domingo, 7 de septiembre de 2008

Y Calvino descansó el séptimo día

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. (Jer 4.23; Sal 104.30)

Y pasaron segundos, minutos, horas, días, meses, años, décadas, centurias, milenios… hasta 1985, cuando el hombre ya se había olvidado de (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y de (Jer 4.23; Sal 104.30) porque Dios fue reemplazado por el conocimiento, sobre (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30) ya que para muchos –tal vez pocos, si así lo desean algunos fanáticos–­­ (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30) existían sólo para los intereses de ciertos curas pederastas… Creo que eso pertenece a otro ensayo.

El caso es que Italo Calvino en 1985, casi, repito: casi, estuvo a punto de tener sus no seis días de la creación del mundo, sino seis puntos para la creación literaria. Cierto tipo de Génesis a manera de propuestas para que la literatura no fuese olvidada en el futuro como sucede en el presente con (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30). Dije casi porque antes de siquiera exponer las seis propuestas se fue a conocer en persona –en espíritu– al creador de (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30).

En el primer día Dios creó la luz porque sólo había oscuridad, dividiendo ambas entre el día y la noche.

Para Calvino esta oscuridad pesaba sobre la historia de la literatura y dijo:

–Hagamos de la lectura un deleite donde la levedad de la misma propicie que hombres y mujeres se acerquen a ella.

–¿Cómo pretende aligerar lo que por principio debe carecer de ligereza si en verdad queremos ser tomados en serio? –dijo un apóstol… o un literato, no recuerdo bien.

–Si confundís la levedad con actos vanos, hijo… mío, en verdad os digo que nunca pisarás el reino de los cielos por más ligero que os sintáis, pues levedad es virtud y no vicio. Antes cruzará la puerta del Paraíso un camello millonario que un rico hipócritamente humilde.

El segundo día Dios separó las aguas de los cielos, esto fue llamado expansión.

Calvino leía este pasaje bíblico cuando se percató de algo muy interesante: tanto el primer día como el segundo fueron detallados en un párrafo; el primero de cinco líneas, el segundo de siete. Dependiendo de la edición que cada uno tenga lo podrá comprobar, pero no son demasiadas palabras.

Para el escritor todo quedaba completamente claro, salvo (Sal 36.6,9; 2 Co 4.6.), (Is 45.7), (Sal 74.16), (Jer 10.12) y (Pr 8.28; Sal 148.4). No porque no tuviera la referencia, es algo así como una nota al pie de página, pero esos detalles restaban lo que para Calvino fue la segunda propuesta: la rapidez.

–Maestro –dijo un hombre.

–Dime, buen hombre –contestó Calvino.

–Buen hombre –respondió el que para Calvino era un buen hombre.

–No, que me digáis qué se te ofrece –contestó Calvino al que ya no le parecía un buen hombre sino un tipo un tanto idiota.

–Hace tiempo, otro maestro nos habló de una mujer llamada María Magdalena a la que todos intentaron lapidar por su rapidez en cuanto a relacionarse con varios tipos.

–Mary, así la llamaban sus amigos cercanos, ayudaba a cuanto pobre desdichado buscaba consuelo en sus brazos. No de la manera en la que vuestras sucias mentes imaginan, sino con palabras de acogimiento… sí, me parece que la palabra es la indicada. No necesitaba de un largo discurso, pues encontraba las palabras correctas para consolar sus espíritus atormentados. Para las mujeres del pueblo –porque siempre han existido las viejas chismosas– esto era muy extraño. ¿Hombres entrando y saliendo en un solo día de su casa? Calumnias cayeron sobre la pobre Mary. Piedras casi también le caen, pero afortunadamente los trabajos de pavimentación en aquellos tiempos habían terminado con cuanta roca había en el pueblo. Sé que hay otra versión, pero la verdad, ¿cuándo se ha visto que un solo hombre controle a una turba de entrometidos? La pueden provocar, pero controlar no.

Para el tercer día, Dios juntó las aguas y descubrió lo seco. A esto lo llamó tierra, pero no contento con ver un páramo sin chiste, lo decoró con hierbas, flores y frutos. Rasgo femenino que siglos después las mujeres conservarían.

¿Por qué donde hace más calor la piel de sus habitantes es oscura para protegerse del sol, cuando en las zonas frías son blancos para recibir los rayos solares? ¿Por qué algunos perros necesitan pelo cubriendo sus ojos para no lastimar su vista? ¿Por qué Carlos Trejo escribió Cañitas cuando se decía que en nuestro país no se lee? –se preguntaba Calvino. Bueno, tal vez lo de Cañitas no se lo preguntaba… tal vez tampoco lo demás, pero el punto era descubrir cierta exactitud en lo que existe.

–Maestro –preguntó uno de sus alumnos.

–Dime –respondió Calvino.

