
Esta cerca, lo percibe su cuerpo erizado. Su fino olfato lo ha rastreado por toda la zona este. Siente la adrenalina recorriendo todo su cuerpo y el calor invadiendo sus facciones; esta a menos de una azotea, en la catedral, aguardando, esperando para después escapar…
Se detiene, saborea el momento puede que sea el primero o el último, no lo sabe realmente. Observa su territorio, la jungla de cemento. Y con la mirada difusa, intenta recobrar: el taconeo o los pasos de las multitudes sobre las baldosas sueltas, el molesto pitido de las bocinas, el estruendo producido por los escapes -y la inconfundible cortina de humo-, el "tic-tac" de los relojes que parecen sincronizarse con los latidos, las voces extrañas que se acercan y alejan...pero sólo un eco vacío.
El pasado viene, y va como cada noche: el hambre, las gotas de agua precipitándose hacia ella, ahogándola y el silencio, el terrible silencio que después vendría; el calor; el alivio, las manos pegajosas de la pequeña Anel, la comida grasosa y enlatada de Gastón, las patadas sin querer de Cynthia cuando dormía con ella… Y el viento, la adrenalina, el placer, Los deliciosos trozos de carne que hurtaba de los restaurantes sobre la 5ta. avenida, su guardilla de periódico; su primer presa agonizando bajo sus garras, un pequeña ave, un ruiseñor, muriendo lentamente, silencioso, como su mundo…
Los relojes se vuelven hacia atrás, vuelven a la búsqueda de perros, reptiles, ratas, cualquier animal que se presentará frente a su sigiloso caminar, y después de un zarpazo embriagarse con el dulce canto del terror en los aullidos inútiles de las víctimas… Pero es solo placer… Muere, inevitablemente todos los días y por las noches resucita con silentes pulsaciones y vaho; señal de su inmortalidad ante las infinitas batallas... Ha llegado el momento y los relojes vuelven a torcerse las figuras de sal vienen a cobrar su venganza pero Cassandra no esta, su silueta es sólo la sombra de un fantasma, un fantasma cenizo de piel ajada.
Se detiene, saborea el momento puede que sea el primero o el último, no lo sabe realmente. Observa su territorio, la jungla de cemento. Y con la mirada difusa, intenta recobrar: el taconeo o los pasos de las multitudes sobre las baldosas sueltas, el molesto pitido de las bocinas, el estruendo producido por los escapes -y la inconfundible cortina de humo-, el "tic-tac" de los relojes que parecen sincronizarse con los latidos, las voces extrañas que se acercan y alejan...pero sólo un eco vacío.
El pasado viene, y va como cada noche: el hambre, las gotas de agua precipitándose hacia ella, ahogándola y el silencio, el terrible silencio que después vendría; el calor; el alivio, las manos pegajosas de la pequeña Anel, la comida grasosa y enlatada de Gastón, las patadas sin querer de Cynthia cuando dormía con ella… Y el viento, la adrenalina, el placer, Los deliciosos trozos de carne que hurtaba de los restaurantes sobre la 5ta. avenida, su guardilla de periódico; su primer presa agonizando bajo sus garras, un pequeña ave, un ruiseñor, muriendo lentamente, silencioso, como su mundo…
Los relojes se vuelven hacia atrás, vuelven a la búsqueda de perros, reptiles, ratas, cualquier animal que se presentará frente a su sigiloso caminar, y después de un zarpazo embriagarse con el dulce canto del terror en los aullidos inútiles de las víctimas… Pero es solo placer… Muere, inevitablemente todos los días y por las noches resucita con silentes pulsaciones y vaho; señal de su inmortalidad ante las infinitas batallas... Ha llegado el momento y los relojes vuelven a torcerse las figuras de sal vienen a cobrar su venganza pero Cassandra no esta, su silueta es sólo la sombra de un fantasma, un fantasma cenizo de piel ajada.
La ciudad, desde hace dos meses, vivía aterrorizada por una sombra que cubría y acechaba en los callejones del sur y este de la ciudad; se le atribuía las desapariciones de varias personas, generalmente hombres de 35 años; las desapariciones eran efectuadas con precisión, y no ocurrían en un plazo determinado; por la tanto los imbéciles como nos llamaría Cassandra no podían entender que sucedía en su ciudad; sólo Cassandra lo sabía, ¿pero quién se molestaría en escucharla? Ella no se escuchaba.
