
¿Quién es el hombre sin nombre?
El hombre sin nombre despertó de nuevo sin saber que cara tendría ese día. Puso un pie en la duela de madera esperando que fuera el derecho. Un pie de hombre. Perfecto. Siempre era más sencillo ser hombre, aunque claro, cuando se era una mujer atractiva también podía llegar a ser divertido.
El hombre sin nombre se metió a la regadera sin mirar el espejo. Siempre lo hacía al salir del baño, pues le gustaba ejercitar su cerebro tratando de descubrirse primero por sus demás sentidos, y también ese morbo sano de tocar distintos cuerpos que sabía suyos era divertido. Se dio cuenta que era un hombre muy alto y, por el vello corporal advirtió que era castaño. Su cuerpo era fuerte “Así que es hoy” pensó. “Seguramente hoy soy quien quiero ser”.
El hombre sin nombre se quiso llamar Luis. Apagó la llave de la regadera y, justo al estar frente al espejo con la toalla con la cual limpiaba el espejo empañado, se detuvo “Aún no”, pensó “Hoy voy a aguantar más”. Y es que era un gran día, y “Luis” era seguramente el nombre que querría tener por siempre. Así se llamaba su abuelo, a quien siempre había admirado. Corrió al closet después de cepillarse dificultosamente el ondulado cabello. No tenía barba. Seguramente era muy joven. Se puso una camisa entallada, color caqui, que encontró debajo de la ropa para niños. Era un poco entallada, de diseñador, que no se había puesto hace mucho tiempo. “No todos los días se tiene un cuerpo así sin trabajar”. Atrás de los bastones y los sombreros había una colección de corbatas y bufandas, entre la cual resaltaba una pashmina azul cielo. Esperaba tener ojos claros, para que resaltaran. Unos jeans rotos y mocasines color café. Entre las bolsas de mujer recordaba haber puesto un portafolio Vuitton monograma que combinaría perfecto “Debo ser un poco gay hoy”, pensó. No quería que Luis fuera gay. Soltó el portafolio y tomó la cartera del buró. Una cartera destinada a no tener una credencial de identificación hasta el día de hoy.
Luis salió a la calle. “Hoy caminamos”. Siempre iba hacia la derecha para tomar el metro, pero hoy tomaría el camino del parque, hacia la izquierda. El parque era un camino de sorpresas, ya que cambiaba constantemente a diferencia del camino del metro. Había muchos negocios de café y la gente se conglomeraba en las mesas que había en las banquetas. Por el parque jugaban niños. Había perros por doquier y abundaban las pelotas grandes.
Luis caminaba observando todo. No tenía que ir a trabajar, no tenía que hacer absolutamente nada. Sólo observar y, claro, ser observado. Una hermosa mujer mayor volteó a verlo. Le guiñó un ojo y el respondió con una amplia sonrisa. Luis se sintió afortunado, pues esto quería decir que sí, era atractivo. Las mujeres siempre se fijaban más en la cara que en el cuerpo. Así se si su cuerpo le parecía bello, seguro su cara también lo sería.
Luis siguió caminando y las mujeres seguían sonriendo. Se sentía un modelo en pasarela “Debí traer el portafolio” pensó. Y justo ahí, lo golpeo la terrible idea que sería su perdición “Todas son mayores”. Y era cierto que aún teniendo vello corporal castaño podía estar cundido de canas en la cabeza “Pero el cuerpo parece joven” se replicó preocupado.
Luis de repente estaba nervioso. Es cierto que era un hombre atractivo, pero ahora pensaba que era un hombre viejo, y Luis no quería ser un hombre viejo. “Un espejo, necesito un espejo” pensó pero no había uno cerca. Al ver un café en la esquina, se emocionó. En el café debía haber un espejo.
Una mujer lo interceptó a medio camino. Le preguntó su nombre. Luis, contestó. ¿A qué te dedicas? Negocio Familiar. Voy a sonar muy lanzada, pero ¿Eres soltero? Y a Luis no le importaba esa mujer rubia no precisamente atractiva ¿Puedes ver mi cara, no? Sí, lógicamente veo tu cara ¿Tu la mía? Reía la rubia ¿Cómo me veo? ¿Me puedes describir mi cara? Y las palabras de Luis rebotaron en la mueca de desprecio de la rubia. No por que me acerque a ti te puedes dar el nefasto lujo de ser tan vanidoso. Y se coló por la diestra.
Luis corrió hacia el café y entró directamente al baño. Es sólo para clientes, gritaron desde la barra. Pues sírvame un americano. Esperó que saliera el hombre que ocupaba el lavador y entró. ¿El espejo? No había espejo. ¡El espejo! Gritó. No hay espejo, respondieron de nuevo desde la barra.
Luis salió corriendo del lavador. La duda lo carcomía. Págueme el café, gritaron de nuevo desde la barra, pero Luis salió sin hacer caso. Una tienda de espejos. Una tienda llena, completamente llena de espejos del otro lado de la calle. Julio corrió hacia ella poseído por la alegría, pero un auto color rosa estampó su costado derecho.
El hombre con nombre despertó jadeando como un perro. Se paró con el pié derecho y se quedó viendo fijo al espejo. Era el de siempre, sin chiste, sin sorpresas, sin sonrisa. Hizo una mueca de molestia y escupió el espejo, le molestaba el nunca llegar a saber si ese día el había sido Luis… ¡Pero había sido Luis! Sin mirarse al espejo había sido Luis. Y es justamente eso lo que hizo que el hombre con nombre ese día en el espejo fuera el hombre perfecto.
1 comentario:
Las imagenes estuvieron fantásticas, te transportan y realmente te hacen sentir. Muy bueno, aunque la temática la he leído en otros autores, pero me gusto bastante.
Andrea Díaz Martínez (Ada)
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