
En aquellos tiempos yo era muy joven, no tenía arrugas, mi piel era tersa y suave como una flor y mi cabello era negro como el chapopote, no blanco como ahora lo ven.
Vivíamos en un pueblo ahí en el barrio de Tepantitla cerca del cerro a las faldas y eso nos permitía tener el campo para nosotros solos, para que los chivos y los borregos pastaran sin problema, el pasto era verde de ese verde fresco que ya no se ve ni en los pueblos, los arboles gigantescos te permitían cubrirte del sol en esos días cálidos y el aroma del era bueno, no como ahora que huele a basura y a descuido.
Cada domingo mi familia, los vecinos y los amigos se iban a la iglesia a escuchar la palabra de Dios; pero yo no iba, prefería visitar el pueblo, a esa hora siempre estaba vacío y los matorrales se veían tan bonitos ahí solitos, sin toda la gente que aplastaba su belleza, bajo el sol, con las nubes blancas y grandotas; esos días eran como volar, podías correr, correr y dejarte caer y mirar el cielo, y volverlo a hacer; la energía de los dioses te llenaban más que irte a sentar a esas bancas de madera en la iglesia.
Pero hubo una temporada que fue distinto, el ir a misa ya no ayudaba a la siembra y todos nosotros los que vivíamos en el campo sabíamos por todos nuestros ancestros, por lo que nos contaban nuestros abuelos y los papas de los abuelos a ellos, que el de la cruz de madera no nos iba a ayudar, que eso era “puritita” mentira, nada mas era la sacadera de dinero; pero había muchas personas que como yo, se acordaban de nuestros protectores de piedra; pero todos se quedaban callados nadie decía nada y en los rincones de los mercados la gente se juntaba y platicaba; pero nadie decía nada.
La falta de agua comenzó a carcomerse la tierra, se abría, se le hacían grietas, la siembra se cocía abajo del sol y se convertía en polvo, era incomible, los animales se morían, el agua hacia harta falta y los ríos, las cascadas y lagos se comenzaban a secar u otras estaban más bien lejos, retirado allá después de los montes; en ese tiempo no había tanto transporte como ahora, si no que fácil habría sido.
La gente comenzaba a distanciarse, hacían grupos, se metían en la iglesia y le rezaban por horas al Cristo, el padre bendecía la poco agua que quedaba entre nosotros; en casa papá decía que esa tierra ya estaba maldita, que le había caído la maldición de los dioses por abandonarlos y tirar sus templos; pero todos decían que estaba loco, yo le creía la mitad de lo que decía.
Una tarde después de la misa, le dije al padre que sería bueno rezarle al cerro, ofrecerle una ofrenda como lo hacían los nuestros ¿Qué podíamos perder? el me miro y me regaño, me agarro a palos y me acuso de hereje, solito se entendió por qué lo había hecho yo ni sabía que era eso, me castigo y me hizo rezar mucho rosarios, me dijo que no anduviera de mitotera molestando al pueblo. Esa tarde llegue a casa con las pompis moradas, mi padre estaba serio y molesto el padre le dijo lo que yo había dicho y ahí me toco otra paliza, esa noche me fui a la cama sin comer; pero en la madrugada sacrifique a una cabrita, ya estaba medio enferma, le saque el corazón y vertí su sangre en la tierra, molí unos granos y un tarro con agua y yo me le quedaba viendo al cerro, y le pedía que nos ayudara, que no dejará que nuestros animalitos se siguieran muriendo y que la tierra yo sabía que era de él; pero que pues aquí nos había tocado vivir y que nos dejara trabajarla para poder ofrecerle más granitos y que la falda del cerro se viera bien bonita. Entre pensamiento y pensamiento me quede dormida, no mas salió el sol y me metí rapidito a la casa, como si yo hubiera estado ahí siempre.
Ese día paso sin novedades, ni lluvia ni nada, ni las mendigas nubes se ponían grises como una señal de que me hubiese escuchado. En la madrugada volví a salir, me acuerdo que mi bisabuelo, decía que a la tierra hay que cantarle para que el viento le llevara las notas al cerro y el nos escuchara y me enseño una canción, así que esa noche poquito antes de que amaneciera, prendí una pequeña fogata, a lado el corazón medio mosqueado de la cabrita y los granos la adornaban y yo cante y cante la canción; escuche muchas voces; pero en la oscuridad no veía nada, después un aire bien fuerte que apago mi lumbre, eso si me hizo enojar pues me costó tanto trabajo prenderla y entonces me quede en silencio, el sol comenzaba a salir y yo cante y cante, me acuerdo que hasta afónica me quede, el sol salió; desde que era niña no veía como el sol iba iluminando poquito a poquito la tierra hasta quedarse quieto allá arriba en el cielo.
