
Cuento para ser ilustrado.
LUIS EMILIO MEDINA MEDINA
A Edward Gorey.
You and me, we are blood brothers,
Blood brother, lay down your life for me
-The Mission U.K., Blood brother-
Timmy salió del dentista y el doctor le dijo a mamá que todo iba muy bien. Incluso se atrevió a probar su humor con la broma de que sería un hombre de mucho colmillo. Esto representaba una ventaja para Timmy, pues gracias a lo filudo de su dentadura, era el único niño de su clase que alcanzaba librarse del terrorífico taladro barrenador de dientes del dentista.
Cuando salieron a la calle, mamá extendió inmediatamente la gran sombrilla negra traída del viaje a Hungría, en una visita al castillo de los abuelos. ¡Cómo le gustaba ir al castillo de los abuelos! Corretear por esos pasadizos secretos que llevaban a cámaras subterráneas con libreros que contenían la sabiduría de otros tiempos, salones de juego, de armas y esgrima, recámaras decoradas de las formas más variadas según los países que sus antepasados habían visitado y largos jardines con enormes laberintos, fuentes y hermosas higueras; subir hasta la torre y ver romper el mar en toda su tempestad, mientras su capa se elevaba al viento y sus ojos se iluminaban en un fulgor demoníaco al escuchar rugir los truenos, fundirse en el horizonte y darle la vuelta a los confines de la esfera terrestre.
La carroza fúnebre pasa por mamá y por Timmy. La maneja Mario, un hombre pálido y ojeroso de cabello chino y perfectamente vestido como chofer de funeraria. No hay nada más que disfrute Timmy de ir a la escuela que llegar y regresar en la carroza fúnebre, deslizándose entre los sillones de terciopelo azul, viendo películas, escuchando The Horrors o simplemente tomando sangría mientras jugaba a subir y bajar la ventana eléctrica.
-¿Estás listo para tu fiesta? –preguntó mamá.
-Sí.
El día de hoy, 1 de noviembre, Timmy cumplía 7 años, y según la tradición familiar, tendría lugar un rito de iniciación proveniente desde arcanas épocas y que Timmy esperaba con dilatada curiosidad, pues Papá y Mamá le habían prometido, desde que nació, que este día recibiría el mejor regalo que se le podía dar a alguien en el mundo. Y hoy, a las 12 de la noche de Transilvania, 7 de la noche de México, Timmy recibiría ese gran regalo que sucedía en intensidad al de la vida en el mundo.
En cuanto Timmy llegó a casa, una mansión ubicada en la inmensidad de un bosque al sur de la ciudad, rebosante de balcones art nouveau agrietados por el tiempo, grandes eucaliptos verde oscuro y oyameles de ramas que se elevan cubriendo la mayor parte del segundo piso de esta construcción de finales del siglo XIX, cruzó la planta baja decorada con mobiliario victoriano, hoy recubierta de adornos de Halloween y Día de Muertos y corrió al sótano, donde se encontraba su cuarto de juegos.
Mamá se puso a preparar el ponche de grosella y frutas rojas, y Timmy continuó su dibujo del Santo luchando contra una momia, calcado de un fotograma de los viejos recuerdos de la abuela, quien actuó en Santo contra las Mujeres Vampiro haciendo un papel electrizante, mismo la llevaría a ser una de las actrices más recurridas para papeles de monstruas en películas de luchadores. En ese momento, Timmy escuchó un rechinido en el rincón oscuro del sótano. Se acercó sigilosamente y volvió a escuchar el ruido. Ante sus ojos, el sarcófago egipcio regalado por un estadista a su padre, cayó al suelo, abriéndose y dejando salir al tío Herman, quien se había quedado atrapado al practicar su número de escapismo vestido de momia. Tío Herman se disculpó por el escándalo, y le preguntó si ya estaba listo para esta noche.
-Sí, -contestó Timmy.
Y como un regalo especial, Tío Herman le leería las cartas.
A Timmy le deslumbraba ver todas esas imágenes místicas llenas de rayos de luz, seres que vuelan, soles, lunas, copas, espadas, paisajes y caminos abiertos, fuentes, demonios y ángeles, apareciéndole en tres tiradas distintas, tres cartas constantes: el diablo, el amor y la vida.
