A lo largo de toda mi vida he tenido todo tipo de animales en la casa. Novios incluídos. Pero éste fue, definitivamente, el último. Todo el que se me acerca pide invariablemente algo a cambio: desde una sonrisita juguetona hasta que le lave la ropa; pero Julián tuvo nada más y nada menos que la puntada de pedirme que cambiara de religión.
No era que me sintiera agredida, ni mucho menos. Desde que la abuela rezara sus rosarios tres veces al día sin importarle que se quemaran los frijoles o el arroz, aprendí que la religión es como los cuentos de hadas: muy bonitos, pero en la vida cotidiana no sirven para nada. Y en ese entonces yo estaba muy enamorada de Julián. No era, ni por asociación de contrarios, un Adonis (de hecho, era más bien morenito y rechoncho) pero hacía los mejores brownies en salsa inglesa que haya probado en mi vida. Hasta mi padre, un militar retirado con mirada de pirámide para todo el que se acercara a su única bebita, terminó por decir “¡se queda!” cuando probó los mentados pastelitos.
Habíamos empezado a salir desde la Universidad, un sitio sui géneris atestado de gatos, de dos y cuatro patas. Dicen que hay universidades llenas de pájaros o hasta ratas, pero la fauna nociva de este lugar se limitaba a las niñas mimadas que sólo iban a buscarse un marido. Yo andaba como los gatos: reposando al sol y sin saber a ciencia cierta qué hacía ahí; sólo lo que se me hacía más facil. Y esto a veces ocasionaba problemas, tanto a los felinos como a mí.
Un día tuve que defender a un pobre animalito de un bárbaro que lo amenazaba con sendo cuchillo de cocina. Tan sonora fue la cachetada que le solté al puerquito repostero que su novia de entonces amenazó con convertirme en taquitos de suadero. Se contuvo, gracias a que le mostré mis garras, terminadas en uñas filosas y puntiagudas.
Un par de días más tarde, el puerquito se disculpó conmigo (y con el gato, que desde entonces tomó la costumbre de seguirme). No tenía intenciones de cortarle la cola (como parecía desde lejos), sino que jugaba con el minino, tal como se juega con una pluma y la mano (dejándola caer, tratando de no atinarle a los dedos). por supuesto, me enojé. Le dije de lo que se iba a morir en sus próximas ocho vidas y le acepté un café. El café llevó a una película, la película a una primera cita, la primera cita a la ruptura con su novia, y de ahí a varias salidas más, incluído un viaje a Mazatlán, tras el cual, se mudó a mi casa.
Una de las discusiones durante la mudanza fue por mis animales. Siempre los había tenido, y de todo tipo, desde tortugas orejonas hasta gallos y gallinas. Ahora compartía mi casa con un gato tan viejo, que sólo levantarse a comer y cagar le implicaba un enorme esfuerzo, por lo que apenas cubría sus necesidades básicas, volvía a su destartalado sillón, cerraba los ojos y sólo los volvía a abrir cuando era hora de comer.
Una vez intenté sacar ese sillón de la casa. Desde que lo moví, el bendito Mefistófeles comenzó a dar maullidos desesperados, como si alguien le estuviera cortando una pata o la cola. Luego de arrastrarlo sola por media casa, de dejarlo a centímetros de la puerta, el bendito gato se sentó en él y se negó a escuchar razones, como en plantón perredista. Aún cuando hice uso de la fuerza y lo bajé, el animal se rehusó neciamente a dejar su sillón, por lo que tuve que regresarlo a su posición original.
Por esa razón no quise mudarme con Julián. Si Mefis había hecho tal tragedia por su sillón, ¿qué haría si de pronto le cambiara toda la casa? No, definitivamente, tendría que ser Julián el que se mudara.
Hecho eso, y luego de un tiempo no muy largo, se hizo inminente la idea de una boda. No nos importaba que sus padres y los míos tuvieran ya el grito en el cielo por lo que ellos llamaban “arrejuntarse”. Nos importaban más las protecciones legales que nuestro Estado confiere a las parejas matrimoniadas que a las arrejuntadas. Pero si íbamos a casarnos, yo tenía que abrazar la religión de Julián, una con la que ni sus padres estaban de acuerdo. Julián era wiccan.
Por supuesto, cuando me lo dijo, tuve que aguantarme la risa. En un instante se me vinieron a la mente miles de imágenes de tipos desnudos, viejos y barbones saltando y cantando alrededor de un pino; o bien, miles de ancianitas pintadas de azul, con la cabeza llena de flores y hojas y bailando en círculos alrededor de Stonehedge. Total, me aguanté, y muy seria, le dije que sí.
No lo hubiera hecho. Cada loco estaba peor que el anterior. Su sistema se basaba en vivir lo más cercano a la naturaleza, de modo que los altos sacerdotes de cada coven comían única y exclusivamente lo que ellos mismos cultivaban, casi como budistas. Eso sí, cuando Julián planteó mi entrada al coven, casi se matan a gritos y varazos, porque sí, usan varitas mágicas. El argumento más fuerte era que ya eran exactamente trece, y que uno más desbalancearía definitivamente el coven, y, para ese caso, cada miembro amenazó con traer hasta a su abuelita. Finalmente, luego que los wiccan se dieran una encerrona para deliberar y yo casi me cagara de la risa en un parque cercano, mi novio anunció triunfante que me aceptarían, siempre que realizara los rituales adecuados, y que el coven se dividiría, aunque seguiría siendo un grupo.
