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lunes, 17 de noviembre de 2008

El Augurio

Desde lo más alto de las colinas del Tollan, apenas se veía la silueta definida de Atlacatl, un caballero coyote, recorriendo a toda velocidad la verde alfombra que rodeaba la ciudad Tolteca. Con la contracción de sus pulmones por el agitado va y ven del oxígeno, y con el sudor recorriendo su piel canela tostada por el dios Sol, el joven guerrero se presentó ante Ceyaotl, el líder militar más importante de los Toltecas, con un mensaje en la lengua.

-Oh, gran guerrero, he regresado del largo viaje que se me encomendó hacia tierras del sur y he de informarle que no será nada fácil conquistar nuevos territorios -aún agitado señaló Atlacatl.

-¿Por qué caballero coyote? -preguntó con firmeza Ceyaotl.

-Me he infiltrado entre esas sociedades y me han descubierto, pero en cambio me han devuelto la libertad porque quieren que nuestros imperios se unan.

-¡Cómo! -sorprendido cuestionó el líder militar.

-Sí, gran guerrero. Quieren que todos los imperios nos unamos porque en un futuro, hacia no muchas lunas, vendrán otros guerreros por el mar e invadirán nuestras tierras y se llevaran nuestras riquezas.

-¡Pero qué dices Atlacatl! Esos son inventos de la gente del sur. Seguro te han seguido y ellos nos atacarán primero, intentarán hacerse de nuestro imperio, ese era el augurio, ¿no entiendes? ¡Una trampa! -exaltado, expuso Ceyaotl.

-No gran guerrero, nadie me ha seguido y, con su perdón, creo en el augurio que me han hecho saber y que he traído hasta usted.

-¿Cómo?

-Sí, ellos llevan años estudiando profundamente el futuro, han recurrido a los dioses a los filósofos a…

-¡Calla! -interrumpió con un grito el gran guerrero-. Pensé que eras mi más fiel guerrero y que eras leal a nuestra cultura, a nuestras tierras, a nuestro imperio.

- Y lo soy Ceyaotl -repuso el joven guerrero coyote.

-No pienso escucharte más. ¡Citlalmina! -gritó Ceyaotl, llamando a otro guerrero- Ordena que inicien los preparativos para un sacrificio. Ofrendaremos a un guerrero coyote a los dioses para que nos protejan en nuestra próxima conquista hacia tierras del sur.

-Como usted ordene -dijo Citlalmina y se retiró.

-Lo que he dicho es verdad, pero si mi sangre, mi corazón y mi cuerpo sirven para proteger a los guerreros y nuestro imperio, orgulloso estoy de ser ofrendado a los dioses.

Esa misma noche ofrendaron a Atlacatl y partieron hacia tierras del sur en busca de nuevos territorios.


(cuento animal)