-Estas eran las cartas de Alister Crowley, fundador del ocultismo moderno- le dijo su tío-Y son infalibles. Tu futuro se abre ante la fuente de la dicha que lleva la larga vida, encontrarás un amor que puede llevarte por el camino de la felicidad si respetas el juramento de no enamorarte antes de tiempo, pero todo esto se podrá ensombrecer si te dejas llevar por el fuego que hay en ti y que crecerá desde esta misma noche, orillándote a cumplir el aullido descarnado del cuerpo, sin hacerle caso al alma. Si aceptas con júbilo y voluntad todo lo que hoy está por dársete, si respetas los designios del tiempo y eres paciente, si no te dejas comer por el ansia de tu naturaleza y esperas a la decisión de tu corazón y no de tu sed, serás ungido el digno sucesor de tu padre y de toda su dinastía.
Estas palabras le sonaban bastante misteriosas a Timmy, y no alcanzaba a comprender del todo los acertijos de su tío. Sin embargo, le gustaba la parte del amor, sobre todo porque había ya en su corazón un primer acercamiento a esta emoción: Elena, su compañera de clase con la que solía jugar y con la que compartía el placer especial de leer a Emily the strange, aunque sus padres no dejaban ni que él fuera a su casa ni ella a la suya, aparentemente no congeniaban, y además, la casa de Timmy estaba algo lejos del pueblo. Esta sería la primera vez que Elena iría a su casa, aunque fuera solo por poco tiempo, pues ella tendría su propia fiesta, hoy también cumplía 7 años.
Papá llegó a casa. Al verlo entrar con ese aire de firmeza que inspiraba su porte de doctor en historia antigua de Europa y reconocido Psíquico de artistas, Clarita, la mucama albina, se dispuso a poner la mesa fingiendo la seriedad necesaria para que el adusto padre de Timmy tomara en cuenta sus acciones en el próximo permiso de salir a dar la vuelta con el novio, un chico que padece insomnio y trabaja como enterrador y jardinero de la casa. Papá fijó sus ojos severos en los de Timmy, quien sin perturbarse le sostuvo la mirada. Entonces papá explotó con la sonrisa más grande de la que era capaz debajo de esos bigotes afileteados por su amigo barbero italiano, desterrado de su pueblo por haberse visto envuelto en el crimen mortal de su esposa.
La hora del rito se acercaba, pero antes, una preliminar. Los abuelos mandaron desde Transilvania una cinta filmada en 16 mm que se proyectó en el pequeño cine de 20 butacas en la sala contigua al estudio de papá. Los abuelos le deseaban a su nieto el inicio de una nueva vida llena de felicidad, recomendándole que siempre recordara sus orígenes y sobre todo, su misión en este mundo. Y por supuesto, como regalo de cumpleaños, había un boleto abierto a Transilvania, donde podrían presentarlo ante la sociedad, sus amigos y la cofradía secreta que presidía su abuelo, una legión de antiguos caballeros que propagaban la sabiduría a través de la magia, lástima que tío Herman solo se preocupara por la prestidigitación, pero Timmy era diferente, él podría ser el gran sucesor de la familia.
Una vez terminada la proyección, marcaron las 7, y comenzó la ceremonia de iniciación. Papá, mamá y el tío, llevaron a Timmy a una cámara secreta escondida detrás del librero de volúmenes de zoología y alquimia, donde disfrutaba buscar ilustraciones de animales fantásticos. La escena, entre paredes negras y rojas de donde pendían cuadros de antiguos familiares, estaba formada por un ataúd reluciente color negro tornasoleado, flanqueado por cuatro cirios encendidos y arreglos florales con las rosas de Juárez más negras que Timmy había visto en su vida.