Me pase noche enteras cantando hasta que mi garganta ya no me lo permitió, la ultima madrugada, recuerdo haber visto las estrellas grandes y llenas de luz, en ese fondo oscuro resaltaban como dos ojos claros en la piel morena; pero esa noche algo chistoso paso, era como una ave que volaba cerquita de las nubes, cerquita de las estrellas, iluminando todo pero bien rápido, eso debió asustarme y entonces sin sueño, entre a casa y papá se encontraba sentado en la mesita de la cocina, me pregunto qué de donde venia, fui a caminar le dije, el movió la cabeza y me abrazo, me susurro al oído que corriera lo más rápido que pudiera, que el padre y una muchedumbre de chismosos me iban a venir a buscar, comenzó a llorar y me saco de su casa, corrí hacia el cerro, el padre le tenía miedo ahí no iba a ir.
Mientras caminaba arriba, vi a muchas personitas llegar a casa de papá y jalonearlo, unos lo golpeaban y otros lo detenían para que no se defendiera, baje lo más rápido que pude, él grito no vengas corre, corre, a mi no me importaba y de pronto la gente se volvió hacia mí y comenzó a seguirme, una rama en el piso debió hacerme caer y retroceder mucho rodando hacia abajo, a penas y me podía parar y ellos ya me estaban sujetando, el padrecito llego y me dijo que me arrepintiera que Dios perdonaría mis pecados, ¿Pero qué pecados padrecito?, Si yo no he hecho nada malo, me agarraron a un árbol con una cuerda, el padrecito disque rezaba, unos me pegaban en la cara, otros con un pedazo de plástico o de cuero me azotaba la espalda, el padrecito seguía diciendo cosas que yo no entendía, como en otro idioma, como en otra lengua; de pronto algo paso un silencio sacudió al barrio completito, un trueno gigantesco se escucho, el padre se hinco, los hombres se quitaron los sombreros y yo caí al suelo, rendida de dolor, bañada en sangre, de pronto como si una ráfaga de fuego hubiese caído el cielo partió el árbol en donde yo estaba atada, la cuerda quedo desabrochada, la gante se disperso y padre se alejo gritándome ¡Pecadora, Pecadora!, las nubes eran grises y el campo de pronto se oscureció.
Me levante del piso, camine no sé cuantos metros más y caí de nuevo, es lo último que recuerdo; cuando abrí los ojos todo estaba de cabeza, pero se seguía moviendo, como volando, me asuste y comencé a gritar, me encontraba sujetada sobre la espalda desnuda de alguien, como una cabra sobre los hombros; le pegue con todas mis fuerzas y solo escuchaba a lo lejos una voz, que decía todo va a estar bien tranquila ya casi llegamos, esa voz debió tranquilizarme y me volví a dormir.
Dicen que pasaron días y que yo no desperté, para cuando abrí los ojos, estaba recostada en una cama de hierbas, un olor como a la marihuana quemada me entraba con brusquedad por la nariz, me levante y abrí la puerta como de un jacal y ahí estaba yo, despertando entre las nubes, una voz ronca que venía de lejos me decía que un paso a la vez, que me podría marear y caer, unas risas ajenas se dejaban escuchar a lo lejos, ¿Quién anda ahí? ¿Quiénes son ustedes? ¿Acaso ya me morí?, se acerco un joven de cuerpo moreno, semidesnudo, tapando con una manta blanca sus genitales, como de mi tamaño no más alto, fuerte, de cabello negro y largo que le llegaba como hasta la cintura, con una barba cubriendo su mentón y un bigote sus labios, unos ojos profundos, negros como la oscuridad; tranquila nosotros no te haremos daño, te rescatamos, Tlaloc nos mando a buscarte, el escucho tus cantos y recibió tus ofrendas.
Esta es mi aldea se llama Tlalocan y ellos son mis hermanos Tlaloques, siéntate, descansa ya estás en casa.
El era totalmente hermoso y aquel Tlalocan como imaginable, situado en lo más alto del monte, en la cima del barrio Tepantitla, arriba de las nubes, con una cascada azul como el cielo, el pasto verde, casitas de piedra alrededor de una construcción enorme y su gente la más amable, amistosa que jamás había conocido.
