La luz del amanecer anunció el nuevo día asomándose entre las persianas. Para que no me molestara y poder seguir durmiendo plácidamente, como todas las mañanas, me acurruqué en el cuello de Elisa.
Pocos minutos después sonó el despertador, Elisa lo apagó, refunfuñó y se levantó.
La cama para mi solo. Este era quizá, el momento que más disfrutaba del día, las almohadas y las sábanas exclusivamente para mí. Dormí mientras ella se bañaba.
Cuando entró a la recámara, abrí los ojos. - Buen día - dijo con voz dulce.
La miré, envuelta en la toalla celeste de siempre, desnuda, recién bañada, con el cabello tan lacio y mojado cubriéndole los hombros, la imagen perfecta de cada mañana.
Prendió la radio. El noticiario matutino es realmente malo, no entiendo porqué lo escucha. Terminó de vestirse, se peinó, y se acercó a besarme atrás de la oreja. Salió de la recámara.
Realmente en estos momentos de la mañana podía valorar lo afortunado que me sentía al estar con ella, compartir la casa, y descubrir cada día un detalle diferente de su amplia gama de estados de ánimo.
A mi parecer es más que hermosa cuando llega a casa, de noche, con una sonrisa enorme y me platica que su día fue maravilloso. Por suerte es algo que ocurre con frecuencia. Elisa no es precisamente una chica depresiva, ni mucho menos, todo lo contrario, es bastante alegre, risueña, simpática, inteligente… es Elisa.
-Ya está el desayuno.- Gritó desde el comedor.
Salí del cuarto. Miré mi plato. Lo mismo de todos los días, Elisa sabía que me encantaba esa comida y procuraba que nunca faltara en la alacena lo necesario para mí.
Desayunamos.
-Es tardísimo- me dijo. Dejó sus platos en el fregadero y rápido terminó lo que tenía pendiente en la recámara, entre otras cosas, tender la cama, maquillarse y verificar que en el portafolios llevara todo lo que necesitaba.
-Vengo en la noche- salió.
La casa toda mía. Empecé mi rutina. Unos estiramientos después del desayuno, salí a la terraza a mirar qué tal pintaba el nuevo día, y una vez ahí reposé bajo el sol. Cuando el calor se volvió insoportable entré a la casa otra vez y en la sala busqué cómo matar el tiempo, hasta que Elisa volvió.
Escuché sus pasos por el pasillo del edificio, sus llaves luchando por salir del portafolios, percibí su perfume volar por detrás de la puerta, y… otro olor que no logré reconocer.
La puerta se abrió.
Entró un hombre al que jamás había visto. Lo miré detenidamente, de pies a cabeza. Cabello chino, alborotado, ojos grandes, nariz chueca, barba tupida, labios gruesos, estatura media, complexión robusta, jeans claros, tenis rojos.
Me acerqué y descubrí un olor a tabaco y coco, mezcla extraña.
-Jaime, él es Mateo. Mateo, él es Jaime.
Hubiera intentado por lo menos ser amable con el nuevo amigo de Elisa, si él no hubiera fingido demencia ante nuestra cordial presentación.
-¿Destapamos el vinito? – fue lo primero que le oí decir al tipo.
Elisa trajo a la sala un par de copas.
Me senté al lado de ella, ya que el susodicho se había acomodado en mi lugar favorito, en el sillón más cómodo.
Platicaron de tonterías. Nunca había visto a Elisa así, no estaba contenta, ni feliz, no, estaba como abstraída de la realidad, embelesada con la figura de Jaime, incluso reía distinto. La risa de Elisa era tan boba como los chistes que hacían.
Ella, después de la segunda copa de vino, se levantó de mi lado y se sentó junto a Jaime. Él, nada tonto, comenzó a acariciarle el cabello, después le agarró la mano y jugó con sus dedos. Cuando dejó su mano sobre la pierna de Elisa estuve a punto de lanzarme sobre su horrenda nariz, pero me contuve, no hubiese sido muy amable de mi parte morder en ese momento a nuestro invitado.
El control me duró poco, porque en segundos Jaime, muy decidido a demostrar su varonil personalidad, tomó con fuerza la cabeza de Elisa y le plantó tremendo beso.
En verdad creí que la pobre de Elisa no podía respirar.
No pude detenerme. De un salto llegué a los pies de Jaime y con fuerza mordí uno de sus tenis.
De haber sabido el golpe que me llevaría quizá lo hubiera pensado mejor antes de clavarle los dientes.
Hubo gritos, empujones, mordidas, ladridos, lágrimas, y más gritos.
Jaime se defendía diciendo que yo lo había atacado primero.
Elisa me defendía diciendo que yo era un pobre perro que no entendía lo que pasaba.
Yo defendía a Elisa de las garras de ese patán y me defendía a mí, ladrando que entendía perfectamente lo que sucedía.
-Pues si vamos a pasar juntos la noche él se tiene que quedar afuera.- dijo muy seguro de sí mismo el tarado de Jaime.
Muy digno y confiado de que Elisa tomaría la decisión correcta, me quedé sentado en espera del veredicto, seguramente a mí favor.
Elisa respiró hondo, nos miró a los dos, caminó hacia la puerta, la abrió y dijo –Mateo, ve a dar una vuelta-.
En efecto, no lo podía creer.
Salí de la casa, luego del edificio y finalmente del barrio, decidido a no volver jamás.
Todas las mujeres son iguales.
2 comentarios:
Perras... digooo... Perros ¿Quien los entiende?
¡Muy bien, Elia, bien hecho! Igual no todas las mujeres son iguales. Algunas son peores.
Lo único que me instatisfizo del relato es la espera del perro en la casa: sucede demasiado rápido. Sólo sale a la terraza, se estira y busca como matar el tiempo hasta que Elisa vuelve. Igual no conviene extenderse demasiado en esa parte (lo ralentizaría) pero me parece que podrías aprovechar ese espacio con uno o dos detalles, por ejemplo, para enfatizar la adoración del perro por su dueña, para que así sea más duro el golpe final.
Digo, en mi humildisísima y sensishísima opinión, claro. De todas maneras, es una minucia. Felicidades.
Publicar un comentario