Mamá le puso a Timmy una bella capa de seda china color negro que reflejaba las flamas danzantes de las velas queriendo desprenderse del cirio y elevarse al cielo. Papá se puso también una capa y cubrió su rostro con una máscara de metal que simbolizaba una cara demoníaca en un rictus de risa fuera de este mundo. Tío Herman hacía música con el Theremin que sus tíos abuelos utilizaban para musicalizar las películas del Santo y que en este momento servía para llevar a Timmy a un estado de trance sonoro. Mientras tanto, por la cabeza de Timmy solo atravesaban las ganas de ver a Elena y regalarle la cajita musical que le había comprado en la tienda de antigüedades, donde mamá gustaba de comprar joyería. Se trataba de un cofrecito de hierro forjado en Toledo que resguardaba a una princesa de rasgos afilados girando sobre su propio eje, en una punta, al ritmo de una melodía de Chopin. Cuando Timmy vio la cajita, pensó decirle a Elena que quería que fuera su princesa.
Mamá le descubrió el pecho y el cuello a su hijo, indicándole se hincara en el reclinatorio frente a su padre, quien preparaba la unción con aceites y un líquido rojo y biscoso más parecido a la sangre que al ponche de grosella y frutas rojas de mamá. Papá habló.
-Timmy, hijo mío, primogénito. Durante siglos, desde la aparición del ser humano sobre la Tierra, la dinastía Dracul ha sido sinónimo de caballeros, guerreros de la noche e ilustrados. Lo mismo reyes, que artistas o poetas, grandes guías espirituales, estadistas, amantes o conquistadores, nuestra familia ha prolongado su existencia fortaleciéndose a lo largo de los años, manteniendo intacta su beta sanguínea; pero sobre todo, y esto es lo más importante hijo mío, cada uno de sus miembros ha tenido el privilegio de recibir el regalo más maravilloso que existe en el universo: la vida eterna.
Mamá colocó en el atril de lectura un gran y antiguo libro que al abrirlo, levantó polvo haciendo toser a los presentes. Timmy se preguntaba si papá tendrá más máscaras así y si podría prestarle unas para jugar. Tío Herman lo cargó e introdujo al ataúd. Timmy no sabía qué pensar. Para él los ataúdes tenían más que ver con muerte que con vida eterna. Pero como le dijo su tío, debía seguir con devoción cada parte del rito, y solo así podría conocer ese regalo que llevaba 7 años esperando, para luego poder disfrutar con Elena y sus amigos, la tan anhelada fiesta de disfraces.
-Aquí, en este féretro, de ahora en adelante, recostarás tus alegrías, tus penas, tus ensoñaciones diurnas, tus pesadillas, tus deseos, el fuego interno que hoy está por encenderse en tu alma errante. Esta caja negra será ahora tu casa en el mundo, el hogar que llevarás contigo a donde vayas, arropándote con la tierra de los montes Cárpatos Transilvanos, que te recordará por siempre tus orígenes y donde podrás ocultarte largas horas del terrible sol que ciega tu visión y que nunca más volverás a ver de manera directa, viviendo de noche, durmiendo de día, y yendo a la escuela por la tarde.
Al decir esto, papá pasó sus manos por el cuerpo de Timmy, creando un campo magnético entre sus palmas y el corazón del chico. Timmy sentía que algo dentro de él comenzaba a revolverse, un vacío en su estómago y ganas sordas de gritar, como si le extrajeran el corazón y le sacaran el aire. Entonces le dieron a beber el brebaje.
-Esta es la sangre de la alianza eterna con el reino de la oscuridad. De ahora en adelante, Timmy, con este virginal líquido en ti, sentirás la necesidad de ese calor de 36ºC que nos llena de vida y juventud.
¿Sangre?, pensó Timmy. ¿De verdad me están dando a beber sangre? Sabe diferente a la que probé cuando me raspé la rodilla. Esta es dulce, el sabor más rico que he conocido, mejor que el ponche de mamá.
