martes, 19 de agosto de 2008
YUPI
Mi primogénita llegada a casa había sido totalmente deseada. Mis padres no querían otro hijo por el momento, así que para suplir a mi necesidad de un compañero de juegos consiguieron un perro ratonero. Comencé a hablar al año, muy lerdamente, así que al ver al perro, que llegó a mis dos años, manchado, blanco con negro, invoqué rápidamente a mi personaje favorito de Charly Brown. Yupi. No podía pronunciar snoopy, así que entre risas todo el mundo adoptó para el perro el nuevo apodo.
Cuando era joven Yupi era juguetón. Yo también lo era, así que comenzamos a jugar juntos. Perseguía mis piernas, y yo en mi inocencia aún no adivinaba sus necesidades sexuales, por lo cual me remitía a patearlo para que regresara con las fauces infantiles abiertas, esperando poder volver a trajinear mi pantalón con su entrepierna.
Al paso del tiempo, tuve que ir a la escuela, y Yupi me esperaba para regresar a casa. Sus ojos grandes estaban abiertos siempre, vigilantes de mi llegada. Mi hermana Elena, que había llegado hace poco no le hacía gran caso, por lo cual, él siempre corría a la seguridad de mi presencia. Una pelota suplía mi compañía mientras estaba en el colegio. Pero el perro rápidamente se hartó de ella y comenzó a experimentar con los sillones de la sala.
Mamá, harta de tener que retapizar, encerró a Yupi en la amplia azotea. Cuando olía mis pasos desde la puerta comenzaba el triste aullar que no cesaba hasta mi llegada. Sus ojos lagrimeros me sonreían al mirarme. A mí me hartaba tener que subir a ver a mi perro, el cual había sido mío más por imposición que por decisión.
No pienso venir más, le dije un jueves. Me di la vuelta para salir y escuché una voz en medio de su ladrido.
- No me abandones, por favor.
- ¿Me hablaste?
- Sí. Pensé que no era necesario, pero…
- ¿Cómo puedes hablar?
- La pregunta es: ¿Cómo puedes oírme?
- …
Me di la vuelta de todas formas y bajé la escalera molesta. El perro ahora estaba usando sus últimas armas de manipulación conmigo, cosa que no planeaba soportar.
-Dale de comer al perro- dijo mi mamá el viernes en la tarde. Le contesté que no era mi perro y no planeaba darle de comer. “Nunca pedí un perro” bramé. Me di la vuelta y me metí a mi cuarto azotando la puerta.
Cada noche desde entonces, Yupi lloraba justo cuando yo iba a dormir, esperando que me doblara. Las noches sin dormir terminaron con un enorme dolor de cabeza, que cedió hasta que compré unos tapones.
Con los tapones podía dormir plácidamente, y aunque no escuchaba gran cosa, me sumergí en los libros para omitir la televisión y me puse escribir cartas en vez de hablar por teléfono. Ahí está que me empezó a llamar la atención la escritura, y en unos meses comencé a escribir poesía.
Pronto comencé a ganar premios y me eligieron para obtener una beca de verano en otro país, en una escuela de letras.
Mi talento creció rápidamente, y súbitamente, “Oreiller”, apodo que me había ganado por siempre usar los tapones y que utilizaba de seudónimo, había sido ganador de un importante concurso que otorgaba una beca completa para estudiar en Francia.
Al volver de Francia, con mi primer proyecto de libro, visité una de las casas editoriales más grandes del país.
- Es sin duda un gran trabajo- me dijo el hombre de bigote blanco después de leer detenidamente, por dos días el libro de doscientas cincuenta y un páginas- ¿Por qué Oreiller?-.
La historia del perro le sacó una gran sonrisa, que antecedió a una frase que nunca antes había concebido en el mundo de las letras. Sólo fueron capaces de juntarse en la boca de Martín Arteiller, porque en ese agujero negro de mi cabeza, no habían podido hablarme sin perder su propio sentido.
- Le daremos gracias entonces a Yupi, que te concedió, mediante dejarte libre, el espejo en el cual descubriste tu pasión por la escritura.
Al llegar a casa de mis padres, una semana después, subí directamente a la azotea, buscando a mi perro seguramente viejo, al cual debía serias disculpas, pero la criada aseguraba que cuando me fui a Francia Yupi aplicó la huelga de hambre más inquebrantable y había muerto una semana después.
- Se puso flaco, flaco. Se le veían las costillas. Lo único que resaltaban eras sus ojos perdidos, llenos de lágrimas, que no veían más que a tu recamara. A veces en las noches se ponía a llorar como loco, otras veces pasaba días sin hablar. Hasta que dejó de comer por completo, y se murió. Dicen que le dio mucha tristeza cuando te fuiste. No te dijimos nada para no agobiarte.
Ese fue el primer día que dejé de dormir con tapones, o más bien de irme a la cama sin ellos. El dolor de cabeza por no dormir duró diez días. Diez días de oscuridad persiguiendo cada sonido, como si fuera por primera vez escuchado. Ya no podía escuchar mi cabeza, que había escuchado por días. Ahora sólo escuchaba los ruidos de la noche, esperando poder percibir el lamento de mi perro entre las ondas oscuras de la madrugada.
Yupi había sido enterrado en el patio. Después de tres semanas por fin me atreví a visitar su tumba, dejando sobre ella una cajita de cristal que contenía mis tapones. En el momento en que la deposité sobre la tierra oscura, comenzaron a escucharse varios lamentos de perro. De esos que se escuchan cuando la gente dice los perros presienten una muerte.
Desde entonces, duermo tranquilo, y a veces sueño que un perro está al lado de mi cama velando mi descanso mientras vigila todas las letras y todos los sonidos que, en la negra noche, se acercan a mi aposento.
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