Algunos se detenían a mirarme. De los pies a la cabeza. Todo. Ponían cara de compasión, y cuando de verdad tenían sentimientos me dejaban unas cuantas monedas. Pero no las suficientes para una torta de jamón. Claro, no estaban tan caras… pero tampoco tan baratas… no mucho… bueno, más o menos… aunque no tanto si tienes un billete que te sobre… sólo que entonces yo no tenía… pero los demás sí…Bueno, la idea es ésa.
Apenas si podía treparme al barril, entonces… no debía tener más de cinco años. Creo que más… o menos… o más… aunque tal vez menos… Siempre les he preguntado a los demás cuántos años tenían, para ver si ellos se acuerdan, pero entre más les pregunto menos me contestan. Es que no me tienen paciencia.
Para cuando cumplí seis años, creo que ya me había comido mil ocho mil tortas. Sí, porque una vez le fui a comprar a Doña Florinda un pastel. Ella me dijo que no le fuera decir a nadie. Porque era secreto. De los que nadie puede saber. Y le dije que no se lo diría a nadie. Me puse muy contento porque a cambio me dio cinco pesos. Le dije al Ñoño que con eso me iba a comprar un millón de tortas. Sí, porque él no me quiso convidar de la suya. Por eso se lo dije y le saqué la lengua. Pero me dijo que no me podía comer un millón de tortas porque me iban a hacer daño en la panza. El tonto no sabía que iba a comerme sólo la mitad y al otro día las demás.
Ahí van ya un millón, mil ocho mil tortas. No me acuerdo si me las comí, pero me fui corriendo a comprar una. También Ron Damón, de vez en cuando, me daba un peso por ayudarlo con algún trabajo. Aunque siempre terminaba haciéndolo él. No sé por qué si yo lo ayudaba. A pesar de que me pegaba a cada rato con su sombrero. Primero chillaba porque me dolía, pero después me daba risa ver su cara de chichicuilote flaco enojado, moviendo sus bigotes asotador gordo.
Ya no me acuerdo cuántos pesos me dio. Pero nomás por no dejar digamos que fueron como un chorrosisisisisisisisisisisimo. Así como para cien mil millones de tortas. Entonces, ¿cuántas van ya? Como así muchos muchos millones, ¿no? Sí, porque me las compraba para mí, sólo para mí, porque los demás comían paletas y helados y no me convidaban y me decían “quieres” y yo decía “sí” y me decían “pues toma” y me sacaban la lengua y yo me quedaba muy enojado dando patadas en el suelo y después me decía otra vez “quieres” y yo les decía “no” muy enojado y ellos me decían “en serio, Chavito” y yo les decía otra vez “que no” y me decían “por qué” y yo les decía “porque si te digo que sí me vas a decir: pues toma” y ellos me decían “no, ahora sí es en serio” y yo les preguntaba “en serio” y ellos me decían “en serio, Chavito” y yo les decía “no, porque me vas a decir: pues toma y me vas a sacar la lengua” y ellos decía “no, ahora sí es en serio” y yo decía “de verdad” y ellos decían “sí, Chavito” entonces me preguntaban otra vez “quieres” y yo les decía “sí” y me decían “pues toma, y me daban un pisotón y yo me quedaba pataleando todo bien enojado.
En navidad cantábamos y actuábamos en
El profesor Jirafales también me daba para comprar una torta. Sólo porque le avisara a Doña Florinda que la iba a ver después de la escuela. Sí, porque ya se había ido el hijo de Doña Florinda… ¿Por qué? No sé, pero no me acuerdo de su nombre. Es como esas personas que ya no quieres y pues ya no te acuerdas. Pero ya no estaba y yo le decía que iba a ir el profesor. Entonces, yo creo que me comí como mil millones de tortas. Ahora ya no como tortas, ya no. Me adoptó un señor que escribe cosas muy chistosas y pues ya no como tortas porque como cosas muchusisisisisisisisisisisisisisisisisisisimo más ricas.
Y perdón que ya me vaya, pero ya va a empezar El Chapulín Colorado. Y ése no me lo pierdo por nada del mundo. ¡Eso, eso! El mismo con el corazón en el pecho. El que es más ágil que una tortuga y más fuerte que un ratón. Y fíjate, fíjate, que porque es más noble que una lechuga su escudo es un corazón… (Salió corriendo antes de terminar esta entrevista.)
No. de cuenta: 1996
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