-Ahora, hijo. Es momento de que conozcas realmente quién eres. Tu madre y yo estamos a punto de regalarte la vita eternus. Consérvala siempre a través de la sangre joven de doncellas, de quienes podrás alimentarte, pero sólo a una podrás hacer tu pareja, tu princesa del infrareal; sólo a una podrás compartirle la generosa gracia que estamos a punto de imponerte. Y cuando llegado su tiempo, encuentres a tu dama de la noche interminable, deberás darle de tu boca el designio infinito que la haga eterna compañera en tu reinado de tinieblas. Pero para esto tendrás primero que entrenarte, llegar a la templanza de tu sangre, el dominio de tu corazón, amaestrando sus signos malignos y los obstáculos que encuentres a tu paso como cazavampiros y buscadores de fenómenos paranormales. Día con día, hijo, yo me encargaré de prepararte para que llegues al objetivo que te ha sido encomendado: unir de nuevo a nuestra raza y hacerla una fuerza mundial. Ahora, toda mi sabiduría y la que corre por mis venas desde hace más de 2000 años, la ternura y el refinamiento necesarios por parte de tu madre que se han venido incubando desde los glóbulos rojos originarios de nuestra condición, penetrarán en ti a través de nuestra unción. Hijo, hoy te haces un vampiro, y hoy, naces a la vida eterna.
Al decir esto, papá y mamá besaron ambos lados del cuello de su hijo, asomaron sus colmillos, y los clavaron en la yugular, arrancándole un suave y agudo grito suspirado desde lo último de ser humano que de él se despedía. Su visión se fue a un negro total y se vio sumido en un sueño invadido de imágenes de sangrientas peleas entre ángeles y demonios, sombras que se acercaban para arroparlo en medio de la oscuridad, las caras de sus abuelos, sus padres y Elena. La bella Elena que inspiraba en él tantos sueños, tantos dibujos, tantas cartas que no le había entregado por temor a que creyera que como todos los niños, el no buscaba una amistad sincera, sino solamente ser su novio. Y el sonido del Theremin lo llevó a volar por las escarpadas montañas de Transilvana, atravesando cámaras y recámaras de castillos de otras épocas, tempestades marinas divisándose desde enormes riscos, atardeceres encendidos que lo llenaban de vida, fundiéndose con rostros angelicales de sus maestras y otras mujeres y niñas que no había visto en su vida pero que lo inspiraban de belleza, ternura, gratitud, y un placer indecible en los poros de su piel, y entonces sintió dentro de él un calor que se convertía en sudor frío, una ansia de vida, de poder y conocimiento, que lo reconfortaron y lo llevaron a su reposo.
Tío Herman abrió el féretro y la cara de Timmy, ahora pálida y ojerosa, se asomó para ser recibido con un gran aplauso y un pastel de 7 velas encendidas en forma de Batman, su superhéroe favorito.
-Bienvenido a la larga y jugosa vida eterna.
-Recuerda hijo, que deberás guardar este secreto para siempre contigo y escoger con mucha cautela a quién le regalas tu don, tal como tu padre me lo dio a mí. -
-Sólo vela a los ojos, y si en la oscuridad más profunda alcanzas reflejarte en el centro de sus pupilas, esa será la señal que te indique que es ella con quien debes compartir lo que hoy acabas de recibir.
-Cuando sientas la necesidad, el ansia, no podrás contenerte hijo, es la única condición de nuestra vida. –Así le previno su padre de no dejarse resistir por el llamado de la sangre, al tiempo que le regalaba una edición del siglo XIX de Drácula de Bram Stoker – Esto es lo que han dicho de nosotros. La única realidad es que cuando amamos a alguien, cuando de verdad encontramos la causa de nuestra emoción, estamos condenados a regalarle la inmortalidad.
Clarita entró para avisar que los niños habían comenzado a llegar. Entonces, Timmy corrió al espejo para arreglarse, pero ya no había reflejo.
-Viene con el paquete, hijo –le participó tío Herman- Ya nunca más podrás verte en un espejo, de echo deberás cuidarte de ellos para toda la vida, porque pueden delatarte.
Y después de estrellar su espejo de niño, parte final del rito de iniciación vampírico al que había sido introducido, Timmy y toda la familia salieron a recibir a los invitados, mientras sus amigos no dejaban de admirar su elegante y lustrosa capa.
-¡Oorale! ¡Como si fueras un vampiro de verdad! -le dijo sorprendido un amigo.
