martes, 19 de agosto de 2008

El error

Nunca he soportado a la gente que obedece las leyes sólo por que tiene que obedecerlas, o a la que las rompe sólo por que tiene que obedecerlas, me parecen imbéciles condicionados incapaces de un poco de raciocinio, no digo que no sea yo una más de las ratas de Pavlov, cuando veo una luz roja me detengo (incluso cuando voy a píe), no fumo en lugares públicos cerrados, nunca excedo el límite de velocidad, es más casi no uso el claxon de mi carro, esas son leyes y convenciones sociales que respeto por que me gusta hacerlo, creo que hacen de esta ciudad una ciudad mejor, en cambio: viajo en los vagones delanteros del metro (sí, esos que son para mujeres, niños y personas de la tercera edad, creo que separarnos no es la solución), manejo cuando he tomado (nunca lo suficiente para ponerme en peligro pero sí definitivamente más de lo permitido por la ley) y a partir de hace medio día tengo un cachorro de león en mi casa.

Mi sentido del humor me ha abierto la puerta en más de una ocasión a pesar de que ha mucha gente le parece estúpido nadie niega la efectividad del mismo. La gente que lo critica lo hace por que es simple, chistes estúpidos y sencillos que a cualquiera se le pudieron haber ocurrido, tienen razón pero el truco consiste en tener el valor de decirlo (En realidad el truco consiste en siempre estar acompañado de alguien muy simple, y déjenme decirlo: en todos los grupos siempre existe alguien así). En mi familia siempre han hallado esto como una gracia, y por eso me han pedido que nombre a sus mascotas, por ejemplo el chango de mi tío lo nombramos Darwin, al perro de mi tía, Lalo como su exesposo, al gato de mi prima le pusimos perro (el día que me estuvo chingando por que le pusiera nombre estaba de mal humor, y aun así les cayo muy en gracia). Por eso mismo siempre he querido un león como mascota, así que cuando tuve la oportunidad de comprarlo no lo dude ni por un segundo.

Hace una semana, en una fiesta, “El traca” un amigo que según mis estándares no es para nada un imbécil condicionado, me propuso venderme un cachorro de león, me dijo que tenía un amigo en el zoológico, que si lo quería no hiciera demasiadas preguntas y si no lo quería no hiciera ni una, acepte y además no hice una sola pregunta, “El traca” estaba feliz. Hoy en la mañana, como habíamos acordado llego a mi puerta un mensajero con una enorme caja de madera con agujeros alrededor y encima, cuando le abrí la puerta al hombre me extendió un sobre y dijo que aquí estaba mi pizza, no pude evitar soltar una carcajada. Al momento que le entregaba los cinco mil pesos que habíamos acordado, me explico que dentro del sobre venía el número de cuenta donde tenía que depositar los otros setenta y cinco mil pesos esa misma tarde, metí la caja y cerré la puerta en su cara (quizás no, pero ya no importaba él). Por unos minutos observe la enorme caja en mi sala con la mente en blanco, finalmente me decidí y fui por un desarmador para abrir la caja. Luego de cinco minutos de batallar una de las partes finalmente cedió y vi en el interior de la caja un cachorro de león extremadamente sedado, no podía tener más de un mes de haber nacido. En ese momento decidí salir al banco después de dejar un plato con leche por si el cachorro despertaba.

Mientras entregaba el cheque a la cajera pensaba que es precisamente por el tipo de cosas que trabajo, gusto excéntricos que me quiero y puedo dar, hasta que una voz chillona me interrumpió:

-Un deposito de 75,000 pesos al zoológico de la ciudad ¿Es correcto señor?- me preguntaba la horrible cajera.

-Sí, es correcto- respondí distraído.

-¿Dona usted este dinero?- Su voz me parecía aberrante, como el infinito provocado por un micrófono y una bocina puestos frente a frente.

-Emmmh… Sí, por mis hijos-

-Se ve usted muy jov… -

-Ellos más, créame- La interrumpí para no seguirla escuchando. La espera fue larga, casi eterna, mientras ella hacía el papeleo yo evitaba verla. Silencio.

-¿Quiere ver fotos de mi hijo?- Me dijo.

-No, quiero hacer un depósito en silencio- supe que tarde o temprano pagaría por eso…

El silencio reino de nuevo pero esta vez fue peor, sentía como todos me miraban, sentía los dedos señalándome, acusadores.

-Este cheque es muy grande, tendré que pasarlo con el gerente- Me dijo a la par que “amablemente” me señalaba un escritorio vacío. Tras diez minutos de esperar sentado con mi cheque en la mano un hombre viejo y evidentemente frustrado se posó frente a mí y se presento como “EL SEÑOR GERENTE DEL BANCO” no me dijo ni su puto nombre, razón por la cual supe que me trataría con la punta del pie, cosa que estaba dispuesto a soportar ya que quería escapar lo más pronto posible, para ese momento la luz fluorescente del banco me parecía igual que la que sale en las películas durante los interrogatorios.

Cuarenta y cinco minutos después mientras entraba a casa pensaba en mi nueva y tortuosa adquisición. Al llegar a mi sala lo vi bebiendo la leche que le había dejado enfrente, sonreí y me senté en el sillón más próximo a él. Cuando termino de beber se acerco a mí ronroneando (no sabia que los leones ronronearan) lo recogí con mis dos manos y acaricié su lomo mientras pensaba en el futuro: No podré invitar a nadie más a esta casa, tendré que despedir a la señora que hace el aseo, tendré que trabajar desde casa más seguido, habrá que sellar la casa contra ruidos, comprar carne en cantidades industriales una vez por semana, y por supuesto, olvidarme de mis muebles, mi alfombra, incluso el cuadro que me regalo mi abuelo podría pagar las consecuencias de tener un león en la casa. ¿Qué haría cuando la policía se enterara? Seria mordida tras mordida hasta que el animal se muriera, eso o tres años de cárcel… No había gastado ochenta mil pesos en una mascota, no era un lujo, era un nudo que me ataba a mi casa, era un error de ochenta mil pesos a corto plazo y cientos de miles a largo, era un error que aun estaba a tiempo de enmendar…

Un error que ahora duerme en mi regazo, un error ignorante de lo que pasa por mi cabeza, un error que tomo delicadamente y coloco en el sillón, un error que veo respirar por última vez mientras tomo un cojín que es del tamaño de su diminuto cuerpo, un error que sólo fue eso: un error, un error al que aprieto con el cojín mientras le susurro –Perdón Guanajuato.-

No digo que no sea yo una más de las ratas de Pavlov, cuando veo una luz roja me detengo…

Rodrigo Méndez Salinas : 2004 : I know it’s not right but it seems unfair

4 comentarios:

Esta va por ella... aka refulch dijo...

Que pinche intencito eres Rodrigo...

Esta va por ella... aka refulch dijo...

Sí, ya noté güey...

Mizarvs dijo...

¡Pobrecito leoncito! Momento, yo le haría lo mismo a un hijo...

Anónimo dijo...

Está muy bueno, Rodrigo. Disfruté tu cuento desde el principio hasta el fin. Lástima que tuvieses que matar a Guanajuato... ya me había encariñado con él. ¿¡Cómo pudiste hacer eso!? Bueno, de todas maneras, no se me ocurre otro final posible. Así está perfecto.