Avanza rápidamente, tejado por tejado, quiere que la calle vacía, quiere una guerra sin tregua, la más tramposa de todas, quiere encontrarlo de nuevo, volverlo a ver, quemarse… no destruirlo, destruirlo, aplastarlo, acabarlo… Se detiene, helo ahí: la piel escamada teñida de suaves tonalidades rojas, lejos de hacer gala de la pasión que representa el color. Las garras, los dientes, la piel de cuero, sus alas plegadas, él no es menos grande que un elefante pero es ligero como una pluma; con los ojos mansos; el cuerpo emana serenidad, serenidad que amansa hasta a la fiera más depredadora y los pájaros van transitando por un progresivo silencio que los llevará a la completa extenuación de sus cantos. Se hablan en silencio, se hablan palabras que aún no encuentran nombre porque el suyo es un mundo no nombrado; y ella cae de nuevo sin poder evitarlo.
Allí esta ella, infaltable como todas las noches, siempre a las dos y un cuarto, siempre puntual, ni un minuto antes ni un minuto después; ella con su sigilosa figura y esa perturbadora mirada que alguna vez fuese un calido gesto de felicidad y que ahora solo es una sarcástica y fatigada mirada, si solo eso, pero aún esboza un rastro de alegría.
En la penumbra de la noche un tímido rayo de luz hace denotar toda su belleza, para él estaba impecable como si nunca hubiera existido el ayer y como si nunca existiese el mañana, solo el presente por siempre perdurable o por lo menos es lo que los ojos rojos querían creer, ojos que trataban de distraerse buscando una aventura en sus pupilas que guardan una luz fugaz...con su mirada, oculta algo y se abre.
No podía pasar desapercibida, claro que no. No hacia falta mirarla para saber que ella estaba ahí parada en ese mismo lúgubre rincón de siempre, solo la sentía ahí. La vuelve a mirar, pequeña, altiva, frente a él. Su ultima mirada esta llena de palabras, sus ojos quieren hablarle pero no puede entenderlos, esta demasiado sórdido para escuchar a los muertos hablar, puede que se existencia le frustre y solo atino a reposar su mirada sobre el viento aullando a la luna sus penas de nunca poderla alcanzar, jamás. Cae de nuevo sobre el piso de piedra, agotado, encadenado. Se olvida de sí mismo y se abandono al sosiego dominante hasta convertirme en una parte integrante de esa penumbra y de esa pequeña sombra.
Le observa, suspira aliviada, ronroneando alrededor de él hasta desplomarse a su lado, aliviada de sentirse parte de algo pero con la suficiente libertad para hacer lo que quiera... Los rayos tímidos del sol que parecían escaparse entre un manto de cielo gris, irrumpen talvez volverá encontrarlo cuando aún el sol a miles de kilómetros duerma o muera clandestino.
Andrea Díaz Martínez
No. de cta. 1983
Allí esta ella, infaltable como todas las noches, siempre a las dos y un cuarto, siempre puntual, ni un minuto antes ni un minuto después; ella con su sigilosa figura y esa perturbadora mirada que alguna vez fuese un calido gesto de felicidad y que ahora solo es una sarcástica y fatigada mirada, si solo eso, pero aún esboza un rastro de alegría.
En la penumbra de la noche un tímido rayo de luz hace denotar toda su belleza, para él estaba impecable como si nunca hubiera existido el ayer y como si nunca existiese el mañana, solo el presente por siempre perdurable o por lo menos es lo que los ojos rojos querían creer, ojos que trataban de distraerse buscando una aventura en sus pupilas que guardan una luz fugaz...con su mirada, oculta algo y se abre.
No podía pasar desapercibida, claro que no. No hacia falta mirarla para saber que ella estaba ahí parada en ese mismo lúgubre rincón de siempre, solo la sentía ahí. La vuelve a mirar, pequeña, altiva, frente a él. Su ultima mirada esta llena de palabras, sus ojos quieren hablarle pero no puede entenderlos, esta demasiado sórdido para escuchar a los muertos hablar, puede que se existencia le frustre y solo atino a reposar su mirada sobre el viento aullando a la luna sus penas de nunca poderla alcanzar, jamás. Cae de nuevo sobre el piso de piedra, agotado, encadenado. Se olvida de sí mismo y se abandono al sosiego dominante hasta convertirme en una parte integrante de esa penumbra y de esa pequeña sombra.
Le observa, suspira aliviada, ronroneando alrededor de él hasta desplomarse a su lado, aliviada de sentirse parte de algo pero con la suficiente libertad para hacer lo que quiera... Los rayos tímidos del sol que parecían escaparse entre un manto de cielo gris, irrumpen talvez volverá encontrarlo cuando aún el sol a miles de kilómetros duerma o muera clandestino.
Andrea Díaz Martínez
No. de cta. 1983
1 comentario:
Captaste muy bien el misterio del gato, porque como siempre, no entendí.
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