Al escuchar esto, Timmy estuvo a punto de contarle a sus invitados, reunidos para contar historias de terror, lo que acababa de experimentar, que sí se trataba de un vampiro verdadero, que estaba muy emocionado de poder transformarse en murciélago y volar y algún día, conocer a su princesa, aunque ya tenía una, sólo que ella no lo sabía. Entonces Timmy recordó que de ahora en adelante, tendría que guardar el secreto de su poder durante siglos, como su padre o su abuelo, pues quien lo revelara, caería en la maldición de su alma, muriendo inmediatamente, haciéndose polvo.
Elena llegó a la fiesta. Su cabello azul oscuro relumbraba como un aura, el vestido de tirantes que le llegaba hasta la rodilla, disfrazada como la Wynona Ryder de Beetlejuice, le daba un inspirador aire de inocencia. Y entonces Timmy deseó que este momento durara para siempre. ¿Pero por qué conformarme con este momento, y sólo desearlo si realmente puedo hacer que Elena y yo estemos juntos por siempre de los siempres? Y al saludarse, Elena le dio a Timmy una caja negra de cartón con un moño lila y una tarjetita que decía: Por este y muchos cumpleaños. Tu siempre amiga, Elena. Su siempre amiga Elena, y Timmy supo que podría ser algo más.
-Abre tu regalo Timmy –interrumpió mamá.
Y Timmy abrió el regalo torpemente debido a los bombeos dilatados de su corazón debajo de esa camisa de holanes blanca, y sintió marearse, como si una fiebre repentina se hubiese introducido a su cuerpo. Levantó la tapa de la caja y salió de ahí un saco negro con ligeras rayas de gis blanco, como el de Jack Skellington.
-Es para las ocasiones especiales. –le dijo tiernamente Elena.
Y esta era una de ellas. Timmy se quitó la capa, se puso el saco, y volvió a ponerse la capa. Felicitó a su amiga por sus 7 años, y la tomó de la mano para echarse a correr rumbo al jardín, donde tenía lugar el show de magia de tío Herman, quien ante el asombro del público infantil, cortaba a un niño a la mitad. Nadie sospechó que el truco estuvo por salírsele de las manos y cercenar accidentalmente la pierna del voluntario. Gracias al cielo que Audrey, la asistente de Herman, una bailarina exótica que lo traía vuelto loco y prendado de las barbas, se dio cuenta prontamente, que una de las cámaras no tenía seguro, así que cuando el serrucho rozó con uno de sus dientes la blanca piel del niño, Audrey interrumpió el número con una pirueta por los aires que deslumbró a los niños, dando un grand finale al show de magia, mientras entre dientes reprendía a Herman por los constantes descuidos en su arte que obedecían a ese gusto irremediable por el vino tinto a falta de sangre, por no haber tenido el valor de seguir con la tradición familiar.
Después del espectáculo de magia, Timmy y Elena fueron a jugar con los otros niños al laberinto de arbustos al que se llegaba por la pared trasera del patio de la casa, conectando con un hermoso jardín de árboles recortados en forma de figuras fantásticas: hadas, ángeles, unicornios, princesas, dragones, y una que otra estatua desnuda o de siluetas demoníacas coronando fuentes de corte romano con tres y cuatro niveles. Y todos corrieron felices por el laberinto, persiguiéndose, buscándose y escondiéndose, mientras Timmy y Elena corrían agarrados de la mano. Entonces, para que no los encontraran, Timmy llevó a Elena a un desnivel atrincherado por arbustos entre la maleza. Ahí, en medio de la oscuridad, Timmy vio los ojos negros de Elena, y se quedó hipnotizado.
-¿Qué ves Timmy?
-Tus ojos.
-¿Qué tienen?
-Me veo en ellos.
Entonces la madre de Elena imploró su nombre. Tenían que recibir a los invitados en su fiesta..
-Ven a verme –le dijo Elena.
-Sí. ¡Feliz cumpleaños! Y gracias por el saco.
Timmy y mamá acompañaron a Elena y su madre la entrada. Al fondo, unos truenos retumbaron en el cielo que comenzaba a oscurecer bajo los últimos rayos del atardecer. Unos aullidos lejanos le dieron la bienvenida a las estrellas que aparecían en el cielo confabulando los destinos de las criaturas de la noche.
-¿Los escuchas, Timmy? –dijo mamá.
-¿Los perros?