–¿Cómo puedo escribir con exactitud?

–Había alguna vez un perro –comenzó la explicación a manera de parábola y no de chiste, que no se confunda– que llegó con el carnicero, donde su amo lo envió. En el hocico llevaba un sobre con instrucciones que el dependiente del establecimiento leyó cuidadosamente, extrañado al mismo tiempo. La nota decía: <>. El hombre obedeció. Preparó el pedido sin salir de su asombro. Tomó el billete de quinientos pesos –o la moneda nacional del lector– y regresó el cambio al sobre. Maliciosamente el carnicero sólo entregó la mitad, pero el perro comenzó a gruñirle. Por lo que tuvo que entregarle el dinero faltante. El perro salió del local e inmediatamente el carnicero cerró su negocio para seguirlo, con la intención de descubrir a dónde se dirigía el animal. Lo siguió por varias calles observando como el perro miraba hacia uno y otro lado de la calle antes de cruzarla. En cierta esquina se detuvo esperando el camión. Llegó uno y el animal alzó la cabeza para mirar el letrero del transporte. No era el indicado por lo que siguió esperando. Cuando un segundo camión llegó, y el perro se cercioró que era el adecuado, lo abordó. Pagó con parte del cambio que llevaba en el sobre. El carnicero cruzó una mirada con el chofer que no salía de su asombro. Diez minutos más tarde, el perro ladró indicando que había llegado a su destino. El chofer paró el camión, abrió la puerta y el perro, junto con el carnicero, bajó del autobús. Nuevamente el hombre lo siguió por varias calles, ahora el perro no sólo se fijaba en que no pasaran automóviles para cruzar la calle, sino en los semáforos para estar más seguro. Contaba las luces porque todos sabemos que los perros no ven colores –por si algún listo quiere caer en un detalle ilógico de la parábola– pero sí saben contar. Finalmente el animal llegó frente a una puerta, se paró en dos patas para tocar el timbre y esperó un minuto. Como no recibió respuesta repitió la operación tres veces más. Incluso rasguñó la puerta, pero nada. Así que se dirigió al patio trasero, saltó la barda trepando por unas cajas y unos botes de basura. El carnicero se asomó justo cuando un hombre golpeaba brutalmente al perro. Entonces indignado le gritó que no era posible semejante crueldad con un animal tan extraordinario e inteligente. A lo que el hombre le respondió: <<¿Inteligente? Esta es la tercera vez en la semana que se le olvidan las llaves al pendejo>>.

–¿Cuál será la anécdota? –preguntó Calvino.

–Que falta exactitud en la parábola, porque viajó demasiado lejos para ir a comprar carne, cuando resulta muy extraño que por su casa no haya una carnicería –respondió el alumno.

–Podría ser, no lo había pensado, pero tenéis algo de razón. Sin embargo la anécdota es que nada es exacto, pero el camino a la exactitud sólo se encuentra tratando de encontrarla. E incluso hallándolo, para los demás nunca será lo suficientemente perfecto.

Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años.

Así fue como se crearon en el cuarto día lo que hoy conocemos como el Sol y la Luna. Todos hemos utilizado ambos astros para poder ver lo que nos rodea, producto de la naturaleza o del hombre. Sin embargo, Calvino se preocupaba por la imagen literaria. Un peligroso acercamiento de la naturaleza por medio de las palabras, que no todo escritor logra plasmar adecuadamente.

Fue entonces que un após… alumno preguntó:

–Maestro, ¿por qué otros escritores como usted vilipendian a Roberto Gómez Bolaños?

–¿A quién? –preguntó Calvino.

–A Chespirito, maestro.

–¡Ah, claro! ¡Chespirito!

–En efecto, maestro. ¿Chespirito ha sido un gran observador de la conducta humana y lo ha plasmado en sus cuadros dramáticos, películas y montajes escénicos?

–Tenéis toda la razón, hijo mío. Para criticar, la comedia es el medio más eficaz y delicioso. Para poder criticar hay que saber observar. Para que la crítica funcione la observación debe plasmarse lo más fiel posible. Para que el público se sienta identificado con los personajes o con las situaciones planteadas, debe escribirse impecablemente. Tener la cualidad de la visibilidad. Sin embargo, la envidia es uno de los peores pecados capitales, hijo mío. No siempre resulta agradable burlase de algo serio porque entonces se piensa que ya no es serio, cuando se habla en serio de lo que es serio pero no tan en serio como otros quisieran, pues ellos se creen serios por siempre hablar lo que es serio muy en serio… Bueno, la idea es esa. En verdad os digo, que todo aquél que escriba como Roberto no sólo entrará al Paraíso, sino será multimillonario sin necesidad de ser narcotraficante o dedicarse a la política.

El quinto día creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.

