el bigote con la punta de los dedos. Al reparar en mi presencia, me ofreció tomar asiento y no tardó en empezar a hablar.
-Gasty -me dijo con voz suave-. Tu eres el chousen guan.
-¿El qué?
-Chou-sen-guan -repitió, como para sí mismo.
Me quedé inmóvil, perplejo, no sabiendo a lo que se refería, y él pareció no asombrarse ante mi reacción. Sacó una pipa, se la puso en la boca, apagada, y empezó a juguetear con ella.
-Gasty. La escuela está en peligro. Tenemos que hacer algo para salvarla. Y sólo tú puedes hacerlo.
-¿Sho?
-¿Yo dije eso? ¿Por qué la gente no escucha?
-Pero usted dijo…
-…interpreta lo que uno dice, pero no escucha…
Teodorus calló y se hizo un silencio incómodo. Justo cuando me disponía a levantar, dijo:
-¿Todavía lees cómics?
-Sí pero… sha menos.
-Me enteré que lees la TV y Notas.
-Lo que pasa es que…
-Y que te gusta mi bigote.
-¡No! -Respondí, y luego me tapé la boca con una mano, arrepentido-. Bueno, un p…
-¿Por qué la gente no escucha? Interpreta.
-¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Qué es lo que quiere que haga?
-¡MATAR!
-¿Qué?
-¡MATAR!
-¿A quién?
-Hay un traidor entre nosotros. Quiero que te deshagas de él.
-¿De quién?
-Del-que-no-debe-ser-nombrado.
-¿Quién no debe ser nombrado?
-Tú-sabes-quién-con-una-chingada.
-¿Quién?
- No-te-hagas-pendejo-tú-sabes.
-No, no sé de quién me habla. Así que si me disculpa, sha me voy.
-¡GERATRIX! ¡GERATRIX DE LA VOLDEMORT! ¡A ése quiero que mates! ¡Pero que lo mates bien muerto!
-¿Y por qué sho?
-Tú tienes la marca.
-¿Sho?
-Ahí vamos otra vez.
-¿Qué marca?
-Una cicatriz. Una cicatriz en el bajo vientre.
-Es que me sacaron el apéndice.
-¡Me vale madres!
-Ok, ok. Supongamos que soy el chousen guan. Si hago lo que me pide, ¿me va a dar mi calificación del semestre anterior?
-Tú, haz lo que te digo. Ya después hablaremos.
Salí de la oficina y me dirigí hacia la salida del castillo. No iba a hacer lo que me pidió. ¿Cómo? Geratrix era demasiado para mí. Debía pedir ayuda. ¿Pero a quién? ¿Qué maestro sería tan buena onda como para ponerme un diez por este trabajo y ayudarme a matar a Geratrix a la vez? La respuesta en seguida acudió a mi cabeza: Vega, el maestro Vega. Corrí hacia la cabaña done vivía, en los lindes del bosque Maldecido, y llamé a la puerta.
-¡Gasty! -Exclamó-. Hace mucho que no venías por aquí. ¿Quieres un té?
-No, maestro. Estoy apurado. Necesito que me ashudes a matar a Geratrix de la Voldemort.
-¿Por qué sigues hablando como si fueras argentino, eh? Mira, puedo ayudarte con eso.
-No, maestro. Necesito algo efectivo para… como le explico… ¡para chingármelo al Geratrix!
-Diálogos brillantes. Narración ágil. Estructura espacio/temporal fragmentada. Capítulos cortos. Y sobre todo, un final trepidante. Pero eso ya deberías saberlo.
-¡NO! Maestro… Necesito LIQUIDARLO, hacerlo cachitos, mandarlo al más ashá.
-Mmm... -se rascó la cabeza y reflexionó por un instante-. Creo que ya sé cómo puedo ayudarte.
Entró en su habitación y a los pocos segundos volvió cargando un baúl. Lo abrió, empezó a revolver en él, y luego fue entregándome algunos objetos que iba sacando.
-Toma. Esto debería servir -me entregó una espada de plata, con mango de oro, un rubí engarzado y numerosas runas grabadas.
-¿Y cómo funciona?
-Fácil. La levantas por la empuñadura y le cortas la cabeza.
-Ok.
-Y toma esto -me extendió un escudo. Supongo que sabes cómo usarlo.
-Sí, sí. Me imagino.
