No te muevas y escucha: una noche sin estrellas, Draggstôn, casi sin darse cuenta, rompió el cascarón. Cuando por el asomó la cabeza, se encontró sólo en una enorme y oscura caverna, alfombrada por monedas de oro y piedras preciosas. Llamó en vano a su mamá y a su papá porque la única respuesta que recibió fue una nube de humo y su propio eco. Salió torpemente de lo que quedaba del huevo y contempló, con fascinación, las pálidas escamas de su nueva piel y las afiladas garras que brillaban en esa débil penumbra.
Durante los primeros años se la pasó encerrado, jugando con rubíes, esmeraldas, yelmos, espadas y todos aquellos objetos que adornaban la estancia. Con ellos, reproducía historias de preciosas princesas y corajudos caballeros y maléficos monstruos que sacaba, quién sabe de dónde. El origen de estos tesoros es también un misterio hasta el día de hoy, pero su fina manufactura los relacionaba con antiguos y talentosísimos artesanos. Conforme fue pasando el tiempo, fue también abandonando los juegos para poner orden y clasificar todas aquellas riquezas que tanto apreciaba: la única compañía de la que pudo disfrutar en toda su infancia.
Recién cuando alcanzó la edad adulta, se animó a salir fuera de la cueva, extendiendo con orgullo sus enormes alas de murciélago y agitando su larga cola de cocodrilo. Se alzó encima de una formación montañosa para reconocer su hogar desde el cielo y se extasió al observar aquel paisaje azul, adornado con nubes de algodón y brillantes haces de luz. Sintió en ese momento, acariciado por una brisa matutina que traía algo de olor del mar, una cosa que nunca volvería a sentir en toda su larga existencia: que podía llevar a cabo lo que se propusiese, que iría a cualquier lugar que se le antojase, y que el mundo entero estaría esperándole.
Luego de un buen rato, desde las alturas, alcanzó a distinguir un grupo de personas trabajando en el campo. Al verlo a él desde lejos, la gente comenzó a señalarlo... y a decir cosas horribles, segundos antes de salir corriendo despavoridos. A Draggstôn, al principio le causó gracia todo aquel alboroto que por él hacían. Pero no tardó en darse cuenta de su oscuro significado. En aquellas pequeñas criaturas, su presencia sólo podía producir temor y odio. Y un día, de regreso de un paseo por la comarca, con lágrimas en los ojos y sangre en la barriga (de donde colgaban todavía algunas cuantas flechas rotas) prometió encerrarse en su cueva para no salir nunca más.
Claro que esa promesa no podía durar mucho. Demasiado disfrutaba él de los rayos de sol bañando su cara y de sus alas golpeando al viento. Así que siguió saliendo, pero intentando evitar los poblados humanos para no provocar más el pánico. Lo que sucedió entonces fue que le empezaron a faltar cosas de su tesoro personal. Primero fue un objeto o dos, y se lo atribuyó a algún descuido suyo, cosa rarísima porque todos sabemos que por más grande que sea el tesoro de un dragón, éste siempre sabe hasta la ubicación de la perla más pequeña. Sin embargo, más tarde fue imposible culparse de algún descuido. Empezaron a desaparecer arcones enteros de monedas, armaduras completas, tahalíes y escudos. Los saqueadores (caballeros, mercenarios, sacerdotes) nunca quisieron oír sus razones para querer conservar todo aquello que le pertenecía, y apenas lo veían, se lanzaban al ataque. Y tampoco importó a cuantos héroes calcinase: siempre volvían más, ávidos de gloria y riquezas. Así que decidió juntar las pocas pertenencias que le quedaban y buscar otro lugar más seguro para vivir.
En uno de estos viajes encontró un viejo castillo, decrépito y abandonado, donde por fin se instaló. Su tesoro había disminuido considerablemente, así que ideó un plan para que su hogar tuviera la voluptuosidad de otras épocas. Secuestró a las mujeres más hermosas e inteligentes de los alrededores, sin distinción de clase social, y las llevó a vivir con él. Al principio, sus víctimas se resistieron, pero no tardaron en aceptar y hasta disfrutar de su nueva vida. Draggstôn las trató más como huéspedes que como rehenes. Y la pequeña comunidad, formada en su apogeo por sesenta mujeres de diferentes edades, prosperó insospechadamente. Reacondicionaron el castillo, cultivaron la tierra, escribieron poesía y montaron un sinfín de obras de teatro. Se divirtieron con el ingenio del dragón blanco y gozaron de sus riquezas que, saqueo a templos mediante, crecía hasta casi alcanzar la magnificencia que alguna vez tuvo. Y no parecieron extrañar para nada la presencia de los hombres. Encontraron, finalmente, la paz y armonía que en ningún otro lugar podrían encontrar.
Una tarde como cualquier otra, cuando Draggstôn empezaba a sentirse demasiado satisfecho de todo lo que había conseguido, luego de zamparse a dos clérigos gordinflones y repletos de anillos y joyas como desayuno, se encontró con que el castillo donde vivía había sido atacado. Columnas de humo se elevaban hasta el cielo, dificultándole la visión de su hogar en ruinas, sus cofres vacíos, y los cuerpos femeninos sin vida, golpeados y ultrajados hasta la muerte. Un estandarte en el suelo era prueba de algo que no requería confirmación alguna: otra vez, aquellos valientes caballeros, miembros de vaya a saber cual iglesia, habían ido hasta su morada por más gloria y más riquezas.
Draggstôn no ha respondido muy bien a aquél cruel zarpazo del destino. Desde ese día, el dragón vaga sin rumbo, inventando historias constantemente y contándoselas a cualquier transeúnte desprevenido, que encuentre en su camino, dispuesto a escuchar. Antes pedía unas cuantas monedas de cooperación voluntaria a cambio, como muestra de consideración hacia todas las calamidades que el pobre ha vivido. Ahora se contenta tan sólo con almorzarse a su temeroso público oyente.
Y tu, pequeño gusano insignificante. ¿Qué crees que vaya a suceder ahora?
Federico Gastón Spratt
(#1985)
http://elargencano.blogspot.com/
*Ilustración de Ciruelo
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