viernes, 7 de noviembre de 2008

El mito de Dionisio

¿Dónde estás, Dionisio?

Estaré frente a la computadora, batallando con una idea que no querrá salir de mi cabeza, escuchando “Fear the sea” de The Gathering o “Why so lonely” de The 3rd & the Mortal y Dionisio seguirá sin aparecerse. Iré a la cocina y descorcharé un “Casillero del Diablo” para ver si hace el milagro, pero empezaré a ver borroso antes de saber algo de Baco. Sémele, Perséfone, Hera: todas las mujeres son iguales pensaré, mientras baje por el ascensor.

Tú, Changoleón. Qué chingaos haces ahí, tirado. Ven, ven, levántate. Mírate nomás, apestas a meados y a chivo muerto. Uff, pesas toneladas, pinche wey. ¡Ya, levántate, chingada madre! Oye, escucha lo que te voy a preguntar. ¡Suéltame, no seas pendejo! No te voy a dar nada hasta que me respondas. Dime, dime: ¿dónde está Dionisio? Dionisio, Dionisio… ¿no sabes? ¿No lo conoces? ¿Cómo no lo vas a conocer, hijito de la chingada? Vete a la verga, puto. ¡Fuera! ¡Fuera, te digo!

Caminaba a buen paso, esquivando los postes de luz en la noche oscura no sin algo de dificultad. Había estado bebiendo toda la noche, haciendo preguntas absurdas a todo el que se encontrara y dando gritos de coraje al oír las respuestas que recibía. Entró a una cantina y en seguida increpó a los parroquianos. Preguntaba por alguien a quien nadie conocía, o al menos, no de nombre. Unos meseros se acercaron para sacarlo fuera. ¿Dionisio? Nunca habían escuchado nombre más extraño.


Federico Gastón Spratt (#1985)

No hay comentarios: