1999. Cynthia N. Sánchez
De todas las criaturas de la creación, las únicas que me enervan son los humanos. Aveces me pregunto si se me olvidó ponerles voluntad en el cuerpo, pero luego me acuerdo de Adán… o bueno, de Eva, al fin fue ella la que decidió comer del árbol de la sabiduría, y él, por supuesto, viéndola… Después de todo, son animales, el cuerpo es el cuerpo y… o comía con ella o se quedaba solo para siempre. ¿No fue eso lo que estuvo lamentando mucho tiempo? ¿Por qué cada quien con su cada cual y él solo, con su alma y sus nombres para todo?
Por eso tomé a Abraham para probar. Le dije “sal de tu tierra” y ahí va el viejo, con su mujer, su hermano y sus tiliches, pero ahí van todos. ¿Qué necesidad tenían de salir, si todo lo tenían en Egipto? No eran escalvos, tenían su pequeño negocio de lavandería, no tenían que preocuparse por ningún tipo de descendencia, y allá van…
Lo mismo le había dicho su mujer, “¿para qué nos vamos?”, pero no hizo caso. Al menos con eso probé que el hombre no siempre obedece al impulso del cuerpo, aunque también puede deberse a que ya era un viejo decrépito. En todo caso, ¿puede decirse que tiene voluntad propia si me obedece a mí?
Luego le dije “deja a Lot y a su mujer aquí, en Sodoma. Es bonito pueblo, y pronto les nacerán hijas. Ella ya no estará para andar.” Y allá va Abraham a convencer a Lot y a su esposa. ¡Si hubiera sabido que planeaba arrasar con toda la ciudad y mandarlos a todos al infierno! ¡Que sirva de algo Luzbel! Nunca es divertido eso de ganar todo el tiempo.
Y cuando al fin llega Abraham a un lugarcito bonito, donde pueda sentarse a escuchar mis discursos y tratar de descifrar mis nombres… ¡zas! ¡le mando un chamaco! ¡Bueno estaba, a los setenta y tantos años (¿o son días? a menudo me confundo) y cuidando de un bebé!
Por supuesto, nunca me di cuenta cuando el escuincle creció y se convirtió en hombre, porque aún tenía mi duda: ¿es libre albedrío si lo único que hace es seguirme a mí? Así que le di una nueva orden: “ve al monte y sacrifícame a tu hijo”. Y ahí va a Abraham, con su muchacho ya bastante crecido. Treinta y tres años tenía el hombre, cargando la leña para el sacrificio, y todo el tiempo preguntando por el chivo expiatorio. Y su padre callado, callado, subiendo piedra, tras piedra.
Y ya en el monte… ¡ni siquiera hubo pelea! El hijo no hizo el menor intento por rebelarse contra su padre, al contrario, se acostó él solo sobre la madera y casi se ata solo. ¡Inaudito! ¡Hombres matando a sus hijos! ¡Como si fuera a permitirlo! Le mandé un ángel que le detuviera la mano.
Como recompensa a sus trabajos, le di una promesa, algo que a los humanos parece gustarles mucho: que sería padre del pueblo elegido y todas esas cosas. Por ahora, mi duda persiste: ¿tienen voluntad o sólo siguen lo que yo les ordeno? ¿No será que le di eso a Luzbel para que los engañara todos los días (¿o son segundos? ¡a menudo me confundo!)?
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