Primero: hay un rasgo megalómano en la última frase, pues Dios se califica así mismo como excelente creador. Segundo: esto no tiene importancia para lo que estoy explicando pero no pude aguantarme las ganas de subrayar el detalle. Tercero: Calvino también juzgó conveniente crear tanto aves como peces en un solo día. Bueno, no aves y peces, sino que un mismo texto tuviera más de una función. Lo que llamó multiplicidad.

–Hay alguna parábola que ilustre su propuesta, maestro –preguntó el alumno. Cabe señalar que se trata del mismo alumno que ha preguntado las ocasiones anteriores. Pues siempre hay uno que pregunta y muchos que callan. Pero en esta ocasión por fines prácticos para no estar indicando quién pregunta en cada ocasión, decidí que fuera sólo uno.

–Así es, alumno mío. ¿O hijo mío?

–Como quiera, maestro. Pero abreviemos que ya me estoy desesperando.

–Pues sí, os decía que hay parábolas para todo. Os contaré una contemporánea y algo machista pero muy conveniente para dejar muy en claro el punto. Hubo alguna vez en alguna colonia de la ciudad más corrupta, peligrosa, habitada y contaminada… llamémosla México, sólo para darle un nombre cualquiera. Una mujer, ejecutiva ella, o más bien burócrata en cualquier oficina, digamos que en una delegación cualquiera, donde la entrada es a las nueve de la mañana. Pues ella iba en su automóvil, rumbo al trabajo, como a las 10:00 am…

–¿No dijo que la entrada era a las nueve?

–Así es, pero ella iba en camino a las diez. Todavía tendría que pasar por un café y el desayuno porque como se levantó tarde ya no le dio tiempo de comer algo.

–¿Esto es indispensable para comprender la parábola?

–Absolutamente.

–Muy bien, entonces continúe, por favor.

–Iba en el auto, conduciendo y al mismo tiempo…adivina.

–No, pues… no sé.

–Anda, adivina.

–Escuchando la radio.

–También, pero otra cosa más.

–No sé.

–Adivina.

–No sé, maestro.

–Anda, trata.

–¡No sé, maestro! Dígame, por favor.

–¡Enchinándose las pestañas!

–¡Qué!

–¡Enchinándose las…!

–Ya escuché. Fue sólo un “qué” de admiración.

–Conducía, escuchaba la radio y se enchinaba las pestañas.

–Muy peligroso, ¿no?

–Y no es todo. Después se aplicó rimel, rubor en las mejillas, se pintó los labios de carmín, aplicó un poco de sombra azul en los párpados, se quitó los tubos del cabello y se terminó de peinar. Aclaro: sin dejar de conducir un solo momento. Cuando llegó a su cubículo, atendió a un centenar de personas que esperaban. Esto mientras desayunaba, platicaba con su amiga del cubículo contiguo y hablaba por teléfono con otra amiga.

–No entiendo todavía el punto.

–Que todos somos hábiles para realizar varias cosas a la vez. ¿Por qué la literatura no puede tener varias funciones? El conocimiento no sólo está en las enciclopedias, ni en los evangelios.

–¿En qué?

–Olvídalo.

En el sexto día… los animales y el hombre. Para resumir.

Para Calvino el arte de empezar y el arte de acabar en sus seis propuestas. Nos dice que lo más difícil es el principio, porque es donde se decide el escritor. Después de dar vueltas y vueltas a una idea, cómo plasmarla, con qué palabras, etc. Como toda obra de teatro: debe despertar el interés desde que se levanta el telón y no desilusionar al público cuando se da el último oscuro.

–Maestro, ¿cómo empieza sus obras?

–Nunca lo sé. Principio y fin son un arte. Quien te revele ambos secretos os dará la clave del éxito. Por mi parte, no puedo deciros cómo empiezo porque nunca lo he sabido. Si queréis os puedo decir cómo las termino, eso sí lo sé.

–¿Cómo las acaba?

–Las termino con…

Italo Calvino falleció el 19 de septiembre de 1985, en el Hospital de Santa Maria della Scala, víctima de un ataque de ictus cerebral.

Carlos Rodríguez

No. de cuenta: 1996

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy pero muy bueno, Carlos. Sé que no te entusiasman mucho los comentarios pero igual tengo que hacer el mío. La envidia se me sale por las orejas y chorrea hasta el piso. Está para leerlo y volverlo a leer y leérselo a amigos y conocidos. En mi humildisisísima opinión, como dice (Jn 1.1,2; Sal 8.3; Is 44.24; 42,5; 45.18) y (Jer 4.23; Sal 104.30). Geniales las parábolas, los diálogos, el final, el principio, lo del medio...

Una obra maestra.

Az Randommedia dijo...

Leonardo

Genial el ensayo Carlos, muy creativo, de verdad. A mi gusto no es muy largo y se puede leer de maner a muy agil. Felicidades, de verdad que es muy bueno.