-No son perros. Son los hijos de la noche. Tus aliados, quienes te avisarán dónde encontrar el alimento para tu alma. ¿Te la estás pasando bien?
-Sí. Aunque no quería que se fuera Elena.
-Algún día encontrarás a alguien que no se vaya y se quede contigo para siempre.
Al entrar de nuevo a la sala, debajo de las escaleras, Timmy se encontró la cajita musical que le había comprado a Elena. Estaba tan emocionado con ella que se le olvidó darle su regalo. Tenía que llevárselo. Pero en este momento pedían su presencia en el salón de proyecciones, pues sus padres le tenían una sorpresa.
En un show de sombras chinescas, guiñol y música gitana, Timmy y sus invitados fueron testigos de la historia de la princesa Ishtar, una mujer que vivió muy feliz hasta que su esposo fue muerto en una guerra. Gracias a que era noble de corazón, su esposo regresó al mundo de los vivos para comunicarse con su amada por única y última vez. Ante esta situación, ambos esposos decidieron que Ishtar debería morir para vivir eternamente con su amado en el paraíso de las almas, un lugar que podrían disfrutar juntos. Pero al morir, Ishtar no fue al paraíso, pues se había quitado la vida de manera profana e infame, no respetando los designios de Dios ni en pos de una causa noble como lo fue con su esposo. Ishtar se había dado muerte por la lujuria de vivir queriendo decidir sobre su existencia, pasando por alto las fuerzas divinas, así que su alma no encontraría descanso en el reino subterráneo de los desterrados celestiales.
Posteriormente, para alegrar el momento, un espectáculo de cuchillos sorprendió a todos los asistentes, mientras Timmy pensaba en que debía darle su regalo a Elena. Sin embargo, sus padres le dijeron que en sus fiestas, tenía que portarse como verdadero anfitrión, además, estaba por comenzar la proyección de El Extraño mundo de Jack en 3D. Ya habría tiempo para ver a Elena y ¿por qué no? conocer otras chicas.
Los niños se fueron después de la proyección. Tío Herman roncaba recostado sobre un sillón, sosteniendo una copa de cognac sin perder el equilibrio. A su lado, Audrey lo cobijaba con el edredón de piel de tigre blanco traído de la India y se despedía de la familia para irse a bailar al centro nocturno. En el comedor, Clarita tomaba algo de rompope, brindando con Mario y su novio el enterrador. Papá, mamá y Timmy entraban contentos tras haber despedido a la gente.
La hora de dormir había llegado. Clarita y compañía se fueron a una cantina del centro a seguir la fiesta y aprovechar que mañana sería 2 de noviembre, día de guardar, y Tío Herman se quedaría dormido en el sillón, roncando toda la noche, dándole pequeños tragos entre sueños a su cognac. Papá cargó en hombros a Timmy y lo subió por esa vieja escalera de madera que rechinaba en cada escalón. Mamá apagó las luces de la casa y se despidió de todas las almas en pena que pasarían la noche en la planta baja del hogar.
Al llegar a su recámara, Timmy se puso su mameluco de gato negro, y se metió a la cama. Papá y Mamá entonces le leyeron un libro de Edward Gorey, Los pequeñines macabros, y en la última hoja, Timmy cerró los ojos para viajar al mundo de los sueños. Papá y mamá le humedecieron la frente con sus labios deseándole buena noche, su primera de vampiro, cerraron la puerta, y se besaron pensando que ahora sí, no habría que ocultar nada, que Timmy los haría muy felices, y que esa noche podrían afilar sus colmillos mutuamente hasta el amanecer sin preocuparse por el chico.
Fue una noche de tormenta. Timmy daba vueltas de un lado a otro de la cama. Se acomodaba boca arriba, boca abajo, de lado, pero nada podía calmarlo; no podía descansar, y no era por los ronquidos del tío Herman. Las escenas del rito de iniciación se le presentaban distorsionadas, deslavadas en cantidades de sangre que inundaban su recámara, un secor en la boca y calosfríos como de fiebre, sin embargo, no podía levantarse para ir al cuarto de sus papás, no tenía fuerzas. De entre las imágenes, sobrevino el instante en que Timmy se reflejó dentro de los ojos de Elena, y recordó lo que le dijo su padre, si te ves en la profundidad de sus ojos…, y pensó en todas esas veces que podría estar junto a ella sin que tuvieran que pedirle permiso a sus papás, sin que llegara el día de fin de semestre y Elena regresara a Alemania, su país natal, y dejar de saber de ella por los siglos de los siglos. Entonces, Timmy deseó con todo su corazón que Elena estuviera siempre a su lado, y decidió regalarle la vida eterna.
