martes, 19 de agosto de 2008

El espacio vacío

Aquella noche regresé con dolor de cabeza, con sueño, sin ganas de trabajar. Cómo me gustaría no ver una computadora en días –pensé. Nunca imaginé desear algo así. Me fui directo al sofá, prendí la televisión y antes de tomar el control del dvd me lamenté profundamente no haber ido por una película antes de echarme. Están frente al librero, a escasos tres metros de mí. Pero no, qué flojera –me dije.

Giré la cabeza en busca de la voluntad perdida horas antes en mi junta de trabajo. Sólo son cinco pasos, pero no. En cambio, algo llamó mi atención. Sobre la tercer repisa del librero una figura desconocida. Soy extremadamente maniático. Todo tiene un sitio, todo en un lugar adecuado. Si una pluma es movida de su sitio sobre el escritorio, lo noto enseguida. ¿Qué era aquello?

La curiosidad venció mi abulia. Escuché aquel ruido de las ropas despegándose del cuero del sofá. Entonces la vi. ¿Cómo llegó ahí? Jamás lo supe. Sin embargo, ella me miraba como si me conociera perfectamente. ¿Podría ser posible? Que alguien… o algo, ¿te conozca sin que tú lo sepas? Bueno, más bien, algo así. Aparecida intempestivamente un día entre mis libros. Imposible que alguien la hubiese dejado ahí. Nadie, y repito, nadie se atreve a tocar mis pertenencias. Mucho menos a dejar… algo así. Llegó por sí misma. Estaba seguro. Todavía hoy lo creo.

Por miedo, debo aceptarlo, no la moví. Recuerdo aquella vez cuando entró una mariposa negra y se instaló entre las torres de los discos. Me aterraba tocarla. De chico me dijeron que presagiaban la muerte. El día que mi tía abuela falleció una parecida entró por la puerta mientras metíamos el auto. Llegábamos del hospital. Una hora más tarde nos llamaron para confirmar cómo la señora que desde niño me llevó a la escuela ya no existía. Por si las dudas, por miedo, dejé a ésta ahí. Tal vez mañana ya no esté, tal vez estoy muy cansado y es mi imaginación –pensé.

Regresé del teatro. De malas. El culpable: mi maestro… mi amigo, pero como fue mi maestro de teatro y siempre me sigue enseñando cosas nuevas le digo maestro. Para todos los que me conocen él es mi maestro, pero es como un segundo padre. Se empeñó en defender a sus mediocres alumnos. ¿A mí no me importa su proceso? La gente asiste al teatro para ver resultados. No tengo la paciencia de aguantar gente inepta. Él me dijo “Y llevas años con tu gente, enseñándole, porque no llegaron contigo siendo buenos actores, ¿o sí?” Me dejó pensando. Si algo me molesta, además de ver exámenes con chamaquitos sin amor por el escenario, es que él siempre tenga la maldita razón basándose en mi vida.

Pensaba con quién desquitarme cuando la vi. En el mismo sitio. ¿Y si me desquito con ella? Como hago con las cucarachas y otros bichos parecidos, bañándolos de insecticida para ver cómo agonizan y dejan de moverse. No. Me ganaba el amor por los animales. Porque después de todo es un animal. Los otros son insectos. Menos cuando es uno tan… viejo. Ni se mueve. Sólo porque mueve la cabeza y los ojos sé que está viva. La dejé ahí. Ahora me entretendría midiendo los pasos que daba de un día para oro.

Pasó un mes y nada. En el mismo sitio. ¿Acaso no piensa hacer nada? ¿Por qué no se muere si no come? No entendía. Siempre en el mismo lugar, mirando. Empezaba a odiarla por no mostrar señas de vitalidad. Aunque por otro lado, envidiaba un poco esa calma. Cambiaría mis juntas de trabajo por quedarme unas horas así: mirando cómo los demás sufren.

Anoche la soñé. Estaba acostado en la cama y ella frente a mí, en los pies. Me miraba fijamente. Sólo que medía un metro setenta y dos. Como yo. Por difícil que parezca, no me dio miedo. Me pareció escucharla hablar. Pero sin emitir sonido alguno. ¡Yo sabía lo que decía! ¡Sin hablar! Decía que ella no dejaría una oportunidad como ésa. ¿Cuál ésa? Lo de la obra, seguramente. ¡Pero tú no soportas a esos cabrones! –quería gritarle. No lo hice. Sólo me dejé arrullar por esa voz.

Tres semanas después llegué muy noche, después de las 12. Agotado como cada día de junta. Me senté frente a la computadora. Mejor escribir los cambios que dijeron de una vez. Antes de olvidarlos. De repente me acordé. Giré la cabeza hacia el librero y no la vi. Me sorprendí como hace mucho no me pasaba. Corrí a cerciorarme si estaba viendo bien. A pesar de traer los anteojos. No estaba. Por fin –pensé.

Al mes, lo confieso, la extrañaba. Fue muy raro. Comencé a preguntarme cómo se había marchado. En eso estaba cuando la vi. Ahora dos repisas más arriba. Estuvo todo el tiempo ahí –me dije. ¿Cuánto tiempo no habría estado ahí sin saberlo? Tal vez en otro sitio, pero siempre mirándome. Todo comenzó a cobrar un significado. Desde los 15 años, en la secundaria, abrí la cuenta de Hotmail. Usé el apodo que me pusieron porque no tomaba la clase de educación física: tortugo.

Diez años después la encontraba mirándome. O ella juzgó conveniente dejarse ver por fin. Mi maestro me dijo “Algún día lo verás en sueños. Incluso meditando puedes acercarte a él. Para crecer deberás comprender su significado. Los mayas lo sabían, los mexicas también”. En esa ocasión me enojé porque no me quiso decir cuál era el mío. No lo hubiese entendido. ¿Y ahora qué hago? La dejó ahí. Tarde o temprano comprenderé por qué ella, por qué yo.

Carlos Rodríguez

No. de cuenta: 1996

2 comentarios:

Esta va por ella... aka refulch dijo...

Me gustó bastante, felicidades Carlos, muy "Lola" de Capote, "Cuervo" de Poe pero sobre todo lo que siento es que es honesto, creo al menos que es honesto y algo de ti a de reflejar.

Esta va por ella... aka refulch dijo...

¡Ah!, ya entiendo:
"Desde los 15 años, en la secundaria, abrí la cuenta de Hotmail. Usé el apodo que me pusieron porque no tomaba la clase de educación física: tortugo."

No se como se fue, es sutil el detalle, lo suficiente para que me parezca un hallazgo con esta segunda lectura pero no lo suficiente para decir que no lo vi la primera vez, solo no lo procese...

Mi comentario anterior se sostiene:
Felicidades, me gusto y entretubo bastante.