La construcción del centro era el tempo, el corazón de Tláloc, ellos habían pasado generación a generación, cuidando de él, Tláloc les daba la orden de hacer llover y ellos como eran los ayudantes y fieles sirvientes de este hacían lo que él les pedía.
Cada noche una fiesta en honor a Tláloc acompañaba la cena, bailes, cantos, música, sangre, alimentos, granos y un poco de poesía que los Tlaloques recitaban al Dios. Vivian en una aldea lejana del mundo, pero sabían que pronto debían dejarla, los otros como les llamaban a los de abajo, a los que habían olvidado sus raíces, pronto los encontrarían y harían lo que hicieron con muchos de sus familiares, matarlos, esclavizarlos, tirar sus tempos, obligarlos a servir a un Dios inmóvil, muerto, clavado a una cruz.
Cuatro hermosos jarrones de jade, rodeaban la cascada, cuando Tláloc pedía lluvia ellos tomaban estos jarrones y los llenaban para después arrojarla a las nubes, no sin antes armando un gran escándalo quebrando vasijas, provocando rayos y truenos, el viento sirviente también de Tlaloc llevaba el agua hasta donde era necesario.
Pase tantos meses en la aldea, que aprendí lo suficiente para que me pudieran considerar parte de ellos, era encargada de limpiar el templo, una condición me habían puesto nunca entrar a la sala de Tláloc o me expulsarían teniendo que arrancarme el corazón, para ofrendarlo.
Había una leyenda en la que los Tlaloques creían, Tláloc se había enamorado de Xochiquetzalli la diosa de las flores, pero al sentirse despreciado, fue a encerrarse a su palacio, entonces fue cuando empezó la más grande sequia de todos los tiempos, los antepasados Tlaloques se preocupaban por la amargura de su dios, Xochiquezalli siguió sin hacerle caso entonces Tláloc se enojo y mando a romper todos los jarrones lo que causo lluvia de noche y lluvia de día, las nubes de oscurecieron, el cielo y el agua amenazaban con cubrirlo todo, Quetzalcóatl reunido con los otros dioses decidieron que la diosa Coatlicue fuera a buscarlo para casarse con él, a lo que Tláloc se negó y pacto el regresar las aguas a su cauce si lo dejaban estar en paz; y la razón por la que una mujer no podía entrar era porque Tláloc se podía enamorar de ella.
Tlonich el joven apuesto de barba y bigote, moreno como el lodo y de ojos negros profundos que me habían hechizado, me tomo en matrimonio y yo encantada dije que si, estaba enamorada de él, perdidamente, como una loca que hasta hubiese dado mi vida por él, pasamos noche y día planeando nuestro futuro con la firme idea de ver a nuestros hijos convertidos en unos Tlaloques, servimos a Tláloc muchas veces, hacer llover era lo más majestuoso que pude ver en esta vida.
Una noche, mientas todos dormíamos, ruidos a lo lejos comenzaron a escucharse, ladridos de perros, disparos y gritos, Tlonich, me saco de la aldea y me pidió que me fuera, que atravesara todo el monte por la parte de atrás, y que ya estando en tierra firme, ahí a las faldas caminara hacia el poniente, que escuchara lo que escuchará no mirara de tras de mí, que siguiera que él me encontraría después.
Y así fue camine, a mis espaldas seguía escuchando disparos y unos helicópteros comenzaban a cercarse, no mire a atrás con las lagrimas rodando por mis mejillas seguía y seguía, camine por muchas horas, muchos días hasta llegar aquí a la ciudad, aquí encontré a unos parientes de mama, que me dieron asilo, después de unos meses nació mi hija, la única; yo conseguí un trabajo en el centro en una casa rica, mis tías la cuidaban.
De mi familia nunca supe nada mas solo que se mudaron a otro estado, lejos muy lejos de la Ciudad.
Una tarde cuando ya estábamos en casa, en las noticias se decía que hoy llegaba Tláloc a la Ciudad, esa tarde no paro de llover, de hecho al día de hoy todos recuerdan que el 17 de abril de 1964, cuando Tláloc llegaba a la Ciudad de México, una tormenta cayo, el gobierno dijo que una tubería se había averiado, hoy nosotros sabemos que Tláloc estaba molesto porque lo sacaron de su templo, en el paraíso de Tláloc, Tlalocan.
ANME 1966
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