Entonces, de entre las imágenes fantasmagóricas que proyectaban los árboles sacudiéndose sobre el techo y las paredes de su recámara, en medio de la luz hipnotizante de la luna, se escuchó el aullido de un lobo. Lon, la criatura nocturna entró a la recámara de Timmy, para presentarse como su fiel guardián hasta que cumpliera la mayoría de edad. Con su hocico blanco y refinado, Lon destapó a Timmy, descubriendo el cuerpo de su amo sufriendo el primer aire frío del ansia.
De súbito, Timmy se calmó. Tieso, poseído por un estatismo extático más allá de este mundo, del inframundo, Timmy se incorporó, y sin quitarse el mameluco, se puso el saco que Elena le regaló y la capa obsequiada por su padre. Sus ojos irradiaban un rojo profundo que iluminaba como antorchas la oscuridad a su paso hasta llegar al pórtico de la Mansión, donde Lon lo alcanzó, cargando en su hocico la bolsa en la que Timmy había guardado el regalo de Elena.
En un parpadeo, Timmy se hallaba volando por el jardín de su casa, admirando en la noche transparente el laberinto de arbustos donde Elena le mostró que era la indicada. Y tratando de esquivar ramas de grandes árboles en medio de la neblina, Timmy nunca se imaginó que buscar su propio alimento sería tan divertido, y pensó que tendría que practicar mucho para evitar accidentes cuando adquiriera la forma de murciélago, mientras cruzaba la zona habitacional cuesta abajo, siguiendo el correr del río y la ladera boscosa, hasta llegar a la casa de Elena. Ahí, revoloteó afuera de la casa como alguna vez vio que hacían los colibríes, tratando de fijarse en qué recámara dormía su amiga anhelada. Entonces la vio, acostada sobre su cama, respirando angelicalmente bajo un camisón blanco que le robaba la luz a la luna y volvía a deslumbrar sus ojos.
La ventana de la recámara de Elena estaba cerrada con un candado de ajo, y por alguna extraña razón que desconocía, Timmy comenzó a estornudar sin parar. Así que decidió entrar por la chimenea, como tantas veces imaginó Santa Claus lo habría hecho en su casa. Y cuando llegó a la salida del tejado para introducirse, otro estornudo lo sorprendió haciéndolo aterrizar de golpe en el hogar aún ardiendo, disparándolo a la sala de la casa. Definitivamente tenía que practicar para mejorar su entrada.
La casa era de una decoración tan antigua como la de Timmy, quien sobrevoló las escaleras en compañía de Lon, observando los cuadros de la familia, cantidades de antepasados en posiciones similares a los retratos de su casa, sólo que estos seres parecían llenos de luz, y siempre traían consigo un crucifijo y una Biblia en la mano, imágenes que le dieron escalofríos y lo hicieron llegar a la recámara de su amiga.
Ahí, en su cama, cubierta bajo gasas transparentes del blanco más puro, respirando acompasadamente, en medio de un olor a violetas frescas y siemprevivas, con los truenos de la tormenta como música de fondo, dormía Elena. Timmy, sintiendo la sed más endemoniada que había conocido, con su estómago creando el vacío más extrañamente emocionante que hubiera sentido, hizo a un lado ese cabello lacio luminoso como la noche más oscura, olió la piel aterciopelada y suave de su amiga, y pensando que este sería el regalo de cumpleaños más hermoso que alguien podría darle, que sería un regalo mutuo, para él y para ella, vivir juntos por siempre, Timmy asomó los colmillos que para el dentista eran un logro envidiable de la naturaleza y le rozó el cuello. Entonces Elena abrió los ojos y completamente hipnotizada por su amigo, cruzó su mirada con Timmy, quien se reflejaba hasta la oscuridad más profunda de su ser creando un vórtice de luz cegadora transmutándose en moléculas iridiscentes de completud dentro de su corazón. Y ambos, congelando la mirada, se hicieron uno, mientras Timmy encajaba los colmillos en el cuello de su amada y Elena dejaba escapar un suave y virginal gemido que se evaporaba como la muerte de su vida ordinaria, naciendo a la vida eterna. Timmy sintió un extraño jalón en el bajo vientre, un desequilibrio combinado con mareo. Y presa del horror al ver la sangre de su princesa embarrada en sus labios y sorprenderse saboreándola, incluso chupándonse los dedos, Timmy se desmayó.