-Muy bien. Y también puede servirte esto -me alcanzó un sombrero-. Es el famoso sombrero mágico de Filadelfus.
-¿Y para qué sirve? Y no me vengas con una obviedad.
-Para proteger la cabeza del sol.
-...
-Bueno, eso es todo. ¡Ah! Podría serte de utilidad también este libro.
-Gracias.
Recibí el tomo de cuero roído, lo guardé, y me dirigí a la puerta, lamentándome por dentro debido a aquella pérdida de tiempo. Mientras me alejaba de la cabaña, oí que el maestro gritaba:
-¡La escuela te necesita, muchacho! ¡Esa es una de las cuestiones! ¡Me está gustando mucho tu cuento, pero yo pedí un ensayo! ¿Falta mucho para que termine?
Derribé la puerta del despacho de Geratrix de una patada. Yo traía el sombrero de Filadelfus puesto y cargaba, en una mano, el escudo, en la otra, mi "saeta de fuego" (una Bic a la que así había bautizado), y apuntándole con la pluma, le grité:
-¡Puedo escribir los versos más tristes esta noche!
-¡JA! -exclamó. ¡Ya te habías tardado, pelele de Teodorus!
-Le juro que sho no quería, maestro.
-Pero, sin embargo, aquí estás. ¡Hipócrita!
-¡Entréguese, y prometo darle una muerte rápida y sin dolor!
-¡Bellaco, tendrás que pasar sobre mi cadáver!
-¡JA! -exclamó. ¡Ya te habías tardado, pelele de Teodorus!
-Le juro que sho no quería, maestro.
-Pero, sin embargo, aquí estás. ¡Hipócrita!
-¡Entréguese, y prometo darle una muerte rápida y sin dolor!
-¡Bellaco, tendrás que pasar sobre mi cadáver!
Y dicho esto, empezó a arrojarme libros y libros a la cabeza. Yo me cubrí con el escudo y así pude sortearlos, pero la lluvia de volúmenes no dejó moverme de donde estaba.
-¡Ahí te van mis dieciséis novelas! ¡Y ahora, mis ocho libros de cuento! ¡Toma! ¡Y toma otro!
-¡Las piedras sí pueden tener sentimientos!
-¡Claro que no, no seas marica!
El sombrero ya se me había caído, y el escudo no aguantaría mucho más. Tenía que pensar en algo rápido, si no quería terminar sepultado bajo las obras reunidas de Geratrix. Él gritaba algo acerca de Arriola y Monsiváis y del sesenta y ocho cuando, de repente, se me prendió la lamparita. ¡El libro que me dio el maestro Vega! Mientras que con una mano sostenía el ya maltrecho escudo, con la otra busqué entre los pliegues de mi túnica aquel dichoso libro, justo cuando él empezó a arrojarme sus numerosos guiones de cine.
-¡Ríndete, perro! Has demostrado que no puedes conmigo. Tu redacción es pésima, tus temas, banales. ¡Y nos tienes hasta la madre con tus cuentitos de futbol!
-¡LA DOBLE HISTORIA! -grité, alzando el libro sobre mi cabeza. ¡La doble historia de Piglia! ¡Acá está! ¡Sí existe!
-Nooooo, no otra vez con eso, no. Basta, por favor. ¡Basta! ¡Quítamelo! ¡Quítamelo!
-¡Vade retro, Geratrix! Date por vencido y dejo que te vashas.
-¡Me voy, me voy! ¡Pero algún día volveré! ¡Volveré!
-¡Casháte y no me hagas enojar!
-¡Me voy, me voy!
Y se fue. Quedaron todos sus libros desperdigados por el piso, pedazos de pared, hojas sueltas, tinta y sangre. Recogí mis cosas de entre los escombros y fui a darle la noticia a Teodorus, quien me agradeció pero no me dio la calificación del semestre pasado.
Fui recibido como un héroe al principio por mis compañeros. Pero poco después, todo se olvidó y volvimos a la normalidad. No entendí, por mucho tiempo, como fue que pude vencer a Geratrix con lo de la doble historia. Yo tampoco creía que existiese. Entonces decidí echarle un vistazo al libro que me había dado el maestro Vega. Lo abrí y leí el título. Decía: “Cómo fornicar con los ángeles”.
Fin
Federico Gastón Spratt (#1985)
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