La verdad, no entendí mucho en ese momento, pero abracé a mi novio y me alegré. Bueno, para ser bruja, ya tenía mi propio familiar, es decir, a Mefistófeles. Así como los nahuales se conectan con un animal, las brujas se conectaban con otro, y a ése se les llama familiares. Claro, la denominación viene de la Inquisición española.
Como fuera, pasé un año y un día estudiando sus rituales y sus salmos. Básicamente, sus fiestas más importantes eran en equinoccios y solsticios, y cualquiera podía hacerle versos a la naturaleza. La vara tenía que hacerla yo, escogiéndola de un árbol con el que me identificara, cortándola en una medida cercana a tres veces mi dedo índice, y por supuesto, tenía que pasar el ritual de iniciación.
Cuando al fin me consideraron preparada y me dijeron de lo que se trataba, pensé que vería en mi mente a Mefistófeles, pero no. Me sumergieron en una tina de piedra llena de agua helada (juraría que hasta le flotaban algunos hielitos) y algo salada, para que flotara. me cubrieron con una lona, y cuando me consideraron lo suficientemente aislada, comenzaron a cantar. Entonces decidí que, si ya les había seguido la corriente durante año y medio, bien valía la pena seguírselas un día más, así que en pocos instantes entré en trance.
Comencé a ver flores y hojas. Ramas, muchas. Nubes. Recorría una distancia enorme, rápido, y tan lejos del suelo, que los campos de trigo se veían chiquititos, como los cuadritos de los delantales del kinder. Y cuando al fin el pasto se hizo lo suficientemente visible, llegué a una casa con techo rojo. No entré por la puerta, más bien me dirigí al espacio entre el tejado y la pared. Ahí, en un bonito nido redondo lleno de ramitas, flores de trébol y musgo, me esperaba un golondrino. Nada lo hacía diferente a las golondrinas que se ven en los cables cada temporada fría, y aún así, yo tenía la certeza absoluta que se trataba de un golondrino. Me saludó a picotazos, y en un segundo que se multiplicó por horas, vi toda una vida de viajes entre el sur y el norte, cacerías de gusanos y cenas de cerezas y nueces. Con la misma certeza de conocer al golondrino entre toda la parvada, sentí que nunca había probado nada tan delicioso como aquellas cerezas.
Pero al retorno de un viaje no encontré al golondrino. Lo busqué cerca de la casa, por el bosque, los alambrados, y nada. No estaba. Terminé recolectando larvas de mosquito en un charco algo viejo, donde vi mis plumas negras y doradas tornándose en un gris triste.
– ¡Pobre golondrina! –me dijo una voz bastante familiar atrás de mí– ¿Perdiste tu pareja? No te preocupes, yo te cuido.
Dicho lo cual, me senté en la mano de quien me hablaba. Era yo, hace muchos años, cuando pasábamos los veranos en casa de la abuela, y tenía que cuidar que no se quemaran los frijoles. La golondrina, entonces, había sido sólo una mascota temporal, ya que al acercarse la temporada cálida había regresado al norte. Y así fue por algunos años. Siempre yendo y viniendo, del norte al sur y de regreso. Siempre al mismo nido, siempre buscando la pareja perdida y (ahora lo sabía) visitando siempre los lugares que había visitado con él. Los nogales, los cerezos, las matas de trébol. Las cerezas eran las mismas, pero se habían amargado, las nueces sabían rancias y los gusanos ya eran insoportables.
Quería despertar. Quería salir de esas plumas, escapar de la misma ruta, las mismas imágenes, los mismos sabores, la misma nostalgia y melancolía que acreentaba en cada viaje, hasta que terminaron los cantos. Terminaron los salmos, se abrió la lona y el acerdote me dio la mano.
Cuando le conté la experiencia a Julián, se fue muy enojado. Sacó sus cosas de mi casa, rompió el compromiso y volvió con sus padres. No contestó mis llamadas, ni mis mensajes, ni nada. Tuve que recurrir al sacerdote para ver qué pasaba.
En la experiencia de Julián, había sido un gato cruel y despiadado, con la guerra declarada a todo lo que se moviera, fueran seres humanos, moscas, cucarachas, ratones o aves. Recordaba con especial delicia el asesinato y desmembramiento de miles de cóconas, gorriones y canarios. Según la religión WICCA, yo no podía ser su pareja.
Por supuesto me enojé. Le grité de lo que se iba a morir en sus próximas ocho vidas (otra vez) y lloré hasta que Mefistófeles se tomó la molestia de consolarme con un cariñoso ronroneo. Finalmente, ¿qué importa si somos gatos o golondrinas? Recuerdo que el verano que desapareció la golondrina, mi abuela hizo arroz con pichones…
1999. Cynthia N. Sánchez
1 comentario:
Lo volví a leer y me gustó mucho. Más que la primera vez. Es muy rico, tiene varias sub tramas que se cruzan entre sí y destila Cynthia por todas partes (humor del bueno). Tampoco me parece demasiado largo (como te dije en clase), al contrario (se me pasó muy rápido). Y me pareció muy bueno el remate final.
Una pregunta: ¿todavía tienes tu varita?
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