martes, 19 de agosto de 2008

Mi metamorfosis

Me senté en la misma butaca de siempre. La maestra habló de algunos temas y unos compañeros leyeron sus trabajos. Luego me tocó a mí. Mientras leía, la mano me temblaba y la voz igual, casi no podía continuar, trataba de mantener fija la mano que sostenía la hoja con la otra pero las dos juntas sólo juntaban su temblorina. Cuando terminé, mis compañeros comentaron mi texto pero yo no podía poner atención, tenía la cabeza caliente y el temblor se me había contagiado por todo el cuerpo. Leonardo, "el oso", sentado junto a mí, me miraba constantemente de reojo. Se acomodó en su asiento, algo le incomodaba, algo quería decirme. ¿Qué te pasó?, dijo, con débil voz, casi para sí mismo. Yo quería responderle que no me pasaba nada, pero mi boca la sentía muy amplia y mi lengua colgaba fuera de mi boca y era difícil de manejar pues chocaba con unos dientes largos y afilados. Lo miré pero él se hacía el desentendido. Después noté que mis cuatro extremidades estaban apoyadas en el asiento, todo mi cuerpo constreñido entre el respaldo y los brazos de la butaca, y esas mismas cuatro extremidades estaban forradas de pelo.
La maestra seguía criticando mi texto, yo no entendía bien qué estaba diciendo, y quería defender mi texto pero lo único que salió de mi garganta fue un aullido.
La maestra calló un segundo al oír el sonido que emití, como un estorbo en su discurso que rápidamente esquivó para seguir criticando mi texto. Gastón, poco delante de mí, giró discretamente su cabeza hacia mí dos veces, una tras otra, la primera con curiosidad y la otra con extrañeza, y luego le comentó a Carlos: qué raros son los poetas, y Carlos se encogió de hombros, como si su espalda fuera el caparazón de una tortuga.
Sonó la campana, y yo, como todos los días, me acerqué con mis cuates, pero sentí que les incomodaba, me daban la espalda y yo tenía que asomar la cabeza, que llegaba a la altura de sus piernas, por entre los huecos entre una y otra persona, pero los empequeñecían cada vez que me acercaba. Cuando por fin lo logré, Enrique me miró como si yo fuera gato (es alérgico a ellos) y sugirió que mejor se bajaran a ver qué película pasaban en el cineclub.
Me quedé con Andrea, que se había quedado atrás, apurada, recogiendo sus cosas, le pregunté que qué tal le había parecido mi texto pero sólo me salió un leve aullido y Andrea se volteó y me acarició la cabeza y dijo ay qué hermoso, me gusta cómo se siente tu pelo, quitó la mano de un impulso y se dijo a sí misma, ay no, a lo mejor muerde, y se alejó rauda tras el grupo.
Salí, cabizbajo, al aire fresco de la noche, y del otro lado de la calle había un grupo de sogemitas, fumando, que me miraba fijamente, así que me dirigí hacia ellos con mis cuatro extremidades en el suelo, pero me detuve al ver que estaban cuchicheando de mí. Sólo alcancé a oír que uno de ellos decía, se ve muy flaco, ha de tener hambre, se acercó un poco y puso en el piso una sopa Maruchan.
Ni pasé por el estacionamiento, estaba conciente de lo complicado que sería manejar en mi estado, así que me fui caminando. Llegué a la plaza de Coyoacán, a la fuente de los coyotes y tomé de su agua sucia. La plaza estaba vacía y sin luces eléctricas, me quedé dando vueltas en el borde de la fuente, la luna estaba casi llena y por primera vez desde mi transformación me sentí liviano y alegre y aullé.
A mi casa entré como si fuera gato, aunque con mucha más dificultad. No había nadie. Sólo Gatuska, la gatita. Entré y ella enroscada levantó su cabeza y se me quedó viendo dubitativa durante un rato y yo me quedé inmóvil para no asustarla. Hasta que nos sorprendió otro sonido, era una víbora de cascabel. La cabeza de la víbora flotaba cerca de mí y no se dio cuenta que la gata se acercó a ella por detrás y la agarró del pescuezo y la mató. Esa noche no pude dormir, agradecido con la gata y preocupado: qué tal que la víbora era mi hermano.

4 comentarios:

Mizarvs dijo...

Chale, cuando menos comparte lo que te fumaste/tomaste/comiste. ¡Excelente todo!

Carlos Armando dijo...

Súper!

De algo conocido creaste algo original. Pero sobre todo cercano a todos nosotros -aunque yo apenas tengo peso en el cuento, eh- para no sólo disfrutarlo sino sentirnos parte del mismo.

Felicidades, Niko.

Anónimo dijo...

Me gustó mucho. Nos resolviste el misterio de qué te había pasado ese día.

A veces repetís, muy juntas, algunas palabras, por ejemplo: "(...) A mi casa entré al garage de mi casa por encima de la barda y luego a la casa por donde entra la gata (...)" pero es lo de menos. Incluso no dudo que esas partes vayan a cambiar... ¡el texto mismo se sigue metamorfoseando! Hoy hay escenas nuevas que ayer no estaban. Eso está fantástico. (;D)

Una pregunta: si vos eras el coyote y tu hermano la víbora ¿la gata quién era? ¿Simplemente una gata?

Ada dijo...

Jajaja tienen razón creo que captaste la esencia de cada uno de nosotros; sí que bueno que sigas cambiando... Imitando a Enrique ¡Estuvo fantástico!