Lon lamió la cara de Timmy para despertarlo, pues se había quedado dormido recostado en la cama de Elena, quien lo abrazaba. Faltaba una hora para que saliera el sol. Entonces Timmy dejó el regalo de Elena sobre su cómoda. Y mientras la bailarina giraba en un ple du cuplé sobre su propio eje, tocando la melancólica melodía de Chopin en versión piano eléctrico, Timmy salió volando por la chimenea rumbo a su casa, despidiéndose en un bostezo de Lon, que en un aullido se alejó perdiéndose en el bosque hasta la noche siguiente, en que él y su amo buscarían el festín de esa comezón por estar vivos.
Timmy llegó a casa, y tratando de no despertar a papá y mamá que dormían con la puerta entreabierta, se asomó agradeciéndoles infinitamente y en silencio, el gran regalo que había recibido y había podido regalar. Mañana les contaría todo. Sin que él lo supiera, sus padres lo vieron de reojo, y afilando sus colmillos uno con otro, se dieron de beber de lengua a lengua, el desayuno que encontraron en un callejón, a unas cuantas calles de un antro donde se celebraba una noche de Walpurguis.
Timmy llegó a su cuarto, donde ahora en lugar de cama se encontraba el hermoso ataúd que se abría dejando ver su interior de terciopelo rojo encendido como las llamas del infierno que brotaban en una visión antes del sueño diurno. Y cerró los ojos imaginando lo hermoso que sería compartir toda su vida y todas sus aventuras con Elena, y así por los siglos de los siglos por venir.
Cuando los papás de Elena la encontraron, había caído en un paro respiratorio que su padre, el Dr. Víctor von Van Helsing, pudo remediar gracias a los conocimientos médicos que le habían merecido ser becario nacional para las Ciencias y Artes. Afortunadamente, cuando Elena y su madre le relataron al Dr. Van Helsing lo que había ocurrido en la fiesta, sumando a esto los indicios de incipiente vampirismo que Timmy denotaba en sus pláticas sobre familiares en Transilvania e imágenes que provenían más de un cuento de terror que de un niño, el doctor echó mano de la fórmula que le había costado a generaciones de antepasados suyos desarrollar para proteger su estirpe: se trataba de un antídoto que generaba anticuerpos a los de cualquier Nosferatu, revirtiendo el efecto al victimario, por lo que Elena se encontraba convaleciente, en cama y con la fiebre, efectos ineludibles de la mordida vampírica, pero había logrado salvar la vida.
No fue así en el caso de Timmy. Daban ya las 12:01 pasado meridiano, Clarita lo despertó para desayunar su licuado de betabel y prepararlo para la celebración de muertos, en la que invocarían a todos sus arcanos en el festín de las bodas entre el infra y supramundo. Tres veces tocó en la puerta de madera, y otras tres en el ataúd. Entonces papá y mamá fueron a la recámara y abrieron el féretro. Timmy yacía sin vida, con los ojos abiertos en un rictus extático no común para un niño de su edad. Había sido víctima de su propio deseo, tratando de dar la vida eterna quitándosela él mismo por no sabérsela ganar. Y entonces sus padres supieron que hasta aquí, en los confines de los montes escarpados del sur de la ciudad de México, después de años de descanso y tranquilidad hemofílica, los Van Helsing habían reiniciado la guerra entre el día y la noche, la luz y la oscuridad, la vida terrenal y la ilimitada vida eterna.
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